Giovanni Pierluigi da Palestrina: El orgullo de ser músico

Giovanni Pierluigi da Palestrina: El orgullo de ser músico

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* Nacido en fecha indeterminada del año 1525 en Palestrina, cerca de Roma
* Fallecido el 2 de febrero de 1594 en Roma

 Durante el Renacimiento, los músicos se encontraron con una insalvable dificultad en comparación con sus colegas arquitectos y escultores: No podían conocer de ninguna manera la música ejecutada en la Grecia Clásica. De esta manera, la música renacentista no pudo llegar a ser una restauración de la Antigüedad clásica y se limitó a culminar la evolución técnica del Ars Nova que había teorizado Felipe de Vitry a mediados del siglo XIV y que Guillermo de Machaut llevó a su máxima expresión con su famosa Misa de Notre Dame, auténtico hit parade de la época que se mantuvo durante un siglo en la lista de las composiciones más ejecutadas. Pero los músicos renacentistas, en una época donde su profesión no era más que un complemento que les permitía sacarse algún que otro ducado para poder llegar a fin de mes, se las ingeniaron para adaptar la heredada música medieval a las nuevas corrientes estilísticas del Renacimiento. Así, otorgaron mayor equilibrio a las voces en la polifonía y, atendiendo al giro antropocéntrico, persiguieron la expresión de emociones en la composición, por lo que comienza a fusionarse la música religiosa con la profana, adquiriendo esta última una progresiva mayor importancia. Es entonces cuando ponen de moda la Canzona trovadoresca, la picante y pícara Chanson y, sobre todo, el amoroso Madrigal (En ocasiones, también muy picante) cuyo gran valedor fue el ingenioso compositor flamenco Orlando di Lasso, verdadero ídolo de la época (Sobre todo entre las cortesanas). Aquello se empezó a desmadrar un poco y Lutero, en plena borrachera de éxito como consecuencia del triunfo de la Reforma Protestante, decide que aquellas melodías populares alemanas que se cantaban en las fiestas — Y en algún que otro tugurio de madrugada — sirvan ahora, evidentemente con otra letra, para ejercer de elemento musical en el nuevo culto reformista donde cada fiel es un verdadero sacerdote. Surge así el célebre Coral Luterano, de fácil asimilación para el pueblo llano, que sustituye por completo al Canto Gregoriano. Roma reacciona ante semejante afrenta y en plena Contrarreforma, durante el Concilio de Trento, entre otras muchas cuestiones, da las directrices para la nueva música que debía servir de acompañamiento a la liturgia: Nada de sensualismos, de florituras; nada de Ars Nova (Ruido infernal, según ellos)… Pero no contaron con Palestrina, el primer genio reconocido de la historia de la música, quién supo redimir la polifonía del Ars Nova hasta cotas inigualables.

 A Palestrina se le conoce como tal por su lugar de nacimiento, un pueblecito de la región del Lazio, aunque también figura en algunos escritos con el nombre de Prenestino, Palestrino y el más fino de Petraloisius. Con doce años entró a formar parte del coro de Santa María la Mayor, en Roma y probablemente fue alumno de una serie de compositores franceses que pululaban por Roma como Pedro por su casa, como Rubino Malapert, Roberto de Fevin o Fermín Lebel. Diez años después, en 1547, Palestrina se casa con Lucrecia Gori, hija de un acomodado burgués. (Los músicos, en aquella época y en tantas otras, se buscaban la vida como buenamente podían). El matrimonio tuvo tres hijos: Rodolfo, Angelo e Higinio, el único que le sobrevivió. Pronto contó Palestrina con la protección del cardenal Giovanni María del Monte (Sin ninguna vinculación con la conocida tonadillera española) quién en 1550 fue elegido Papa con el nombre de Julio III. Este pontífice, apreciando las dotes del músico, decide nombrarle, pese a su juventud, maestro de la Capilla Giulia y a su vez facilitó el ingreso del mismo en el prestigioso Colegio de Cantores de la Capilla Sixtina, circunstancia que sólo alguien con el poder de un Papa podía dispensar ya que Palestrina no era clérigo y además estaba casado. (De algo tienen que valer las buenas influencias). Pero Palestrina, hombre de gran talento y no menor visión de futuro, se gana también la confianza del destacado humanista Marcello Cervini quién, en un golpe de suerte, fue elegido sucesor de Julio III con el nombre de Marcelo II. No era ya normal tanta fortuna en el devenir de Palestrina y así, veintidós días después, Marcelo II pasa a mejor vida. De cualquier manera, en su recuerdo compuso Palestrina años más tarde su obra más conocida, la Misa del Papa Marcelo.

 A Marcelo II le sucedió Pablo IV, hombre de marcado acento tradicionalista y fuerte carácter, quién nada más acceder al trono papal apartó a Palestrina del Colegio de Cantores de la Capilla Sixtina (Y también a otros dos cantores que habían mantenido en secreto sus respectivos matrimonios). El compositor no se quedó con los brazos cruzados y pronto consiguió que le nombraran maestro de capilla en San Juan de Letrán, donde escribió los Improperios. Es entonces cuando Palestrina empieza a tomar en consideración su valía como músico y exige los correspondientes estipendios económicos por sus servicios. Como se los negaron, abandonó San Juan de Letrán acogiéndose, en 1561, a la oferta que le propusieron en Santa María la Mayor, la misma iglesia de donde había formado parte de su coro siendo niño. En 1565 se interpreta su Misa del Papa Marcelo en presencia del Papa Pio IV quién, admirado por la belleza de la obra, exclama: “Estos son los cánticos que en su tiempo el Apóstol Juan escuchó en la alegre Jerusalén y que ahora otro Juan (Palestrina) nos trae como fruto de su inspiración”. Este comentario elevó la cotización de Palestrina y bien que lo supo aprovechar el músico: Al año siguiente fichó por el Colegio Jesuita Romano.

 Por aquellas fechas, un opulento y rico prelado de la casa de Ferrara, Hipólito del Este, se hizo construir en Tivoli la famosa Villa d´Este. No tardó en intentar incorporar a su plantilla a una figura de la talla de Palestrina. Como la fama del músico había rebasado las fronteras nacionales y su prestigio era extraordinario en toda Europa, la Corte Imperial de Viena, también en 1567, pretendió contratar a Palestrina para sustituir al recientemente fallecido Jacob Vaet. Las negociaciones no llegaron a buen puerto a causa de las elevadas pretensiones de Palestrina. Finalmente, y ante la jugosa oferta del prelado, Palestrina permaneció con este cardenal hasta 1571.

 En ese mismo año a Palestrina le da un ataque de melancolía y decide volver a su antiguo cargo como maestro de coro en la capilla Giulia. Poco a poco, Palestrina se había ido convirtiendo en un hombre adinerado y de alguna manera puede entenderse su decisión. Además, en 1580 falleció su esposa y se casó en segundas nupcias con una adinerada viuda que regentaba un próspero negocio de pieles. Ante estos nuevos ingresos, Palestrina tuvo la intención de retirarse a su pueblo natal pero no pudo ser y finalmente falleció en Roma en 1594. Como también ha ocurrido con otros grandes compositores, se formó una leyenda tras su muerte y fue considerado como el “Salvador de la música religiosa” por muchos tratadistas.

 El estilo de Palestrina está caracterizado por el equilibrio, gran aliento y medida de la expresión, quedando al margen de las voluptuosidades del temprano Barroco y de los cromatismos de los madrigalistas. Ha sido, sin ningún género de dudas, el mejor compositor de música coral polifónica con el que cuenta la Iglesia Católica Romana. La belleza de su música, que parece entretejerse y serpentear en la iglesia, garantiza el placer incluso a los no creyentes. Su música es intensa, emotiva y espiritual a un nivel que muy pocas obras sacras han podido alcanzar.

OBRAS

– 94 Misas, destacando la Misa del Papa Marcelo y la Missa Brevis
– 273 Motetes
– Un número sin determinar de piezas para uso eclesiástico, destacando los Improperios
- 2 libros de Madrigales.

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