Archivo por días: octubre 5, 2009

Giuseppe Verdi: El músico idóneo para una nueva Italia

Giuseppe Verdi hacia 1850

* Nacido el 10 de octubre de 1813 en Roncole, Parma
* Fallecido el 27 de enero de 1901 en Milán

 Por paradójico que pueda parecer, Verdi fue inscrito en el Registro Civil de Roncole con los nombres de Joseph Fortunin François… Ello fue debido a que el imperio de Napoleón, que ya tenía las horas contadas, aún ocupaba la Italia septentrional. Los padres de Verdi, Carlo y Luigia, regentaban una humilde posada que era aprovisionada por un rico mayorista de la vecina Busseto, Antonio Barezzi, un hombre que tuvo mucho que ver con la futura educación musical de Verdi. El niño recibió sus primeras nociones musicales en la casa parroquial del pueblo y su padre, haciendo un gran esfuerzo, le regaló una pequeña espineta para que se ejercitara y que la criatura no tardó en destrozar por su forma tan impulsiva de tocar. Con tan sólo ocho años, Verdi había realizado tales progresos musicales que solía sustituir al organista del pueblo. Y ya en aquellos tiempos el espíritu del niño parecía poseer dotes sobrenaturales: Un día, el chiquillo estaba tan absorto escuchando el órgano de la parroquia — por lo que estaba desatendiendo el oficio religioso — que el sacerdote Giacomo Marzini le propinó un bofetón que le hizo rodar por el altar. El airado monaguillo Verdi contestó: –”¡Ojalá te parta un rayo!”– Y, efectivamente, unos años después un rayo fulminó a Marzini y a otras cinco personas al caer sobre la iglesia… Sin duda, el chico prometía.

 A instancias del mayorista Barezzi, Verdi fue enviado con diez años a Busseto para proseguir con su formación musical, Fueron años duros, de una educación casi espartana, en los que el niño tuvo que alternar con sus obligaciones de organista en la vecina Roncole. En uno de estos trayectos se cayó en un pozo y fue salvado de morir in extremis por una aldeana que afortunadamente pasaba por aquel lugar. Durante estos años Verdi fue desarrollando un  peculiar mal carácter que le habría de acompañar a lo largo de toda su vida, un ser cuyos arrebatos de cólera eran realmente temidos. Con 18 años, Barezzi le admite en su propia casa como huésped y Verdi, para agradecer semejante hospitalidad, se enamora de la hija del mayorista, Margherita, con quien acabaría posteriormente casándose. Curiosamente, Barezzi estaba tan convencido de las cualidades musicales de Verdi que, lejos de enfadarse por el cortejo a su hija, consiguió una beca para que Verdi pudiera estudiar en Milán. Pero en el conservatorio de la ciudad lombarda descubrieron que Verdi era muy limitado en sus capacidades pianísticas y fue rechazada su petición de ingreso, teniendo el joven que acudir a la enseñanza privada, también costeada por Barezzi. En Milán, Verdi pudo acudir a diversas representaciones y ensayos en La Scala y en la Sociedad Filarmónica. En una ocasión aconteció que estaban ensayando La Creación de Haydn en la Sociedad Filarmónica y los tres directores titulares de la institución enfermaron. Verdi tomó la batuta y el éxito de la representación fue tal que le encargaron componer una ópera sobre libreto de Antonio Piazza. Pero por desgracia, Verdi tuvo que regresar a Busseto para hacerse cargo del puesto de organista, ya que había fallecido el titular. Lo realmente curioso fue que tal puesto recayó en otra persona y Verdi tuvo que refugiarse como maestro municipal de música. Como la situación no parecía ser muy alentadora, Verdi aprovechó para casarse con Margherita en 1836. Tras ser padre de dos criaturas que desafortunadamente no tardaron en fallecer, Verdi dimite de sus cargos y, con la generosa ayuda de su ya suegro Barezzi, vuelve en 1839 a intentar de nuevo el salto artístico en Milán. El 17 de noviembre del mismo año estrena, con un éxito moderado, Oberto, conte di San Bonifacio en La Scala. El entonces empresario Bartolomeo Merelli, a la sazón gerente de La Scala, vio en Verdi a una gran promesa musical y por ello decide encargarle una nueva ópera, de carácter cómico, por exigencias del equilibrio de géneros en la programación. La obra, Un giorno di regno, fue estrenada, luego de muchas peripecias, el 5 de septiembre de 1840 con un resultado desastroso (Verdi nunca estuvo convencido de la obra). Ello provocó tal depresión en Verdi que se planteó muy seriamente su abandono irreversible como compositor, regresando del todo compungido a Busseto. Aquel año fue del todo trágico ya que su esposa Margherita falleció al no poder superar una enfermedad.

 Verdi aguantó muy poco el ambiente de Busseto — muchos se burlaron despiadadamente de su fracaso en Milán — y decidió regresar de nuevo a Milán ya que allí, al menos, sería un ser del todo anónimo. Sin embargo, Merelli estaba tan convencido de las capacidades musicales de Verdi que, pese al fracaso Un giorno di regno, propuso a Verdi la composición de una nueva ópera sobre libreto de Temístocle Solera. Verdi se negó en un principio pero la insistencia de Merelli fue tan obstinada que al compositor no le quedó más remedio que tomar la pluma y el papel pautado. Durante los ensayos de aquella nueva ópera el clima era del todo eufórico, no ya sólo entre los cantantes y músicos, sino también entre los tramoyistas, pintores e iluminadores que abandonaban sus quehaceres para asistir boquiabiertos a todo lo que estaba ocurriendo en la escena de ensayos. Finalmente, la ópera en cuestión, Nabucco, se estrenó el 9 de marzo de 1842 con un éxito difícil de narrar: Una vez interpretado el famoso coro de esclavos hebreos, Va pensiero, el teatro se levantó de golpe y se concedió, tras casi media hora de aplausos y vítores, un bis del mismo, algo que contravenía la normativa de La Scala. La escena del coro significó para los italianos el reflejo de su propia situación bajo el yugo de la ocupación austríaca y por ello no resultó extraña tal demostración de patriótico entusiasmo. Nabucco fue la primera ópera de Verdi con clara intencionalidad política y el compositor se convirtió en un símbolo de la ansiada independencia italiana. Nabucco, por exigencias de programación, sólo pudo repetirse ocho veces en marzo; pero en verano llegó a representarse durante 57 noches seguidas, algo realmente extraordinario. La vida de Verdi experimentó un cambio radical y su figura fue disputada en todos los salones de la alta burguesía milanesa.

 Tras el clamoroso aldabonazo de Nabucco, Verdi estrenó al año siguiente I lombardi alla prima Crociata, ópera que también contenía un coro, O Signor che del tetto natio, que evocaba las dulzuras de una patria lejana y que de igual manera se empezó a cantar por las calles en clara referencia intimidatoria frente a las tropas austríacas. Dos años más tarde, Verdi estrena el 19 de marzo de 1844 la ópera Ernani, con libreto de Francesco Maria Piave, en La Fenice de Venecia con un éxito absoluto aunque menos arrollador. Empezó una época vertiginosa en la producción operística de Verdi: El 3 de noviembre del mismo año presenta I due Foscari en Roma; el 15 de febrero de 1845, Giovanna d´Arco en La Scala; sólo seis meses después, Alzira en el Teatro San Carlo de Nápoles. Tras muchas vicisitudes con el libretista también consigue estrenar Attila el 17 de marzo de 1846 en La Fenice de Venecia, con un gran éxito aunque muy inferior al que iba a suscitar en el resto de Italia. En dicha ópera, las situaciones a la infeliz situación de Italia bajo dominación extranjera fueron tan manifiestas como numerosas, y en los teatros donde tenían lugar las representaciones estallaban las aclamaciones espontáneas de unas masas enardecidas ante la indignada mirada de los oficiales austríacos. Tras aquellos éxitos, Verdi redujo un tanto el ritmo de trabajo aunque eso no le impidió presentar la novedosa Macbeth el 14 de mayo de 1847 en Florencia y I Masnadieri en Londres el 22 de julio del mismo año…

 Tras el estreno londinense Verdi acudió a París, ciudad en la que se instalaría durante los siete meses siguientes y en donde entabló una relación sentimental con la soprano Giuseppina Strepponi que prácticamente perduró toda la vida. En el parisino Teatro de la Ópera Verdi presentó Jérusalem, nuevo título de I lombardi alla Crociata, ópera modificada con nuevos pasajes musicales y basada ahora en un texto francés. Sin embargo, los acontecimientos acontecidos en Italia durante marzo de 1848 (Sublevación de Milán y Venecia y ataque de las tropas piamontesas al ejército austríaco) hacen que Verdi tenga aspiraciones de componer la música de una nueva Italia, “la música del cañón”. Pero la revolución resultó todo un fracaso. Verdi, luego de cumplir un compromiso adquirido en Trieste, estrenando allí el 25 de octubre de 1848 Il corsaro, se largó hacia Roma (En donde se había declarado una efímera República Romana) y, libre de cualquier censura, escribe de un tirón La battaglia de Legnano, alusiva a la antigua victoria de los ejércitos de la Liga Lombarda sobre las tropas del emperador Federico Barbarroja. Sobra decir que la ópera, dado el clima independentista que se vivía por Italia, constituyó un triunfo apoteósico. Con esta ópera se cierra el ciclo de obras de juventud de Verdi.

 Por estas fechas Verdi gozaba ya de una cómoda independencia financiera y acabó comprándose una villa en Sant´Agata, muy cerca de Busseto, lugar en donde se instaló a vivir en compañía de Giuseppina Strepponi y que dio pie a numerosas habladurías y chismorreos. Con la derrota del movimiento revolucionario, los italianos fueron conscientes de que la libertad sólo podría obtenerse alcanzando la unidad de Italia. Así se inició la época de Cavour y del joven aspirante a rey Vittorio Emanuele. Fue entonces cuando en toda la península italiana empezaron a escribirse las siguientes letras en los muros: VIVA VERDI, anagrama que se descifraba como “Viva Vittorio Emanuele Re D´Italia”. Paradójicamente, la música de Verdi tomó otros derroteros. Desaparecen los coros patrióticos, los lamentos de pueblos oprimidos y los ejércitos en marcha. Por contra, su ópera se orientó hacia la profundización emotiva de la esfera íntima y privada de los individuos. De ahí surgen Luisa Miller (Nápoles, 1849), Stiffelio (Trieste, 1850) y una de las trilogías más geniales de toda la historia de la ópera: Rigoletto (Venecia, 1851), Il trovatore (Roma, 1853) y La traviata (Venecia, 1853). Tras esta trilogía, Verdi buscó una especie de renovación formal en la ópera, con lo que lógicamente los intervalos entre obra y obra aumentaron progresivamente. De esta manera, en 1855 estrena I vispre siciliani en París, con título original en francés; dos años más tarde la primera versión de Simon Boccanegra (Fuertemente silbada en Venecia); y en 1859, Un ballo in maschera, estrenada en Roma tras ser censurada en Nápoles. También en 1859 se casa, casi en secreto, con Giuseppina en Suiza y es elegido diputado en el Parlamento del liberado Piamonte, aunque muy pronto presenta la renuncia. La fama de Verdi crecía como la espuma en toda Europa y así, en 1862, estrena en San Petersburgo La forza del destino. Tres años después revisó Macbeth para su versión francesa y en 1867 presenta en París Don Carlo, una de sus grandes obras maestras. Junto con Wagner, Verdi se alza como la gran figura operística de la época.

 El 24 de diciembre de 1871, con motivo de la apertura del Canal de Suez, se estrena Aida en El Cairo, ópera que dos meses después triunfará clamorosamente en La Scala. La inspiración del maestro parece no tener límites y así, el 22 de mayo de 1874, presenta en Milán el sensacional Requiem, una de sus cimas absolutas. Por aquellos días se empezó a rumorear que el compositor, que ya contaba con 61 años, estaba tonteando con la soprano Teresa Stolz, asunto que enturbió sus relaciones matrimoniales con la Strepponi. Pero, al parecer, la indiscreción y digna conducta de ésta salvaron una situación del todo comprometida, transformando Verdi su amor por la soprano en una “comedida y regenerada” amistad. Durante los últimos años, Verdi entabló una gran relación con el Arrigo Boito, poeta de contrastada corriente filo-germana. Fruto de aquella colaboración fue la revisión de Simon Boccanegra en 1881. Verdi se sintió de nuevo con fuerzas para volver al teatro — su silencio duraba ya trece años — y con libretos de Boito escribió sus dos últimas óperas, Otello (1887) y Falstaff (1893), verdaderos testamentos musicales del compositor que demostraron cuán artificiosas habían sido las polémicas que habían tratado de oponer el arte de Verdi al de Wagner. Los últimos ocho años de Verdi transcurrieron impregnados de soledad, viendo con desolación como poco a poco iban desapareciendo todos sus grandes amigos de siempre. En 1897 murió Giuseppina y el luctuoso hecho dejó al compositor postrado en la más absoluta soledad en las estancias de Sant´Agata. Allí compuso su último mensaje en 1898, las Cuatro piezas sacras. A finales de enero de 1901, Verdi se encontraba alojado en un hotel de Milán, ciudad en la que estaba siendo homenajeado. La muerte le sorprendió en la habitación del hotel el 27 de enero. Siguiendo sus deseos, los funerales se celebraron en la estricta intimidad, pero el traslado de su cuerpo desde el cementerio de Milán hasta la Casa de Reposo para Músicos, un mes más tarde, constituyó una impresionante ceremonia en la que el coro y orquesta de La Scala, dirigidos por Toscanini, interpretaron el Va pensiero. Detrás de su féretro no marchaba tan sólo una multitud. Detrás de su féretro estaba toda Italia.

 Verdi perfeccionó su arte durante toda su vida en base a una triple influencia: Primeramente, con la de compositores como Rossini, Donizetti y Bellini; posteriormente, adaptando su uso a las formas de la Grand Opera francesa; y, finalmente, tomando prestadas algunas innovaciones wagnerianas en sus dos últimas óperas, Otello y Falstaff. Sus óperas solían basarse por lo general en figuras y escenarios literarios o históricos. En lo referido a las historias de pasión, éstas siempre acababan en tragedia. Con el paso de los años, su sentido de la orquestación adquirió un increíble grado de refinamiento al tiempo que sus habilidades dramáticas se perfeccionaron hasta extremos difícilmente superables. Pero además, Verdi destacó como un maestro absoluto de la belleza lírica y de la profundidad emocional. Su música capta perfectamente los giros y entresijos de las oscuras emociones que subyacen bajo los acontecimientos que se están desarrollando. A lo largo de su vida, su originalidad y fecundidad no tuvieron rival y hoy en día es unánimemente considerado como el mayor referente operista italiano. Quien esto escribe, descubrió el mundo de la música clásica con cuatro años de edad al escuchar en un viejo disco, casi de forma casual, una serie de oberturas de Verdi. Es posible que toda mi vida posterior esté en deuda con el incomparable maestro de Roncole.

OBRAS

- 26 Óperas (28 contando las readaptaciones) destacando, Nabucco, Luisa Miller, Rigoletto, Il trovatore, La traviata, I vispre siciliane, Simón Boccanegra, Un ballo in Maschera, La forza del destino, Don Carlo, Aida, Otello y Falstaff
- Requiem
- Cuatro piezas sacras
- 6 Obras corales breves
- Cuarteto de cuerda
- 20 Canciones

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