En el enlace al vídeo que hoy os dejo podemos escuchar el primer movimiento, Allegro marcato, de la Sonata nº1, Op. 22, para piano del compositor argentino Alberto Ginastera. La versión corre a cargo de Alberto Portugheis y dicha grabación se encuentra disponible en el sello ASV (no nos consta el número de referencia) en un volumen doble dedicado a la obra pianística del compositor. El resto de los movimientos podéis encontrarlos en los siguientes enlaces: II-Presto misterioso; III-Adagio molto appasionato y IV-Ruvido ed ostinato. Compuesta en 1952 a instancia del Instituto Carnegy y del Colegio de Pennsylvania para mujeres, la Sonata nº1 de Ginastera presenta elementos claramente dodecafónicos, mezclándose los elementos folklóricos con un lenguaje musical simbólico. Dividida en cuatro breves movimientos, el primero de ellos presenta forma de sonata clásica en donde un tema primitivo de apertura es seguido por un segundo lleno de lirismo y un tanto flexible, a modo de pastoral. El segundo movimiento es fugaz y vaporoso. El tercero es una especie de lied subdividido en tres partes mientras que el cuarto es una reminiscencia de la escritura a toccata. La obra consta de episodios politonales y ritmos de gran complejidad creativa.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la música culta iberoamericana va a pasar del nacionalismo a la vanguardia con cierta brusquedad, siendo pocos los compositores de transición que van a hacer de puente evolutivo. Uno de ellos es el panameño Roque Cordero (1917-2008), quien evolucionó paulatinamente desde el nacionalismo hasta el empleo libre de los doce sonidos. El puertorriqueño Héctor Campos-Parsi (1922-1998) también compaginó nacionalismo con evolución, al igual que el venezolano Antonio Estévez (1916-1988), quien llegó incluso a practicar la música electrónica. El chileno Juan Orrego Salas (1919) representó la transición entre el neoclasicismo y la vanguardia mientras que el brasileño Claudio Santoro (1919-1989) tomó un camino del todo inverso, pasando de la atonalidad y el dodecafonismo de su maestro Koellreutter hasta llegar a un compromiso con elementos nacionalistas. Ya en una etapa posterior, Santoro aceptará la vanguardia serial y la electrónica de un modo muy personal. Menos nacionalista y más cercano a un lirismo que luego derivó hacia la vanguardia fue el uruguayo Héctor Tosar (1923-2002), de formación francesa y estudioso de las músicas orientales. Con todo, el más espectacular ejemplo de evolución desde el nacionalismo a la vanguardia lo producirá quien es considerado como el más importante músico culto surgido en Argentina, Alberto Ginastera.

Alberto Evaristo Ginastera (el compositor suprimió muy pronto su segundo nombre, por lo que hoy se le conoce como Alberto Ginastera), nació el 11 de abril de 1916 en Buenos Aires, Argentina, y estudió en el conservatorio de su ciudad natal, donde fue alumno de Athos Palma, José André y José Gil. Apenas estaba concluyendo sus estudios cuando se representó su ballet Panambí en el Teatro Colón en julio de 1940, lo que le proporcionó una enorme fama en su país. Tras una estancia en los EEUU a mediados de los años cuarenta en donde estudió en Tanglewood con Aaron Copland, en 1948 Ginastera fue nombrado director del Conservatorio de La Plata, ejerciendo dicho cargo hasta 1952 para un año después ser designado profesor de composición en Banfield. En 1962 Ginastera fundó el Centro Iberoamericano de Altos Estudios Musicales que acoge, por un período de dos años, a los compositores jóvenes de mayor talento. En 1966 Ginastera presentó su ópera Don Rodrigo en Nueva York obteniendo un apoteósico triunfo aunque, empero, su ópera Bomarzo fue objeto de censura por parte de las entonces autoridades gubernamentales argentinas. Instalado en Suiza desde 1970, Ginastera trabajó sin descanso y a un ritmo frenético hasta la fecha de su fallecimiento, acontecida el 25 de junio de 1983 en Ginebra, Suiza.

Considerado el mejor compositor argentino del siglo XX, Alberto Ginastera combinó una espléndida técnica de composición con un fuerte sentido de identidad nacional. En su última etapa, Ginastera se sirvió de un lenguaje más libre en el que las técnicas de vanguardia son del todo usuales. A mitad de su carrera escribió también bandas sonoras de películas y se le amontonaron los encargos, componiendo de una forma prodigiosamente rápida y sin ninguna merma de calidad técnica. Sirva desde aquí nuestro humilde homenaje a su figura.