* Nacido el 4 de septiembre de 1824 en Ansfelden, Oberösterreich
* Fallecido el 11 de octubre de 1896 en Viena

 Joseph Anton Bruckner nació en el seno de una familia de maestros de escuela en la que su padre atesoraba cierto oficio como violinista y organista, ya fuese en la iglesia del pueblo o en los populares festejos de las villas de los alrededores. Los progenitores pronto se dan cuenta de las condiciones musicales del pequeño Anton — capaz de interpretar de oído las melodías que su padre ejecutaba al órgano en la iglesia con sólo cuatro años — y le enseñan los primeros rudimentos de música. Los progresos son tales que con apenas siete años Anton ayuda a su padre en la enseñanza musical de los niños más pequeños de la escuela. Ya con diez años, suele sustituir a su padre en el órgano de la iglesia y allí descubre el sonido de las trompetas que, en ocasiones, reforzaba el órgano y el conjunto de instrumentos de viento en las misas celebradas a medianoche en Ansfelden. Esta combinación tímbrica de metales y órgano será decisiva en los espectaculares desarrollos sinfónicos que realizará el compositor en sus años de madurez creativa. Dadas las extraordinarias aptitudes musicales del niño, los padres deciden enviarle a casa de un primo, Johann Weiss, quien se convertirá en el primer maestro de Bruckner. Ya en 1836, con doce años, Bruckner compone sus primeras obras, entre las que destacan cuatro pequeños preludios para órgano. Lamentablemente, el padre de Bruckner cae enfermo durante ese mismo año y el chico se ve obligado a sustituirlo en la iglesia, en la escuela y en las fiestas populares.

 Cuando por fin el padre murió, en 1837, la madre decidió enviar al joven Bruckner a la abadía de San Florián, lugar en donde el compositor estuvo durante tres años y en los que recibió una extraordinaria formación musical que incluía el canto, el violín y la composición. En 1838 Bruckner compone otro preludio para órgano y a los 15 años comienza su carrera como organista al acompañar algunas celebraciones litúrgicas. A partir de aquel momento Bruckner prepara su ingreso en la Escuela de Linz y así, en octubre de 1841, con apenas 17 años y tras pasar un período de prueba que duró diez meses, el compositor obtiene el diploma oficial que le habilita como asistente de maestro. Durante aquellos meses de Linz, Bruckner estudió armonía con August Dürrnberger, autor de un célebre tratado de armonía que influyó de manera decisiva en el futuro compositor. En enero de 1843, Bruckner se traslada de Windhaag, enclave donde ejercía como auxiliar, a Kronstorf, una población cercana a la abadía, con la promesa de concesión de un cargo en San Florián cuando hubiese una vacante. No deja de ser llamativo el título de una cantata que escribió Bruckner al canciller de San Florián, No me olvides. Finalmente, en mayo de 1845, Bruckner superó la prueba que le otorgaba el grado de maestro de música (Con sólo 21 años) e inmediatamente el abad de San Florián le nombra primer adjunto, cargo en el que se mantuvo durante diez años y en el que su talento fue cocinándose de manera tan pausada como profunda. En este período, Bruckner compuso numerosas obras vocales, para coro mixto y piano, aunque paradójicamente tan sólo dos para órgano, teniendo en cuenta que en 1851 consigue por fin el puesto de organista titular de San Florián.

 Fue también en esa época cuando Bruckner se enamoró por primera vez de una chica, Louise Bogner, quien le rechazó y acabó casándose con otro hombre al año siguiente. Esta mujer acabó inaugurando una interminable lista de amores frustrados que amargaron la vida sentimental del compositor (Pese a ser un hombre de intachable espíritu y de una bondad más que contrastada, Bruckner era más feo que Picio…). Ya en 1855, advirtiendo Bruckner que en San Florián no tenía mayor capacidad de progreso, decide presentarse a la oposición para obtener el cargo de organista en la catedral de Linz, puesto que obtuvo tras una genial improvisación. Bruckner vivió en Linz desde la Navidad de 1855 hasta 1868, limitándose a seguir las clases de Simon Sechter, un reputadísimo docente del Conservatorio de Viena, quien prohibió a Bruckner ejercer la composición durante los primeros cinco años. A finales de 1861, Bruckner obtuvo el ansiado título de Maestro Musical de Viena, luego de superar un complicadísimo examen. Para la ocasión, el compositor tuvo que estudiar a fondo la orquestación y la música de los compositores contemporáneos, aunque no será hasta 1863 cuando se produce un acontecimiento fundamental en la vida de Bruckner, el descubrimiento de la obra de Richard Wagner.

 Tanhäusser y Tristán fueron las obras que más impactaron en un admirado Bruckner y, fruto de esta revelación, el compositor austríaco escribe una Sinfonía en fa menor — que nunca numeró — y el Salmo CXII. Un año después, en 1864, Bruckner termina la Sinfonía en re menor — a la que denominó Nullte, es decir, “número cero” — y que constituye el prólogo de una serie de nueve sinfonías realmente magistrales. Pero la soledad, el exceso de trabajo y los continuos fracasos sentimentales minaron su salud, sobre todo la psíquica. Sometido a una cura en un balneario, Bruckner solicita un cargo en el Conservatorio de Viena en 1869 pero encuentra la inesperada oposición del crítico musical Hanslick, un anti-wagneriano realmente obsesionado, quien desde ese momento inicia una cruenta oposición crítica contra Bruckner.

 En 1869, y tras una portentosa exhibición organística en Nancy, Bruckner fue invitado a tocar en París, en el Nôtre-Dame, cosechando otro magnífico éxito ante un público en el que se encontraban compositores de la talla de César Franck, Saint-Säens y Gounod, entre otros. Su fama como organista fue extendiéndose por toda Europa y así, en 1871, ofrece una serie de recitales en el londinense Royal Albert Hall con tal éxito que sus actuaciones hubieron de prorrogarse en el Crystal Palace. Luego de estos triunfos, Bruckner termina en 1872 su Segunda Sinfonía, una obra que ya presenta las peculiaridades propias de su creación sinfónica. Pero a pesar de todo ello y de ser considerado uno de los mejores organistas de Europa, como compositor Bruckner siguió siendo un incomprendido debido, en buena parte, a su amistad con Wagner y a la animosidad que contra éste seguía oponiendo el todopoderoso Hanslick. Sin embargo, en 1878, Bruckner consiguió ser nombrado miembro de la Capilla Imperial de Viena.

 El éxito de Bruckner como compositor fue realmente tardío y su consagración no llegó hasta después de cumplidos los 61 años. Sólo a partir de 1884 el público le reconoció, la crítica le consideró como uno de los grandes compositores y los conciertos con sus obras fueron acogidos por toda Europa e incluso en Nueva York.  Mucho tuvo que ver con el éxito de Bruckner el estreno de su monumental Séptima Sinfonía en Leipzig en 1884, una de las obras más prodigiosas jamás compuestas en la historia de la literatura sinfónica universal. Pero paralelamente a este reconocimiento la salud de Bruckner empezó a resquebrajarse, con unos síntomas más que preocupantes y que incidían en buena medida en su delicado estado nervioso.

 En 1886, Bruckner estrenó el Te Deum con un sonado triunfo que incluso le valió la felicitación de Hanslick pero no así la de Brahms. Hubo un intento de reconciliar a los dos compositores por parte de amigos comunes, pero aquello acabó en agua de borrajas, ya que ambos músicos adolecían de un extraño carácter y no sabían reconocer sus respectivos valores estéticos. A finales de 1890, el emperador recibió a Bruckner, agradeciendo la dedicatoria de su Octava Sinfonía; poco después, el gobierno austríaco le concedió una pensión vitalicia. Ya en 1891, Bruckner es nombrado doctor honoris causa por la Universidad de Viena, lo que reactivó la cólera de Hanslick y Brahms (¡Mira que era un buen tipo Brahms! Pero nada, no hubo manera; la tomó con el pobre Bruckner y no hubo forma de que cambiase su agresiva consideración hacia el compositor de Ansfelden)

 En 1893, tras haber visitado por última vez la tumba de Wagner en Bayreuth, la salud de Bruckner empeoró de forma alarmante. Sin embargo, el compositor experimentaba ocasionales mejorías que le permitirán, incluso, viajar a Berlín. Bruckner, intuyendo la cercanía de su muerte, se centró en la composición de su Novena Sinfonía, de la que sólo dejó terminados los tres primeros movimientos, dejando esbozado el último. Finalmente, el 11 de octubre de 1896 el compositor falleció en Viena. Durante los funerales se interpretó el Adagio de la Séptima Sinfonía y, atendiendo a su testamento, su cuerpo fue depositado en la cripta de San Florián, bajo el que fue su órgano.

 La música de Bruckner llena el espacio estilístico existente entre el romanticismo temprano y el tardío, allanando el camino a compositores como Mahler y Sibelius. Si bien Bruckner usaba las estructuras clásicas en sus sinfonías, expandió la longitud y la gama armónica de temas, así como su desarrollo. Las largas duraciones de sus movimientos sinfónicos le permiten alcanzar una gran sutileza de formas, con secciones que a su vez contienen subsecciones relacionadas. Sus prodigiosas graduaciones sonoras confieren a su música un carácter netamente trascendental, incluso “sobrenatural”. Bruckner nunca fue considerado por la sociedad vienesa, quien le veía como un vulgar campesino del Danubio. Su corpulencia — debida a su desmesurada afición por la cerveza –, su cabello extraordinariamente rasurado y su desaliño en el vestir no favorecieron su imagen. Estas circunstancias debieron influir en el hecho de que, pese a sus incontables enamoramientos, siempre fuera rechazado por las mujeres. De hecho, murió soltero y atormentado por la idea del matrimonio. Pero Bruckner fue un hombre de profunda fe y por ello depositó su confianza tanto en Dios como en Richard Wagner por igual. Para Dios escribió misas y motetes mientras que para Wagner las sinfonías, auténticos intentos de igualar en la sala de conciertos la irresistible fuerza emocional de aquel. El resultado de esta mezcla son unas inmensas “catedrales sonoras” que exigen un nivel de dedicación tal en su escucha que posteriormente uno se ve recompensado con toda una experiencia mística. Si existe realmente eso que llaman Paraíso según la terminología dogmática de algunas religiones, su música incidental no debe sonar muy distinta a la de algunos adagios de las sinfonías brucknerianas.

OBRAS

9 Sinfonías (Aparte, la temprana Sinfonía nº0 y la conocida como “doble cero”)
5 Misas
Requiem
Te Deum
– 7 Obras corales sacras
Obertura en sol menor
– 4 Piezas orquestales
Quinteto de cuerda y otras obras de cámara
– Diversas piezas breves para órgano y piano