Antonin Dvorak

Antonín Leopold Dvorak

Antonín Leopold DvorakNacido el 8 de septiembre de 1841 en Nelahozeves, cerca de Praga y fallecido el 1 de mayo de 1904 en Praga

 Antonín Leopold Dvorak nació en Nelahozeves, una bella aldea a orillas del río Vitara y a escasos kilómetros al norte de Praga. Era el hijo mayor de Frantisek Dvorak y de Anna Zdenková, matrimonio que regentaba una carnicería en la citada localidad. En la escuela primaria de la aldea, el pequeño Antonín aprendió a tocar el violín bajo la dirección del maestro Josef Spitz y desde ya muy joven participó en bodas y otras celebraciones formando parte de improvisadas orquestas. Sin embargo, este precoz talento musical no convencía del todo a su padre, quien deseaba a todas luces que su hijo aprendiera el oficio de carnicero. Así, en 1853, un Antonín que apenas contaba con doce años es enviado a la vecina ciudad de Zlonice para que aprendiera alemán, lengua imprescindible para el ejercicio de este oficio. Pero ocurrió que su profesor de alemán, Antonín Liehmann, era otro chalado de la música que tocaba en orquestinas y que se defendía muy bien al órgano. El padre de Dvorak, descontento ante los nulos progresos lingüísticos de su hijo, decide enviarle a Ceská Kamenice, en la frontera con Sajonia. Pero, increíblemente, la historia se repitió de nuevo (El destino parecía señalar la senda musical de Dvorak). Sin embargo, en 1856, los negocios de la carnicería no marcharon del todo bien y Dvorak se vio obligado a esgrimir los cuchillos en lo que parecía un triste adiós a una más que prometedora carrera musical. Durante dos interminables años Dvorak estuvo cortando chuletas y filetes como cualquier otro carnicero… Pero el viejo profesor de alemán, Antonín Liehmann, no le había olvidado y en determinadas ocasiones le acogía en su pequeña orquesta. Tras mucho porfiar e insistir, por fin convencieron al padre para que permitiera que Dvorak marchase a Praga, máxime teniendo en cuenta que un tío suyo se comprometió con la manutención del muchacho.

 En otoño de 1857 Dvorak se matriculó en la Escuela de Órgano de Praga pese a que su director, Josef Krejcí, no sentía simpatía alguna por aquel mozo que no dominaba una palabra de alemán. De cualquier forma, en el diploma final reconoció el “enorme talento” de su alumno. En 1859, con 18 años, Dvorak ingresa como violinista en la orquesta de Karel Komzák, formación que se encargaba de ofrecer conciertos en el Teatro Provisional. De esta forma, Dvorak pudo familiarizarse con la ópera y mucho más cuando en 1866 Smetana acudió a dirigir al Teatro Provisional, circunstancia que ejercería una enorme influencia en el futuro compositor. Fue entonces cuando Dvorak quiso componer aunque, como no tenía suficientes conocimientos para semejante ejercicio, se vio obligado a estudiar a fondo la composición durante casi diez años, creando pequeñas piezas a modo de ejercicio. El esperado reconocimiento público llegó en 1873, cuando se estrenó su coral Hymnus, de marcada tendencia patriótica.

 En ese mismo año de 1873, Dvorak abandonó el Teatro Provisional y pasó a ocupar el cargo de organista en la iglesia de San Adalberto. Allí conoció a Anna Cermáková y, antes de finalizar el año, ambos pasaron por la vicaría. Al año siguiente Dvorak estrena en Praga su ópera Tvrde palice (Cabezotas) con la que logra un gran éxito. De esta forma, consigue una beca de Viena para artistas sin recursos y durante cinco años recibió una pensión de 400 florines anuales, una cifra considerable si pensamos que sus ingresos como organista en Praga no superaban los 10 florines mensuales. Dvorak, que ya había escrito sus tres primeras sinfonías en un estilo muy cercano al de Wagner y Liszt, comenzó a desarrollar un fuerte acento nacionalista a partir de su Cuarta Sinfonía, terminada en 1874. Al año siguiente, en un intento de establecer contactos con el ambiente musical del extranjero, dedica su Quinta Sinfonía en Fa mayor al director Hans von Bülow (Aquel que veneraba a Wagner tanto como éste a la mujer de Bülow…) quien afirma con rotundidad que Dvorak, junto con Brahms — quien ya había reconocido el talento del checo — era el mejor compositor de la época. Por desgracia, el continuo reconocimiento artístico de Dvorak vino acompañado de graves sucesos en su vida privada. En tan sólo dos años fallecieron tres de sus hijos, dejando al compositor en un estado de absoluta postración del que sólo pudo recuperarse componiendo un sensacional Stabat Mater en 1877. En el mismo año compone también los Dúos moravos para dos voces femeninas y piano. Brahms enloqueció con esta obra y pidió encarecidamente a su editor Simrock que la publicara. El éxito, en alguna medida, mitigaba el dolor humano del compositor: A poco de acabar aquel año de 1877 recibe una carta de Hans Richter informándole del éxito que habían tenido las Variaciones sinfónicas durante su ejecución en Londres.

 1878 resultó un año definitivo en la carrera de Dvorak, consagrándose tanto en su tierra natal como en el extranjero. Muchos colegas y amigos divulgaron su popularidad — con claras intenciones nacionalistas — pero en ningún momento Dvorak pretendió ir más allá de lo que sus medios precisaban. Siempre se caracterizó por un gran sentido de la serenidad y de la sencillez, no llevando nunca lo que se conoce como una “vida agitada”. Dvorak fue un hombre cordial y ameno, capaz de cobijar o dar aliento a todo aquel que lo precisara. En vista de ello, Dvorak rehusó los ofrecimientos que le propuso el mordaz crítico Eduard Hanslick y que consistían en escribir una ópera en alemán y trasladarse a Viena, ciudad en donde gozaría de todo tipo de ventajas tanto para él como para su familia. Dvorak no quiso alejarse de su país y acabó por comprarse una casa en Vysoká, al sur de Praga, donde descansaba con su familia durante los veranos y en donde gozaba de la paz del campo. Allí cultivó Dvorak una de sus aficiones favoritas, la colombofilia o cría de palomas; la otra fue su pasión por… ¡Las locomotoras! En 1880, Dvorak concluye su Sexta Sinfonía en Re mayor, la primera cima de la evolución sinfónica del compositor. Con esta sinfonía, Dvorak no sólo certificó su condición de músico genial, sino también la de uno de los sinfonistas más extraordinarios de su tiempo.

 Pero Dvorak se resolvió también como un magnífico director de orquesta al que le encantaba dirigir sus propias obras. En Inglaterra era periódicamente requerido desde que en 1884 dirigió su Stabat Mater en Londres. Aquel año esbozó también su Séptima Sinfonía en re menor, para muchos, la mejor de todo su ciclo. Cinco años más tarde concibió otra obra maestra del género, la Octava Sinfonía en Sol mayor. En 1890, la Academia Checa de Ciencias y Bellas Artes le nombró miembro de su corporación, lo mismo que la Academia de Berlín. El emperador de Austria le otorgó la Orden de la Corona de Hierro y la Universidad de Praga le distinguió con el doctorado honoris causa en Filosofía. Sin embargo, en un principio Dvorak rechazó la cátedra de composición ofrecida por el Conservatorio de Praga, aunque al final accedió enseñando además Teoría de las Formas Musicales. Los honores hacia su persona no cesaban: La Universidad de Cambridge le concedió el título de doctor honoris causa en Música y el compositor obtuvo un triunfo memorable en Rusia durante una gira organizada por Chaikovski.

 En 1891, el Conservatorio Nacional de Nueva York le invita a hacerse cargo de la dirección de aquel centro con unas condiciones del todo irrechazables, 15.000 dólares al año, toda una fortuna. Dvorak aceptó y se embarcó rumbo a Nueva York en 1892. Al año siguiente escribió su célebre Novena Sinfonía, llamada “Del nuevo mundo” cuyo éxito traspasó las fronteras del mundo. Luego de tres años de estancia en Nueva York — sentía mucha nostalgia por su tierra — Dvorak regresó a Praga en 1895, terminando ese mismo año su sensacional Concierto para violoncelo. Allí, volvió a impartir clases en el Conservatorio y compuso los Cuartetos en La bemol y Sol mayor, para dedicarse luego a obras sinfónicas y óperas con temática mitológica. Un buen exponente es su magnífica ópera Rusalka, estrenada en 1900 con gran éxito, aunque su última ópera, Armida, constituyera un triste fracaso. De cualquier manera, esta inesperada circunstancia no restó popularidad a su trayectoria. En 1904, el compositor experimentó unos fuertes dolores de riñón que impidieron su asistencia al Festival de Música Checa celebrado en abril de aquel año. Los síntomas se agravaron con inusual celeridad — Dvorak siempre había gozado de una salud de hierro — y el 1 de mayo siguiente falleció como consecuencia de una congestión cerebral. Tras un funeral que congregó a una enorme multitud, Dvorak fue enterrado en el cementerio de Vysehrad, junto al río Moldava.

 De todos los compositores nacionalistas del siglo XIX, quizás fue Dvorak el que más éxito obtuvo al aplicar los elementos del folclore tradicional a un estilo clásico sofisticado. Sin ser considerado un progresista, en términos de armonía y forma, sus melodías líricas de estilo bohemio son totalmente características, abarcando no tanto el origen estrictamente folclórico como su forma genérica. Poseía un don especial para la melodía, al igual que Schubert, aunque rara vez utilizó auténticas melodías populares. Lo que realmente ocurre es que su música está empapada de giros expresivos que parecen imitar una música bohemia que en realidad es diferente. A pesar de su ascendente progreso hacia la cumbre profesional y social, Dvorak nunca perdió la frescura inocente de su infancia, reflejada una y otra vez en su música. Sus obras contrarrestan el exceso melódico mediante una cuidadosa organización y equilibrio entre compás y compás, aspecto que vivifica notablemente el desarrollo temático. Su legado sinfónico, progresivamente perfeccionado, ocupa un lugar de merecido privilegio en la historia de la música.

OBRAS

– 9 Sinfonías, destacando la 6, 7, 8 y 9
– 5 Poemas sinfónicos
– 5 Oberturas, destacando Carnaval
Variaciones sinfónicas
Scherzo Capriccioso
Concierto para violín
Concierto para piano
Concierto para violoncelo
Danzas eslavas (Inicialmente escritas para piano a cuatro manos)
Serenata para cuerdas y Serenata para vientos
– 10 Óperas, destacando Rusalka
Stabat Mater
Misa
Requiem
Te Deum
– Otras obras breves para coro, destacando Diez canciones bíblicas
– 8 Cuartetos de cuerda
– 2 Quintetos
Sexteto
– 4 tríos para violín, cello y piano, destacando Dumky, Op. 90
– 2 Cuartetos con piano (Fijaos quién toca el piano)
Sonatina para violín y piano
Sonata para violín
– Otras obras breves de cámara
– 100 piezas breves para piano y piano a cuatro manos