arturo toscanini

 En muchos sentidos, Arturo Toscanini fue el maestro de la dirección orquestal del siglo XX. Fascinó a varias generaciones de músicos por su incorruptibilidad, intensidad y autoridad. Desarrolló, legitimándose en la partitura, un estilo de interpretación severo y objetivo que parecía más moderno que las artes de interpretación tradicionalmente románticas. Y descubrió, además, el significado y potencial valor tanto de la radio como del disco, a los que adecuaba su modo claro y objetivo de cultivar la música. En efecto, la música siempre fue lo más importante para él y nunca quiso que su persona se situase en un primer plano; en cierto sentido, podemos afirmar que fue una anti-estrella absoluta. Ciertamente, la leyenda de Toscanini conoce más bien al irascible tirano del podio que llegaba a romper las batutas en las cabezas de los profesores de la orquesta o que destrozaba las partituras y se salía de los ensayos mesándose los cabellos. Resulta evidente que la furia formaba parte del temperamento de Toscanini. Y, precisamente, el que no siempre pudiera dominar su carácter indicaba una enorme presión interior, una poderosa tensión impulsora; de hecho, Toscanini no fue un puro pedante o un simple metrónomo encarnado en figura humana. La transparencia de su dirección difícilmente hubiera podido brotar de una personalidad pacífica o armónica; más bien, pareció producto de un trabajo vehemente y racionalizado consigo mismo. Toscanini impuso exigencias altísimas para sí mismo y para los demás, resultándole del todo inasequible la felicidad del quehacer musical a través de senderos más bien cómodos y oportunos. Sin interesarse nunca seriamente por alguna otra cosa que no fuera la música, Toscanini estuvo, sin embargo, poseído del espíritu de lo absoluto. Como primer director de orquesta italiano que alcanzó fama mundial, fue una personalidad musical universal que abandonó resueltamente el marco de la tradición de la que procedía. Y esto no sólo puede afirmarse del lugar en el que Toscanini desarrolló su trabajo, sino también de su amplísimo — desde un principio — horizonte musical.

 Arturo Toscanini nació en Parma el 25 de marzo de 1867, en una ciudad de intensa tradición operística. El chico, inscrito en 1876 en el conservatorio de su ciudad natal, se tuvo que someter a la disciplina monacal de aquella casa como alumno de violoncelo. Algo de aquel estilo monacal-ascético que vivió en su juventud ejerció una influencia posterior en su manera de trabajar y en su concepción de la vida. Es conocida la historia del debut de Arturo Toscanini como director de una orquesta: El joven violoncelista había viajado con una compañía de ópera a Río de Janeiro en 1886 y en la segunda noche, al ser abucheado el director durante la interpretación de Aida, Toscanini decidió subir al podio — el director titular se había retirado compungido del mismo — y se puso a dirigir toda la obra de memoria. (En sus casi setenta años de actividad como director, Toscanini casi nunca acometió una dirección mirando a la partitura. Un motivo circunstancial de ello fue su miopía. Sin embargo, el minucioso dominio de las obras formaba parte de su intransigente carácter artístico, opuesto a todo compromiso).

 Aquella salida a escena en Brasil no quedó sin consecuencias: Al volver a Italia, el joven maestro se había convertido de pronto en un acontecimiento nacional y así le confiado el estreno en Turín de la ópera Edmea del compositor Alfredo Catalani. Se le disputaron con ahínco muchas ciudades italianas: En 1892 dirigió en Milán el estreno de Pagliaci de Leoncavallo; en 1895 dirigió el estreno italiano de El ocaso de los dioses, también en Turín; en 1897, el estreno de La bohème de Puccini; y en 1898 inauguró la temporada de La Scala de Milán con Los maestros cantores de Wagner. A fines de siglo, se presentó en La Scala con un amplio repertorio operístico. Varias veces fue interrumpida brevemente su etapa de Milán para dirigir en el Teatro Colón de Buenos Aires. Pero la carrera de Toscanini alcanza un primer punto culminante entre 1908 y 1915, cuando trabajó en el Metropolitan de Nueva York y el tenor estrella de entonces, Enrico Caruso, formaba parte del equipo. Entre los hechos gloriosos de Toscanini en Nueva York cuenta el primer estreno americano de Boris Godunov en 1913, pocos años después de que esta obra hubiese repercutido como un terremoto en los ambientes musicales parisinos. En 1915, abandonó precipitadamente el Metropolitan y Nueva York, al parecer porque un perfeccionista musical de su clase no estaba muy por la labor de atender unos compromisos artísticos que en la frenética ciudad norteamericana estaban a la orden el día.

 Entre 1921 y 1929, Toscanini dirigió de nueva las riendas de La Scala de Milán, simpatizando en un principio con el emergente fascismo italiano, circunstancia de la que se avergonzó posteriormente. El hecho de mayor relieve en esta nueva etapa milanesa fue el estreno de Turandot, no acabada aún del todo por Puccini. Desde 1926 a 1928, Toscanini fue el director de la primitiva Orquesta Filarmónica de Nueva York, formación que en 1928 se vio reforzada mediante su fusión con la Orquesta Sinfónica de la misma ciudad. Con esta nueva formación, Toscanini efectuó una muy celebrada gira por Europa en 1930. En 1930 y 1931, Toscanini dirige en los Festivales de Bayreuth, con un Parsifal reposado que sorprendió a unos aficionados de la música que veían en el director italiano a un mero ejecutante de compases vivaces. Con las aproximadamente dos horas de duración del primer acto de Parsifal, Toscanini batió un record. Ya mundialmente famoso, entre 1931 y 1937 fue el invitado de honor en los Festivales de Salzburgo, aunque posteriormente evitó los dos ya mencionados festivales por su animadversión y enemistad declarada hacia el nacionalsocialismo. Por tal motivo, una de las principales razones que le impulsaron en los años siguientes a trabajar en intensa colaboración con los músicos israelitas en Jerusalén, Haifa y Tel-Aviv fue su absoluto desprecio hacia la política racista nazi. Como ya señalamos, pese a unos iniciales escarceos, el director nunca quiso tener que ver en nada con los fascistas italianos desde mediados de los años veinte. Eludió totalmente el ejercicio de la música en su patria hasta el fin de la guerra.

 Un hecho significativo e histórico en el devenir tanto de Toscanini como de la música fue la fundación, en 1937, de la Orquesta Sinfónica de la NBC de Nueva York, una formación con la que Toscanini pudo llevar a cabo como nunca antes sus ideas musicales. Los 17 años de cooperación entre Toscanini y la Orquesta de la NBC produjeron no sólo una gran cantidad de grabaciones radiofónicas, sino también importantes ejemplos de ópera italiana. La mayoría del exponente y estilo de dirigir de Toscanini está presente hoy en día en numerosos documentales de la época. Hay que poner de relieve las grabaciones de las sinfonías de Beethoven, flexibles y delicadas, pero nunca faltas de dramatismo, así como la enérgica y depurada versión de la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak.

 A los músicos con los que colaboró, seguramente Toscanini no les infundió siempre sólo admiración y afecto, sino con frecuencia también temor y temblor. Nunca hizo las cosas fáciles ni para sí ni para otros. Tanto más conmovedor fue el final de su carrera: Desde 1950, ya había hecho público en numerosas ocasiones su intención de retirarse como director y ese momento llegó el 4 de abril de 1954, pocos días después de su 87 cumpleaños. En el programa figuraba la Obertura de Tannhäuser y durante la transmisión radiofónica los oyentes notaron de repente que el tempo era cada vez más lento y que los grupos orquestales se estaban descoordinando. Toscanini, el director de la memoria infalible, no había sabido continuar y dejó de dirigir, absorto y mirando al vacío. El ingeniero de sonido puso a toda prisa una sinfonía de Brahms para enmendar en lo posible la accidentada circunstancia. Al poco tiempo, Toscanini pudo recuperarse y la interpretación de Wagner pudo continuar en el estudio. Pareció como si el subconsciente mismo de Toscanini hubiera puesto un violento punto final a su carrera como director. Tres años después, el 16 de enero de 1957, Toscanini desaparecía para siempre en Nueva York.

Indudablemente, Toscanini fue un artista producto de su origen italiano y de su tiempo. Hoy en día, sería realmente difícil que se diera este tipo de director: Las tendencias burocratizantes y prudentemente democráticas de la cultura orquestal actual restarían posibilidades a los directores déspotas y autócratas. Los modos de relación paternalistas y autoritarios entre el director y los profesores de la orquesta han cedido el paso, sin apenas excepciones, a un estilo de comunicación objetivo y colegiado. El orden y la obediencia, que aún se conservan — al menos, simbólicamente — en la relación óptica entre la acción del director y la reacción de los músicos, son reducidos a una unidad de funcionamiento técnico que conserva muy poco de la brillante demostración del poder de los directores y de la simultánea actitud subordinada del colectivo orquestal. En la época de Toscanini, la fe en la competencia de la dirección de un solo hombre todavía era absolutamente inquebrantable. Y en este sentido, el director era producto de una “época de genios”, necesitando casi la “simpleza” de unos músicos “incultos” y no inspirados por la musa para desarrollar su productividad crítico-interpretativa. Esto no significa que Toscanini no sufriera con las orquestas mediocres, aunque este sufrimiento perteneciera a su particular camino del perfeccionamiento de la interpretación musical. Toscanini percibió muy bien esa discrepancia, calificándose como un aristócrata de la música mientras que su corazón burgués latía por la democracia. Años más tarde fue enemigo de los regímenes totalitarios de la época. La libertad musical sólo sería posible si todos, absolutamente todos, los comprometidos en la producción de la música hubieran logrado el mismo grado de conocimiento y amor por ella. Pero como esto no deja de ser una utopía, será entonces bien justificado el dominio autoritario de la voluntad del más competente.

 Toscanini tuvo fundadas razones para sentirse como un pionero. La dirección italiana era, en los años de su juventud, poco más que una mera y vacía rutina. Las partituras tenían sólo una validez limitada, aunque una praxis de interpretación frecuentemente descuidada introdujo no pocas convenciones: La arbitrariedad subjetiva, provista de la aureola de una genialidad romántica, fue muy apreciada por la estética de la interpretación alemana, derivada en buena medida de Wagner. Toscanini percibió con meridiana intuición el peligro de esta tendencia: Las divergencias tradicionales con respecto a una misma partitura se convertían al poco en malos convencionalismos que amenazaban con ocultar progresivamente la verdadera forma de las obras. Sin embargo, una reproducción lo más “fiel” posible a la obra era más fresca, más intensa, más emocionante y, posiblemente, estaría más cerca de lo que realmente el compositor hubiera querido expresar. Pero, para Toscanini, la “fidelidad a la obra” fue la fidelidad a todos y cada uno de los detalles de la partitura. En su tiempo, Toscanini fue un intérprete y lector de partituras de insuperable exactitud filológica, llegando incluso a reprochar a su colega Gustav Mahler un excesivo trato liberal en determinadas obras maestras. En la actualidad, la praxis de la interpretación basada en la investigación de la música es, en muchos aspectos, mucho más rigurosa de lo que fue en tiempos de Toscanini. Pero ello no significa que su mérito, como profeta defensor de la reproducción auténtica de las partituras, tenga que ser injustamente disminuido.

 Toscanini fue — precisamente como músico apasionado y colérico — un trabajador obsesionado por el orden racional de las obras. Nunca convirtió la música en un cauce para sus propios sentimientos o en un espontáneo gesto expresivo. La música era planteada como una arquitectura sonora por completo cuyo principal componente de ordenación fue la estructuración de los tempi. Toscanini se basó en medidas del tiempo iguales, en general rápidas, y sostenidas durante largos períodos. Ello otorgó claros contornos a la silueta sinfónica, evitando que la obra se diluyese en bellos pasajes (De igual manera hizo en la ópera, suprimiendo una línea melódica autónoma). Uno de los secretos de la sensibilidad de su arte fue precisamente que nunca marcó rígidamente el compás en la ópera, sino que logró una línea de dirección viva que estimulaba a los cantantes a ejecutar de un modo superior la expresión musical. Sus lecturas, a veces criticadas como frías, no presentan en absoluto nada de plano o neutral.

 La singularidad de Toscanini fue debida a que trabajó con todo su ser en el perfeccionamiento, en el cambio de situación con la que se encontró. Nunca se sintió por completo satisfecho en instituciones tradicionales, como la ópera. Los nuevos medios técnicos le depararon por primera vez una serie de condiciones en las cuales era capaz de trabajar a conciencia. Sólo en este preciso aspecto puede afirmarse que Toscanini fue un “artista de los medios de comunicación”. Estos medios tenían el exclusivo fin de hacer sus mensajes musicales lo más claros posibles. Pero Toscanini fue también un preceptor de la interpretación objetiva, adelantándose a su tiempo. Es cierto que en su generación hubo también influyentes directores que rechazaron de plano el subjetivismo interpretativo, como Félix Weingartner o Richard Strauss, pero donde éstos tendieron a cierta frialdad e impersonalidad, Toscanini estuvo animado, al contrario, por un sentimiento estrechamente vinculado a la proporción y al ritmo. (Puntualicemos que a Toscanini le resultaba particularmente odioso llevar el compás vacío de expresión).

 Muchos críticos y especialistas han reprochado a Toscanini el que no se ocupase lo suficiente de la música moderna, aunque en sus principios adquirió cierto compromiso con la misma, siendo el número de los estrenos protagonizados relativamente amplio. El repertorio de Toscanini permaneció esencialmente en la música compuesta hasta 1900, el tardío apogeo de la ópera italiana y el impresionismo orquestal hasta Debussy y Ravel. Sin embargo, anteriormente a él, no hubo directores italianos que conocieran tan a fondo y de forma tan polifacética la ópera y el concierto, el sinfonismo alemán y el italiano, el arte orquestal ruso y el francés. Exceptuando al malogrado Guido Cantelli (Fallecido prematuramente en 1956 en un accidente de aviación en París) Toscanini no tuvo ningún alumno. A pesar de ello, su influencia en la línea de tradición del estilo moderno objetivo — clásico — de interpretación fue enorme. En vista de la diversificada e incluso difusa interpretación del presente, no cabe esperar que la ortodoxia a la fidelidad de la obra postulada por Toscanini pueda llegar a ser la técnica dominante en las próximas décadas.