* Nacido el 9 de octubre de 1835 en París
* Fallecido el 16 de diciembre de 1921 en Argel

 Hijo de un funcionario del Ministerio del Interior, el pequeño Camille perdió a su padre cuando apenas contaba con dos meses de edad. Ello provocó en la familia el temor a que el niño heredara la enfermedad paterna — tisis — por lo que fue confiado durante casi dos años a un ama de cría que residía en las afueras de París. Transcurrido ese intervalo de tiempo, las primeras enseñanzas que recibió Camille por parte de su madre y de su tía Charlotte fueron las de solfeo, demostrando el niño estar en posesión del llamado oído absoluto (Facultad de reconocer exactamente cualquier sonido de la escala musical). Niño prodigio, Camille compuso su primera pieza de piano a los tres años mientras que a los siete ya ofrecía conciertos. Ante tal precoz derroche de facultades, Camille fue puesto bajo la tutela de Camille Stamaty, un profesor que, además de piano, armonía, contrapunto y composición, le enseñó también latín y griego. Con sólo diez años Camille ofrece un recital en la prestigiosa Sala Pleyel parisina con un programa que incluía obras de Mozart y Beethoven. Tres años más tarde, Camille abandona sus estudios literarios y de ciencias, decidido a consagrarse exclusivamente a la música. Ya en el Conservatorio de París, opta en 1852 — con diecisiete años — al Premio de Roma sin obtenerlo, aunque en compensación logra el premio de la Sociedad Santa Cecilia. Ese mismo año también conoce a Liszt.

 La carrera del joven músico era del todo espectacular (Muy parecida, comparativamente, a la de Mendelssohn): Con 18 años compone su Sinfonía nº1 y dos años más tarde, en 1855, la Misa, Op. 4. Ese mismo año es nombrado organista de Saint-Merry y seis años después profesor de la Escuela Niedermayer, en donde llegó a tener como alumno a un tal Fauré. En 1862 presenta en París el Concierto nº1 para piano y el Concierto para violín, dedicado a Sarasate. También compone su Trío para piano, Op. 18 y, tras un viaje a Bretaña, las Tres rapsodias bretonas. En sólo diez días compone su extraordinario Concierto nº2 para piano (Pieza que obligaron a repetir durante el estreno), al que le sigue la Marcha Oriente-Occidente, partitura por la que recibirá una distinción oficial. En algo más de una década, Saint-Saëns crea un puñado de obras en las que se revela como el compositor francés más popular del momento. Incluso en vísperas de la guerra franco-prusiana, Saint-Saëns se permite el lujo de dar una gira de conciertos por Alemania. Mediante los estímulos de Liszt — maravillado por la facilidad pianística del francés — Saint-Saëns completa en 1873 su ópera Samson et Dalila, cuyos primeros esbozos no fueron del agrado del público. Pero los acontecimientos políticos de la época influyeron sobremanera en el compositor: Durante la guerra es movilizado en un batallón del Sena (Donde compone la Marcha heroica) y un año después se exilia a Londres, con motivo de la proclamación de la Comuna de París, y allí se destaca como un virtuoso del órgano. Regresa a París tras la represión de la República sobre las tropas de la Comuna en mayo de 1871 y, contra pronóstico, rechaza la cátedra de órgano del Conservatorio de París. Ello pudo deberse a la infatigable incapacidad creativa de aquella época, en donde dio a conocer el poema sinfónico Le rouet d´Omphale y la ópera La princesa Jauné, obras a las que le siguen el Concierto para violoncelo, el Salmo XVIII y el poema sinfónico Phaéton.

 En 1874 Saint-Saëns inauguró los órganos de la Capilla Real de Versalles y meses más tarde contrajo matrimonio con la hermana de su alumno Truffot, con la que tendría dos hijos. Un año después estrena una de sus obras más populares y exitosas, la Danse Macabre, triunfo que no revalidaría con el oratorio Le déluge ni con el Cuarteto para piano e instrumentos de cuerda, Op. 41. Su ritmo creativo no cesa y, tras viajar a Inglaterra, Austria y Rusia, da a conocer La jeunesse d´Hercule y Le timbre d´Argent, obras que cosecharon un éxito más bien discreto. El compositor se desquitaría en 1877 en Weimar — bajo el patrocinio de Liszt — con el esperado estreno de Samson et Dalila, ópera que sin embargo no acabó de gustar en Francia, en donde tuvo que esperar hasta 1892 para ser representada en la Ópera de París. A su triunfal regreso de Weimar, Saint-Saëns dimite de su cargo de organista en La Madeleine y un año más tarde, en 1878, sufre los desaires de su colega Massenet para ingresar en el Instituto. Fue ese un mal año para el compositor, ya que también perdió a sus dos hijas. Para resarcirse de sus males, Saint-Saëns se dejó arrastrar por el torbellino de su inagotable creatividad y así presenta la cantata Les noces de Promethée y la ópera Étienne Marcel. En 1879, y tras la debida autorización de Victor Hugo, Saint-Saëns da a conocer en Londres su oda La lyre et le harpe. Debido al éxito obtenido con esta última obra, en Francia no paran ahora de programar su producción, como el magnífico Septeto para trompeta, piano e instrumentos de cuerda y la ópera Henri VIII, fríamente acogida en París.

 La relación de Saint-Saëns con Wagner fue realmente curiosa: No dejaba de ponerle a caer de un burro y, sin embargo, solicitó los favores de sus partidarios durante una gira por Alemania en 1886, tres años después del fallecimiento del mito germano. En Viena compuso Saint-Saëns su famoso Carnaval de los animales — obra que prohibió que se representara en público en vida del compositor — pero no logra obtener el beneplácito del purista público austríaco. Sólo Liszt le declara su entusiasmo y para agradecérselo Saint-Saëns le dedica su Sinfonía nº3 en do menor, Op. 78, estrenada en Londres en ese mismo año de 1886. También de esa fecha data su Polonesa para dos pianos, Op. 77, y al año siguiente presenta la ópera Proserpina, de nuevo acogida con tibieza en París. Pese a estos fracasos, Saint-Saëns acepta una invitación oficial del zar ruso y viaja hasta San Petersburgo en donde estrena su Capricho sobre temas daneses y rusos en homenaje a la zarina, una mujer de origen danés. No para de componer y a su regreso a Francia escribe su famosa Havanaise y la balada La fiancée du timbalier. La década de los ochenta se cierra con el estreno en París de la ópera Ascanio. El compositor pareció intuir algo y no asistió al estreno, optando por realizar un viaje hasta las Islas Canarias. Aquel gesto le valió reproches más que severos.

 A partir de 1890, Saint-Saëns pasó largas temporadas en Argel y su producción de esta época refleja la evocación de un orientalismo más bien convencional, como en África, la ópera cómica Phryné o el Capricho árabe. También viajó hasta la China y durante la travesía completó Brunilda, obra que posteriormente fue orquestada por Dukas. Esta pieza fue estrenada con el título de Frédégonde en 1895. Viajero infatigable, a su paso por Egipto compone su Sonata nº2 para violín, el Concierto nº5 para piano y el ballet Javotte. Luego de este exótico viaje, Saint-Saëns emprende una gira que le conduce por Inglaterra, Dinamarca, Bélgica, España y América del Sur para acabar recalando finalmente en Canarias, un archipiélago por el que sentía pasión y en donde compuso Déjanire, una monumental obra que exige no menos de 200 cantantes, 18 arpas, 25 trompetas y más de 100 instrumentistas de cuerda. En París, y en una versión instrumental más reducida, la obra fue discretamente recibida, como no podía ser de otra manera. También aquí estrenó Les barberes, otra gran puesta escénica que también hubo de ser nuevamente recortada y, consecuentemente, recibida con escepticismo (No había manera de que este hombre “colocara” una obra escénica en París). En los primeros años del siglo XX vieron también la luz la cantata Le feu céleste, el drama Parysatis, la comedia Le roi Apépi, la Marcha solemne, Op. 117, el poema lírico Hélène y el drama L´Ancêtre… A todo esto, no olvidemos que Saint-Saëns no paraba de viajar.

 En 1908, Saint-Saëns acudió hasta los EEUU para ofrecer recitales en las ciudades más importantes. Como no podía ser de otra manera, allí vio la luz el salmo Praise Ye the Lord. Ya en vísperas de la Primera Guerra Mundial compone el oratorio The Promised Land para ser interpretado en la Catedral de Gloucester. El conflicto bélico no evitó que Saint-Saëns retornase a los EEUU con motivo de la Exposición de San Francisco, ciudad en donde compuso Cyprès et Lauriers para celebrar la victoria de los aliados. A su regreso de tierras americanas Saint-Saëns viajó hasta Argelia y luego a Grecia, país en donde dirigió algunos festivales al pie de la Acrópolis. Ya en 1920, Saint-Saëns compone sus 6 fugas para piano y un año después sus sonatas para distintos instrumentos de viento (Oboe, clarinete y fagot). Un tanto agotado por la explosión creativa de tantos y tantos años, Saint-Saëns parte para Argel en 1921 buscando el calor que tanto le beneficiaba. Sin embargo, allí fue víctima de una congestión pulmonar que puso fin a sus días el 16 de diciembre de 1921. Trasladado unos días después a París, la ciudad entera le rindió una serie de homenajes a uno de los “mayores músicos y artistas de la cultura francesa”. Ya fallecido, Saint-Saëns comenzó a triunfar en París…

 Con la salvedad de que rara vez dirigió una orquesta, Saint-Saëns fue una especie de Mendelssohn francés: Fue capaz de conseguirlo todo en música. En sus manos cualquier pieza tenía tanta gracia y estaba tratada con tanta habilidad que despertaba incluso la admiración de sus celosos rivales. Sus interpretaciones al órgano y al piano — en donde practicaba rápidas y complicadas escalas al mismo tiempo que leía el periódico — fueron realmente legendarias. Sus clases de composición estaban siempre a rebosar de alumnos y sus obras sinfónicas tenían un gran éxito en Europa y contaban con multitud de seguidores. Si bien es cierto que su música no es la más grande que nunca se haya compuesto, la verdad es que está construida de una manera muy hermosa y toda ella es fuente de placer. Su larga carrera como compositor abarcó el Romanticismo y su transición hacia la edad moderna. Saint-Saëns fue un puente entre la tradición francesa de la ópera ligera y el comienzo del nuevo romanticismo de Wagner. Su inmensa producción refleja, ciertamente, un punto de superficialidad que se contrarresta con el encanto e inspiración melódica de muchas de sus obras.

OBRAS

– 12 Óperas, destacando Samson et Dalila
– 5 Sinfonías, destacando la nº3
– 4 Poemas sinfónicos, destacando Danza Macabra
– 2 Suites
Oberturas y otras obras orquestales
– 5 Conciertos para piano, destacando el nº2
– 3 Conciertos para violín
– 2 Conciertos para violoncelo
– Otras obras para solista y orquesta, destacando El carnaval de los animales
Requiem
Oratorio de Navidad
– Otras obras corales menores
– 2 Cuartetos de cuerda
Quinteto con piano
Cuarteto con piano
– 2 Tríos para piano, violín y violoncelo
– 2 Sonatas para violín
– 2 Sonatas para violoncelo
Sonatas para fagot, oboe y clarinete
– 12 Estudios para piano
– 6 Bagatelas
– 6 Fugas para piano solo
– 3 Fantasías para órgano
Variaciones sobre un tema de Beethoven para dos pianos
– Numerosas obras para órgano y para dos pianos