Archivo de la categoría: Análisis pictórico

Siempre Leiter’s Blues

Para todos los seguidores de este amado blog “Leiter´s Blues” queremos comunicaros esta noticia a la espera de encontrar algo que sabemos dejó escrito:

Tras una larga enfermedad que temo nombrar, o ¿Porqué no?, como Javi con entereza implacable nos decía: “Tengo cáncer, no os preocupéis, lucharé contra esta maldita enfermedad” Francisco Javier Menendez Ciudad o como todos lo conocéis ”Leiter´s o el Maestro” ha fallecido el día 28 de Agosto de 2012 a las 5 de la tarde en la calle que le vió nacer, su calle Alcántara.

Algunos lo conocemos como Leiter’s Blues,  por su pasión a la música, fotografía, por su amor a los libros y las personas mas cercanas por su pasión por la vida, una vida llena de subidas y bajadas en una constante lucha contra las adversidades. Pasó los años más felices junto a su mujer Celia o como él la llamaba cariñosamente “Mi Chula”, compañera infatigable en su andadura por esta corta pero intensa vida, tampoco queremos olvidarnos de Gema la hija de Celia por la que Javi sentía un gran cariño. Sus ultimas palabras fueron para su amor, con voz temblorosa le susurraba al oído ”Chula, TE QUIERO… TE QUIERO….” un silencio se hizo en la habitación, para únicamente oír su respiración y ver como la llama de su vida se iba apagando, minuto a minuto. Qué tristeza tan grande, la pena nos inunda a todos los que estamos junto a él hasta su último aliento. Solo esperamos y deseamos cubrir el vacío que nos deja; recordar todos esos momentos maravillosos, recuerdos que llevaremos en nuestro corazón hasta el final de nuestros días.

Descansa en Paz querido Amigo, Hermano, Compañero, Amor, siempre estarás en nuestro corazón, porque nos demostraste tu calidad humana y aprendimos junto a ti el camino que nos guiará hasta el día en que nos encontremos y podamos nuevamente reír juntos.

Te queremos, estarás siempre con nosotros, descansa en paz.

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SELECCIÓN DE OBRAS PICTÓRICAS COMENTADAS Y ANALIZADAS

 Clausurada la sección de ANÁLISIS PICTÓRICO, ofrecemos a continuación un índice por orden alfabético de las entradas que han aparecido en dicha categoría acompañadas de la fecha de su publicación.

- Altar de Isenheim de Matthias Grünewald – 11 agosto 2009

- El beso de Gustav Klimt – 19 mayo 2009

- El campo de trigo de Vincent van Gogh – 7 diciembre 2010

- El desayuno en la hierba de Édouard Manet – 5 octubre 2010

- El entierro del Conde de Orgaz de El Greco – 14 octubre 2008

- El grito de Edvard Munch – 3 febrero 2009

- El jardín de las delicias de El Bosco – 16 marzo 2010

- El Juicio Final de Miguel Ángel – 27 enero 2009

- El Lavatorio de Tintoretto – 4 agosto 2009

- El mar de hielo de Caspar David Friedrich – 16 diciembre 2008

- El matrimonio Andrews de Thomas Gainsborough – 7 junio 2011

- El patizambo de José de Ribera – 15 junio 2010

- El Prendimiento de Van Dyck – 11 noviembre 2008

- El Temerario remolcado hacia su último destino de Turner – 23 junio 2009

- El Tributo de Masaccio – 17 febrero 2009

- Embarco en Ostia de Santa Paula Romana de Claudio de Lorena – 19 enero 2010

- Guernica de Pablo Ruiz Picasso – 17 marzo 2009

- Impresión, sol naciente de Claude Monet – 20 octubre 2009

- La absenta de Edgar Degas – 2 marzo 2011

- La Anunciación de Fra Angelico – 13 julio 2010

- La Asunción de la Virgen de Tiziano – 14 julio 2009

- La carreta del heno de John Constable – 2 agosto 2011

- La danza de Henry Matisse – 9 junio 2009

- La Escuela de Atenas de Rafael – 9 diciembre 2008

- La familia de Carlos IV de Francisco de Goya – 28 abril 2009

- La Flagelación de Cristo de Piero della Francesca – 7 julio 2009

- La gran odalisca de Ingres – 5 mayo 2009

- La Inmaculada Concepción de El Escorial de Bartolomé Esteban Murillo – 5 abril 2001

- La Lanzada de Pieter Paul Rubens – 18 mayo 2010

- La Libertad guiando al pueblo de Eugène Delacroix – 20 abril 2010

- La muerte de Marat de Jacques-Louise David – 4 enero 2011

- La Primavera de Sandro Botticelli – 7 abril 2009

- La Santa Cena de Leonardo da Vinci – 14 abril 2009

- La tempestad de Giorgione – 3 noviembre 2010

- La Vocación de San Mateo de Caravaggio – 24 marzo 2009

- Las grandes bañistas de Paul Cézanne – 5 julio 2011

- Liebre de Alberto Durero – 4 mayo 2011

- Muchacha con turbante de Jan Vermeer – 13 enero 2009

- Mujer bañádose de Rembrandt van Rijn – 16 febrero 2010

- Niños en la playa de Joaquín Sorolla – 24 febrero 2009

- Políptico del Cordero Místico de Jan van Eyck – 2 febrero 2011

- Presentación de la Virgen en el templo de Giotto – 12 mayo 2009

- Proserpina de Dante Gabriel Rossetti – 15 diciembre 2009

- Recuerdo de Mortefontaine de Camille Corot – 4 agosto 2010

- Retrato de Inocencio X de Diego Velázquez – 25 noviembre 2008

- Retrato de un hombre de Antonello de Messina – 28 julio 2009

- San Hugo en el refectorio de los cartujos de Francisco de Zurbarán – 30 junio 2009

- San Climent de Taüll (anómimo) – 17 noviembre 2009

- Viejo con su nieto de Domenico Ghirlandaio – 2 junio 2009

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La carreta del heno – John Constable

Constable Carreta del heno

* Óleo sobre lienzo
* 130,5 x 185,5 Cms
* Realizado en 1821
* Ubicado en la National Gallery de Londres

 El paisaje, como género independiente, tuvo más precoz cultivo en los países nórdicos que entre los artistas mediterráneos. Holanda brilló durante siglos como uno de los focos más fecundos del paisaje pictórico y, de esta forma, muchos cuadros de Ruysdael fueron adquiridos por los coleccionistas ingleses en el siglo XVII. En la segunda mitad del siglo XVIII parece plenamente asentada la escuela inglesa del paisaje debido a la figura de Gainsborough, un artista que, sin embargo, será mayormente requerido como retratista que como paisajista. Por el contrario, Constable fue netamente un paisajista y tuvo además el valor de enfrentarse a este género pictórico con absoluta sinceridad, prescindiendo de toda imposición normativa y plantando su caballete en pleno campo para estudiar la naturaleza con ojo atento y en solitario aprendizaje.

 El propio entorno nativo del pintor — condado de Suffolk — ofrecerá a éste bellezas más que suficientes para fomentar su vocación de paisajista, venciendo la resistencia de su padre. Pero aún más decisivo, si cabe, resultó el encuentro de Constable con George Beaumont, pintor aficionado y coleccionista, quien le mostró obras maestras de Ruysdael, Rubens y Claudio de Lorena que eran de su propiedad y que a buen seguro impresionaron a Constable en sus planteamientos compositivos. Obviamente, también se sintió incitado por sus paisanos Richard Wilson y Gainsborough, especialmente, con quien llegó a estar verdaderamente obsesionado. Al igual que éste, Constable nunca abandonó Inglaterra y acotó su parcela natural de terreno en los alrededores de Suffolk, Hampstead o Salisbury. De esta forma, la quietud y complacencia desprendida de su isleño aislamiento le opone diametralmente a Turner, un viajero infatigable cuyas novedades y emociones habrán de reflejarse en sus cartones y acuarelas. Pese a todo, en Constable se da una flagrante contradicción que condicionó del todo su pintura: Por una parte, existió un Constable realista, minucioso y diligente; por otra, también existió un Constable romántico, exaltado y monumental. Cuando ambas naturalezas coincidían, conjuntando al pintor realista con el romántico, surgían las obras más geniales del autor.

 Esta dualidad, resuelta en tantas telas maestras con una naturalidad y una alta dosis de sensibilidad poética, le llevó a plantear uno de sus recursos técnicos más logrados, el claroscuro. Efectivamente, el claroscuro de la naturaleza no es un mero contraste cromático en el que la luz se contrapone a la sombra, sino la fugaz realidad que desde la mañana al crepúsculo se perfila en innumerables y fascinantes variantes que el ojo ha de captar en cada instante. Para Constable, la línea no existe en la naturaleza, axioma que posteriormente fue tomado por los impresionistas hasta sus últimas consecuencias. Paulatinamente, el artista inglés va a ir desarrollando una pincelada suelta, rota, erizada de pasta como si fuese a aplicarse con espátula. Con ello, logrará unas texturas de húmedas atmósferas que bañan de poesía todos los objetos habidos en el lienzo. Además, Constable descompone la tibia y lluviosa luz inglesa a través del follaje para conseguir el deseado y ya señalado efecto de ensoñador lirismo que inunda el cuadro. No es entonces de extrañar cómo este paisajista inglés que nunca salió de Inglaterra pudo extender su magisterio entre los posteriores realistas e impresionistas.

 La carreta del heno es probablemente la obra más famosa de Constable. Realizada en 1821 en su estudio de Londres, el cuadro surgió de una serie de óleos preparatorios realizados el verano anterior. El lienzo fue adquirido por el comerciante de arte francés John Arrowsmith y fue por éste presentado al Salón de París de 1824, en donde obtuvo la medalla del certamen a parte de suscitar una gran impresión y calurosa acogida entre los jóvenes pintores de la Escuela de Barbizon hasta el punto de que el propio Delacroix quiso conocer personalmente al autor viajando hasta Inglaterra. A pesar de que Constable se había trasladado a Londres en 1799 para iniciar su formación artística en la Royal Academy, siguió regresando paulatinamente al paisaje de su juventud con el objeto de realizar esbozos que luego le servían para documentar los efectos transitorios de la luz y los fenómenos naturales en el momento de producirse. Por eso, no resultó en absoluto extraño que varios años después Constable volviera a sus esbozos para terminar unas obras que evocan toda la inmediatez de un momento fugaz, como es en el caso de este óleo. Inicialmente, el cuadro fue expuesto en 1821 en la Royal Academy sin que lograra llamar la atención del público, tal vez por las manifiestas y evidentes reticencias mostradas por Sir Thomas Lawrence, colega y presidente de la institución, quien constantemente ninguneó a un pintor poco amante de hacer concesiones a la teatralidad o al drama. En líneas generales, el cuadro representa la corriente estancada de Flatford, en Suffolk, y es uno de los lienzos más representativos del autor dentro de su etapa de explosión romántica que abarcó toda la década de los años veinte del siglo XIX. Como hemos referido anteriormente, se observa en la pintura que al autor no pretende buscar el modelado preciso y terminado, sino la espontaneidad y la luz, que se filtra a través del bosque y encandila la retina en efectos de fosforescencia casi impresionista. Las distintas atmósferas — agua en la superficie, encubierta frondosidad del margen izquierdo y oscilante cielo que parece desarrollar una tormenta — están magistralmente conectados en virtud a los efectos lumínicos sabiamente captados. Este cuadro llegó a ser del todo determinante en la evolución de la pintura paisajística en Francia, concretamente en la Escuela de Barbizon.

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Las grandes bañistas – Paul Cézanne

* Óleo sobre lienzo
* 127 x 196 Cms
* Realizado entre 1900 y 1906
* Ubicado en la National Gallery de Londres

 Con Cézanne, el cuadro deja de ser la encarnación de escenas estampadas, la proyección al exterior de sueños, para convertirse en una construcción del natural edificada a base de equivalentes plásticos y de colores. A caballo entre dos siglos, Cézanne resume la herencia del pasado, desde el clasicismo de Poussin hasta el realismo de Courbet y Manet, superando el impresionismo y planteando los principios de la pintura fauvista y cubista. Incluso anuncia la abstracción desde una radical y decisiva ruptura que opera en el artista en cuanto que se sitúa al nivel mismo de la concepción del cuadro. Su trayectoria como “destructor” y “deconstructor” de la naturaleza, partiendo de su esencia y estructura interna, se aplica a todos los géneros: Paisajes, naturalezas muertas y retratos, que pierden en consecuencia su antigua función para convertirse en pintura antes que nada.

 Cézanne debió mucho a los impresionistas ya que esta corriente le suministró las bases: Abandonar el taller por el trabajo en plena naturaleza y pintar claramente sobre pequeñas pinceladas yuxtapuestas. Pero pronto se separa de los impresionistas, demasiado aferrados a las impresiones del ojo y a las sensaciones estrictamente visuales. Si bien los impresionistas representan los objetos desgastados por la luz, ahogados y disueltos en la atmósfera que los rodea, Cézanne se obsesiona con representar el objeto, su volumen, su densidad, en un intento de encontrar la forma sin recurrir al contorno. Su deseo es pintar la realidad toda entera en su inmutable permanencia y en consecuencia sus investigaciones artísticas le llevaron a una progresiva simplificación y geometrización de las formas, aspecto que retendrán los cubistas. Para alcanzar la forma y el volumen, Cézanne recurre a lo que él llama la modulación, es decir, una hábil gradación de tonos con pinceladas yuxtapuestas que dan la misma impresión que el modelado. Siguiendo un procedimiento un tanto típico de la pintura clásica, Cézanne juega más con los contrastes de los colores que con los juegos de la luz y de las sombras, siendo precisamente el color el que da origen al dibujo y poniendo punto y final a la habitual dicotomía entre dibujo y color. En sus obras, es la pincelada coloreada la que a la vez proporciona la forma y el volumen, la luz y el espacio.

 La última etapa de la trayectoria de Cézanne coincide con la integración de la figura humana y del desnudo en el paisaje, tarea muy similar a la llevada anteriormente con objetos aislados dentro de una naturaleza muerta. Sin embargo, el nuevo motivo resultó mucho más difícil por tratarse de seres vivos y de un tema que poseía ciertas resonancias elegíacas fuertemente enlazadas en la tradición pictórica. La meta de aquello quedó alcanzada con la serie de Bañistas, a la que pertenece el cuadro que hoy comentamos, que resultó ser una colección de obras maestras de gran fuerza plástica y monumentalidad que marcó el resultado de sus indagaciones sobre la construcción de las formas y volúmenes. Esta minuciosa investigación ejerció una determinante influencia en los artistas del siglo XX, quienes en algunos momentos aplicaron estas lecciones a sus obras. De alguna manera, Cézanne fue el último gran pintor naturalista en el sentido de que nunca abandona el dominio inagotable de la naturaleza. Sin embargo, a raíz de ese deseo de mostrar la totalidad de las sensaciones en igualdad con la naturaleza, sobrevino en buena medida la incomprensión del artista por parte de sus contemporáneos. Como heredero que se creía de la gran tradición clásica y humanista, Cézanne trató de encontrar en su pintura un nuevo orden pictórico.

 Desde principios de la década de 1870, los bañistas se convirtieron en uno más de los muchos temas recurrentes de la obra de Cézanne. En 1895 empezó a trabajar en una serie de grandes telas basadas en el tema de los bañistas y que continuó hasta su muerte, acaecida en 1906. Sobre Los grandes bañistas existen tres versiones: La de la fundación Barnes, la del Museo de Filadelfia y la de la National Gallery, que es la que aquí nos ocupa. Esta versión, que cronológicamente sería la segunda, mantiene la importancia del desnudo, que es el que indica las directrices del cuadro. El paisaje se halla poco estructurado, sólo indicado por los troncos inclinados del árbol, mientras que el follaje, hecho a base de pinceladas largas, se confunde con las nubes y el cielo formando un fondo vaporoso en el que vienen a inscribirse los pesados volúmenes de los cuerpos. El lienzo plasma las figuras de tal forma que dan la impresión de entrelazarse, pudiéndose leer como un continuo visual de izquierda a derecha en el plano del cuadro. A pesar de lo osado de la composición, el lienzo es una obra maestra absoluta por su organización espacial y rítmica que recoge la tradición clásica al mismo tiempo que revoluciona la técnica pictórica. El cuadro está constituido según un sistema de líneas oblicuas que dividen la superficie en ángulos ajustados. Las bañistas están separadas en dos grupos: Uno cerrado como un círculo y el otro abriéndose como un abanico a partir de la base. Los cuerpos son sólidos y el volumen geométrico y simplificado. Se observa una evolución en la técnica del pintor conforme a un uso fluido y delgado de la pasta, de la que resulta un dibujo un tanto sombrío en el contorno. La armonía cromática se funde con respecto al azul, verde y ocre, los colores predilectos del artista. Como hemos señalado anteriormente, si bien el tema del cuadro está en deuda con los precedentes clásicos, Cézanne aplicó un conjunto de técnicas radicales para crear una concepción totalmente moderna de la forma humana. De esta manera, el óleo ejercerá una poderosa influencia en artistas como Picasso, Derain o Matisse.

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El matrimonio Andrews – Thomas Gainsborough

* Óleo sobre lienzo
* 70 x 120 Cms
* Realizado hacia 1750
* Ubicado en la National Gallery de Londres

 Si bien la pintura paisajística europea tuvo capítulos brillantes en la obra de Poussin o de Claudio de Lorena — amén de los barrocos holandeses — no será hasta el siglo XVIII cuando alcance valores artísticos trascendentes gracias a los ingleses y muy especialmente a Gainsborough quien, con su imaginación, capacidad creativa y excepcionales dotes, consiguió una profunda innovación en este género pictórico. Supo romper con las tradiciones figurativas anteriores merced a una nueva valoración y protagonismo que nunca tuvo la naturaleza. De esta manera, el entorno espacial deja de ser un mero escenario que respalda la figuración para convertirse en el espacio que acoge a las figuras, haciéndolas suyas como elementos integrantes del ámbito en que se mueven. Sin embargo, es más que complicado sistematizar un conjunto que englobe la abundancia de matices que configuran la personalidad artística de Gainsborough. Formado inicialmente en las tendencias del Rococó de manos de François Bourguignon, toma contacto con lo flamenco a través de Haymann y es del todo indudable la influencia que ejerció la pintura holandesa del siglo XVII sobre el ambiente pictórico británico.

 A lo largo de su vida, la actividad pictórica de Gainsborough se repartió entre el paisaje y el retrato; esta segunda faceta — verdadero sustento económico del pintor — le puso en contacto con la élite social de la época, alcanzando sus retratos un gran predicamento entre esa sociedad de gustos tan refinados. En sus retratos Gainsborough debía responder lo más ajustadamente posible a los deseos de una clientela que buscaba en esas pinturas la afirmación de su status. De esta forma, el artista no logra apartarse del todo de la moda imperante en el retrato inglés aunque su hábil manejo con la técnica pictórica hace que dichos lienzos resulten especialmente atractivos, perdiéndose la relación de dependencia absoluta respecto a la figuración. Porque precisamente ese protagonismo de la naturaleza reflejado en sus paisajes es sin duda alguna la gran aportación de Gainsborough al panorama pictórico británico. Además, Gainsborough reforzó el sentido naturalista de sus paisajes en base a plasmar en ellos los distintos estados de la naturaleza, buscando en cada uno el momento y los valores más perceptibles. Así, gusta de representar los matices reales y ambientales en sus campos o las cotidianas vivencias en sus vistas de pastoreo o labranza. Incluso cuando pinta paisajes de fantasía, sus proyectos parten del análisis de elementos sacados de la naturaleza que previamente compone con dibujos y esbozos.

 Tras su estancia en el balneario de Bath, en 1759, comienza lo que podemos denominar como la época dorada del autor. Su fama y su prestigio alcanzan cotas insospechadas y tanto sus paisajes como sus retratos llegan a las más altas valoraciones. Pone su paleta al servicio de los intereses de una alta sociedad más que variopinta y caprichosa que convertirá los retratos del pintor en una verdadera moda de la época, hasta el punto de que en 1768 es uno de los miembros fundadores de la Royal Academy, aunque más tarde se desvinculará de la misma por los constantes enfrentamientos con su colega Reynolds. En los retratos de esta última época pone de manifiesto todo el avance de los aspectos técnicos de su pintura, con una adecuación cada vez más precisa de la figura a la naturaleza.

 El matrimonio Andrews es posiblemente la primera obra maestra de Thomas Gainsborough. En ella pone de relieve no sólo su talento como retratista sino también como paisajista. Parece comúnmente admitido que el óleo fue un encargo como retrato de bodas, como así muestran las gavillas de la derecha que frecuentemente se utilizaban como símbolo de fertilidad y que aparecían en muchas imágenes del mismo tipo. La pareja Andrews se casó en 1748 en Sudbury, localidad cercana que se divisa al fondo de la composición, y aquí aparecen los dos posando en su finca particular. El retrato refleja la atracción ya anteriormente comentada del pintor por la obra de Van Eyck y prueba de ello es que la influencia se mantiene constante en todos los retratos del artista. El esquema compositivo, un tanto infrecuente al agrupar a las dos figuras en un margen del cuadro, otorga a los personajes un indudable aire de propietarios que enseñan sus tierras con evidente orgullo al resto del mundo. Aunque de un tiempo a esta parte cobra fuerza otra conjetura y es la de que Gainsborough — quien precisamente había nacido en Sudbury — era un gran amante de aquella zona y tuvo mayor interés por el paisaje que por sus clientes (Dadas las circunstancias artísticas en aquella época parece poco probable esta teoría; a no ser que Gainsborough fuese tan valiente y osado como magnífico artista). En el paisaje, el pintor muestra el esplendor de la naturaleza en pleno verano, con una clara intencionalidad del artista en crear una ambientación estacional. El modelado de las figuras se apoya en un dibujo que matiza con acierto cada uno de los pequeños detalles; aunque, quizás por una prematura inexperiencia, existe una cierta rigidez en las posturas de los personajes, casi al modo de unos muñecos. Tal vez ello pueda explicar la altivez poco favorecedora de sus rostros, aspecto que lleva a preguntarse por la relación de éstos con el artista. Al parecer, Gainsborough los conocía desde la niñez ya que había acudido a la misma escuela que Robert Andrews, pese a que ambos pertenecían a distintas clases sociales. Más tarde, el retratado ingresó en la Universidad de Oxford mientras que el pintor se convertía en un simple aprendiz. Es posible que esa brecha social explique que la pareja mire un tanto con desdeño al pintor. Por último, hemos de señalar que no percibimos ningún elemento ideal en el paisaje: El trigo, el ganado y las nubes son la realidad de una escena tomada de lo cotidiano. Además, el óleo presenta una cierta dinámica en la importancia concedida al cielo y su forma de insertarlo en la composición. Esas nubes desarrollándose, típicas de las horas de intenso calor veraniego, preludian una próxima tormenta. Pero no es, ni mucho menos, una licencia figurativa del autor con respecto al futuro de los personajes; es simplemente un guiño a la obra del gran paisajista holandés Ruysdael.

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