Claudio Arrau

Claudio Arrau

Interpretes Claudio Arrau 

Claudio Arrau poseyó todo cuanto un intérprete del piano puede anhelar: Técnica, fuerza, sensibilidad y, especialmente, inteligencia. Su brillantísima trayectoria artística abarca prácticamente ocho décadas del siglo pasado y, en opinión de muchos colegas, fue, sencillamente, el mejor. La disciplina y el rigor fueron rasgos constantes en una actividad interpretativa célebre desde su temprana popularidad como niño prodigio hasta su prolongada madurez como excepcional traductor de todo el repertorio romántico. No se puede entender la literatura pianística de Beethoven, Schumann, Chopin, Liszt… Sin haber escuchado a Claudio Arrau.

¿Dónde nació Claudio Arrau ?

Claudio Arrau León nació el 6 de febrero de 1903 en Chillán, capital del estado de Nuble, a unos cuatrocientos kilómetros al sudoeste de Santiago de Chile. Su padre, médico oftalmólogo, provenía de una familia cuyos remotos orígenes se situaban en la Provenza francesa (Originariamente, el apellido era Arrault) y destacó como hombre enérgico, decidido, generoso, defensor del liberalismo y de talante abiertamente progresista. Recibió por ello el reconocimiento de la ciudad de Chillán y llegó a ser vicepresidente de la Asamblea. Sin embargo, falleció cuando Claudio apenas contaba un año de edad. Su madre, doña Lucrecia Ponce de León (Lejanamente emparentada con el descubridor de Florida) se vio obligada a vender parte de las tierras que poseían (Donadas en tiempos del rey español Carlos III) a consecuencia de las numerosas deudas y tuvo que impartir clases de piano para asegurar unos ingresos imprescindibles en la familia. De esta manera, el pequeño Claudio se familiarizó con las notas del piano y aprendió a leer música, de forma autodidacta, antes que a leer palabras.

La leyenda cuenta que con sólo dos años sabía distinguir de un simple vistazo una partitura de Beethoven, Liszt o Bach… No es de extrañar entonces que a los cinco años ofreciese su primer recital en el Teatro Municipal de Chillán, en donde interpretó obras de Mozart, Beethoven y Liszt. En 1909, Claudio ofreció otro recital basado en piezas de Haydn, Beethoven, Schüller y Grieg, y desde aquel momento fue ya considerado como un niño prodigio.

Su madre, observando las increíbles dotes musicales de Claudio Arrau, toma una sacrificada e importante decisión y se traslada con toda la familia a Santiago, en donde Claudio estudia a las órdenes del profesor Bindo Paoli y es incluso recibido en audiencia por el entonces presidente Montt, quien se queda asombrado de las facultades del chiquillo. De esta manera, el presidente Pedro Montt mueve los hilos para que Claudio reciba una beca de estudios y, así, la familia viaja hasta Alemania, aunque antes permanece durante un breve espacio de tiempo en Valparaíso y en Buenos Aires, donde Claudio ofreció numerosos recitales. En 1911 la familia se embarca en el Titania rumbo a Hamburgo, travesía que duró más de tres semanas.

En el puerto hanseático les esperaban muchos compatriotas chilenos deseosos de acompañar a la familia hasta Berlín. Primeramente, Claudio se pone bajo la tutela de Waldemar Lütschg, tan excelente pianista como mediocre profesor, quien insistió en que el niño empezase desde cero su formación. Doña Lucrecia no vio con buenos ojos este espartano método y decidió cambiar a Lütschg por otro profesor, Paul Schramm, un pianista de quien Claudio aprendió muchísimo. Al año siguiente, en 1913, y por mediación de la pianista chilena Rosita Renard, Arrau consigue ser admitido en el selecto grupo de alumnos del profesor Martin Krause. La familia se traslada a una casa cercana a la mansión de Krause y allí Claudio conoce los rigores de una educación prusiana: Llegaba a casa del maestro a las nueve de la mañana y hacía vida en común con la familia del profesor.

El propio Krause preparaba la dieta de Claudio Arrau y le obligaba a comer cinco veces al día, al considerar que su desarrollo físico no era del todo satisfactorio. Claudio estudiaba en una pequeña habitación de la mansión durante ocho horas al día, siendo constantemente visitado por Krause para seguir la evolución de sus diarios ejercicios. Algo vio Krause en el pequeño chileno ya que por la tarde, finalizada la agotadora tarea de estudio y una vez que había despedido al resto de alumnos, le dedicaba exclusivamente un mínimo de una hora y media de tiempo extra. Durante toda su vida, Claudio hubo de supeditar sus estudios extramusicales a su vocación de pianista y jamás pisó una escuela, aunque Krause se encargó de dirigir su formación humanística y para ello contrató a profesores particulares de inglés, francés, historia y matemáticas. El propio Krause le llevó a museos y a representaciones de ópera… Sin duda, Krause fue un segundo padre para Arrau, para lo bueno y lo malo.

En 1914, Claudio Arrau ofrece su primer recital en Berlín y las críticas no pueden resultar más elogiosas. Repite al año siguiente en el Künstelerhaus y, al segundo concierto, coloca el cartel de no hay billetes. Claudio Arrau, con doce años, era ya también un niño prodigio en Alemania. En 1918, Arrau recibe las mismas extraordinarias críticas que le acompañaron durante el resto de su vida; en el Tageblatt und Handels Zeitung berlinés se afirma que “Arrau posee un extraordinario talento técnico para el piano. Exhibe un timbre enérgico que en forte es capaz de producir la máxima intensificación dinámica, con absoluta claridad y seguridad”.

Desgraciadamente, Krause fallece en 1918 y Claudio Arrau  se queda totalmente desconectado y aislado del público alemán. Aquella circunstancia implicó además un decaimiento en su estado de ánimo y una pérdida de capacidad de convocatoria para sus recitales (Todos ellos eran milimétricamente preparados por Krause). Paradójicamente, Arrau centra sus objetivos en los países eslavos — Bulgaria, Yugoslavia y Rumanía — y, pese a todo, debuta en concierto con la Filarmónica de Berlín bajo la dirección de Muck en 1920, interpretando la Fantasía El Caminante de Schubert-Liszt (Obra que fue obligada y que el propio Arrau jamás habría escogido). En ese mismo año interpreta en Londres las Variaciones Goldberg de Bach.

Pese a que Arrau logra hacerse con varios premios (Premio Liszt en 1919 y Premio Schulhoff en 1920), siente la imperiosa necesidad de ganar dinero para mantener a su familia, ya que la subvención económica que regularmente le otorgaba el gobierno chileno queda cancelada repentinamente y sin previo aviso en 1921. Por ello, acepta cualquier contrato (Aunque el programa no sea de su agrado) y realiza sus primeras grabaciones discográficas. Con todo, su fama se vuelve a asentar en Alemania y como consecuencia de este reflorecimiento decide realizar su primera gira por los EEUU.

Carnegie Hall, Claudio Arrau

Debuta en 1923 en el Carnegie Hall de Nueva York en el curso de una gira de veinte conciertos (Que también incluye Boston y Chicago) cuyos resultados no fueron los esperados. El pobre Arrau termina en una pensión de mala muerte en Nueva York debido a que todos los gastos corrían a su cargo. Sólo merced a la desinteresada ayuda de una fábrica norteamericana de pianos, Arrau obtiene el dinero para pagar su pasaje y el de su madre de vuelta a Berlín… Ahí no terminan los problemas: A su llegada a Berlín, Norbert Salter, el organizador de la fracasada gira americana, exige que Arrau le pague las comisiones de los conciertos que no pudieron celebrarse. Claudio, ante la imposibilidad de pagar la deuda, se ve obligado a dar clases a la hija del empresario hasta saldar todo lo que debía. Fue este, posiblemente, uno de los períodos más oscuros del pianista tanto a nivel personal como artístico. Claudio decide acudir a la consulta psicoanalítica del doctor Hubert Abrahamson durante tres meses; el mencionado doctor no le cobró ni un solo marco por las sesiones.

Después de aquellas sesiones, Claudio Arrau cambió por completo: Deja atrás su estela de niño prodigio y decide hacerse un adulto, integrándose en la peligrosa vida nocturna de Berlín (Arrau era un ser extraordinariamente tímido). Tenaz como pocos, Arrau incluso toma clases de baile e intercambia clases de latín y griego con un profesor de lenguas clásicas enamorado de la música. Se obliga, en un gesto que delata su inquietud cultural, a leer toda La Divina Comedia en italiano antiguo. En 1926, Arrau consigue ser nombrado profesor del Conservatorio Stern de Berlín y al año siguiente conquista el primer premio en el Concurso Internacional de Pianistas de Ginebra.

El premio consistía en un fabuloso piano Bechstein que, por extrañas circunstancias, Arrau jamás recibió. Aún así, Arrau demuestra una capacidad de energía y sacrificio fuera de lo común (Cuentan que dedicaba catorce horas al día al perfeccionamiento de la técnica). En 1934 realiza una apretadísima gira en Ciudad de México, en donde llega a tocar bajo la dirección de Ernst Ansermet. Dos años más tarde, interpreta en Berlín la integral de la obra para clave de Bach en una serie de doce recitales. Aquello llamó poderosamente la atención del público alemán. Ya en 1937, Arrau contrae matrimonio con Ruth Schneider, una joven mezzo de familia adinerada a la que había conocido en Frankfurt.

Aquella boda tuvo una significativa repercusión: Doña Lucrecia, la madre del pianista y la persona que había convivido con él durante 34 años, hace las maletas y regresa a Chile. Un año más tarde, la pareja tiene a su primera hija, Carmen, un motivo de felicidad que sin embargo se oscureció en 1939: Cuando Arrau era ya un pianista conocido y aceptado en toda Alemania, se ve obligado a abandonar el país ante la intolerable situación política que se estaba manifestando. Quedaba una asignatura pendiente en la vida y en el orgullo de Arrau: Los EEUU. Hasta allí que se fue, aunque su mujer, embarazada de su segundo hijo, debió quedarse en Berlín hasta 1941 y sólo pudo salir de Alemania con sus dos hijos merced a un pasaporte falsificado en el que constaba que sus vástagos habían nacido en Valdivia, Chile.

 La gira americana de Arrau se resuelve con un clamoroso éxito y la familia decide instalarse en Norteamérica, pese a que el gobierno estadounidense descubrió la verdadera procedencia de Ruth (Afortunadamente, el gobierno chileno aceptó mantener el pasaporte a toda la familia y eso fue lo que permitió su entrada en los EEUU). Tras ofrecer numerosos recitales y conciertos por toda Hispanoamérica, la familia se instala definitivamente en Douglaston en 1947. En los años cincuenta del siglo XX, la fama y el prestigio de Arrau eran reconocidos a nivel mundial. Su promedio anual de recitales y conciertos era de ¡130! — una actuación cada tres días — llegando a realizar una gira en Suramérica de 19 recitales en tan solo 22 días… En 1952, a instancias de la BBC, ofrece un memorable ciclo completo de las Sonatas de Beethoven en Londres que confirma en 1959 con cuatro apoteósicos conciertos en el Royal Festival Hall. La crítica se rinde a sus pies y destaca, sobremanera, la versatilidad de este portentoso pianista. En 1954, Arrau regresa a Berlín después de haber visitado los principales escenarios musicales de Europa. Su interpretación de los Conciertos de Brahms y Schumann con la Filarmónica de Berlín permanecen entre las más gloriosas páginas de la incomparable formación alemana. De ahí hasta su fallecimiento, el maestro Claudio Arrau se consagró como uno de los más grandes pianistas de todos los tiempos.

 El 25 de noviembre de 1988, Claudio Arrau se presenta en el Auditorio Nacional de Música de Madrid con un programa (Aplazado a esta fecha por indisposición del maestro el día 22 del mismo mes) dedicado a obras de Beethoven y Liszt. Con 85 años, el maestro Arrau logra parar los relojes del Auditorio… Sobre todo a la hora de abordar la complicada Sonata Dante del compositor húngaro. Quien esto escribe tuvo la oportunidad de conversar durante apenas dos minutos con el maestro chileno entre bastidores — Arrau siempre fue un hombre muy reservado — luego de aplacar durante más de una hora la tenaz resistencia ofrecida por Friede Rothe, su autoritaria manager : –“¿Beethoven? Bueno, no me gusta nada… Como persona, que conste… Pero Liszt… Yo necesito a Liszt…”– Aquel ser, a sus 85 años, sorprendía por su genial sinceridad. Y por su aplomo, propio de una persona que había experimentado todas las posibles situaciones de una vida plena. Arrau falleció en Mürzzuschlag, Austria, el 9 de junio de 1991, con 88 años de edad, como consecuencia de una intervención quirúrgica de urgencia destinada a paliar una severa oclusión intestinal. Sus restos reposan en Chillán atendiendo a su voluntad. Más de 100.000 personas participaron en las jornadas de su entierro. Con su desaparición, la tradición pianística directamente heredada de Liszt se extinguió en buena medida.

 Si bien en algunos pianistas la tensión emocional domina a la física, en otros el estilo es más relajado aunque emocionalmente vacío. El maestro Arrau predicó contra la dependencia de la voluntad, en donde los impulsos físicos lograron ser del todo autosuficientes y a la par creativos. Según Arrau, el cuerpo del pianista debe estar completamente relajado y las manos no han nunca de presionar el teclado: Éstas han de posarse sobre las teclas, permitiendo que la fuerza de la gravedad haga todo su trabajo. El intérprete, a modo de marioneta, ha de valorar las diferentes alturas a las que se colocan las partes del brazo y las posiciones de las articulaciones. Siguiendo a Arrau, “hay que evitar aporrear el teclado y para ello el cuerpo ha de estar relajado y sólo debe utilizarse el peso de la parte superior del tronco. Hay que sentir el brazo como una unidad y no dividido en brazo, muñeca, antebrazo y codo. No hay que ver al piano como un objeto inerte apto para ser atacado; todo lo contrario: La idea es amalgarse con el instrumento e intentar imitar la voz humana. Las notas han de cantar, han de moverse en ondas. Hay que evitar tocar todas las notas de un fraseo con la misma intensidad, a semejanza de una máquina de escribir. Para desarrollar una frase con naturalidad es básico levantar la muñeca junto al resto del brazo y desarrollar distintas líneas dinámicas con la misma. Cuando la música llega a formar parte del ser, el pianista ya no tiene la necesidad de analizar los movimientos”. El maestro Arrau era capaz de abarcar una octava con el dedo pulgar y el índice, lo que le proporcionaba una enorme facilidad para los saltos. Aunque, como gran maestro, era reacio a otorgar una excesiva importancia al físico: –“El poder del espíritu suele ser tan importante que logra vencer muchas dificultades”–  En relación a la fatiga de manos, Arrau fue claro y preciso a más no poder: –“Las manos nunca han de cansarse; los calambres indican que algo se está haciendo mal, o bien, son el resultado de tensiones de origen psicológico”–  En cuanto a la interpretación, “hay que consultar los originales; consultar también diferentes versiones de la misma obra y, en último caso, aplicar una sistemática distinta para cada autor”.

En el plano personal Claudio Arrau

Claudio Arrau  fue un fanático del orden, de los modales refinados y de las elegantes formas de vestir. Si bien fue educado en el catolicismo, dejó de ser practicante a los quince años: –“Yo me entrego a Dios no sólo como artista, sino como ser humano en todos los momentos de mi vida. Para ser santo, hay que renunciar a todo en la vida y entregarse a Dios. Para ser artista, hay que renunciar a uno mismo y entregarse al arte. Y si se es creyente, entregarse a Dios también ¡Cómo no voy a ser creyente naciendo en un entorno tan bello como el sur de Chile!”–  Políticamente se definió como “liberal-humanitario”. Comprometido con las más nobles causas, se negó a dar recitales en Suráfrica y colaboró con Amnistía Internacional en un concierto registrado por Deutsche Grammophon.

Rechazó el regreso artístico a Chile desde la caída del gobierno Allende e incluso llegó a renegar de la nacionalidad chilena en 1979 — solicitó la ciudadanía estadounidense — avergonzado por el comportamiento del general Pinochet. Sin llegar a crear una escuela propia, Arrau reconoció que su labor docente se mitigó con el paso de los años debido a los desengaños ocasionados por algunos de sus alumnos. Para Arrau, “ser artista significa adoptar una actitud general en consonancia ante la vida”.

En su memoria, permaneció por siempre el recuerdo de dos alumnos, Karlrobert Kreiten y Paul Kiss, ambos asesinados a manos de los nazis. Pese a que su actividad concertística se redujo con el paso de los años, nunca quiso abandonar los recitales:–“… Sería una cuestión de rendirme a la edad. Si me sintiera más débil habría una causa. Pero, por el contrario, la ejecución en público me da fuerzas… Aunque de un tiempo a esta parte todos traten de protegerme”– Su perspicaz sentido de la ironía asombró a propios y extraños: Con motivo de la grabación de los Estudios de Debussy, y delatando su amor hacia la lectura y su obsesión por el acercamiento hacia el autor, se dijo que el maestro había llegado a leer las casi mil páginas del Club Pickwick de Dickens (Tratando de comprender el significado de Hommage à S. Pickwick…). Preguntado al respecto:–“Maestro, ¿Llegó usted a leer un libro de mil páginas por una pieza que apenas dura cinco minutos?”–  Arrau, con esa penetrante voz de barítono, contestó: –“… Un poco menos; creo que sólo dura tres minutos probablemente”– Genio y figura el maestro Arrau.

Legado discográfico de Claudio Arrau

En su vasto legado seleccionamos (Como siempre, los enlaces no corresponden necesariamente con la versión referida, pero sí con la obra):

  1. Variaciones Goldberg de Bach (RCA 87841);
  2. Partita nº1 en Si bemol mayor de Bach (PHILIPS 434904);
  3. Islamey de Balakirev (PEARL 70);
  4. Los Cinco Conciertos para piano de Beethoven, acompañado de la Staatskapelle Dresden dirigida por Si Colin Davis (PHILIPS 422149-2);
  5. Selección de las Sonatas para piano de Beethoven (PHILIPS 426314);
  6. Variaciones Diabelli de Beethoven (PHILIPS 416295);
  7. Los Conciertos para piano de Brahms, acompañado de la Orquesta Philharmonia dirigida por Carlo Maria Giulini (EMI 575326);
  8. Variaciones sobre un tema de Haendel de Brahms (HÄNSSLER CLASSIC 93703);
  9. Sonatas nºs 2 y 3 de Brahms (PHILIPS 432302); la práctica totalidad de la integral para piano solo de Chopin (Una referencia es EMI 79987);
  10. Los Preludios e Imágenes de Debussy (PHILIPS 420393 y 420394);
  11. Los Conciertos para piano de Liszt, acompañado de la Orquesta Sinfónica de Londres dirigida por Sir Colin Davis (PHILIPS 416461);
  12. La práctica totalidad de la obra de Liszt para piano solo (Absoluta referencia: Por ejemplo MUSIC & ARTS 1205);
  13. Selección de Sonatas de Mozart (PHILIPS 416648); selección de obras para piano de Schubert (PHILIPS 432987);
  14. La integral pianística de Schumann (Absoluta referencia. Por ejemplo, PHILIPS 420871);
  15. El Concierto para piano de Schumann, acompañado de la Orquesta Sinfónica Filarmónica dirigida por Victor de Sabata (MUSIC & ARTS 1174). Nuestro humilde homenaje a este incomparable músico.