Murphy ´s law

 Definitivamente, hay días en los que uno parece predestinado a convertirse, sin comerlo ni beberlo, en una especia de cobaya experimentable de las extrañas e invisibles energías que parecen regir el devenir humano en un período determinado de tiempo. En el ámbito de la sociología, existen una serie de teorías que tratan de revestir con una capa más o menos científica un fenómeno consistente en la sucesión reiterada de un conjunto de episodios que implican a un colectivo o a un ser humano en concreto y que, en apariencia, escapan de la más simple y elemental circunstancia aleatoria. Desde una vertiente positiva, el fenómeno en cuestión puede resultar extraordinariamente grato y beneficioso en la persona u objeto sobre el que recaen sus derivadas y felices consecuencias. Así, todos hemos escuchado en alguna ocasión la curiosa noticia de algún individuo al que, en una misma semana, le ha correspondido un premio millonario en la lotería y otro no menor en las apuestas de tipo deportivo, como la popular quiniela. De más que anecdótico puede calificarse lo que le aconteció a un cliente del bar de mi padre hace unos años: Con tan sólo las monedas del cambio con las que había pagado su consumición, consiguió un premio nada desdeñable en la máquina tragaperras del bar. Feliz por tan dichosa circunstancia, aquel buen hombre decidió invertir el dinero ganado probando suerte en una sala de bingo; la ocurrencia resultó del todo productiva, ya que consiguió multiplicar por algunos enteros el dinero anteriormente obtenido en el bar de mi padre. Pero ahí no acabó todo: Con la lógica euforia del momento, no dudó en comprar un par de décimos de lotería a la señorita que también vendía tabaco entre las mesas de los jugadores y cuya numeración coincidió unos días más tarde con el primer premio del sorteo de la Lotería Nacional… Sin embargo, son muchos más frecuentes los casos en los que la insólita sucesión de episodios tiene consecuencias negativas. Hace relativamente poco, un conocido de mi pareja perdió su empleo en la empresa donde llevaba toda la vida trabajando. Víctima de una más que comprensible depresión emocional, aquel hombre acudió a un terapeuta en busca de auxilio espiritual ante los negros nubarrones que se cernían sobre su vida y circunstancias. El psiquiatra, observando unas extrañas anomalías en la constitución física del individuo, le reenvió a otro facultativo cuyo dictamen, tras largos y complicados análisis, no pudo ser más desolador: –“Padece usted un cáncer de páncreas”– Estando de vacaciones mi pareja y yo en la provincia de Málaga, una llamada telefónica a deshoras nos informó de su fallecimiento… Una de esas teorías a las que antes aludíamos es popularmente conocida como la Ley de Murphy que, más o menos, viene a decir que ante la disyuntiva de que un suceso se resuelva aleatoriamente entre dos consecuencias, inevitablemente desembocará en la más negativa de las mismas. Yo creo que todos nosotros hemos podido constatar en alguna ocasión el enunciado de esta mal llamada ley: Si se nos cae accidentalmente una tostada al suelo, siempre se posará sobre la superficie donde está untada la mantequilla o la mermelada; si vamos a una cita muy justos de tiempo y decidimos utilizar el suburbano para evitar los atascos, siempre aparecerá primero el convoy correspondiente al andén contrario; si se nos cae un pequeño objeto susceptible de rodar — una moneda o un botón, por ejemplo — en el salón de nuestra propia casa, dicho objeto tenderá a desplazarse por el suelo hasta detenerse en un lugar oculto, imposible de observar con nuestros ojos si no nos agachamos… Yo no sé si lo que me ocurrió hace unos diez años fue producto de la tan cacareada Ley de Murphy o de alguna otra extraña e inexplicable conjunción de factores. Nunca he sido muy dado a los juegos de azar y a lo sumo me gasto cinco euros, como mucho, cuando se acumula algún considerable bote en los sorteos de la Lotería Primitiva o del famoso Euromillón (Si algún día me ha de sonreír la suerte, que sea a lo grande). Pero en aquellas fechas, Félix, el encargado del bar que se encontraba justo debajo de nuestra entonces vivienda de la calle Francisco Silvela, se empecinó conmigo hasta conseguir su propósito: –“Ya sé que me has dicho que no te gusta jugar a la Lotería Nacional, Leiter, pero hazme caso. Toma este décimo. He comprado un billete entero para distribuir entre mis clientes y, como estoy seguro de que nos va a tocar, no quiero verte luego maldiciendo tu mala estrella y muriéndote de envidia cuando lo estemos celebrando. Esta misma noche tendrá lugar el sorteo y si tú no lo compras me voy a ver obligado a ofrecérselo al primer extraño que entre. Así que nada, nada; dame las mil pesetillas que cuesta el décimo y no seas tan tacaño…”– Así lo hice, presionado también por la insistencia de Celia. Al salir del bar de Félix, Celia se fue al cine con unas compañeras de trabajo mientras que yo regresé de nuevo a nuestro domicilio con la perspectiva de asimilar el aparatoso manual de instrucciones del teléfono portátil que recientemente había adquirido. Tras unas horas en las que lo único que saqué en claro fue que aquel artilugio era endemoniadamente difícil de utilizar, el cacharro empezó a vibrar y a emitir una chirriante y molesta melodía en tono mayor. La voz de Celia, casi chillando, me sobresaltó: –“¡Leiter, Leiter! ¡El décimo de Félix! ¡Nos ha tocado el décimo de Félix! Hemos salido del cine y estamos en una cafetería picando algo… Por la televisión he visto el número premiado… ¡Es el nuestro! ¡El 40.580! ¡Aún lo recuerdo de esta tarde cuando Félix te lo estaba mostrando! ¡Leiter, nos ha tocado la lotería! ¡Veinte millones de pesetas! ¡Pon el teletexto de la televisión y compruébalo tú mismo! ¡La de cosas que me voy a comprar! ¡Vuelvo a casa enseguida!” — Boquiabierto y enmudecido, opté por una mejor solución que la del teletexto y bajé a toda prisa y con el corazón en un puño hasta el bar de Félix. Allí lo estarían celebrando a lo grande… Sin embargo, la cara de Félix era todo un poema: –“¿Pero tú has visto qué putada, Leiter? ¡Por un puto número! Llevamos el 41.580 y ha salido el 40.580… ¡Dios mío, qué mala suerte! Espera… Déjame ver tu décimo por curiosidad, que me estoy temiendo algo… ¡Bueno, esto ya es el colmo! ¡La serie y fracción de tu décimo coinciden también con las del Premio Especial…! ¡La 3 y la 6! ¡Por un puto número no te han tocado 500 millones! Anda, tómate una copa, Leiter, que te invito…”— Ya os podéis imaginar la cara de Celia cuando se enteró de todo… Pues bien, una situación similar volvió a repetirse la semana siguiente (Esta vez, a Félix y a mí nos falló el último número para el segundo premio, unos dos millones de pesetas). Y, como no hay dos sin tres y de forma absolutamente increíble, la misma circunstancia volvió a darse quince días después, aunque esta vez en el bar de mi querido amigo Antonio, El Rescoldo. Era el Sorteo de Navidad y… Un nuevo número bailado, un 0 por un 9, impidió que nos tocara el Gordo. Como llevaba dos décimos — siempre, por amistad y tradición juego dos décimos para Navidad en este bar — estuve a un paso de ganar 60 millones de pesetas (Unos 360.000 euros de hoy en día). Salvo los dos décimos que tradicionalmente juego en este bar en esas fechas, nunca he vuelto a adquirir un décimo de lotería. Ya estoy lo suficientemente escarmentado.

 Sucedió el pasado mes de agosto. Durante aquella inolvidable jornada debí ser el infortunado hombre sobre el que recayó toda la inexplicable experimentación de la Ley de Murphy o, bien, sufrí en mis propias carnes lo que más comúnmente se denomina “un mal día”. La jornada anterior, Celia se había trasladado a Málaga para poner a punto nuestro recién comprado apartamento de vacaciones mientras que yo aún debía permanecer en Madrid por diversos motivos hasta septiembre. Durante el mes de agosto, los pocos vecinos que permanecemos en la finca de Madrid nos encargamos de regar por turnos las plantas que el resto de propietarios depositan en uno de los patios del edificio para evitar que se sequen, habida cuenta que la finca se encuentra sin empleado ese mes también debido a las vacaciones estivales. Es una tradición que realizamos voluntariamente y que pone de manifiesto las buenas relaciones existentes, salvo las inevitables excepciones de turno, entre los vecinos de la comunidad. Aquella mañana me tocaba a mí cumplir con tal ceremonioso menester y, bien temprano, bajé hasta el patio para proceder con el riego, algo que no suele demorarse más de diez minutos. Una vez allí, y al ir a accionar el grifo que conecta la verdosa manguera, un potente e imprevisto chorro de agua impactó de lleno en mi cara y dio con las gafas en el suelo. Totalmente sorprendido ante tal inesperada y no deseada ducha, pronto descubrí el origen de semejante despropósito: La cañería de agua vertical había reventado justo por donde conectaba la acometida del grifo y un enorme chorro de agua salía despedido sin control alguno. Yo, que de temas de fontanería no entiendo absolutamente nada, sólo acerté a cortar una pequeña llave de paso pero no percibí efecto alguno: El agua seguía escapando con gran fuerza por la visible grieta — más bien un enorme agujero — que presentaba la cañería. Alarmado por tal contingencia, salí de allí en busca del conserje aunque a medio camino caí en la cuenta de que si yo estaba ahí era precisamente porque el bueno de don Francisco se hallaba en su pueblo disfrutando de sus merecidas vacaciones. Volví al patio y observé horrorizado como un inmenso charco se había formado en el suelo al estar obstruida la arqueta central de desagüe. El agua seguía saliendo con inusitada fuerza y el charco avanzaba inmisericorde hasta la puerta de acceso al patio. Quise echar mano del teléfono móvil pero descubrí que lo había dejado en casa, por lo que tuve que subir hasta mi domicilio, un sexto piso. Al regresar al patio la situación era ya más que preocupante. El agua había desbordado la puerta de acceso y empezaba a inundar los pasillos vecinales, con el consiguiente riesgo de que empezara a filtrarse por el umbral de los pisos más cercanos. No podía explicarme qué demonios estaba sucediendo y cómo podía salir tanta agua si la llave de paso estaba cerrada. No me lo pensé dos veces y telefoneé a los bomberos, pero éstos me comentaron que les volviera a llamar más o menos cuando me estuviese ahogando. Llamé también al administrador de la finca y no obtuve respuesta, posiblemente por las tempranas horas en las que se estaba desarrollando este angustioso episodio. La imagen era patética y las pobres plantas eran ya tristes náufragos a la deriva dentro del océano en que se había transformado el patio. De pronto, uno de los pocos vecinos que permanecían en la finca acudió al patio alarmado por el fuerte olor a humedad y por el inconfundible ruido de un escape de agua: –“¡Buena la ha liado usted, señor Leiter! ¡Se nos va a inundar toda la finca!”– Para este buen señor, estaba meridianamente claro que a mí me encantaba romper las cañerías generales en mis ratos libres… Por un instante, se me encendió la luz y recordé que en algún cajón de mi casa debería haber una tarjeta del fontanero que habitualmente se encarga de las reparaciones de la comunidad y que recientemente había efectuado una pequeña intervención en mi vivienda por unas filtraciones. Afortunadamente, el señor Montilla — así se llamaba el fontanero — no se había marchado de vacaciones y, ante el nerviosismo de mi tono de voz, acudió con premura al rescate. Al volver al patio, vi como extrañamente el nivel del agua no había aumentado y que el flujo del escape tenía una menor intensidad. El señor Montilla me lo aclaró todo: –“Claro, usted cortó la llave de paso pero todo el agua remanente de la tubería es lo que precisamente se ha desbordado. Tenga en cuenta que esto es un bajo y la finca tiene seis alturas”–  También pude escuchar como el señor Montilla comentaba para sí mismo: –“Mucho barrio de Salamanca y mucha hostia, y tienen las bajantes hechas una puta mierda…”–  El señor Montilla sí que pudo contactar telefónicamente con el administrador y consecuentemente se puso manos a la obra y se hizo cargo de la situación. Yo me encontraba tremendamente azorado por la situación, con todas las plantas ahogadas y con parte del agua a punto de filtrarse en los pisos más próximos, pero el señor Montilla me tranquilizó: –“No se preocupe usted, hombre, que estas cosas son habituales. Dígale al presidente cuando vuelva de vacaciones que tienen ustedes que cambiar el plomo por PVC… Ya le traeré yo un presupuesto al tacaño ese de don Celedonio… Usted márchese tranquilo, que ya me hago yo cargo de esto. No, no, usted no tiene que pagar nada, hombre, esto es cosa del seguro. Ya le pasaré yo la nota al administrador y que sea él quien se pelee con los del seguro, no sea que me quede yo sin cobrar… ¡Mohamed! ¡Tráete la radial de la furgoneta! ¡Y unos baldes!” — Gritó el señor Montilla a su ayudante magrebí.

 Abochornado, aun calándome el agua hasta las rodillas, subí de nuevo a mi piso para cambiarme y vi como Marian, la funcionaria de Correos, estaba esperándome frente a la puerta: –“Leiter, por el amor de Dios, ¿Dónde te has metido? Llevo un cuarto de hora esperándote… Te traigo un certificado de Málaga… No sé, no me gusta un pelo. Es de la Consejería de Hacienda de la Junta de Andalucía… Por cierto, ¡Vaya pintas que traes! ¿No te has dado cuenta cómo huele a humedad en el edificio? A ver si algún vecino se ha dejado un grifo abierto…”– Ya a solas, al abrir el certificado descubrí con sorpresa como la Oficina de Recaudación de Hacienda de Benalmádena me exigía el pago inminente de una elevada suma de dinero en concepto de la revisión catastral del apartamento que recientemente había adquirido en aquella localidad malacitana. En la gestoría donde habitualmente me llevan los papeles me lo aclararon todo: –“Claro, compraste a un precio tan bajo que ahora te reclaman una porcentaje mayor del Impuesto de Transmisiones que ya abonaste… Eso lo hacen con tablas… Bueno, alégrate, hombre; eso significa que has hecho una muy buena inversión… ¿El pago? Ufff, eso tiene mal arreglo, Leiter. Son cosas de la Administración y… Nada, nada, toca pagar… Sí, si tienes razón, son unos hijos de… Pero, macho, están tiesos y tienen que recaudar…”– Malhumorado y desolado del todo, decidí bajar a la calle para tomarme el aperitivo al único bar que estaba abierto por la zona, que no era otro que el mismo donde yo había trabajado tantos años y que había pertenecido a mi padre. Al ir a masticar unas almendras que me habían servido junto a la caña de cerveza sentí un punzante dolor en el interior de la boca. Al palpar con mis propios dedos el origen de la molestia descubrí que la dichosa almendra había quebrado el filo de una de las muelas y me había dejado un pico afilado en la misma que al rozar con la lengua me hacía ver las estrellas. A las pocas horas, de tanto rozar, se formó una pequeña herida que me provocaba agudos dolores incluso al hablar. Decididamente, aquel no era mi día. Una chirriante llamada telefónica me sacó del estado somnoliento en que me encontraba tras haber intentado comer en vano a causa del maldito pico de la muela. Mi proveedor habitual de Internet me ofertaba de manera gratuita durante tres meses una mayor velocidad de acceso a la red. Acepté, aunque la sorpresa llegó por la noche, después de descubrir que mi odontólogo de confianza estaba de vacaciones, cuando me puse frente a la pantalla del ordenador y noté como el potente antivirus suministrado por el mismo proveedor de telecomunicaciones no funcionaba. Llamé al teléfono de Atención al Cliente y me informaron que con el cambio de velocidad dicha protección ya no resultaba efectiva y que tenía que contratar un paquete adicional, en absoluto barato. Aquello me pareció una estafa y exigí que me dejaran todo en su estado original, pero la señorita que atendía el teléfono me advirtió que eso supondría una penalización de unos 40 euros… Perdiendo el control y gritando como un loco pedí de muy maleducados modos un teléfono de reclamaciones (Cada vez que gritaba, el pico de la muela se clavaba en la encía y me provocaba un agudísimo dolor). Me instaron a telefonear a un número de pago compartido para exponer mi queja. Tras más de media hora en la que tuve que demostrar que yo, Leiter Caesaris Imperatores Filius, era realmente quien solicitaba la queja, el problema por fin quedó subsanado y todo volvió a funcionar con normalidad. Miré hacia el reloj de pared y vi que eran ya cerca de las dos de la madrugada. El dolor de mi boca era tan insoportable que decidí servirme un chorrito de whisky, a secas, en un desesperado intento de mitigar la molestia. Me veía obligado a hablar sin apenas abrir la boca para evitar en lo posible la molesta rozadura. El teléfono volvió a sonar a esas horas tan intempestivas. Era Celia: –“¿Se puede saber qué mosca te ha picado hoy, que ni siquiera me has llamado en todo el día? Ya me imagino dónde y con quién habrás estado… Por ahí de juerga con los amigotes… Y yo aquí sola y preocupada por ti… ¡Anda, no me cuentes milongas! Si se te nota al hablar que le has pegado al frasco…”