Me gusta ver salir el sol sentado sobre el sillín de mi Rockrider, contemplar la nueva perspectiva de una ciudad invivible pero insustituible, como diría el gran Joaquín Sabina. La bici me otorga ese remanso de libertad que va asociado a una soledad consciente, a una escapada donde sobran las máscaras que se adhieren a nuestra alma como un mal sin remedio. Pedaleo sin brújulas que tracen mi ruta con otras sensaciones que no sean las propias de mi libre albedrío… O, por lo menos, eso es lo que intento. Me dejo llevar por los caminos del destino aunque todos acaben devolviéndome al punto eterno de mi origen. Procuro ser prudente y respetuoso en la circulación, pese a que, con cierto desencanto, observo como no se me corresponde con la misma moneda en casi todas las incidencias de cualquier trayecto. Sufro el esfuerzo propio de un aficionado al coronar las cimas no dejando de esbozar una sonrisa de esperanza en la cumbre. Por contra, me lanzo al descenso sin pensar en hipotéticas averías que den con mi cuerpo en el asfalto. No me preocupa la muerte, puesto que yo ya no estaré cuando ésta decida seducir mi vida. Sólo pienso en el deseo como fuerza vital que me guía por los recovecos de mi personal devenir. Y, contra lo que puedas pensar, hago altos en el camino para buscar las mejores flores que sirvan de adorno a tus inquietudes.

 Y ahí me ves, como sombra que rinde homenaje al mito de la caverna. Hace casi un año me incorporé a este mundo de dígitos y avatares, con el ansia de encontrar todo lo que mi espíritu requería. Me daba vértigo asomarme al balcón de las autopistas virtuales hasta que me decidí por expresar mis rutinas en un medio que conectaba con mis convicciones más íntimas y personales. Aprendí mucho de todo cuanto pudo escribirse y comentarse en aquel añorado foro de opiniones, hasta el punto que no pude sustraerme a la idea de su clausura. Cuando me encontraba con el corazón enlutado, un viejo compañero me sugirió que intentáramos perpetuar aquella agonía aunque sólo quedáramos los dos. Y, de momento, ahí sigo. Pero este blog no será una prolongación de EL COLOR DEL CRISTAL. Nace con la única pretensión de ser una pantalla de consuelos; eso sí, con mi propia óptica. Inauguramos, pues, este bar virtual de copas, LEITER´S BLUES. Ponemos en marcha los motores de esta nave espacial y tomamos el rumbo hacia la estrella más cercana, PRÓXIMA CENTAURI. Cuatro años y medio, viajando casi a la velocidad de la luz, nos separan de nuestro destino.