Karl Böhm con la Orquesta Filarmónica de Viena: Si bien el doctor Böhm nos dejó una serie completa de las sinfonías de Mozart dirigiendo a la Filarmónica de Berlín — irregular y con muchos altibajos — en sus últimos años grabó algunas sinfonías del genial salzburgués con “su” orquesta, la Wiener Philharmoniker. La mejoría resulta evidente a todas luces. En esta versión, pulcra y cuidada, destaca el buen acierto a la hora de emplear un tempo preciso. La disposición orquestal es quizás demasiado amplia para interpretar a Mozart con los criterios de hoy en día, pero la orquesta ejecuta la partitura a las mil maravillas, con una calidez de sonido inmejorable. Magistral la sección de maderas, nítida y extraordinariamente ensamblada al conjunto. Gran clima en los primeros compases del desarrollo (Böhm prescinde de la repetición), en las reiteradas modulaciones, con otra exhibición de las maderas, y logradísima transición a la reexposición del primer tema (Eficaz dinámica sonora disminuida). Heroico segundo desarrollo antes de llegar a la última fuga, magistralmente edificada en toda su dimensión y que concluye con un ligero y excepcional ritardando mediante el que se resaltan aún más los acentos rítmicos de los timbales. No podemos sino calificar la versión como de sobresaliente, aunque la orquesta tiene “mucha culpa” de eso.

Jeffrey Tate con la English Chamber Orchestra: Tate ha de dirigir sentado a causa de su sobrepeso y de la espina bífida que padece desde su nacimiento. Versión conceptualmente muy parecida a la anterior aunque ejecutada con un número menor de efectivos orquestales. La ejecución está muy acentuada y la orquesta responde admirablemente bien, aunque sin llegar a la calidez de cuerdas de la Filarmónica de Viena. Se echa un poco en falta algo más de pulcritud en una dinámica sonora excesivamente lineal, donde apenas se perciben gradaciones sonoras. Tate sigue la puntuación de la doble barra de compás y efectúa la repetición. Buen cambio de atmósfera en el primer desarrollo, con un sensacional paso a la primera reexposición y posterior pasaje de misteriosas e inquietantes modulaciones en la que los cromatismos de las maderas destacan sobremanera (¿Alguien sabe por qué Tate dirige su mirada hacia el cielo? ¿Será que está intentando buscar espiritualidad?). ¡Ay, falta claridad en los pasajes previos a la grandiosa fuga final! Quizás, algo precipitados. Brillante fuga, jugando bien con las fluctuaciones de tempi. Versión de notable.

Mark Laycock con la Bayerische Kammerphilharmonie: El norteamericano (Posee además nacionalidad canadiense) Mark Laycock es el actual director asociado de la Orquesta Sinfónica de New Jersey y es además un emergente director cuya carrera va desarrollando poco a poco. En esta versión, un tanto acelerada y precipitada según mi opinión, Laycock cuenta además con el inconveniente de una formación poco precisa y de una calidad sonora más que mejorable. El problema de abordar esta obra con tanta velocidad es que, indefectiblemente, se pierden notas por el camino y eso, en Mozart, es pecado mortal. Aparte, da la impresión de que el maestro Laycock acelera en diversos pasajes sin venir a cuento, con lo que la textura y claridad de la partitura brilla por su ausencia. Aún lo dicho anteriormente, el nivel técnico de la orquesta es digno de tener en cuenta a la hora de leer la pieza a tanta velocidad. Pero eso no significa que “suene” bien. Cumplimentada repetición (Se la habría podido ahorrar. Los metales chillan…). Los desarrollos adolecen de los mismos defectos: Imprecisión y ausencia total de claridad instrumental. Y por si no fuera poco, Laycock nos “regala” otra repetición… ¡De nada, hombre! Concedemos un aprobado a la versión, entre otras cosas, porque el pasaje fugado final está muy bien elaborado y es, de largo, lo mejor de la ejecución.

Frans Brüggen con la Orquesta del Siglo XVIII: Versión realizada con instrumentos originales por el maestro y flautista holandés Frans Brüggen, uno de los más grandes defensores de este tipo de interpretación. Aún a pesar de que el tempo elegido es también rápido, la versión de Brüggen es mucho más precisa y convincente que la anterior de Laycock, con mayores y más conseguidos matices sonoros. La calidad de la formación orquestal está fuera de toda duda, funcionando como un engranado motor al que no le afecta el gran flujo de revoluciones. Convincente cambio de atmósferas en el primer desarrollo (Aunque al timbalista se le va un poco la mano) y muy bien planificada vuelta para atacar el juego de increíbles modulaciones. Aquí, la verdad, se agradece la segunda repetición… Maravillosamente expuesta la fuga final, de una claridad apabullante (En todo momento, los denominados sujeto y contrasujeto de la escritura contrapuntística son perfectamente identificables y audibles a su paso por las distintas secciones, no perdiéndose entre la maraña orquestal de esta inmensa fuga). Brillante final, donde sólo retarda el acorde final. Versión de notable alto.

Christopher Hogwood con la Academy of the Ancient Music: El británico Christopher Hogwood es un director y clavicembalista perteneciente a esa pléyade de extraordinarios y buenos músicos, de una formación académica envidiable, que el Reino Unido ha dado en los últimos treinta años como consecuencia de una política educativa musical del todo acertada y encomiable. Actualmente, y alternando su actividad docente en la Universidad de Cambridge, Hogwood es director honorario de la Academy of the Ancient Music, formación fundada por él mismo en 1973. Ejecutada también con instrumentos originales, la versión, de tempo rápido pero en absoluto acelerado, es realmente suave, precisa, elegante y extraordinariamente bien cimentada (Laycock — hoy la he tomado con él, lo siento — debería visionar este vídeo para aprender lo que es un fraseo pulcro y límpido). Hogwood dirige sin concesiones de cara a la galería, señalando tempi y entradas con eficaz resolución. (Da gusto ver cómo los profesores de la orquesta siguen con la mirada sus instrucciones). Cuidadísima y no menos equilibrada ejecución que permite que la música fluya libremente (Buenísimo el pasaje de la modulaciones). Doble repetición (Por mí, que también una tercera…). La fuga final todavía supera a la de Brüggen en claridad y precisión. Magistral ritardando final. Pese a ser una versión diametralmente alejada al concepto de Böhm, y no por ello incompatible, otorgamos un sobresaliente cum laude a la misma. Versión de absoluta referencia y curso magistral de cómo se ha de dirigir a una orquesta. ¡Bravissimo, maestro Hogwood!

Gary M. Schneider con la Hudson Chamber Symphony: Perteneciente a la nueva generación de maestros norteamericanos, Gary M. Schneider destaca también por ser un reconocido compositor y un músico polifacético que también ha otorgado guiños al jazz. Esta versión se encuentra más próxima al estilo de Böhm y de Jeffrey Tate, y la verdad, no suena nada mal. Obviamente, la formación orquestal no es de primerísima fila pero cumple con encomiable dignidad su cometido. Excelente claridad expositiva a lo largo de toda la ejecución y notable equilibrio global. Muy matizado el cambio hacia el primer desarrollo, aunque se advierten ciertos desajustes durante el mismo. Mejor el episodio de las modulaciones. Fuga final en la que casi calca el modelo de Böhm — vuelven de nuevo los desajustes en algunos compases — y exquisito ritardando final. Versión de aprobado alto raspando el notable.

Kazuo Yamada con la Orquesta Sinfónica de la NHK de Tokio: ¡Atención, señoras y señores! ¡Con él llegó el espectáculo! ¡Preparen los pañuelos para contener las lágrimas que las carcajadas van a provocar! ¿Os creíais que Bernstein era genuino? Pues nada de eso. Al lado del maestro nipón Kazuo Yamada, lo de Bernstein en un podio es agua de borrajas. ¡NO OS PERDÁIS ESTE VÍDEO! El llorado maestro japonés — fallecido en 1991 — es una antología de la heterodoxia al dirigir una orquesta. Veamos: Nada de agarrar una batuta como mandan los cánones. La batuta se sujeta como un cubierto chino, faltaría más. Pero además, Kazuo Yamada baila mejor que Bernstein, se encoge, serpentea y ataca a los primeros violines como un pistolero del Far West; deja quieta la batuta y marca el compás con los dedos de la mano izquierda; se enfada, se olvida de la partitura, se dirige al cielo y exclama: “¡Ah, ya me acuerdo”; grita, se cambia la batuta de mano y se asusta; hace como si arrancara un coche antiguo de manivela; mira a los violoncelos y baila; se acaricia la calva y parece decir: “¡Basta, basta…Bueno no…¡Sigamos!”; se vuelve a marcar un paso de baile; matiza con la manera derecha, aunque parece no estar muy convencido y vuelve a colocar la batuta en dicha mano; se levanta las gafas para ver mejor la partitura; dice: ¡Quietos ahí…¡Ahora!”; se pierde en la lectura y cuando vuelve a conectar ordena calma; vuelve a mirar al cielo con la boca abierta buscando inspiración; se vuelve a cambiar de mano la batuta y, agachándose, dice: “¡Chsss!”; el ayuda del violín concertino aguanta la risa de forma velada; se vuelve a levantar las gafas y se quita las legañas; compone un número de teatro samurai en el pasaje de las modulaciones y celebra con gozo la salida del mismo, saltando sobre el podio; mira hacia la andanada para ver si ha venido su cuñado hoy al concierto; indica a los violoncelos mediante un peculiar columpio de batuta; gruñe; lee tan atentamente un pasaje de la partitura que se olvida de dirigir y de marcar un cambio; se agarra a la batuta con las dos manos y salta, homenajeando a Bernstein; jura fidelidad eterna a los primeros violines; sopla y se desespera en los compases previos a la fuga; dispara a matar a los violoncelos en el inicio de la misma; los profesores de la orquesta prefieren no mirarle so pena de sufrir un ataque de risa; se vuelve a quitar las legañas y parece que va a renunciar, pero no; abre la boca y empuña de nuevo la batuta con las dos manos; comenta con la sección de vientos: “¡Eh, eh, no os cortéis ahora”; salta y parece que le va a dar un espasmo; y, finalmente, se abraza a sí mismo. ¡Anda que no es complicado dirigir a Mozart, maestro! ¡Diga usted que sí! ¡Todo sea por una interpretación brillante! Desde ahora mismo, me sumo al club de fans de Kazuo Yamada. ¡Eso es dirigir y lo demás pamplinas! Por cierto, la versión de notable; buena, buena… ¡Como para no serlo! Nuestro humilde homenaje al maestro Yamada y a sus peculiares modos de dirigir. Con este hombre no se aburre uno en un concierto. Dicen que en el cielo, o cómo se llame eso donde vamos al morir, Yamada está dando clases de dirección a Bernstein, Solti y Karajan. Alucinan con él.

Herbert von Karajan con la Orchestra Sinfonica della Rai di Torino: Esta extraña grabación — es efectivamente de Karajan pese a lo indicado en algún que otro comentario del propio vídeo — corresponde a la primera época del inolvidable director salzburgués y fue grabada concretamente en Italia en 1942 para el antiguo sello POLYDOR, aunque en tiempos recientes ha sido reeditada por DEUTSCHE GRAMMOPHON y por otras firmas que han comercializado estas grabaciones bajo el título Historic Collection. Pese a tratarse de una grabación de hace muchas décadas — registrada en Mono — encontramos al Karajan de los primeros años, esto es, al mejor Karajan. Versión ágil y dinámica a la que sólo le ponemos el “pero” de una orquesta cuyas cuerdas chillan en exceso (Algo del todo comprensible dada la difícil época en que se realizó la grabación). La fuerza que transmite Karajan — quien prescinde de las repeticiones — es colosal y ofrece como resultado a un Mozart de muchísimos quilates. Excepcional cambio de aires en la transición al primer desarrollo y también la lectura del pasaje de las modulaciones, aunque la cuerda ahoga un tanto a las maderas. Heroica fuga final y conclusión sin ritardando. Enorme Herbert von Karajan. Versión de notable alto rozando el sobresaliente o, tal vez, de propio sobresaliente.