El empleo de la Batuta

 La batuta es algo consustancial a la figura de un director de orquesta y la mayoría de los directores se sirven de la misma tanto en los conciertos como en los ensayos. Sin embargo, los directores de coro no la emplean a no ser que además del coro exista una parte orquestal. A veces, un director que está actuando batuta en mano la abandona sobre el atril, junto a la partitura, o se la pasa a la otra mano del revés y agarrada por la mitad, como si quisiera restar protagonismo a la misma. Si nos fijamos durante los conciertos o al visionar algunos vídeos, observamos que existen batutas de todo tipo: Gruesas, finas, algo más cortasmás oscuras, más largas de lo común e incluso del tamaño de un bolígrafo. Pero, ¿Qué es en realidad una batuta y, sobre todo, para qué sirve una batuta? Por muy triviales que puedan parecernos estas cuestiones, la batuta tiene su origen, su finalidad y, por supuesto, su razón de ser.

 En su día, el procedimiento de marcar el compás se hacía mediante el poco estético procedimiento de agitar violentamente un bastón, en ocasiones incluso, golpeándolo contra el suelo. (Procedimiento que podía ser peligroso: El músico francés Jean-Baptiste Lully murió como consecuencia de una herida infectada en un pie al golpearse en el mismo con un bastón mientras dirigía). Sin embargo, los dos precedentes más claros de la figura del director de orquesta son el maestro de cémbalo, quien solía dirigir la obra desde el teclado abandonando a veces la pulsación para hacer indicaciones a los músicos con las dos manos — precedente de la dirección sin batuta — y el concertino o primer violín de la orquesta, quien en ocasiones dejaba de tocar y se servía de su arco para indicar el compás. Este es el verdadero origen de la batuta. Hemos de tener en cuenta que la música no siempre se ha interpretado en las modernas salas y auditorios de la actualidad que, por regla general, cuentan con estudiado y minucioso sistema de iluminación que permite que la figura del director sea perfectamente visible desde cualquier posición instrumental. Antiguamente — y no digamos nada en los fosos de ópera — esas condiciones eran más precarias y el director se veía obligado a prolongar artificialmente su brazo para que fuera bien visible por todos y cada uno de los profesores de la orquesta. De ahí que se sirviera de un arco del violín para tal menester en un principio hasta que, ya en el siglo XIX y con el auge del Romanticismo, el violín cediese su privilegio de instrumento capital al piano. Con ello, el director ya no era obligadamente un violinista y, en esos casos, sustituyó el arco por una varilla de madera. Tal vez por el antecedente del arco, las primeras batutas fueron gruesas y de gran longitud aunque con el paso del tiempo se han hecho cada vez más finas, cortas y ligeras, esto es, más manejables (Se cuenta que Hans von Bülow, aquel director cuya mujer acabó liándose con su adorado Wagner, esgrimía una batuta de marfil con incrustaciones de oro y brillantes cada vez que dirigía música de Beethoven. Y no sólo eso; también se ponía unos guantes blancos de seda que teatralmente le eran entregados en una bandeja de plata…). Parece demostrado que el empleo de la batuta produce una mayor sonoridad en músicos y cantantes — es algo bastante psicológico — de ahí que los directores de coro la eviten, ya que su “orquesta” vocal es demasiado dúctil y delicada. Del mismo modo, es lógico que observemos como un director se cambia la batuta de mano en ciertos momentos plácidos y serenos: Simplemente, es una forma expresiva de solicitar a los músicos mayor suavidad y delicadeza.

 Las antiguas batutas de marfil o ébano, con torneados y figurillas talladas, deben considerarse hoy en día como valiosas piezas de museo. Aunque actualmente existen muchas variantes de batuta, las más habituales están fabricadas en madera ligera y con una coloración blanca o muy clara para que resalten en la oscuridad de la sala de conciertos o de los teatros de ópera, ya que sobre la mano del director suele concentrarse algún foco de luz u otro tipo de iluminación que las hace fácilmente visibles. Por el contrario, en las aulas musicales se suele emplear una batuta de plástico flexible, a veces de color negro, para que asimismo resalte sobre la tiza blanca de los encerados. La batuta presenta en un extremo una especie de bola — las más antiguas — u otro tipo de engrosamiento más liviano que sirve para facilitar su sujeción a mano cerrada. Antiguamente, se dirigía a puño cerrado y parece ser que fue Artur Nikisch, el predecesor de Furtwängler en la Filarmónica de Berlín, quien se sirvió de asirla con sólo dos o tres dedos al no querer tener la sensación de notar nada especial al tacto que pudiese restar delicadeza en la expresión. Prácticamente, el uso de la batuta fue paralelo al desarrollo de la moderna dirección orquestal y de esta forma todos los directores de la época romántica y de inicios del siglo XX la empleaban ordinariamente.

 Sin embargo, ya en pleno siglo XX hubo directores que prescindieron de la batuta; al parecer, el primer maestro que dirigió sin ella fue el húngaro Eugen Szenkar, aunque fue Leopold Stokowski, el mítico director de la Orquesta de Filadelfia, quien popularizó ese hecho. Lo realmente curioso fue que su sucesor en la orquesta, el incombustible húngaro Eugen Ormandy — obviamente paisano de Szenkar — también dirigiera sin batuta. Con ello, la Orquesta de Filadelfia, una formación que contó con una incomparable sonoridad — sonido Filadelfia — que la hizo popular, prestigiosa y admirada en el resto del mundo, estuvo dirigida durante más de sesenta años consecutivos por dos maestros que dirigían con las manos, sacando un espectacular partido expresivo a las mismas y despreciando el poder dominador que emana del empleo de un objeto como la batuta (Con todo, Eugen Ormandy sí se sirvió de la batuta en algunos conciertos de su última etapa, como muestra este vídeo). En la actualidad, el hecho de valerse de una batuta o no a la hora de realizar un concierto nos parece una cuestión un tanto anecdótica. Si bien la mayoría de directores se sirven de la misma, no es menos cierto que paulatinamente son más los maestros que deciden prescindir de ella. Hemos de tener en cuenta que a día de hoy, los conciertos suelen venir precedidos de muchos y fatigosos ensayos en donde “todo ha quedado ya atado y bien atado”. Ciertamente, la elegancia de ver a un director usando la batuta en determinados pasajes puede hacer del todo imprescindible su uso. ¿Alguien ha llegado a concebir a Herbert von Karajan, posiblemente el director de mayor estética visual de la historia, dirigiendo sin batuta? Y no olvidemos que esa estética no es en absoluto superflua: Es un recurso expresivo más del director para tratar de comunicarnos la música que interpreta. Pero la música, como cualquier corriente artística, no deja de estar sometida tangencialmente a las modas del momento. Aún así, entre esto y esto, existen numerosas diferencias de estética… (Hablando de estética, claro está, prefiero a Karajan antes que a ese “ruso loco” llamado Gergiev… Pero como lo que realmente importa es la MÚSICA, me quedo con la versión del “loco”). También hoy en día, es frecuente ver a directores que usan la batuta en determinados conciertos y prescinden de ella en otros. No estoy en condiciones de afirmar si ello se debe al programa seleccionado. No alcanzo a llegar hasta ese punto. Hemos de reseñar también que el uso de la batuta resulta especialmente peculiar en el caso de los directores zurdos. El finés Paavo Berglund y el polaco Krisztof Penderecki son los casos más conocidos de esta singular circunstancia. No ocurre nada; simplemente se invierten las funciones de las manos con lo que es habitual y en estos casos el director marca las indicaciones métricas y rítmicas con la mano izquierda y se sirve de la derecha para matizar.

 Por último, señalemos que el hecho de emplear batuta o no resulta del todo intrascendente frente al principal objetivo de un director de orquesta: Lograr la sonoridad y versión por él deseada. A lo sumo, podría especularse si ello puede lograrse con mayor o menor facilidad según se emplee batuta o no, pero ello no es suficiente como para establecer un teoría cierta al respecto. En la dirección orquestal, hemos escuchado versiones antológicas de maestros que dirigieron con batuta y otras no menos inolvidables de maestros que prescindieron de la misma. La capacidad y maestría de un director de orquesta no depende, en modo alguno, de la utilización o no de la batuta.

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