* Oleo sobre lienzo
* 460 x 360 cms
* Realizado entre 1586 y 1588
* Ubicado en la Iglesia de Santo Tomé, Toledo.

 La historia de este suntuoso lienzo arranca en 1579, cuando El Greco recibe dos trascendentales encargos: De parte del cabildo de la Catedral de Toledo se le encomienda pintar una obra sobre el tema del “Expolio de Cristo”, obra actualmente expuesta en la Catedral de Toledo y, de parte de Felipe II, como prueba para una posible colaboración como pintor del flamante Monasterio de El Escorial, “El Martirio de San Mauricio ó La Legión Tebana”. Esta obra, desgraciadamente, no fue del agrado del rey y acabó por apartar al artista de los encargos oficiales, sumiéndole en una introspección mística que dará como fruto, entre otras obras, “El Entierro del Conde de Orgaz”, la cumbre pictórica del autor y uno de los mejores óleos del siglo XVI.

 A la hora de analizar cualquier cuadro de El Greco hemos primeramente de tener en cuenta sus características como artista y sus condicionamientos pictóricos. El Greco, de inicial formación eminentemente bizantina, tiende a la composición espiritualizada de la realidad visual. Las extrañas perspectivas, a menudo invertidas, el alargamiento proporcional de las figuras y la estrechez espacial son aspectos genéricos de la estética bizantina, con cuyos conceptos se familiarizó tempranamente el autor. Pero, ya en Venecia, varios pintores influyeron decisivamente en la formación de su peculiar e indiscutible estilo. De Tiziano aprendió el concepto del color como referencia fundamental de un cuadro, en oposición al dibujismo de Miguel Ángel. De Tintoretto adopta el empleo de las luces artificiales, inexistentes en la naturaleza, y que sirven para la representación religiosa conforme a las visiones místicas. También de Tintoretto es la influencia de los llamados dobles puntos de vista (Diopsia). El Greco viajó posteriormente a Roma y tuvo contacto con la pintura de Rafael, de quién admiró su sentido de la composición.

 Como pintor religioso, El Greco hace uso de la descomposición volumétrica de las figuras, de la asimetría y de los movimientos serpenteantes. Al artista no le interesa en sí el carácter histórico de los relatos que acomete sino más bien su significado espiritual. El “santo” es un ser agitado que siente la llamada de Dios y esa presunta “agitación se traduce en un alargamiento de las figuras, casi hasta el punto de la estilización, como plena voluntad del artista y no siendo debido, como reiteradamente se ha comentado, a un presumible defecto óptico del autor. Algunos críticos afirman que El Greco tomaba apuntes de locos, de enajenados, y luego se servía de maniquíes a los que iluminaba escenográficamente para resaltar el contenido expresivo. También debemos apuntar que El Greco estuvo influenciado en buena medida por la corriente manierista y su alargamiento de figuras se corresponde igualmente a esta circunstancia.

 El Entierro del Conde de Orgaz se inspira en una leyenda toledana según la cual don Gonzalo Ruiz, Señor de Orgaz, a la hora de su muerte fue milagrosamente colocado en el sepulcro por unos santos, agradecidos por las buenas obras que dicho noble realizó en vida, como fueron las de favorecer económicamente a los agustinos y levantar una iglesia en honor a San Esteban. El milagro ocurre ante un distinguido grupo de nobles y frailes toledanos entre los que se autorretrata el autor (La única de estas figuras que nos mira frontalmente). Mientras el párroco prosigue ensimismado con sus rezos, el sacristán observa la llegada a los cielos del alma del Señor de Orgaz. No deja de ser una alegoría de la muerte como principio de la vida eterna. Dos son las partes en las que se divide estructuralmente el cuadro: En la superior, vemos una representación celestial con la llegada del alma del Conde, quién transmite su respeto ante un Cristo escoltado por ángeles y apóstoles. Separada por la línea que forma la numerosa fila de nobles, se encuentra la parte inferior, donde se aprecia el milagro descrito de los dos santos colocando el pálido cuerpo del Conde en el sepulcro. La figura infantil inferior de la derecha es un retrato del hijo del autor. El contraste entre el colorido de las dos partes del cuadro es magistral, predominando la claridad en la superior toma espiritual frente a la mayor oscuridad de la escena más mundana.

 Si nos fijamos, entre los elegidos que aparecen a la izquierda del Cristo Triunfal y Juez, se encuentra la anciana figura de Felipe II, con la característica mano en el pecho a la manera de El Greco. Al parecer, el autor incluyó esta figura a la muerte del monarca en 1598, en un acto bondadoso, rechazando cualquier rencor contra la figura de Felipe II pese a no haber resultado elegido por éste como pintor oficial para El Escorial. Los mayores detalles técnicos se perciben mejor en la parte inferior del cuadro. El detallismo en los ropajes que visten los santos que sostienen el cadáver del Conde es de una perfección inusitada, donde el artista se permite el lujo de recrear incluso la lapidación de San Esteban, en clara referencia a las obras acometidas por el Conde en vida, en la casulla del santo más joven. Magistral el efecto conseguido de transparentar las telas blancas del sacristán, de espaldas a nosotros, cuya expresión está a caballo entre el asombro y la piadosa admiración. Como ya nos hemos referido anteriormente, El Greco acentúa a propósito la palidez del rostro del fallecido, contrastándola genialmente con el plano diametralmente superior iluminado por la infinita luz celestial de Cristo (Ego sum lux mundi). La armadura del fallecido, exquisitamente elaborada, es un pequeño homenaje al gran Tiziano y en los numerosos rostros de los nobles que contemplan el entierro se han querido ver retratos de personajes famosos de la época, pero este asunto es ya materia de acreditados especialistas.

 En resumen, una obra grandiosa cuya contemplación justifica de por sí una escapada a la bella ciudad de Toledo. Si es en otoño, fuera de los agobios propios de la época estival, mejor que mejor.