* Óleo sobre lienzo
* 70 x 120 Cms
* Realizado hacia 1750
* Ubicado en la National Gallery de Londres

 Si bien la pintura paisajística europea tuvo capítulos brillantes en la obra de Poussin o de Claudio de Lorena — amén de los barrocos holandeses — no será hasta el siglo XVIII cuando alcance valores artísticos trascendentes gracias a los ingleses y muy especialmente a Gainsborough quien, con su imaginación, capacidad creativa y excepcionales dotes, consiguió una profunda innovación en este género pictórico. Supo romper con las tradiciones figurativas anteriores merced a una nueva valoración y protagonismo que nunca tuvo la naturaleza. De esta manera, el entorno espacial deja de ser un mero escenario que respalda la figuración para convertirse en el espacio que acoge a las figuras, haciéndolas suyas como elementos integrantes del ámbito en que se mueven. Sin embargo, es más que complicado sistematizar un conjunto que englobe la abundancia de matices que configuran la personalidad artística de Gainsborough. Formado inicialmente en las tendencias del Rococó de manos de François Bourguignon, toma contacto con lo flamenco a través de Haymann y es del todo indudable la influencia que ejerció la pintura holandesa del siglo XVII sobre el ambiente pictórico británico.

 A lo largo de su vida, la actividad pictórica de Gainsborough se repartió entre el paisaje y el retrato; esta segunda faceta — verdadero sustento económico del pintor — le puso en contacto con la élite social de la época, alcanzando sus retratos un gran predicamento entre esa sociedad de gustos tan refinados. En sus retratos Gainsborough debía responder lo más ajustadamente posible a los deseos de una clientela que buscaba en esas pinturas la afirmación de su status. De esta forma, el artista no logra apartarse del todo de la moda imperante en el retrato inglés aunque su hábil manejo con la técnica pictórica hace que dichos lienzos resulten especialmente atractivos, perdiéndose la relación de dependencia absoluta respecto a la figuración. Porque precisamente ese protagonismo de la naturaleza reflejado en sus paisajes es sin duda alguna la gran aportación de Gainsborough al panorama pictórico británico. Además, Gainsborough reforzó el sentido naturalista de sus paisajes en base a plasmar en ellos los distintos estados de la naturaleza, buscando en cada uno el momento y los valores más perceptibles. Así, gusta de representar los matices reales y ambientales en sus campos o las cotidianas vivencias en sus vistas de pastoreo o labranza. Incluso cuando pinta paisajes de fantasía, sus proyectos parten del análisis de elementos sacados de la naturaleza que previamente compone con dibujos y esbozos.

 Tras su estancia en el balneario de Bath, en 1759, comienza lo que podemos denominar como la época dorada del autor. Su fama y su prestigio alcanzan cotas insospechadas y tanto sus paisajes como sus retratos llegan a las más altas valoraciones. Pone su paleta al servicio de los intereses de una alta sociedad más que variopinta y caprichosa que convertirá los retratos del pintor en una verdadera moda de la época, hasta el punto de que en 1768 es uno de los miembros fundadores de la Royal Academy, aunque más tarde se desvinculará de la misma por los constantes enfrentamientos con su colega Reynolds. En los retratos de esta última época pone de manifiesto todo el avance de los aspectos técnicos de su pintura, con una adecuación cada vez más precisa de la figura a la naturaleza.

 El matrimonio Andrews es posiblemente la primera obra maestra de Thomas Gainsborough. En ella pone de relieve no sólo su talento como retratista sino también como paisajista. Parece comúnmente admitido que el óleo fue un encargo como retrato de bodas, como así muestran las gavillas de la derecha que frecuentemente se utilizaban como símbolo de fertilidad y que aparecían en muchas imágenes del mismo tipo. La pareja Andrews se casó en 1748 en Sudbury, localidad cercana que se divisa al fondo de la composición, y aquí aparecen los dos posando en su finca particular. El retrato refleja la atracción ya anteriormente comentada del pintor por la obra de Van Eyck y prueba de ello es que la influencia se mantiene constante en todos los retratos del artista. El esquema compositivo, un tanto infrecuente al agrupar a las dos figuras en un margen del cuadro, otorga a los personajes un indudable aire de propietarios que enseñan sus tierras con evidente orgullo al resto del mundo. Aunque de un tiempo a esta parte cobra fuerza otra conjetura y es la de que Gainsborough — quien precisamente había nacido en Sudbury — era un gran amante de aquella zona y tuvo mayor interés por el paisaje que por sus clientes (Dadas las circunstancias artísticas en aquella época parece poco probable esta teoría; a no ser que Gainsborough fuese tan valiente y osado como magnífico artista). En el paisaje, el pintor muestra el esplendor de la naturaleza en pleno verano, con una clara intencionalidad del artista en crear una ambientación estacional. El modelado de las figuras se apoya en un dibujo que matiza con acierto cada uno de los pequeños detalles; aunque, quizás por una prematura inexperiencia, existe una cierta rigidez en las posturas de los personajes, casi al modo de unos muñecos. Tal vez ello pueda explicar la altivez poco favorecedora de sus rostros, aspecto que lleva a preguntarse por la relación de éstos con el artista. Al parecer, Gainsborough los conocía desde la niñez ya que había acudido a la misma escuela que Robert Andrews, pese a que ambos pertenecían a distintas clases sociales. Más tarde, el retratado ingresó en la Universidad de Oxford mientras que el pintor se convertía en un simple aprendiz. Es posible que esa brecha social explique que la pareja mire un tanto con desdeño al pintor. Por último, hemos de señalar que no percibimos ningún elemento ideal en el paisaje: El trigo, el ganado y las nubes son la realidad de una escena tomada de lo cotidiano. Además, el óleo presenta una cierta dinámica en la importancia concedida al cielo y su forma de insertarlo en la composición. Esas nubes desarrollándose, típicas de las horas de intenso calor veraniego, preludian una próxima tormenta. Pero no es, ni mucho menos, una licencia figurativa del autor con respecto al futuro de los personajes; es simplemente un guiño a la obra del gran paisajista holandés Ruysdael.