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 Tras un invierno que ha resultado demasiado frío y desagradable — en comparación con lo que desde hace unos años estábamos viviendo — llega por fin la primavera a Madrid. Los vecinos de esta Villa tenemos un tesoro que se llama Parque del Retiro, un entorno verde en medio de la ciudad que sirve, entre otras muchas cosas, para olvidarnos del nervioso vaivén de una ciudad empeñada en vivir al borde de un ataque de nervios. Es un buen momento para madrugar y salir a hacer unas fotos y eso es, precisamente, lo que yo he hecho. No son fotos preparadas, ni tomadas con una cámara de alta resolución. Simplemente, son unas instantáneas sacadas durante una mañana de primavera, bien temprano, y a bordo de mi bicicleta. No hay situación que más me guste que salir a pasear con mi bici por El Retiro e ir escuchando música de la buena a través de los auriculares de mi MP3. Bueno, existen otras situaciones que me gustan más pero, de momento, no creo conveniente haceros un relato de las mismas… Por lo pronto, os regalo estas imágenes del Retiro al amanecer en primavera. A ver si os gustan.

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 Desde mi domicilio en la Calle de Alcántara hasta esta entrada, según el reloj de mi bici, hay 1,66 kilómetros, un trayecto que no dura ni tres minutos. Es mi ruta de acceso habitual. La calle de mi “tocayo” Pelayo es una de las más preciosas de Madrid y en donde la prima de Celia — la conocida como Pantera — tiene un impresionante ático con unas vistas primorosas a este parque. Desgraciadamente, no lo pone en venta. Da igual, yo no tengo dinero para tanto… ¡Ya nos lo podría dejar de herencia!

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 El Paseo de Coches, una toma en el paseo paralelo y el curvón de Fernán Núñez. De un tiempo a esta parte, el Paseo acoge todo tipo de eventos e impide la libre circulación de paseantes, patinadores y ciclistas. Al desmontar la parafernalia, quedan muchos clavos sueltos y por eso es fácil pinchar aquí con la bici. Ya me ocurrió hace bien poco. Además, en el paseo paralelo, me di la primera bofetada con la bici. Estaba escuchando a Mahler y me distraje con la estampa de una bellísima mujer…

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 Algunas tomas del Estanque y del monumento dedicado a Alfonso XII, sin duda, la zona más conocida del parque. Desde hace mucho tiempo, por aquí abundan las “tarotistas” aunque, en honor a la verdad, casi nunca aciertan. A mí me llegaron a predecir que iba a ser un extraordinario director de orquesta… Yo tengo más mano: En este enclave escuché a dos jóvenes cantar, hace ya muchos años, y también predije que iban a llegar muy lejos. No me equivoqué: Se trataban de Marta y Marilia, más conocidas como ELLA BAILA SOLA. Aquí empezaron.

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 La rasante del Paseo de Cuba y la estatua del Ángel Caído. Posiblemente, se trata de uno de los pocos monumentos en el mundo dedicado al mismísimo diablo. Esta zona, en otoño, es particularmente bella. Subir y bajar continuamente este ligero repecho con la bici supone un buen ejercicio para fortalecer las piernas. Cuidado con los gatos que de manera imprevisible cruzan la calzada.

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 El Palacio de Cristal, el Kiosco de música y dos tomas cercanas al Palacio Velázquez y al Parterre, respectivamente. Dentro de poco empezarán los conciertos dominicales de la Banda Sinfónica de Madrid en el Kiosco. Tocan muy bien y en ocasiones han sido dirigidos por el maestro García Asensio. Su repertorio es muy extenso y abarca todos los géneros pero a mí lo que más me pone es cuando se arrancan por pasodobles, uno de los géneros musicales más extraordinarios que existen y que en nada tiene que envidiar a otros más pretendidamente encumbrados.

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 El monumento a Jacinto Benavente, un rincón de La Chopera y una panorámica de La Rosaleda. Dentro de poco, este jardincillo nos mostrará todo su esplendor primaveral. Ya os pondré alguna foto, aunque tendré que ir más tarde ya que no abren hasta bien entrada la mañana. La Chopera es una de las zonas más íntimas del parque. Pero resulta muy poco recomendable adentrarse por la misma cuando cae la luz solar. El monumento a Jacinto Benavente se alza frente a la entrada donde se encuentra el Casón del Buen Retiro, una de las prolongaciones del Museo del Prado.

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 Una de las mejores maneras de pasear en bici por El Retiro es circunvalando su perímetro. Aquí os muestro unas instantáneas de su trayecto paralelo a la Calle de Alcalá. La iglesia de San Manuel y San Benito es una de las más bellas de Madrid, en estilo neobizantino. A veces, me escapo alguna tarde hasta allí para escuchar algún recital de órgano del maestro Domingo Losada. La entrada del Parterre es quizá la más encantadora de todo el parque. Como no podía ser de otra manera, la Puerta de Alcalá se muestra reluciente y orgullosa, a pesar de los patéticos carriles separadores que afean el conjunto visual y que son detestados por la mayoría de conductores madrileños.

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 La entrada de Alfonso XII y unas panorámicas con las vacas que desde hace unos meses pastan alegremente por Madrid. Pertenecen a la exposición itinerante Cow Parade y, luego de recorrer decenas de ciudades del mundo, han arribado por fin a Madrid. Por desgracia, los pobres bichos no han podido eludir los ataques de una serie de vándalos que no entienden ni de urbanidad ni de respeto por lo ajeno, llegándose a crear incluso una unidad hospitalaria — es cierto — para reparar a los animales afectados. La exposición arrancó con cierta polémica pero en la actualidad estos simpáticos bichos se han hecho muy queridos por la mayoría de los madrileños. A mí me parecen entrañables.

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 El Bosque de los Ausentes, paraje conmemorativo de las 192 inocentes víctimas que fueron vilmente asesinadas en los llamados Trenes de la Muerte, durante una desgraciada jornada que los madrileños tardaremos en olvidar. Todos ellos, junto con el resto de víctimas del terrorismo, permanecerán siempre en nuestro recuerdo.

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 Para finalizar este breve recorrido, la Casita del Pescador y el “despropósito” visual de la Torre de Valencia. No tengo nada contra la torre y mucho menos contra sus vecinos — ya me gustaría a mí tener un ático allí. Pero su construcción, frente al mismo parque, afea visualmente el entorno. La panorámica desde la Gran Vía, con el Palacio de Correos al fondo y la mole de esta torre, es uno de los mayores despropósitos visuales que se han cometido arquitectónicamente en Madrid en el siglo pasado.