Piano Steinway

Piano Steinway

Escuelas de interpretación para piano

Todos hemos visto un piano a lo largo de nuestras vidas. Obviamente, para quienes hemos cursado estudios musicales, el piano es un instrumento casi familiar, de uso cotidiano. Pero no todo el mundo conoce los secretos que envuelve este instrumento musical, posiblemente el más completo de toda la familia instrumental. En un piano, el sonido se produce por la percusión de unos macillos sobre las cuerdas (En general, tres macillos para cada nota) accionados mediante un mecanismo de palancas a partir de la percusión de unas teclas del tablero. Dichas teclas son de color blanco y negro, siendo estas últimas más cortas y estando colocadas más hacia el interior del teclado. Mediante las teclas blancas podemos ejecutar la escala diatónica en Do mayor, sirviendo las negras para intercalar los distintos semitonos entre aquellas teclas blancas separadas por un tono entero, a saber, Do-Re, Re-Mi, Fa-Sol, Sol-La y La-Si. Las teclas blancas que corresponden a Mi y a Fa, por un lado, y a Si y Do, por otro, no tienen teclas negras intercaladas, ya que entre esas notas hay, en la escala diatónica, sólo un semitono de distancia, esto es, un intervalo de semitono.

La caja de resonancia de un piano es generalmente de madera, si bien se han construido cajas de otros materiales como piedra, ladrillo, cristal o, incluso plástico, con resultados del todo decepcionantes. La calidad de una madera estriba en el tipo de árbol utilizado y ha de ser sometida a un minucioso proceso de secado y preparación antes de fabricar con ella el instrumento. No menos importante es el barnizado, aunque no tanto como en el caso de los instrumentos de arco, verdadero secreto de fabricantes. En cualquier piano convencional observamos la presencia de tres pedales en su parte inferior: El pedal de la derecha, llamado pedal de resonancia, sirve para inhibir los apagadores de sonido y que, mientras se mantiene presionado, todas las notas que han sido ejecutadas mantienen su sonido. El pedal de la izquierda, llamado pedal corda, provoca un desplazamiento lateral de los martillos, en los grandes pianos de cola, o un acercamiento de éstos a la cuerda en los pianos de pared o verticales. Con ello se consigue que el martillo tan sólo percuta una de las tres cuerdas que forman la nota, propiciando un sonido más tenue (Y más agradecido para los sufridos vecinos del domicilio de un pianista o estudiante de piano). El pedal central, llamado comúnmente pedal tonal, es un pedal de resonancia selectivo, de mucha mayor importancia en los pianos de cola de conciertos que en los domésticos pianos de pared. En dichos pianos, este pedal acciona el mecanismo de un fieltro que apaga las notas ejecutadas. Esta posibilidad de apagar el sonido, sobre todo la de su persistencia a voluntad, es la que marca la diferencia entre un piano y un clavicémbalo, instrumento donde las cuerdas son pinzadas a semejanza de un laúd o una guitarra, produciendo un sonido de fuerza constante y que persiste por sí mismo, sin posibilidad, generalmente, de apagarlo ni de prolongarlo más allá de su natural resonancia.

La forma de los pianos

En cuanto a la forma, los pianos pueden ser verticales, generalmente los que se utilizan en uso doméstico y que ocupan el menor espacio posible para encerrar todos los mecanismos, y los pianos de cola, usados en conciertos, de forma redondeada siguiendo las longitudes de las cuerdas situadas horizontalmente. Dentro de los pianos verticales, podemos encontrar pianos rectos — con todas las cuerdas paralelas — y pianos cruzados — en los que las cuerdas están inclinadas, unas hacia un lado y otras hacia el otro, para ganar espacio con igual longitud de cordaje. Estos últimos producen, por regla general, un mejor sonido, aunque ni de lejos comparado con el sonido incomparable de un piano de cola. También existen los pianos de media cola o colines, muy habituales en salas lúdicas que ofertan conciertos de cualquier clase de música. A menudo, su decoración, con tonos blancos e incluso transparentes, es del todo patética aunque producen un sonido bastante aceptable. Este tipo de pianos también se encuentran en los domicilios de gente acomodada, aunque su precio es muy inferior al de un gran cola Steinway de conciertos, un piano cuyo precio supera fácilmente los 100.000 euros. En lo relativo a pianos eléctricos, de un tiempo a esta parte se ha evolucionado muchísimo en este sector y existen teclados que simulan casi a la perfección todos los mecanismos de un piano convencional, aunque el timbre resulte, obviamente, imposible de imitar al de un verdadero piano. No obstante, estos artilugios son muy prácticos para el uso doméstico debido a su reducido tamaño.

En lo relativo a los tradicionales fabricantes de pianos, desde siempre ha habido una controversia acerca de quién inventó realmente el piano como sustituto del clavicémbalo. Es curioso como en dicha controversia, cada país se atribuye la invención a un constructor de su nacionalidad. Así, en Alemania se considera que Silbermann, en 1765, construyó el primer piano conocido como tal y que fue acompañado por un completo informe que trataba de su sonoridad y de sus amplias posibilidades. Por contra, en Francia consideran que el verdadero piano nació en 1822, cuando Érard inventó el mecanismo de doble escape. Los italianos, por su parte, mantienen que Bartolomeo Cristofori, en 1709,  fue el primero que empleó macillos que percutían las cuerdas… Fuera de esta simpática controversia, lo cierto es que la historia del piano empieza a finales del siglo XVIII y es a principios del XIX cuando los primitivos pianoforti o fortepiani empiezan a parecerse a los pianos de hoy en día. Los fabricantes principales anteriores a esas fechas habían sido los ya citados Silbermann y Érard, en Alemania y Francia respectivamente, y Weber y Broadwood en Inglaterra. Parece ser que Beethoven llegó a utilizar pianos fabricados por Érard y Broadwood, con mayor extensión en el teclado, lo que puede reconocerse en sus partituras según un detallado análisis cronológico de las mismas. A principios del siglo XIX predominaban las marcas Stein (Vienesa), Broadwood (Inglesa) y Pleyel (Francesa). Con el transcurrir de la época romántica fueron proliferando nuevas marcas, algunas aún vigentes: Gaveau en Francia (Inventor del sistema de lengüetas), Bechstein en Alemania (Pianos duros como una roca y muy incisivos de sonoridad) y Blüthner, también en Alemania, con sonidos más suaves y aterciopelados. Sin embargo, fue un fabricante vienés, Bösendorfer, quien diseñó los grandes pianos de concierto que incluso hoy en día se siguen utilizando. De vital importancia fue el fabricante Heinrich Engelhard Steinweg, quien fundó su marca en 1835 en Braunschweig. Su hijo vendió la fábrica a Friederich Grotrian y así nació la firma Grotrian-Steinweg, una de las mejores fabricantes instrumentales de la actualidad. Sin embargo, otro hijo de H.E. Steinweg emigró a los EEUU y allí cambió la denominación de su marca, adaptándola al idioma inglés y conociéndose como Steinway & Sons, posiblemente la mejor y más prestigiosa marca de pianos de concierto de la actualidad. (El sueño de todo estudiante de piano no es ya poseer un aparato de estos, sino tan sólo poder llegar a tocarlo…). Steinway y Grotrian-Steinweg mantienen en la actualidad una dura pero amistosa rivalidad en lo relativo a la fabricación de sus respectivos pianos. En la actualidad, existen muchas marcas más asequibles de fabricantes de piano: Rönisch, Baldwin, Collard & Collard, Petroff, SauterHazen, Cussó y la tristemente desaparecida Chassaigne-Frères. Mencionemos también la japonesa Yamaha, de impecable factura técnica aunque con sonido un tanto duro y metálico.

El piano como instrumento independiente

Cristalizó a mediados del siglo XIX, sobre todo gracias a la figura de Franz Liszt y es precisamente en este punto donde cabe situar el nacimiento de las grandes escuelas pianísticas. Para empezar, se puede distinguir entre los discípulos directos de Liszt y los independientes, casi todos agrupados en la estética menos virtuosística y más sensible de Theodor Leschetitzky. Los pianistas más importantes por la rama lisztiana fueron Carl Tausig, Eugen D´Albert, Moritz Rosenthal, Emil Sauer y Alexander Siloti. Estos dos últimos fueron a su vez discípulos del gran pianista ruso contemporáneo de Chaikovski, Anton Rubinstein (No confundir con el posterior polaco Arthur Rubinstein) y de ellos arranca la moderna escuela rusa. Alexander Siloti tuvo dos grandes discípulos, Konstantin Igumnov y Alexander Goldenweiser. De Igumnov parten Yakov Flier— cuyos mejores alumnos fueron Bella Davidovich, Victoria Postnikova, Vladimir Feltzmann, Mark Zelster y Mihail Rudy —  y Lev Oborin (Maestro de Vladimir Ashkenazy). Por su parte, de Goldenweiser derivan Tatiana Nikolaieva y Lazar Berman. Paralelamente, podemos hablar de otra escuela rusa que no tuvo savia alguna de Liszt y que parte de Félix Blumenfeld, cuyos principales discípulos fueron Vladimir Horowitz y Heinrich Neuhaus, un verdadero formador de escuela a cuyo tronco pertenecen nada más y nada menos que Stanislas Neuhaus, Sviatoslav Richter, Emil Gilels y Radu Lupu.

Una segunda generación derivada de Liszt incluye a Arthur Rubinstein, Claudio Arrau, Edwin Fischer, Ernö Dohnányi, Wilhelm Backhaus y, más tardíamente, Wilhelm Kempff. Esta generación fue esencialmente concertística y apenas creó escuela, con la excepción de Edwin Fischer (Insigne pedagogo) de quien derivan Paul Badura-Skoda, Jorg Demus, Alfred Brendel y Daniel Barenboim, y de Ernö Dohnányi, de quien derivan Mischa Levitzki, Geza Anda y Georg Cziffra. Indirectamente relacionado con Liszt estuvo Ferruccio Busoni y, a través de él, Egon Petri y posteriormente John Ogdon.

Por parte de la otra rama, la de Theodor Leschetitzky, la primera generación de sus discípulos contó con Vasili Safonov, Jan Paderewski, Artur Schnabel, Benno Moisewitsch, Myeczyslaw Horszowski y Alexander Brailowski. De Horszowski deriva Murray Perahia mientras que Artur Schnabel fue la base de una extraordinaria escuela centroeuropea en la sobresalen nombres tan importantes como Lili Kraus, Adrian Aeschbacher (El pianista “oficial” del III Reich), Clifford Curzon y Rudolf Fiskurny. Por su parte, de Vasili Safonov parte la escuela norteamericana abanderada por el canadiense Glenn Gould, Byron Janis, John Browning, Van Cliburn y Andre Watts.

En cuanto a la escuela francesa, caracterizada por un extraordinario refinamiento y detallismo, muy en la línea con la música impresionista nacional de su país, arranca con las figuras del profesor Antoine François Marmontel (Que tuvo como alumnos a Debussy, Fauré y Ravel) y George Matthias (Alumno predilecto de Chopin y del que derivó Nikita Magaloff y, a través de él, Martha Argerich). De parte de Marmontel, nacido en 1816, podemos fijar hasta cuatro generaciones de pianistas franceses: La primera fijada por Marguerite Long, la gran figura pianística francesa de cuya escuela provienen Philippe Entremont, Gérard Tacchino y Bruno Leonardo Gelber. De la segunda generación de Marguerite Long — y muy interconectada con otras ramas derivadas de Marmontel — surgen Alfred Cortot, Lazare-Lévy, Yves Nat y Robert Casadesus. En la tercera generación, por parte de Alfred Cortot, sobresalen Vlado Perlemuter, Dinu Lipatti, Samson François, Karl Engel (Maestro de Maria Joao Pires) y Dino Ciani. Por parte de Lazare-Lévy, Clara Haskil, Monique Haas e Yvonne Loriod (Esposa de Olivier Messiaen). De Ives Nat, Pierre Sancan y el español Juan Padrosa. Dentro de la cuarta generación, como discípulos de Pierre Sancan podemos señalar a Jean-Bernard Pommier, Jean-Philippe Collard y Michel Béroff.

En Inglaterra podemos destacar a Myra Hess; en Italia a Alfredo Casella (De quien derivan Arturo Benedetti-Michelangeli y Maurizio Pollini) y en Polonia a Jan Ekier, de quien proviene Krystian Zimerman.

En lo referente a España, a no mucho tardar dedicaremos una entrada en exclusiva.