* Óleo sobre lienzo
* 344x 249 Cm
* Compuesto entre 1618 y 1620
* Ubicado en el Museo del Prado

 Es indudable que a la hora de hablar de Van Dyck nos venga a la mente el nombre de Rubens, su principal maestro. Pero la personalidad del artista de Amberes es tan propia que hoy en día no podemos decir, sin más, que Van Dyck es una consecuencia de Rubens sin caer en un muy superado reduccionismo analítico sobre su obra. Van Dyck consiguió una peculiar brillantez, en ocasiones, muy por encima de su maestro, sobre todo en la técnica del retrato. Van Dyck fue un niño prodigio en el arte de la pintura cuyas primeras obras atestiguan un carácter y una valentía impropias para un ser de su edad. Ante todo, es un pintor vanguardista que elabora los lienzos con audacia y seguridad. Frente a las críticas de sus contemporáneos, en sus comienzos como pintor, Van Dyck se muestra como uno de los maestros más profundos y sugestivos de todo el período barroco.

 Aparte de con Rubens, Van Dyck trabajó con Jordaens, un artista que está muy próximo a su ideario pictórico de juventud. De Jordaens adquiere ese gusto por el realismo descarnado y sin trabas que ya Caravaggio estaba reclamando en Italia ante la frontal oposición de los clasicistas. Esto se deja sentir en las primeras obras del autor, como en esta pintura que hoy nos toca comentar, y se añade al hecho de los particulares episodios que se dan en Flandes en vida del pintor, una interminable guerra que está asolando el país. El resultado es una pintura robusta, fuerte, compacta (Rubens) pero con un toque de melancólica tristeza que ni el propio Rubens es capaz de imitar. De ahí que el mismo Rubens, en su calidad de acaparador de obra nueva, se apresure a hacerse con El Prendimiento antes de que su autor inicie un viaje por Italia. Rubens siempre admiró el talento de su aventajado alumno, su conocimiento del claroscuro y su seguridad con el pincel.

 El Prendimiento es una obra de juventud que el artista concibió con apenas 21 años, si bien es cierto que ya con tan sólo 16 había formado su propio taller, que mantuvo hasta que empezó a colaborar con Rubens. El tema está tomado del famoso pasaje del Evangelio donde Cristo es arrestado tras haber sido delatado a las autoridades por su antiguo discípulo Judas. La composición es violentísima pero magistralmente contrastada por la serena actitud de Jesucristo, cuyo rostro evoca resignación no exenta de personalidad (Hay que fijarse bien en el poderoso magnetismo de su mirada, sensacionalmente lograda). Toda la composición está adornada por la luz de una antorcha y sirve para que el pintor despliegue sus acreditados conocimientos de la técnica del claroscuro, en otra demostración de juvenil audacia. La gradación cromática del plano superior está muy conseguida, con una brillante resolución técnica de las hojas y ramas de los árboles. Otro detalle técnico de gran maestría se aprecia en la sabia reproducción de los brillos en la anacrónica armadura de la izquierda, así como en la afilada punta de la pica. El fantástico colorido general de la obra es clara influencia de Rubens, mientras que el vigor y dramatismo de los personajes parece conectar más con Jordaens. La explosiva fuerza de los personajes es nítida aunque, gesto por gesto, se aprecia ese halo de tristeza al que anteriormente nos referimos en algunos rostros. Perfecto el recurso de colocar una figura paralela a la línea horizontal en la parte inferior para acentuar aún más si cabe la sensación de movimiento, motivo que repetirá en otros cuadros de esta época. Pero quizás la mayor osadía del artista se encuentra en la atrevida yuxtaposición de las masas cromáticas de las vestimentas de Cristo y los personajes que le rodean. El perfecto uso de las gamas cromáticas de los tonos rojo, azul y amarillo, arriesgadísimos a la hora de ensamblar, hacen que el cuadro no se quiebre armónicamente. De igual manera, la disposición de una túnica azul bajo la referida armadura evita que la composición se “caiga” hacia la derecha.

 En definitiva, una extraordinaria obra que refleja el incipiente genio de un artista valiente y seguro de sí mismo aunque, lamentablemente, no llame mucho la atención a los numerosos visitantes que diariamente acuden al Museo del Prado. Una lástima; ellos se lo pierden.