Un prolongado y creciente conflicto con algún que otro miembro de esa institución llamada familia, núcleo social al que todo individuo pertenece sin posibilidad de elección previa; un sentimiento de impotente solidaridad hacia unos seres que forman parte de mi otra familia, aquella a la que yo sí he decidido pertenecer en virtud a mi libre albedrío; una melancolía existencial incurable que cada día me convierte en un individuo impregnado de misantropía con todos sus efectos secundarios; y algunos conflictos menores: una violentísima discusión dialéctica con el amable y generoso director de una sucursal bancaria que pretende justificar el cobro de unas comisiones superiores al 26% sobre unos servicios financieros que yo ni siquiera he solicitado; una surrealista conversación telefónica con una inoperante jefa de división de atención al cliente de una operadora de telefonía móvil que dice no ser responsable de que yo haya perdido mi tiempo por haber enviado hasta en trece ocasiones toda la documentación solicitada para cambiar la titularidad de las dos líneas que actualmente poseo y pago (y por más que insisto en que mi solicitud no obedece a necesidad alguna de cambiar de operador. Pero como si dialogara con un muro ciclópeo. La buena señora no se quiere enterar y me promete que solucionarán mi petición una vez que haya formalizado la decimocuarta entrega documental…); un carácter personal muy irritable, repentinamente variable según las circunstancias y en nada parecido a lo que un lector puede pensar acorde con el tono políticamente amable de mis escritos… En fin, toda una serie de explosivos ingredientes que dieron como resultado que el pasado día 11 de noviembre (11 del 11 del 11, buena fecha para los amantes de lo esotérico) mi espíritu interior quebrase a semejanza de una de esas líneas rojas y descendentes que con frecuencia observamos en los paneles del Dow Jones.

 Mi pareja ya me lo estaba advirtiendo en días precedentes: –“No comes apenas; no descansas nada. Te pasas toda la madrugada completa frente a mi ordenador portátil (el mío está estropeado y parece que la avería va para largo) con los auriculares puestos y la mirada perdida. Desde que regresamos de Málaga te noto como ausente, sin ninguna motivación personal. Ya no sales con tu bicicleta…”– Pero lo más grave llegó cuando me confesó: –“Y a veces, sin que tú te des cuenta, he visto que se te caen las lágrimas y que tus ojos presentan síntomas evidentes de hinchazón llorosa… ¿Qué te pasa?”– No contesto porque no encuentro respuesta para tan simple pero trascendente pregunta. Ya el anterior domingo, Celia también advirtió mi despreocupada actitud ante las situaciones más importantes de la vida: –“No has celebrado ninguno de los siete goles que esta mañana el Real Madrid le ha endosado al Osasuna… Y lo que realmente ha acabado por preocuparme, Leiter: No has gritado el gol de la victoria del Getafe casi en el tiempo de descuento…”– Pues sí que debe ser grave este asunto, pensé con efectos retardados. Conforme fue avanzando la semana, las oraciones enunciativas precedidas de negación fueron el preludio de otras cuyos gerundios parecían cortar la aparente tranquilidad atmosférica del momento: –“No haces esto ni esto, Leiter, y siguiendo así lo único que vas a conseguir es que…”– El clímax emotivo llegó finalmente el viernes por la mañana: –“¡Leiter, estás hablando solo! ¡Te estás volviendo loco! Mejor dicho… ¡Te estás volviendo mucho más loco de lo que realmente todos sabemos que estás!”– Visita de urgencia al galeno de turno y de nuevo toda la fría parafernalia de clínicas y hospitales frente a mis sufridos ojos. Durante el trayecto, Celia me comenta: –“El día está lluvioso y tú con las graduadas gafas de sol puestas…¿De quién te escondes?”–  –“De mí mismo” — contesto. Por su parte, el doctor pronuncia su sentencia: — “Su marido sufre… Cómo explicárselo, señora… Una especie de brote psicótico en su fase inicial debido, sin duda, al stress emocional acumulado según me ha relatado. Que se tome estas pastillas que aquí le escribo en la receta. No es grave porque lo hemos detectado a tiempo pero… Si los síntomas persisten en un par de días no podemos descartar el ingreso hospitalario. Y ante todo ¡Reposo absoluto! ¡Que su marido no haga absolutamente nada que pueda excitar su emotividad! ¿Cómo dice usted? ¿La música? ¡Ah, ya entiendo! Que su marido escuche toda la música que quiera. Eso no le viene mal a nadie y además de relajar tranquiliza. Fíjese, yo soy muy aficionado a la música de Mahler y aquí estoy…”– Lo que el médico nos ocultó fue que aquel vademécum de pastillas no eran sino verdaderas drogas de caballo que consiguieron que se me cayera la baba en ocasiones sin que Celia o alguna otra rubia imaginaria posaran para mí al inconfundible estilo de los calendarios de Pirelli.

 Esa misma tarde, ya de regreso en nuestro domicilio y con los primeros síntomas de somnolencia debido al efecto de aquellas pastillas, me puse en contacto con mi amigo y hermano Iván Paixao (éste si que pertenece por derecho propio a la familia libremente elegida por mí pese a que tan sólo nos une un conocimiento mutuo virtual) relatándole, a duras penas, los pormenores de mi circunstancial problema y pidiéndole que se hiciera cargo de la nave de BLUES durante mi ausencia a pesar de que activé prudencialmente los controles del piloto automático. A Iván le faltó tiempo para contestarme y pronto se puso a cumplimentar mi petición de manera elogiosa y desinteresada. Pero lo realmente importante fue que supo darme el mejor consejo que recibí durante aquellas turbias jornadas espirituales: –“No cargues sobre tu espalda los conflictos que otros arrastran. Eso no es bueno ni para tu salud física y ni para la mental”– Fueron pasando los días y paulatinamente me fui encontrando mucho mejor, con síntomas del todo evidentes, como el hecho de cabrearme hasta la histeria por cuestiones nimias o de cagarme en la puta madre de aquel infeliz que hubiera osado turbar mi tranquilidad con sus estúpidos actos. Sí, ese ya era yo. Volvía a reencontrarme con mi pacífica esencia. Y no dejé de escuchar música, mucha y buena música, aunque sin dedicarme a analizar o comparar. Simplemente me dediqué a escuchar importándome un pimiento que estuviera interpretada por Klemperer o por el impresentable de Norrington. ¡Ya habrá tiempo para que el maestro Jean François Mounielou vuelva a examinarnos a todos sobre nuestros conocimientos estéticos! ¡Ya habrá tiempo para que vuelva a llamar a las cosas por su nombre! Y siempre me faltarán palabras para agradecer a este buen francés de corazón español todo lo que nos está enseñando sobre aspectos de la batuta.

 Esta mañana me he encontrado con mi amiga Maribel. Hace ya tres meses que falleció su enamorado esposo, Amadeo, un tipo tan educado y bueno que se murió de repente y sonriendo, hablando de pulpos que se pegan a la espalda del pescador… Inquiriendo a Maribel a que, a partir de ahora, hiciera su vida, que su papel en la misma ya había finalizado. Amadeo fue tan sabio que supo elegir de forma más apropiada el momento de su adiós. Maribel lo ha pasado muy mal luego de cuarenta años de mutua convivencia pero se siente feliz por reconocer que Amadeo la ha dejado la mejor herencia imaginable: un torrente de humanidad y bondad. Maribel, con los ojos emocionados, me ha confesado: –“Leiter, el otro día entré en tu bar virtual. Era la primera vez que lo hacía desde que falleció Amadeo. ¡Qué maravilla! Estuve escuchando el vídeo ese que nos dejó un lector de la Novena de Beethoven dirigida por Horenstein. ¡Increíble! ¡Qué belleza! ¡Nunca había escuchado una versión tan impactante! No conocía a Horenstein pero te garantizo que voy a hacerme con cuantos discos encuentre de él…” —

 Creo que sólo por esto merece la pena que sigamos con esta aventura en nuestro bar virtual de copas musicales. Y yo ya he vuelto tras este anecdótico cortocircuito mental. Aquí estoy de nuevo, pese a que también me siento un admirador de Mahler. Así que, ¡Abrochaos los cinturones de seguridad! Nos queda un largo viaje todavía por delante y tengo ganas de guerra. Gracias a todos por vuestros comentarios. Y gracias, especialmente, a Iván Paixao por su inestimable colaboración.