Se suele tener la idea genérica de que los directores de orquesta son personas nerviosas que invierten una enorme energía durante la ejecución de su profesión sobre el podio. Dependiendo de la obra a interpretar, muchos maestros exhiben una completa gama de recursos expresivos que en ocasiones implica un verdadero derroche de energía física, ya sea moviendo vigorosamente los brazos, agachándose y alzándose continuamente en breves intervalos de tiempo para exigir de la orquesta las dinámicas sonoras precisas e incluso saltando o bailando si los compases de la obra presentan cierto aire marcial o danzable. Cada director emplea los recursos que cree convenientes con mayor o menor vehemencia en un intento de transmitir a orquesta y público las sensaciones que encierra una partitura en el momento de ser traducida a su más directa expresión musical. El énfasis adoptado por cada director a la hora de acometer una interpretación depende ciertamente de él mismo en última instancia, aunque también suele estar condicionado a la escuela de dirección a la que ha pertenecido durante su largo proceso de aprendizaje del oficio. Hay directores que llegan a perder peso tras una nerviosa actuación y no es nada raro verles sudar al finalizar la misma como si hubiesen salido de una sesión de sauna más que de un concierto. Algunos llevaron tan al límite sus posibilidades físicas sobre el podio que incluso fueron víctimas de un colapso cardíaco en medio del concierto. Sin embargo, también existen directores cuya máxima es la mayor economía posible de medios expresivos. Su presencia en el podio es un reflejo de autoridad y un síntoma de que durante los ensayos de la obra a ejecutar se ha dejado todo absolutamente cerrado. No caben las improvisaciones de última hora y son innecesarios los gestos redundantes durante la interpretación. Ese fue el caso de Fritz Reiner, uno de los directores más temidos por los profesores de las orquestas. Pero también, uno de los directores que supo extraer lo mejor de cada orquesta.

 Frigyes ó Friderik Martin Reiner nació el 19 de diciembre de 1888 en el distrito de Pest de la ciudad de Budapest, el más importante núcleo magyar del Imperio Austro-Húngaro. Pese a pertenecer a una familia de orígenes judíos y eslavos — al parecer originarios de Pressburg, la actual Bratislava — Fritz nunca se declaró como observador ni mucho menos practicante de la religión judía. Su madre y primera profesora, Vilma, era una pianista aficionada que desde muy pronto inculcó al niño su amor por los compositores clásicos y románticos que juntos solían interpretar mediante versiones reducidas para piano a cuatro manos de sus obras orquestales. Estas lecciones se complementaban con frecuentes asistencias a representaciones operísticas cuyos principales números trataba luego el pequeño Fritz de reproducir en el piano familiar de oídas. El niño demostró una memoria musical poco convencional: Con apenas diez años fue capaz de reproducir de memoria al piano todo el primer acto de La Walkiria de Wagner. Sus progresos musicales son extraordinarios y con doce años organiza una orquesta en el colegio que llega a ejecutar, con Fritz al mando de la percusión, la Quinta de Beethoven. Un año más tarde, Fritz se presenta por primera vez en público tocando el Concierto nº26 de Mozart. A pesar del inmenso talento musical de su hijo, su padre le conmina para que inicie la carrera de leyes en la Universidad Real de Budapest. Con 15 años cumplidos, Reiner simultanea sus estudios jurídicos con los musicales en la Real Academia de Música de Budapest, posteriormente conocida como Academia Franz Liszt. Allí estudia piano con István Thomán y composición con Hans Koessler, llegando a tener durante sus dos últimos años de formación al propio Bela Bartok como profesor de piano. Reiner concluye sus estudios musicales en la Academia en 1909 y tiene ya muy claro que lo que realmente le atrae de la música es la dirección orquestal, materia que no se impartía entonces en la Academia. Reiner volvió a colocarse de nuevo como percusionista en la Orquesta de Estudiantes de la Academia y a acompañar en giras como pianista a alguna que otra prometedora cantante. Ya por entonces dio muestras de su irascible carácter: En una ocasión, una cantante, harta ya de los estrictos manejos del profesor Reiner, le arrojó todas las partituras violentamente a la cara. Entre 1907 y 1908, Reiner actúa como pianista repetidor y director ocasional en una compañía independiente de ópera, la Népszinház Vigopera.

 En 1910 Reiner acepta una oferta procedente del Teatro Municipal de Eslovenia en Laibach (actual Liubliana) y allí ofrece numerosas representaciones de ópera y conciertos que no pasan desapercibidos para nadie por su contrastada calidad. Se casa con Elca Jelacin y el matrimonio tiene su primera hija en Budapest en 1912, ciudad a la que había regresado ese mismo año para hacerse cargo de la Népopera, una institución escindida de la Ópera Real Húngara. Dos años después, Reiner parte hasta Dresde para formar parte el elenco de directores de la ópera de dicha ciudad, siendo nombrado Hofkapellmeister de la Ópera de la Corte Sajona en 1918 luego de divorciarse de Elca. Allí amplía su repertorio operístico y establece una directa colaboración con el compositor Richard Strauss. También muestra su admiración por Artur Nikisch, al que sigue en algunos conciertos ofrecidos por éste en Leipzig y Berlín. Luego de su etapa sajona, salpicada por unos interminables conflictos con su ya ex-mujer por la custodia de las hijas, Reiner parte hacia Cincinnati en el verano de 1922 y es nombrado, con apenas 34 años, director de la Orquesta Sinfónica de Cincinnati. En aquella ciudad norteamericana existía una considerable colonia de inmigrantes de origen alemán y muchos de los profesores de dicha orquesta eran igualmente alemanes de origen. Ello influyó decisivamente en el gran trabajo logrado allí por Reiner durante el período en que duró su titularidad hasta 1933. En 1928 adquiere junto con su nueva mujer, Berta, la nacionalidad estadounidense y también comienza a impartir clases en el Curtis Institute de Filadelfia, donde un joven llamado Lenny Bernstein se convierte en su pupilo de mayor confianza. En Cincinnati empiezan a comprobar el terrible genio de Reiner durante los ensayos, produciéndose desagradables episodios como cuando un trompetista le dio el instrumento al propio Reiner para que lo tocara :–“Si usted me pide que ejecute esas notas tan en pianissimo me limitaré a silbar, no me hace falta la trompeta…”– o cuando agarró los nudillos de un timbalista y con ellos empezó a golpear la membrana del instrumento gritando como un loco. Fue en esa época cuando empieza a alimentarse la fama de “sádico” que siempre le acompañó. Sea como fuere, su labor en Cincinnati fue artísticamente encomiable — realizó numerosas giras por el continente norteamericano al frente de la misma — al tiempo que dirigía en calidad de invitado en otras orquestas y escenarios de ópera, como el Metropolitan. Entre 1938 y 1948 fue titular de la Sinfónica de Pittsburgh. Durante esta década, Reiner se destapa como un verdadero “edificador” de orquestas, tomando el mando de formaciones de segunda fila y llevándolas mediante un intenso y tortuoso trabajo a las más elevadas cotas técnicas y artísticas.

 En 1953 Reiner asume la titularidad de la Sinfónica de Chicago tras el breve y polémico período en que fue dirigida mediante invitación por Rafael Kubelik (el maestro checo trató de integrar a músicos de raza negra en la orquesta y aquello fue rechazado en una época en donde los derechos civiles de la minoría negra eran aún una quimera). A lo largo de diez años, Reiner convirtió a la que ya era una excelente orquesta en un poderoso conjunto dotado de una precisión sin parangón en América. Pero aquello no le salió del todo gratis: Reiner llegó a ser odiado por buena parte del colectivo orquestal por sus excesos en los ensayos y sus constantes reprimendas a los profesores. No dudaba en interrumpir y reiniciar las ejecuciones si se producía algún fallo solista y llegó hasta al extremo de ser denunciado por interferir — espiar — en la vida privada de algunos de los integrantes de la formación. Pese a todo, inició una colaboración con el sello discográfico RCA que dio como resultado un buen número de grabaciones consideradas de absoluta referencia. Reiner dejó a la Sinfónica de Chicago no ya como una de las mejores formaciones norteamericanas, sino como uno de los más respetados conjuntos sinfónicos del mundo capaz de competir en altura y calidad artística con las reverenciadas orquestas centroeuropeas. Pese a renunciar a la titularidad en 1962, Reiner siguió colaborando con la Sinfónica de Chicago hasta poco antes de su fallecimiento, acontecido el 15 de noviembre de 1963 en la ciudad de Nueva York tras no poder superar una insuficiencia cardíaca. Su leyenda como “edificador de orquestas” culminó con la herencia dejada a sus sucesores de una maquinaria incomparable en cuanto a brillantez y potencia sonora, la Orquesta Sinfónica de Chicago. Había muerto el hombre pero había nacido el mito.

 Fritz Reiner abordaba los ensayos mediante un proceso mental tan agotador que apenas le quedaba energía para limitarse a marcar el compás durante los conciertos. Desde una consideración menos romántica, Reiner había conseguido canalizar los ensayos con tal derroche de actividad, precisión y minuciosidad que juzgaba superflua e innecesaria cualquier indicación extendida a la hora de abordar la ejecución prevista. Y no sólo eso: Su presencia firme, marcial y autoritaria sobre el podio, era un psicológico recordatorio a los profesores de la orquesta para que tuviesen claro en todo momento quién era el que allí mandaba y también una amenazadora advertencia para posibles elementos rebeldes y subversivos de última hora. Su sentido de la disciplina sería hoy prácticamente imposible de llevar a la práctica a menos que uno esté en condiciones de menospreciar los convenios sindicales de cada orquesta. Nacido en el ámbito geográfico de un imperio en el que no se toleraban de ninguna manera las discrepancias, Reiner nunca entendió la relación entre director-orquesta como una colaboración artística, sino como una férrea dictadura en la que la batuta hacía las veces de bastón de mando. No es de extrañar que muchas de las regulaciones laborales de las distintas orquestas del mundo se redactasen justo cuando Reiner abandonó la titularidad de Chicago. Para Reiner, los profesores de una orquesta no eran simples asalariados que simplemente ejecutaban música; más bien, constituían una infantería a la que había que adiestrar hasta el límite de lo humanamente inasumible para confrontar la batalla sonora de la interpretación. Su autoridad y seguridad se transmitían eficazmente al conjunto orquestal de manera que muy pocos fallos se producían durante el concierto. Pero cuando Reiner giraba su cabeza y miraba desafiante a un profesor, tal vez advirtiendo algún ligero desajuste que pasaba por todos desapercibido, también el público empalidecía en un piadoso intento de solidarizarse con el profesor señalado. Hasta las moscas que hubieran podido colarse en la sala de conciertos dejaban de revolotear una vez que Reiner había empuñado la batuta.

 Tal vez fue su formación como abogado lo que le sirvió a Reiner para aplicar una concentración a la lógica de un análisis totalmente desconectado de influencias externas. Más que cualquier otro director de su tiempo, Reiner buscaba una transparencia interpretativa basada en la precisión, la claridad, el equilibrio y el control minucioso de la ejecución. Reiner no buscaba una retórica personalista que a veces se contradecía con el mínimo rigor de fidelidad subyacente en la partitura, sino que dejaba que la música fluyese por sí misma evitando cualquier artificioso añadido. Nunca tuvo el más mínimo deseo de proyectar una personalidad o de imponer cualquier filosofía que no fuera exclusivamente la de su método de trabajo. Para él la partitura era un mundo complejo que sólo unos pocos sabían desentrañar y por ende tenían la obligación de así darlo a conocer. Su alumno Bernstein — tan diametralmente alejado de él en cuanto a economía de gestos — narraba como Reiner exigía a sus discípulos que fueran capaces de identificar una nota exacta dentro del enmarañamiento orquestal de una partitura compleja. Obviamente, esta pedagógica disciplina también la impuso en las orquestas que estuvieron a su cargo. Su amplio repertorio y su gusto por la música más moderna reflejan un incansable impulso por el estudio de obras con independencia de fronteras o estilos. No es de extrañar que el propio Stravinski definiera a la Sinfónica de Chicago bajo el mando de Reiner como “la orquesta más precisa y flexible del mundo”.

 La tiránica metodología de Reiner ha pasado a formar parte de la historia de la dirección orquestal. Su mano de hierro para expulsar a todo aquel profesor que no rindiera lo suficiente fue motivo de agrias y controvertidas polémicas. Reiner se defendía de las críticas de una manera más bien sarcástica: –“La gente suele decir que yo odio a los músicos. Eso es falso: Yo sólo odio a los malos músicos”–  Tal vez por ello, un miembro de la Sinfónica de Chicago declaró anónimamente: –“Las cosas que ustedes han escuchado sobre Fritz Reiner no son verdaderas… ¡Son mucho peores que eso!”– El notorio parecido físico de Fritz Reiner con el actor Bela Lugosi dio origen a que el maestro húngaro fuese apodado como el Drácula de los directores. En una ocasión, un contrabajista llegó a un ensayo con anteojos y ante la pregunta de un extrañado Reiner contestó: –“Maestro, estoy tratando de ver más de cerca su sentido del ritmo”– Era una simple e inocente broma, sin más, pero al acabar dicho ensayo el profesor se encontró con la carta de despido. Tal era el brutal rigor de Reiner en esta materia que entre los profesores de las distintas orquestas norteamericanas se empezó a extender el rumor de que, una vez que Reiner hubiese fallecido, su espíritu de ultratumba habría de despedir también a los ujieres encargados de administrar su propio funeral.

 Dentro del legado discográfico de Fritz Reiner podemos destacar las siguientes grabaciones (Los enlaces que se sirven a continuación no tienen porqué corresponderse necesariamente con la versión citada pero sí con la obra mencionada): Suite nº2, BWV 1067, de Bach, dirigiendo la Sinfónica de Pittsburgh (GRAMMOFONO 2000); la integral sinfónica de Beethoven dirigiendo a la Sinfónica de Chicago, destacando la Sinfonía nº5 (RCA 68976) y la Sinfonía nº9 (RCA 61795); el Concierto para piano nº5 de Beethoven, acompañando a Van Cliburn y dirigiendo a la Sinfónica de Chicago (RCA 708283); Obertura Coriolano de Beethoven, dirigiendo la Sinfónica de Chicago (RCA 68976); Marcha Polovtsiana de El príncipe Igor de Borodin, dirigiendo la Sinfónica de Chicago (RCA 61394); Obertura Trágica de Brahms, dirigiendo la Sinfónica de Chicago (RCA 5406); Concierto para violín de Brahms, acompañando a Jascha Heifetz y dirigiendo la Sinfónica de Chicago (RCA 67896); Concierto nº1 para piano de Brahms, acompañando a Arthur Rubinstein y dirigiendo la Sinfónica de Chicago (RCA 66378); Concierto para violín de Chaikovski, acompañando a Jascha Heifetz y dirigiendo la Sinfónica de Chicago (RCA 67896); Concierto nº1 para piano de Chaikovski, acompañando a Emil Gilels y dirigiendo la Sinfónica de Chicago (RCA 668530); Sinfonía nº6 de Chaikovski, dirigiendo la Sinfónica de Chicago (RCA 61246); Obertura Carnaval de Dvorak, dirigiendo la Sinfónica de Chicago (RCA 66376); Obertura de Ruslan y Ludmila de Glinka, dirigiendo la Sinfónica de Chicago (RCA 61394); Llegada de la reina de Saba, de Salomón, de Haendel (VIDEO ARTISTS 4237); Totentanz de Liszt, acompañando a Byron Janis y dirigiendo la Sinfónica de Chicago (RCA 61250); Das Lied von der Erde de Mahler, acompañando a Forrester y Lewis, y dirigiendo la Sinfónica de Chicago (RCA 708281); Sinfonía nº36 de Mozart, dirigiendo la Sinfónica de Chicago (EMI 62866); Cuadros de una exposición de Mussorgski-Ravel, dirigiendo la Sinfónica de Chicago (RCA 61394); Concierto nº2 para piano de Rachmaninov, acompañando a Arthur Rubinstein y dirigiendo la Sinfónica de Chicago (RCA 63035); Concierto nº3 para piano de Rachmaninov, acompañando a Vladimir Horowitz y dirigiendo la RCA Victor Orchestra (RCA 7754); Pavana para una infanta difunta de Ravel, dirigiendo la Sinfónica de Chicago (RCA 61250); Fuentes de Roma de Respighi, dirigiendo la Sinfónica de Chicago (RCA 68079); Pinos de Roma de Respighi, dirigiendo a la Sinfónica de Chicago (RCA 68079); Scheherezade de Rimski-Korsakov, dirigiendo la Sinfónica de Chicago (RCA 66377); Obertura de Guillermo Tell de Rossini, dirigiendo la Sinfónica de Chicago (RCA 65844); Vals de Der Rosenkavalier de Richard Strauss, dirigiendo la Sinfónica de Chicago (RCA 71615. En el vídeo aparece otra carátula, la de Herbert von Karajan, y realmente el sonido de la orquesta no parece el de Chicago); Sinfonía Doméstica de Richard Strauss, dirigiendo la Sinfónica de Chicago (RCA 708282); Así hablaba Zaratustra de Richard Strauss, dirigiendo la Sinfónica de Chicago (RCA 61389); La Walkiria de Wagner, acompañando a Meisle, Melchior, Schorr y List, y dirigiendo la Orquesta de la Ópera de San Francisco (MUSIC & ARTS 1048); Los maestros cantores de Wagner, acompañando a Beirer, Frick, Wächter, Anday y Seefried, y dirigiendo la Filarmónica de Viena (ORFEO D´OR 667054); Tristán e Isolda de Wagner, acompañando a Flagstad, Kalter, Janssen, Devereux y Melchior, y dirigiendo la Filarmónica de Londres (VAI AUDIO 1004); y finalmente El holandés errante de Wagner, acompañando a Flagstad, Lorenz, Weber, Jarred y Janssen, y dirigiendo la Filarmónica de Londres (MELODRAM 10064). Nuestro humilde homenaje a este majestuoso director.