Los directores de orquesta han de saber imponer su personalidad sobre el conjunto que dirigen y para ello pueden optar por múltiples facetas que van desde el más intransigente autoritarismo hasta un paternalismo de connotaciones claramente pedagógicas. En tiempos pasados, la tiranía ejercida sobre el podio por ciertos maestros llegó a ser una constante como forma de autoestilización. No cabe duda de que Hermann Scherchen fue uno de los directores más severos de su generación, tal vez en contradicción con sus convicciones democráticas y socialistas. Pero al mismo tiempo, Hermann Scherchen fue uno de los mayores difusores de la música contemporánea. Sin embargo, la tremenda personalidad de su figura hizo que, en ocasiones, algunas de esas partituras no quedaran a salvo de sus arbitrarias intervenciones en forma de retoques o adaptaciones. Su propia realización orquestal de El arte de la Fuga de Bach provocó tantas adhesiones como rechazos. Con todo, nunca nadie se atrevió a poner en duda que Scherchen fue una de las más fascinantes personalidades de su época y un director que abarcó casi todos los campos de la música europea.

 Hermann Scherchen nació el 21 de junio de 1891 en Berlín en el seno de una familia que regentaba un bar en dicha ciudad. De formación por completo autodidacta, Scherchen aprendió a tocar la viola y desde muy pronto se vio obligado a ganarse la vida tocando en cafetines y estudiando por su cuenta cualquier partitura que caía en sus manos. En 1907, con apenas diecisiete años, consigue ser admitido en la Orquesta Blüthner de Berlín y tres años más tarde en la Filarmónica como profesor de violín y viola. En 1911 sustituye a un enfermo Schönberg en la dirección de la gira mundial del estreno de Pierrot Lunaire y tres años más tarde, en 1914, se convierte en el director de la Orquesta Sinfónica de Riga con sólo 23 años cumplidos. Sin embargo, al estallar la Primera Guerra Mundial, Scherchen fue detenido e internado en Rusia, donde tomó contacto con las ideas revolucionarias haciéndolas suyas con entusiasmo. Al terminar la contienda volvió a Berlín para fundar la Neue Musik Gesellschaft y el Scherchen Quartet en 1919. Un año más tarde también se encargó de dirigir la revista Melos, publicación que llegó a convertirse en el órgano más importante de la difusión de la nueva música en Alemania. En 1922, Scherchen recibió el primer puesto importante de su carrera al ser nombrado director de los conciertos de los museos en Frankfurt sucediendo a Furtwängler. Esta labor la desarrolló por poco tiempo debido a los frecuentes choques que hubo de padecer con un público musicalmente muy conservador. Pero a Scherchen siempre le atraían las nuevos retos y durante los años veinte del siglo pasado fue uno de los directores alemanes más activos. Así, en 1922 se hizo cargo de la Orquesta de Winterthur, formación con la que trabajaría hasta 1947. Esta labor la alternó con la dirección musical del teatro de Königsberg a partir de 1928 y como principal director invitado de la Orquesta Sinfónica de la Radio del Este. Sin ninguna vacilación, Scherchen abandonó en 1933 la Alemania hitleriana y se instaló en Suiza, dirigiendo como director invitado en varios países y creando conjuntos encargados de difundir la música contemporánea bajo el nombre común de Musica Viva.

 A partir de 1944 Scherchen se hizo cargo de la Orquesta de la Radio de Zurich y, ya finalizada la guerra, impartió clases en la Bienal de Venecia y en Darmstadt. La relación con la Orquesta de Winterthur se rompió en 1947 debido principalmente a que Scherchen no quiso renunciar a mantener contactos artísticos con los países del este de Europa. A lo largo de la década de los años cincuenta Scherchen fundó en Gravesano, cerca del lago de Lugano, un centro de investigaciones para experimentos electroacústicos. En 1959, y por espacio de un año, Scherchen aceptó el puesto de director de la Orquesta de la Filarmonía Alemana del Noroeste, último de sus cargos permanentes. A principio de los años sesenta Scherchen dirigió con frecuencia en EEUU en calidad de director invitado, siendo allí homenajeado como el último gran anciano de los maestros alemanes. Plenamente activo, la muerte le sorprendió el 12 de junio de 1966 en Florencia mientras participaba en los Festivales del Maggio Musicale.

 Scherchen basó su tremenda autoridad sobre el podio merced a un gesto breve, seco e incisivo construido de forma elocuente con ambas manos. Excepto al principio y al final de su carrera, se mostró como un enemigo declarado del uso de la batuta y solía utilizar el dedo índice derecho para imponer el movimiento y establecer el tempo, generalmente vivo frente a la morosidad mostrada por otros ilustres colegas. Su especial singularidad expositiva, con la imagen de un nada venerable anciano, a menudo chocaba con los criterios más tradicionales de las orquestas. Scherchen fue proclive a las texturas magras con colores planos pero muy contrastados y a una acentuación austera desvinculada del romanticismo interpretativo. Enamorado de la expresión precisa y concisa, sus firmes criterios en busca de la esencia de la música daban lugar a un cierto esquematismo que se contrarrestaba por la férrea racionalidad con la que animaba sus construcciones sinfónicas. Aún así no se vio liberado de las críticas de otros colegas: –“Hay directores muy buenos, buenos, regulares, malos, malísimos y Hermann Scherchen…”– declaró en una ocasión Celibidache, un director situado en el polo más opuesto a los criterios de Scherchen.

 Pese a no ser un brillante escritor, Scherchen fundó a lo largo de su vida varias revistas musicales como Melos, Música Viva o los Gravesaner Blätter dedicados a problemas técnicos y de psicología auditiva, práctica de composición y estética. Una de sus publicaciones más famosas fue el Lehrbuch des Dirigierens (El arte de dirigir la orquesta) publicado en Leipzig en 1929 y traducido al español por Roberto Gerhard. La parte central de dicho libro está dedicada a un estudio detallado de la orquesta en donde se expone un verdadero catálogo de vicios y malas costumbres de los músicos — según a la familia instrumental a la que pertenecen — y con sabias instrucciones para corregirlos. Scherchen insiste en la idea de que todo aspirante a director de orquesta ha de saber cantar para luego proyectar en su interior la imagen ideal de la obra, insistiendo además en el peligro que entraña una abusiva utilización del piano a la hora de reducir una partitura orquestal. Del gusto de Scherchen por la música moderna da buena medida el hecho de que más de un tercio de los ejemplos musicales que aparecen en el libro pertenecen a obras compuestas con posterioridad al año 1900.

 Hermann Scherchen fue un asiduo visitante de España entre los años 1959 y 1966, poco antes de su muerte, aunque ya con anterioridad había visitado nuestro país. De hecho, Scherchen fue el encargado de ofrecer el estreno mundial del Concierto para violín de Alban Berg en Barcelona el 19 de abril de 1936. En una de sus primeras apariciones con la Orquesta Nacional de España sufrió una sonora silbada por haberse atrevido a presentar una obra tan vanguardista como los Jeux de Debussy, lo que muestra en qué condiciones se encontraba el panorama musical español de aquellos años pese al magisterio del ya llorado Argenta. Las relaciones de Scherchen con el conjunto de la Orquesta Nacional no fueron del todo apacibles: Scherchen siempre fue un director agrio y despótico que ensayaba de forma concentrada y con muchos parones, algo que no gustaba en absoluto a los profesores de la orquesta española. Algunos testimonios directos de aquellos ensayos nos relatan como Scherchen solía enfurecerse con cierta facilidad, enrojeciendo su rostro hasta extremos alarmantes, y soltando encendidas diatribas en una curiosa mezcla de inglés, alemán, italiano e incluso español. A pesar de todo, Scherchen fue uno de los introductores de la música de Mahler en España, casi desconocida en aquellos tiempos.

 De entre la producción discográfica debida a Hermann Scherchen podemos mencionar las siguientes grabaciones. (Advertimos que los distintos enlaces que vienen a continuación no tienen porqué corresponderse necesariamente con la versión citada pero sí con la obra mencionada): Misa en si menor, BWV 232, de Bach, dirigiendo la Orquesta Sinfónica de Viena (TAHRA 618/19); Sinfonía nº3 de Beethoven dirigiendo la Orquesta de la Ópera de Viena (PALLADIO 4144); Sinfonía nº8 de Beethoven dirigiendo la Royal Philharmonic (XXI 489); Los troyanos de Berlioz, junto a Rolle, Maldikian, Collard y Abdiun, y dirigiendo la Orquesta de la Sociedad de Conciertos del Conservatorio de París (TAHRA 143/44); Romeo y Julieta de Chaikovski dirigiendo la Sinfónica de Londres (PALLADIO 4167); El Mesías de Haendel, junto a Ritchie, Shacklock, Herbert y Standen, y dirigiendo la Sinfónica de Londres (GUILD 631); Las Siete Palabras de Cristo de Haydn, junto a Babikian, Dressel, Alberts y Kesteren, y dirigiendo la Orquesta de la Ópera de Viena (GUILD 199); Sinfonía nº1 de Krenek (Orquesta no mencionada. TAHRA 185); Los preludios de Liszt dirigiendo la Orquesta dela Ópera de Viena (DG 471237); Sinfonía nº5 de Mahler dirigiendo la Orquesta de la Ópera de Viena (URANIA 348); Bolero de Ravel dirigiendo la Orquesta de la Ópera de Viena (GUILD 156); Eine Lutspiel Overture de Reger dirigiendo la Orquesta Sinfónica de la Radio del Norte de Alemania (CPO 999143); Moses und Aron de Schönberg, junto a Sardi, Türke, Melchert y Driscoll, y dirigiendo la Orquesta de la Ópera de Berlín (OPERA D´ORO 1321); Concierto para piano de Schumann, junto a Arturo Benedetti-Michelangeli y dirigiendo la Orquesta de la Radio de la Suiza Italiana (NAS 2601); y, finalmente, Danza de los comediantes de Prodaná Nevestá de Smetana dirigiendo la Orquesta de la Ópera de Viena (WESTMINSTER 18690). Nuestro humilde homenaje a este gran director de orquesta.