¿A qué no adivináis dónde me encuentro yo? La solución, al final de la entrada

 –“¿A dónde pijo le habrá llevado el tío Federico que mira qué corte tan bonico de pelo que le han hecho?”– Comentaba doña Lola, la portera, con su hija Mary al tiempo que deslizaba sus manos por mi cabello. En efecto, en vísperas de un acto tan cristiano como el de la llamada Primera Comunión, mi tío Federico se había empeñado en asumir la responsabilidad de mi aspecto y vestimenta para celebrar tan piadoso sacramento. Afortunadamente, mi madre sólo hubo de consentir que el tío Federico se ocupase de las tareas capilares, ya que el traje elegido por él para ataviarme en esa señalada fecha era tan rústico y ceremonioso que a buen seguro hubiere provocado las rechiflas de todos los compañeros de colegio con quienes habría de compartir el sagrado pan cristiano. Y es que el tío Federico siempre se ocupó de mí con un cariño casi paternal desde aquel caluroso día de julio en donde vi la luz por primera vez. Yo no me acuerdo de ese feliz acontecimiento, claro está, pero doña Lola me lo fue relatando en tantas y tantas ocasiones que terminé por crearme una propia película visual de los hechos: –“¡Hijico mío! ¡No veas lo malica que estaba tu madre aquella tarde…! ¡Tenía ya un bombo que yo creía que iban a salir por lo menos tres! Serían las tres de la tarde cuando tu madre me llamó a la puerta, con la cara desencajada, y alertándome de que ya venías. Bajé hasta el bar rápidamente y allí que estaba el zanguango de tu padre, con todos sus cojones colgando, diciendo que él no podía desatender el bar en esos momentos y pidiéndome que acompañase a tu madre hasta el sanatorio. ¡Y encima va y me da diez duros para el taxi! ¡María Santísima! Dejé a la Mary en la portería y salí con tu madre en busca de un taxi… ¡Ay, nene, qué tarde de calor! Cuando salimos del taxi tu madre estaba asfixiadica del todo… ¡Qué parto más malo! Sor Nati, la comadrona, me dijo que venías cambiado y que a tu madre le tendrían que aplicar el tijeretazo… ¡Yo estaba allí, en el pasillico, rezando a la Virgen de las Maravillas! A las cinco en punto de la tarde ya te escuché llorar… Sor Nati, ante mi insistencia, me dejó pasar y allí estaba tu madre, con una cara de sufrimiento la pobrecica, exclamando: ¡Una niña, Lola, una niña! Pero mientras te estaban cortando el cordón dije: ¡Qué pijo de niña ni qué ocho cuartos! ¡Mirad las cosicas que le cuelgan por aquí! Cuando te llevaron para lavar te até un lacico colorado en el dedo del pie… Para que no te confundiesen luego con otro… Al día siguiente se presentó allí tu tío Federico con el puro en la boca… ¿Dónde está ese niño? ¿Dónde está ese niño? Don Federico, aquí está el zagalico… ¡Pero quítese usted el puro de la boca, por el amor de Dios, que estamos en un sanatorio! Cuando regresamos a casa, allí estaba tu padre rascándose la seta: ¡Un varón, un varón! Yo le contesté: Sí, un varón… Tu mujer a punto de morirse la pobrecica y tú ahí con el pijo del bar… ¡La leche que le dieron al bar!”–  Dadas las circunstancias, desde aquel momento se estableció un vínculo inseparable — y que aún perdura — entre doña Lola y mi madre. Y, obviamente, entre doña Lola, mi tío Federico y yo.

 Sí, fue una también una calurosa tarde de abril cuando el padre Calderón interrumpió la clase de primaria de don Enrique, aquel decano profesor que tenía la costumbre de dar capones valiéndose de una empedrada sortija que lucía el el dedo anular de su aparatosa mano derecha (Eran tan dolorosos y severos aquellos caponazos que yo, cuarenta y pico años después, aún siento molestias en una parte de mi cabeza como consecuencia del imprevisto “obsequio” que me brindó don Enrique tras sorprenderme charlando en clase con Mazo). Tras ponernos en pie respetuosamente, el padre Calderón — cuya tez facial presentaba las mismas sospechosas manchas encarnadas que lucían algunos clientes del bar de mi padre — se dirigió ceremoniosamente a nosotros: –“Queridos niños: Como ya habréis escuchado en vuestra casa, se acerca el momento de cumplir con el sagrado sacramento de la Comunión. A partir de la semana que viene ensayaremos en el salón de actos la preceptiva confesión y el acto de la comunión en sí… Ahora mismo voy a repartir unos folios en donde a grandes rasgos se explica todo lo que debéis tener presente para ese día. Os lo advierto: Esto hay que aprenderlo como el Padrenuestro ¡Entendido!… Si no va a haber leña, ya sabéis lo que quiero decir”– Mi compañero Montoto me miró de reojo y se puso a temblar, circunstancia muy habitual en él, mientras que mi otro compañero, Morales, esbozó una sonrisa del todo enigmática. Un tercero, Moreda, bastante tenía con tratar de recuperar un pequeño caleidoscopio que alguien le había sustraído… Yo estaba más bien tranquilo: Sabía que, llegado el caso, todas las hostias — y no precisamente las sagradas — se las habría de llevar Germán.

 Crecí en un ambiente tan normal como el de cualquier otro niño de mi generación, quizás un tanto influenciado por los rigores del negocio de mi padre. Mi primer ancestral recuerdo data de los tres años, circunstancia de la que me acuerdo perfectamente por el hecho de componer un graciosa silueta con mis dedos cuando me preguntaban por mi edad. Ahora hago exactamente ese gesto cuando quiero expresar la idoneidad de cualquier acto, aunque recomiendo no efectuarlo en Brasil si uno no quiere meterse en problemas… A esa tierna edad era el envidiado protagonista del bar cada vez que mi padre decidía presentarme orgulloso a sus clientes: –“Este es el rapacín”– Todo el mundo intentaba ganarse mi confianza con carantoñas y otros achuchones que estoicamente soportaba ante la complaciente sonrisa de mi padre. Pero a mí lo que realmente me gustaba era cuando alguien introducía una moneda de a duro en la jukebox y la música comenzaba a sonar.  –“¡Fijaos, fijaos que mi rapacín hace como si dirigiera una orquesta…!”– Comentaba embobado mi padre. Desgraciadamente, y por más que lo intenté, nunca le pude otorgar posteriormente esa verdadera satisfacción.

 Aquella tarde nos encontrábamos en la capilla los cuatro compañeros que desde párvulos habíamos unido nuestros escolares destinos: Montoto, Moreda, Morales y un servidor ensayábamos todo el manido discurso que de memoria nos habíamos aprendido para realizar nuestro primer acto de confesión. Montoto, temblando, recitaba en voz alta: –“Padre, me acuso de ser vago, de ser perezoso, de no hacer los deberes, de…”– Morales no paraba de reírse y asustarnos por lo bajo: –“Mirad… Ha entrado una avispa por los ventanales!”–  Cuando por fin me llegó el turno de la primera y trascendente confesión — ¡Qué demonios tendría yo qué confesar con apenas siete años! — salió a relucir mi vena filosófica por primera vez. Mal momento elegí. Arrodillado ante el confesionario, inicié mi discurso una vez declamadas las formales salutaciones: –“Ave María Purísima… Padre me acuso de ser vago, de ser perezoso, de no hacer los deberes… Bueno, en realidad, sí que los hago pero como en el papel ese que nos han dado viene que tenemos que decir esto, pues…”– El pobre cura, a quien sólo le veía la cara a través de una leñosa celosía, me interrumpió: –“Vamos a ver, muchachito. Sea claro, breve, conciso y déjese de ambigüedades… Pasado mañana va a comulgar usted por primera vez y debe estar limpio de todo pecado. Venga, venga, exponga de una vez… ¿No ha visto la fila de niños que están esperando? ¡Ay, Señor, Señor! Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris et Filii et… Venga, bese esta imagen… ¡Sin lamer!”

 El doctor Nieto no pudo ser más tajante en su diagnóstico: –“Dice usted, señora, que el niño tiene sólo cinco años. Pues bien, hay que operar esas amígdalas… Nada complicado”–  En esta ocasión fue Mary, la hija de doña Lola, quien acompañó a mi madre al hospital en donde tendría que llevarse a cabo la delicada pero segura operación de amígdalas. Mi padre se encontraba muy atareado con las faenas propias del bar… Para tratar de mitigar mi preocupación, mayormente insinuada ante los fríos olores de las salas hospitalarias, mi madre y Mary me dijeron que estuviese tranquilo, que sólo me iban a realizar una fotografía. Tan solo recuerdo que, sentado en una silla que me pareció idéntica a la que tenía don Gregorio en su peluquería, me ordenaron abrir la boca. El médico me introdujo una herramienta similar con la que se sirven las bolas de helado y… Sentí dos breves pero insoportables dolores en mi garganta. ¡Joder con la puta fotografía de los cojones! De vuelta a casa, llorando en el taxi, mi madre y Mary trataban de consolarme: –“Ya está. Si no ha sido nada, Leiter, un pinchacito de nada… Ya verás. Tu padre ha encargado una enorme tarta helada para que te la comas”– (Al parecer, el objeto de esa fría tarta era el de que cicatrizara la herida lo antes posible). Al llegar al bar, mi padre estaba allí con su tarta: –“¿Qué le pasa a mi rapacín? ¿Pero por qué llora mi rapacín? Mira que tarta helada te he comprado… ¡Joder y tan buena que debe ser! Me han cobrado 100 pesetas…”– Algo fue mal durante el post operatorio. Mi barriga se hinchó como un balón y los distintos médicos que acudían al domicilio no entendían qué me estaba ocurriendo. Durante la segunda noche la cosa adquirió tintes dramáticos. Mi padre llamó a un sacerdote y me aplicaron la extrema unción… Yo recuerdo, nebulosamente y en medio de grandes dolores abdominales, como todo el mundo me miraba con expresiones tan tiernas como preocupadas. De pronto, doña Lola le dijo a su marido: –“Tomás, saca el coche… ¡Vamos al hospital ya mismo! Se nos muere… Espera, un momento: Don Caesar Imperator… ¡Déjese usted de rezos y lloros y tráigame ahora mismo una esponja untada en aceite!”– Doña Lola aplicó la esponja sobre mi barriga y… Expulsé litros de sangre coagulada. Al día siguiente estaba jugando como si tal cosa. Mi madre, cumpliendo con una particular promesa, vistió de hábito durante tres meses, mientras que mi padre dijo haber visto una celestial luz en medio de la noche a través de la ventana. Lo único cierto fue que doña Lola me salvó la vida: –“¡Ay, hijico mío! Ya te dije que tú estabas encomendado a la Virgen de las Maravillas de Cehegín…”— Antes de finalizar ese año, don Félix, el fotógrafo del barrio, trató de sacarme una instantánea. Me escondí y no dieron conmigo en toda la mañana.

 Afortunadamente, aquella mañana del 26 de mayo resultó soleada y primaveral. Desde muy temprano, doña Lola se encargó de vestirme para la ocasión, desoyendo los prácticos pero desfasados consejos de mi tío Federico: –“¡Mira tú si el pijo ahora! ¡Cómo va a llevar la criaturica en su vestidico de marinero una banda celeste cruzada! ¡Mire que es usted antiguo, don Federico!”–  Por la casa de mis padres empezaron a desfilar todo tipo de personajes, desde uno que hacía las veces de abuelo materno y que se presentó ataviado con su impecable uniforme de teniente — chusquero — de Infantería hasta casi la totalidad de los vecinos de la finca, como la señorita Trini, Conchita, toda la pequeña familia de doña Lola y algún que otro cliente de confianza del bar. Como mi padre no tenía aún vehículo en esas fechas, fue el marido de doña Lola quien hizo de chófer no tan improvisado, precisamente porque ese era su verdadero trabajo. Sacó su flamante Seat 124, lavado del día anterior, y hasta el colegio que me llevó junto con mis padres. Mi padre no paraba de rezar por lo bajo, circunstancia que provocó las reiteradas protestas de mi madre: –“Desde luego, Caesar. Me estás poniendo nerviosa ya… ¡Déjate ya de tanto rezo y guarda un poco para la ceremonia religiosa!”– Luego de una sesión fotográfica en el mismo colegio nos llevaron por fin al salón de actos, emblemático lugar donde tendría lugar la cita con el pan de Cristo transustanciado en Su cuerpo. Todos los compañeros advertimos que allí faltaba Germán…

 –“Hoy es el día más hermoso de vuestras vidas”– Comenzó su discurso el padre Echanojáuregui luego de solventar unos molestos acoplamientos en su micrófono: –“¡Toc, toc! ¿Se me escucha ahora?”–  Como no podía ser de otra manera, Pinedo dio la nota y llegó vestido de fraile, al igual que Raúl. Por el contrario, Cañizares y Molinuevo lo hicieron de almirante, aspecto que nos acomplejó un tanto a quienes, en franca mayoría, íbamos con nuestros trajes de marinero. Todos nos preguntábamos por lo bajo qué demonios pintaban allí aquellas dos chicas, género sexual tabú en un colegio estrictamente varonil. Tras los discursos empezó el desfile de niños hacia la temblorosa mano del padre Echanojáuregui, quien asimismo se encargó de asumir el copón de la hostias consagradas pese a que la ceremonia religiosa había sido concelebrada. Yo salí con la boca abierta, en un intento de no olvidar la posición de la misma en el momento del feliz embroque sagrado, circunstancia que fue inmortalizada en alguna que otra foto. Al volver a ocupar mi lugar hice lo que todos mis compañeros: Me arrodillé y simulé estar rezando. La verdad, yo sólo pensaba en la cantidad de regalos que iba a recibir en ese día. Pero lo peor fue el vano intento que tuve que realizar para tratar de despegar la hostia de la parte superior de mi paladar. Miré de reojo a Moreda, Morales y Montoto, mis compañeros desde el primer día de colegio, cuando el destino quiso que nos sentaran a los cuatro alrededor de una misma mesa, y me sentí feliz y orgulloso de ser amigo de ellos. Todo transcurrió con normalidad, salvo la anécdota de un leve eructo que emitió el padre Calderón — y que fue amplificadamente reproducido por los micrófonos — mientras limpiaba el cáliz en donde minutos antes había dado buena cuenta del vino requerido para la consagración religiosa. Después nos trasladaron al patio del colegio y allí nos reencontramos con nuestras respectivas y emocionadas familias. El obligado convite que mi familia ofreció a los invitados se celebró en un restaurante propiedad de unos hermanos de mi padre. Allí saludé a gente que decía ser mi familia pero que yo no conocía de nada. Y allí también empezó la entrega de regalos y de muchos sobres anaranjados que contenían dinero. El obsequio que más ilusión me hizo fue una cámara fotográfica… Al día siguiente, mi madre no me llevó al colegio y me dejó jugando en casa con los regalos obtenidos con la ceremonia. Al mediodía, al subir mi padre a casa para comer, juntó todo el dinero recaudado y lo introdujo en un sobre: –“Hijo… Esto para pagar el convite. Ya te compraré algo en la juguetería con lo que sobre…”– Fue la primera vez en toda mi corta existencia en la que me sentí utilizado. Pero lo comprendí y acepté. Y mi padre me acabó comprando esa misma tarde aquel Scalextric con el que tanto yo había soñado. Curiosamente, muchos años después, otro 26 de mayo, mi padre pasó a mejor vida.

 Verano de 2008: El doctor Paco Morales me envía un sugerente correo electrónico: –“Leiter… ¿Te acuerdas de los tiempos del cole? Daría lo que fuera por volvernos a juntar los cuatro de aquella mítica mesa de párvulos, de nuestro primer día de colegio”–  Mi respuesta no se hizo esperar: –“Paco, con Montoto podemos contar. Vive por mi barrio y en ocasiones hemos coincidido. Pero Moreda… De ese sí que no sé absolutamente nada. La última vez que le vi fue cuando teníamos veinte años, en Villalba”– Paco y yo nos pusimos manos a la obra y bombardeamos la red con los apellidos y nombre de nuestro compañero Moreda, en una frenética y desesperada búsqueda. Cuando dábamos por infructuosa la misión se obró el milagro. Recibí un correo de Moreda: –“¡Leiter, cabrón! ¿Qué es de tu vida? Oye, tío, he localizado a Morales también. ¿Sabes algo de Montoto?”– El día 29 de diciembre de 2008 nos volvimos a juntar los cuatro en el bar de mi querido amigo Antonio, El Rescoldo. Tras una inolvidable cena en la que a más de uno se nos escaparon las lágrimas, prolongamos la velada hasta las cinco de la mañana en La Flauta. Acabamos mojados — excepto Montoto, que no podía soplar — y nos lo pasamos en grande recordando nuestras infantiles peripecias. Cuarenta y pico años después allí estábamos reunidos los cuatro por primera vez. Nuevamente, me sentí feliz y orgulloso de ser amigo de ellos. En un instante, el doctor Paco Morales le confesó a Moreda: –“Bernard, yo fui quien te robó aquel caleidoscopio…”

Aquí, los cuatro en el día de la Primera Comunión: De izquierda a derecha, Rafa Montoto, Bernard Moreda, un servidor y Paco Morales. A Paco tuvimos que reubicarle en la foto mediante un conocido programa informático. En la foto original se colocó en otro sitio, el muy “simpático”…

 

Cuarenta y tantos años después volvimos a reunir aquella mítica mesa de párvulos en El Rescoldo: De izquierda a derecha, el doctor Paco Morales, un servidor, el ingeniero Bernard Moreda y el doctor Rafa Montoto