En el enlace al vídeo que hoy os dejo podemos escuchar una sensacional versión de la obertura de Orfeo en los infiernos del compositor francés Jacques Offenbach. La lectura corre a cargo de la Orquesta de la Ópera de Viena dirigida por Hermann Scherchen y dicha grabación se encuentra disponible exclusivamente en formato LP (ref WORLD RECORD T 385). Sin embargo, un amable lector, Javier Meitín, nos informa de que existe una versión en CD en el sello MCA MILLENIUM CLASSICS (ref MCD 80106) producida en 1996 y que posiblemente sea muy difícil de encontrar. Esta obertura no deja de ser un arreglo del compositor vienés Carl Binder, quien añadió a la muy breve versión original una serie de episodios que culminan en el celebérrimo can-can final, una de las páginas más disparatadas pero llenas de alegría que jamás se hayan compuesto nunca. El trabajo de Binder está concebido como una progresión llena de contrastes hacia el galop final, danzado con embriaguez por los dioses y los habitantes de las regiones infernales después de la separación de los dos héroes, libres ya de llevar una vida a su gusto. En su forma original, la opereta fue estrenada el 21 de octubre de 1858 en Les Bouffes Parisiens y contaba sólo con dos actos una obertura muy breve. Con todo, el triunfo fue de época. La obra fue revisada — con un excelente trabajo de reorquestación — y ampliada posteriormente (cuatro actos y doce cuadros), presentándose con un éxito descomunal el 7 de febrero de 1874 en el Teatro de la Gaîté. Jacques Offenbach tuvo el honor de ser el primer compositor de operetas en ser recibido en audiencia por la más alta dignidad política francesa, el emperador Napoleón III. La obra es una deliciosa parodia que ridiculiza el mito de Orfeo, tan popular entre los amantes de la ópera de los siglos XVII y XVIII. Con sus melodías pegadizas y sus absurdas situaciones, loa opereta capta a la perfección el espíritu hedonista de la época y supone un palmo de narices a la mitología griega. Creemos muy importante destacar un asunto en el que muchos especialistas coinciden: Jacques Offenbach, aparte de crear obras amables al uso, realizó una feroz crítica social con una música electrizante y del todo novedosa. Su música, ácida y corrosiva, está a años-luz de las insufribles bacaladas de Meyerbeer.

Si la música de Johann Strauss II era un homenaje evocativo a una Viena de cuento de hadas, la música de Offenbach fue más realista y representó la sátira social. Strauss era gentil y nostálgico. Por contra, Offenbach era hiriente y llegó en el momento apropiado. Mientras que el vals y la verbena hacían furor en Viena, la polca y el can-can hacían lo propio en París. El can-can parece ser que fue introducido en París por los soldados llegados de Argelia y, como en el caso del vals, hubo muchos comentarios acerca de su pretendida inmoralidad (el alemán Ludwig Rellstab se sintió horrorizado con el movimiento adelante-atrás de las mujeres acompañado de exclamaciones, bromas y risas obscenas…). Napoleón Musard, director de baja estatura, desaliñado y cordial, fue el primer héroe de la polca, la cuadrilla y el can-can. Sus conciertos eran todo un espectáculo en el que disparaba pistolas, rompía sillas y arrojaba al aire su violín. Héctor Berlioz, del todo desconcertado, declaró en 1835 que Musard creía sentirse como una especie de Mozart superior. Y como Mozart nunca escribió algo parecido a la “cuadrilla del tiro con pistola”, por eso murió tan pobre. Jacques Offenbach dirigió durante algunos años la Orquesta del Teatro de la Comedia Francesa aunque jamás consiguió que se programara alguna de sus obras. Enojado por ello, en 1855 decidió crear su propia y pequeña compañía de teatro, Les Bouffes Parisiens, una curiosa mezcla nominativa que combinaba el nombre italiano para la ópera cómica — buffa — y la exclamación francesa — ouf! — que hacen las personas cuando el aire de sus pulmones sale de golpe. El curioso nombre de la compañía encajó perfectamente con las obras que Offenbach escribió para la misma: obras descaradas, despiadadas e ingeniosas que se burlan de todo, desde el mito griego hasta el estilo operístico de la Comedia Francesa, pasando por las airadas escandaleras de los funcionarios parisinos más pomposos. Como los argumentos estaban basados en un lenguaje rapidísimo y con mucho argot, las operetas de Offenbach tuvieron una acogida muy irregular fuera del entorno francés y muchas de ellas no se conocieron. Pero la música (canciones, galops, valses, can-cans…) es internacional e imperecedera, representando al París del siglo XIX en su vena más elegantemente frívola. A día de hoy, y a semejanza de los grandes musicales ligeros del siglo XX (Evita, Jesucristo Superstar, Tommy…) hay que contemplar las operetas de Offenbach (y muy especialmente Orfeo en los Infiernos) en un escenario para poder sacar todo el partido posible. Las grabaciones, aunque realzan la música, son como breves instantáneas que sólo ofrecen un pequeño destello de lo que es una enorme e inolvidable diversión: una música especialmente terapéutica para tiempos y situaciones difíciles.

Jacques — de nombre original Jakob — nació el 20 de junio de 1819 en Colonia, Alemania, en el seno de una familia judía en donde el padre era cantante y director de la sinagoga local. Consciente de las dificultades que por ello habría podido tener en Alemania, Offenbach viajó hasta París en 1833 para ampliar su formación musical en el Conservatorio. Destacadísimo violoncelista, un año después ya ejercía como violoncelista en la Ópera Cómica para ya en 1849 servir como director del Teatro Francés hasta 1855. Ese mismo año, disgustado por la negativa de los teatros a programar sus propias obras, decide refundar y dirigir el antiguo Teatro Comte, ahora como Teatro Bouffes Parisiens. Allí presenta por fin sus creaciones y no tarda en convertirse en una de las celebridades parisinas del momento. Nacionalizado francés desde 1860, los éxitos de sus operetas se suceden uno tras otro, pasando a adquirir un renombre mundial (entre 1876 y 1878 vivió en los EEUU). Gerente y propietario de numerosos teatros, en sus últimos años se granjeó cierta antipatía en París por su origen alemán tras la guerra franco-prusiana. Sin embargo, Offenbach supo eludir con ironía dichas críticas y siguió trabajando en sus proyectos, especialmente en la que sería su última y gran obra maestra, Los cuentos de Hoffmann, una ópera un tanto sombría, de rica melodía pero con momentos de gran humor. Desgraciadamente, Offenbach falleció el 5 de octubre de 1880 en París sin ver concluida su obra. Un año después, la obra pudo ser representada en París gracias al trabajo final de Ernest Guiraud.

Jacques Offenbach es el padre de la opereta francesa y un compositor sincero consigo mismo que vivió del producto de sus obras, muchas de las cuales jamás han abandonado el repertorio y se las considera como clásicos de la opereta. Su desenfadado estilo musical, con una inventiva melódica del todo original y la acertada elección de libretistas, le convirtieron en el prototipo del estilo del Segundo Imperio Francés (del que, ingeniosamente, Offenbach supo satirizar — a veces cruelmente — sus excesos). Compuso cerca de 90 operetas y en los últimos años se han repuesto títulos ya del todo olvidados, lo que prueba el renovado interés que ha vuelto a despertar su música de un tiempo a esta parte. Sirva desde aquí nuestro humilde homenaje a la figura de este excelente compositor.