Johannes_Brahms_1853

Fotografía de Brahms tomada en 1853, cuando el compositor contaba con veinte años

* Nacido el 7 de mayo de 1833 en Hamburgo
* Fallecido el 3 de abril de 1897 en Viena

 Johannes Brahms nació en una humilde vivienda de los barrios bajos de Hamburgo. Su padre era un hombre bonachón, amable y extrovertido que además sabía tocar varios instrumentos, especialmente el contrabajo y la trompa, y que se ganaba la vida ofreciendo conciertos en cervecerías y al aire libre. Por contra, su madre, 17 años mayor que su marido, era costurera y, pese a su bondad interior, adolecía de un difícil carácter por causa de una cojera. Parece ser que tenía una buena voz cuando cantaba canciones populares e himnos religiosos y este aspecto dejó una profunda huella en el futuro compositor. El pequeño Johannes comenzó a ir a la escuela a los seis años pero no tardó en abandonar los estudios para dedicarse exclusivamente a la música, espoleado por el padre al descubrir el innato talento del chico, quien poseía el llamado oído absoluto. Esta carencia cultural la fue solucionando posteriormente Brahms a base de tesón y de muchas lecturas. Con sólo siete años se puso al magisterio del pianista Otto Cassel aunque hubo de solucionar previamente un problema puntual: La casa de los Brahms, humilde entre las humildes, carecía de piano. El pequeño Brahms se las tuvo que apañar practicando en una fábrica de pianos en donde le fue concedido tal permiso. A los nueve años, un carruaje de caballos atropelló al chico y a poco nos quedamos sin futuro compositor… Pero este mozo estaba protegido por las musas y logró recuperarse del todo. Para celebrarlo, ofreció su primer concierto público a los diez años con un éxito apoteósico. El prestigioso maestro musical Eduard Marxsen, profesor a su vez de Cassel, continuó con la formación de Brahms y, lejos de recriminarle por sus ensayos compositivos, le alentó a ello al darse cuenta de lo que anunciaban.

 Pero la situación familiar era tan precaria que al joven Brahms no le quedó otro remedio que el de alternar sus estudios musicales con algún trabajo que aportara algo de dinero a la casa. Encontró empleo como pianista en un café cantante de los barrios portuarios de la ciudad. Allí, en un ambiente absolutamente impropio para un niño de su edad, Brahms tocaba al piano un repertorio de canciones que hacían las delicias de marineros y meretrices, despertando la imagen cándida del niño extraños sentimientos maternales en aquellas mujeres que exteriorizaban en torpes manifestaciones de cariño. Brahms siempre aludió, incluso con orgullo, a esa época de su vida y declaró además que aquellas prostitutas “al menos tenían bondad de corazón, lo que no puede decirse de muchas otras mujeres vienesas de excelente reputación”. El trato prematuro de Brahms con mujeres públicas condicionó posteriormente las relaciones del músico con las mujeres (Brahms, fuera de sus amores platónicos, se sentía incómodo en presencia de las mismas, permaneciendo soltero durante toda su vida). Cuentan que en aquellos cafés portuarios, Brahms llegó a alcanzar tal nivel evasivo a la hora de tocar el piano — lo hacía “automáticamente” al tiempo que leía un libro sobre el atril — que su capacidad de abstracción, fundamental para entender su obra, le hizo crearse un mundo ideal paralelo en su mente, muy distinto al de las penurias económicas y ambientes sórdidos de la realidad más mundana. Su música, casi siempre, es un fiel reflejo de ese mundo irreal.

 Aquella atmósfera recargada de los cafés acabó por pasar factura al joven Brahms cuya salud, ya quebradiza por naturaleza, se resintió hasta extremos preocupantes. Gracias a un amigo del padre, y a cambio de dar clases de piano a su hija, Brahms se instaló durante una temporada en una granja situada en Winsen, a las afueras de Hamburgo, en donde además de curarse en salud pudo completar su formación cultural gracias a la extensa biblioteca que el amigo del padre allí disponía. Incluso el coro de la localidad fue dirigido por el joven Brahms y pasó a la posteridad por interpretar las primeras composiciones del autor. Finalizado el verano, Brahms regresó a Hamburgo en donde continuó con las lecciones impartidas por Marxsen y con su duro trabajo nocturno en las tabernas portuarias. En esos días, cuando Brahms contaba con 14 años, recibió la triste noticia de la muerte de Mendelssohn. En un acto de certera profecía, Marxsen no dudó en declarar que Brahms sería aún más grande que él.

 Tras un nuevo invierno en Winsen, el profesor Marxsen dio por concluida la formación pianística del quinceañero Brahms, quien continuó dando conciertos en cafés y en los salones de algunas nobles casas, visitando con reiteración la fábrica de pianos ante la imposibilidad de hacerse definitivamente con uno. Allí, una tal Louise Japha, le habló de Schumann, que en breve acudiría a Hamburgo para dar un concierto. Brahms, tímido hasta la desesperación, no se atrevió a solicitar una entrevista con el músico sajón y se limitó a enviar unas partituras al hotel donde se hospedaba. Al poco tiempo, Brahms recibió el paquete devuelto y sin abrir del hotel, en lo que consideró como un serio agravio. Esta decepcionante contingencia fue compensada por el hecho de conocer a un magnífico violinista, Ede Reményi, con el que Brahms formó un dúo que ofreció una gira de conciertos por todo el norte de Alemania y en la que obtuvieron más éxito que dinero. Fue entonces cuando, por recomendación de Joachim, un magnífico violinista amigo de Reményi, Brahms pudo visitar a Liszt en la corte de Weimar. El pianista húngaro, animado por el contenido de las cartas de Joachim, solicitó a Brahms que ejecutase algunas de sus composiciones al piano. Brahms, un tanto remiso ante el esplendor y ceremonial que rodeaban a Liszt, optó por dejar las partituras al diabólico pianista quien, en una demostración de increíble talento, tocó de primera vista el difícil Scherzo en mi bemol menor. Ante los vítores de los allí presentes, Liszt se arrancó después con su propia Sonata en si menor. Durante la interpretación, Liszt observó como Brahms se había quedado dormido en el sofá, aspecto que molestó y mucho al legendario pianista húngaro…

 Tras este anecdótico incidente, Reményi le comunicó a Brahms que se quedaba en Weimar y que por lo tanto no continuaría con las giras. Al verse libre, Brahms fue a Gotinga en busca de Joachim, comenzando así una gran amistad entre ambos artistas. Joachim, pese al “éxito” de su recomendación a Liszt, le prometió a Brahms que irían a visitar a Schumann a Düsserldorf. Sin embargo, fue realmente Brahms quien se presentó a solas en casa de los Schumann, aprovechando una visita de su amiga Louise Japha, que se encontraba de viaje por Düsserldorf. El encuentro entre estos dos músicos no pudo ser más cordial y, en esta ocasión, Brahms sí que tocó algunas de sus composiciones, llegando a entusiasmar a Schumann. Junto a Clara, Schumann le pidió a Brahms que tocara una por una toda su obra, a lo que el hamburgués accedió encantado. Al finalizar la velada, Schumann sentenció: –“Es usted a quien yo estaba esperando desde hace mucho tiempo”–  Al hacerse muy de noche, Brahms fue invitado a cenar con la familia, sintiéndose feliz por estar sentado a la mesa de un verdadero hogar. Aquello fue el comienzo de una de las más bellas amistades entre dos músicos.

 Schumann promocionó a Brahms con todas sus fuerzas, escribiendo elogiosos artículos en la revista que dirigía y recomendándoselo a los editores. También se integró en su círculo de amistades, entre los que se encontraba la mencionada Louise Japha. A este grupo pronto se unió Joachim, cuya llegada fue celebrada con una pequeña fiesta en la que se interpretó una sonata en donde cada uno de sus movimientos era de un compositor diferente — Schumann, Dietrich y Brahms — y que Joachim identificó sin vacilar. De regreso a Hamburgo, en 1853, Brahms llegó precedido de una merecida fama al haber escrito Schumann a su padre Johann Jakob anunciándole que su hijo iba a ser un gran compositor. Además, en la maleta del veinteañero Brahms se encontraban todas sus composiciones ya impresas. Antes de acabar ese año, Berlioz hizo elogiosos comentarios sobre Brahms, pero la música del galo — ¡Hay qué ver qué incomprendido era! — no le interesó para nada a Brahms.

 Fue por esa misma época cuando Brahms también conoció al director de orquesta Hans von Bülow quien, pese a todo, tardaría algún tiempo en comprender la verdadera dimensión del compositor. Años más tarde, el propio Von Bülow otorgó a Brahms el título de la “tercera B alemana”, junto a Bach y Beethoven. Tras un tiempo dando conciertos con Joachim y otros amigos, Brahms se enteró de que su amigo Schumann había intentado suicidarse arrojándose al Rin. Inmediatamente, el compositor se dirigió hacia Düsserldorf y trató de servir de consuelo a Clara. Comenzó entonces una larga y penosa etapa centrada en la locura de Schumann y en la que Clara se vio obligada a dar conciertos y clases para sacar adelante a sus siete hijos, permaneciendo Brahms fiel a su lado y arrimando el hombro como el mejor amigo posible. Sin embargo, tras aquella fidelidad, se empezó a gestar una apasionada e incomprendida historia de amor que se vio reflejada en una serie de geniales e inspiradas partituras con las que Brahms nos obsequió para la posteridad.

FIN DE LA PRIMERA PARTE