Fotografía de Reguera

 –“Dadme limosna, por el amor de Dios, que no hay más desgracia que ser ciego en Granada…”– dicen que comentaba un invidente por las callejuelas del barrio del Albaicín. Y, ciertamente, Granada es una de las ciudades más bellas de España y la que atesora la obra arquitectónica más extraordinaria de todo el arte islámico en Europa. Tras la conquista de Córdoba por parte de los ejércitos cristianos en 1236, muchos musulmanes se refugiaron en Granada, entorno en donde reinaba la dinastía nazarí. El dominio islámico continuó hasta que, tras una época de guerra civil y de asedio, el último monarca árabe, Boabdil, salió entre lágrimas de Granada en 1492. También se comenta que la mujer, observando a su marido derramar lágrimas frente a la Alhambra, le dijo: –“Llora, llora como una mujer lo que no supiste defender como un hombre”— No era para menos.

Fotografía de Bert K.

Fotografía de Fernando Martín

 Cuando uno visita Granada y desde el exterior contempla a lo lejos el complejo de la Alhambra se queda un tanto confundido ante un conglomerado de torres y almenas sin la menor idea de orden y elegancia. Pero, por descontado, una vez que se traspasa su interior, la belleza de aquel entorno resulta del todo apabullante. Si por fuera la Alhambra da la sensación de ser una fortaleza, una plaza fuerte con 23 torres construida por los árabes en una época en la que el resurgir de los cristianos amenazaba el poder islámico, en el interior, la Alhambra parece más bien una tentativa de crear un paraíso terrenal. El nombre del conjunto, Alhambra, significa “Castillo Rojo” y en cuanto a la pura exuberancia decorativa no tiene rival en el mundo.

Fotografía de Hans Bernhard

Fotografía de Javier Carro

 La Alhambra sirvió de cuartel general a la dinastía de los nazaríes y fue también centro administrativo y palacio real. Inició su construcción el fundador de la dinastía nazarí, Muhammad I el Ghalib, a mediados del siglo XIII, aunque la residencia real procede de los reinados de Yusuf I y Muhammad V en la segunda mitad del siglo XIV. Los patios, corredores y conductos de agua constituyen una combinación de extraordinaria belleza visual. La decoración, suntuosa y omnipresente, aparece bajo la forma de azulejos de cerámica, tracería, dibujos de follaje labrado y signos caligráficos de una profunda complejidad. Si bien para algunos especialistas la Alhambra es el monumento cumbre del arte decorativo islámico occidental, para otros representa la decadencia de una cultura a punto de desaparecer.

Fotografía de Werner Lang

 No cabe duda que las exuberantes bóvedas de mocárabes producen una impresión etérea y ultraterrena. Las inscripciones en verso hablan de las estrellas del cielo mientras que el agua discurre por unos canales que simbolizan los cuatro ríos del paraíso islámico. En la Alhambra se suceden jardines y patios con estancias que se abren a los cuatro lados. Sus nombres resultan evocadores: Patio de los Arrayanes (plantados en macizos junto a un estanque alargado); Salón de las Dos Hermanas (dos bloques de mármol blanco empotrados en el suelo); y Patio de los Leones (con su fuente central apoyada sobre doce figuras zoomorfas). El Salón de los Embajadores estaba destinado a los asuntos de carácter oficial y presenta un techo de madera de algo más de 18 metros de altura. Por otra parte, el Generalife fue el palacio de verano de los monarcas nazaríes. Se construyó en el siglo XIV y estuvo unido al complejo de la Alhambra por un pasadizo cubierto.

Fotografía de Fernando Martín

Fotografía de Claudio Landi

 A mediados del siglo XIII Granada era el único reino árabe que quedaba en la Península Ibérica. Lo gobernó la dinastía nazarí durante 250 años y tuvo una sucesión ininterrumpida de 25 reyes. Todos ellos se distinguieron como protectores de las artes y las letras, consiguiendo un elevado grado de civilización en la corte que atrajo al historiador árabe Ibn Khaldun. Los nazaríes abandonaron definitivamente Granada en 1492 y el emperador Carlos V mandó posteriormente construir un palacio entre los muros de la Alhambra. Durante la Guerra de la Independencia, los ejércitos de Napoleón dañaron una buena parte de la fortaleza de los nazaríes. A partir del siglo XIX, la Alhambra se convirtió en enclave de culto para los artistas del Romanticismo y, gracias a escritores como Victor Hugo, Théophile Gautier y Washington Irving, se contribuyó a que se realizaran esfuerzos para conservar la fortaleza. Digamos que viajar hasta España y no visitar la Alhambra es como probar una paella… Sin arroz. Os dejo el enlace a un vídeo en donde se ofrecen unas bellas imágenes de la Alhambra con el fondo de una agradable canción de Los Puntos del año 1975.