elbala 

San Sebastián de los Reyes, año 1967: Espeluznante cogida de El Bala en el segundo de la tarde. Como consecuencia de la misma hubo de serle amputada la pierna días más tarde. Ya por la mañana durante en el encierro, ese mismo toro — según algunos testigos — hirió mortalmente a un mozo. En dicha corrida intervino, aparte de Vicente Perucha y el malogrado El Bala, el protagonista de nuestro relato.

 Pese a haber llegado quizás demasiado tarde al soñado debut con picadores, los esfuerzos bien que merecieron la pena. Fueron largos y duros inviernos caminando a través de los campos, de aquí para allá, de capea en capea, con el hatillo sobre las espaldas y con la firme voluntad de cambiar el insustancial destino existencial que el azar le había otorgado desde su nacimiento. Ya dijo don Luis Mazzantini a principios del siglo XX que en la España de entonces sólo existían dos puntuales formas para hacerse famoso y millonario sin contravenir los oportunos preceptos legales: Convertirse en un virtuoso cantante de ópera o meterse a torero (Sin dejar uno de arrimarse, claro está,  ya que si de un cuerno pende la tragedia, no menos del otro la fortuna). Puede decirse que don Luis, el torero más ilustrado que jamás haya pisado ruedo alguno, triunfó en ambas facetas, bien inscribiendo su nombre en el libro de oro de la historia de la Tauromaquia, bien destacando como un excepcional intérprete pianístico de Beethoven en sus ratos ociosos. Pero el caso de Pepe, aquel hombre serio y circunspecto del que por el barrio se comentaba que había sido torero en sus años mozos, era bien distinto al del mítico don Luis Mazzantini. De orígenes más que humildes, quiso hacer del valor la enseña de su oficio y durante años peleó junto a muchos otros maletillas para hacerse con un hueco en el complicado y poco accesible Planeta de los Toros.  –“No veas, Leiter; aquella tarde del debut con caballos, en San Sebastián de los Reyes, le corté las dos orejas a cada uno de mis toros. Me sacaron a hombros del albero y comenzaron a lloverme los contratos. No hubo plaza en la provincia de Madrid donde no llegase a torear. No recuerdo tarde donde, al menos, diese una vuelta al coso y, lo mejor… ¡Ni una cogida seria! Percances y sustos, todos. Y empecé a ganar dinero de verdad. Yo, que tuve que alquilar los ternos de toda la cuadrilla en mi debut… Esa misma temporada me llegaron a pagar hasta 10.000 duros por tarde… Y eso que el canalla de mi apoderado se empeñó en quitarme un porcentaje doble del que previamente habíamos pactado. Pero había que tragar… “–  Pepe, el maestro, de estatura más bien mediana, de duras y marcadas facciones donde se reflejaban de igual manera los años y los excesos, con un acuoso peinado que trataba de amansar los rebeldes rizos de su ya canoso cabello y con esa expresión altiva en su mirada que sólo quién se ha las ha visto delante de un toro sabe adoptar, me relataba orgulloso y soberbio sus hazañas de juventud, mezclando nostalgia y sobrada vanidad a partes iguales y componiendo una mágica iconografía al nebuloso aire que desprendía el eterno Ducados que sujetaban sus dedos color brea. Le brillaban los ojos al narrar aquellos épicos episodios, y mayormente cuando humedecía su lengua con la inseparable caña de vino blanco que su otra mano sostenía. Pero Pepe solía interrumpir su discurso, ignorando a cualquier interesado interlocutor, cuando la chirriante melodía de una máquina tragaperras anunciaba un inesperado aunque perseguido premio.  –“¡La madre que la parió!  Pues no me da la hija de putalas sandías” después de los mil duros que llevo gastados… “–  Todos en el barrio sabíamos que Pepe no disponía de tal capacidad económica como para hacer frente a sus constantes arrebatos lúdicos. Al parecer, Pepe jugaba a la máquina compinchado con uno de los camareros de La Villa  –“¡Vamos, Pepe, que la revientas!”– Le grita burlonamente Rafa el Lince, al tiempo que solicita una ronda para los allí presentes.   –“No, Leiter, no te creas que yo me burlo de Pepe. Al revés, hombre. Debe ser muy duro el trago que ha tenido que pasar en la vida, estar ahí, en la cresta de la ola y que de buenas a primeras te sientas marginado, sin un puto duro y que encima la gente te venga a tocar los cojones… “–  Fueron años de gloria, aquellos en donde una temporada tras otra ocupaba los primeros puestos del escalafón de novilleros. La alternativa era tan sólo una cuestión de tiempo y madurez personal, un paso irremediable y obligado para un diestro que estaba llamado a conquistar a la afición por su empaque y ortodoxa elegancia, muy lejos de los irreverentes tremendismos que caracterizaban a muchas de las figuras de aquella época.  –“Tú no sabes, Leiter — prosigue Rafa el Lince — cómo manejaba viruta Pepe en aquellos tiempos. Llegó a comprarse un Buick descapotable, un coche inmenso, como pocos de los que se veían por entonces en Madrid y que adquirió a un militar de los de la base de Torrejón. Y, no veas con que compañías se le veía… ¡Unas tías de escándalo!”–  Efectivamente, aquellos triunfales años que preludiaban una envidiable carrera artística se reflejaron en decenas de impecables trajes a juego con la corbata y de gabardina ceremoniosamente liada al brazo junto con el ABC, estratégicamente abierto justo por la página donde aparecían las reseñas taurinas firmadas por Díaz-Cañabate. Fueron tiempos de imperativas consignas:  –“¡Niño, invita a todo el mundo de mi parte!”–, de puntuales y muy oportunos admiradores y de amigos “de toda la vida”. Y por fin llegó la tarde de la alternativa.

 ¡Cuántos prometedores diestros que apuntaban a figuras se han eclipsado en semejante trance!  Una cosa es lidiar con novillos y otra, bien distinta, es enfrentarse a un morlaco cinqueño de proporciones más que considerables. El toricantano Pepe recibió los trastos de matar una soleada tarde de junio en la plaza de Motril y desde aquel trascendente momento su trayectoria fue tan evanescente como efímera. El resto de la temporada transcurrió con más bajos que altos y ya en las postrimerías de la misma, casi finalizado septiembre, recibió su bautismo de sangre, ineludible suceso con el que más tarde o temprano ha de enfrentarse todo torero, por muy renombrado y técnico que sea.  –“Fue también en Granada” — relataba el maestro –“Durante una de esas corridas que sirven para limpiar los corrales. Mi primer astado había resultado muy duro y bronco, por lo que no me quedó más remedio que hacerle una faena de aliño sin ninguna vistosidad de cara al respetable. Me la tuve que jugar de todas todas en el segundo, un morucho que flojeó en el caballo pero que se creció en banderillas. Desde la tarde de la alternativa había perdido mucho el sitio y me vi obligado a pegar un buen arreón de cara a la próxima temporada. Me fui a por el bicho a los medios y le pegué una buena tanda de ayudados por alto. Le gané el sitio y el muy cabrón quería pelea, se lo leí en los ojos. Culminé aquella tanda con un pase del desprecio y la plaza se puso en pie, envalentonándome con la ovación. Aquel toro no se me iba a escapar por nada del mundo y estaba dispuesto a cortarle hasta los cojones, si fuese preciso. Me crucé para iniciar los derechazos y el toro se arrancó como un avión al primer cite; guardándole la muleta en la cara, se la bajé para ligar el segundo derechazo cuando… El hijo de puta se me coló. Todavía no comprendo que fue lo que pudo ocurrir. Cargué la suerte, le marqué el pase… Pero el canalla se me coló. 25 centímetros de herida”– Pepe se alzó el pantalón con prudencia y me enseñó la espantosa cicatriz  — “…Y suerte de que sólo me llegó a rozar la femoral. Si me la parte, no lo cuento”–   Pepe reapareció durante la siguiente temporada pero luego de una dolorosa y complicada rehabilitación invernal que concedió tiempo más que suficiente como para reflexionar entre las frías paredes del Montepío de Toreros. Ya nunca fue el de antaño, aquel torero valiente y arrojado que dibujaba verdaderos carteles taurinos en cada uno de sus pases con la muleta. Aquella temporada la cerró sin alcanzar las diez corridas que únicamente había podido apalabrar e incluso en alguna de ellas llegó a poner dinero de su bolsillo en busca de una efímera gloria ante las terroríficas estampas de unos marrajos que las figuras de postín no querían ver ni en pintura. Desencantado, con escasa ilusión y no más positivas perspectivas, Pepe decidió cortarse la coleta sin haber cumplido su sueño de, al menos, confirmar la alternativa en su querido coso venteño. Como si de una ley física se tratase, el dinero ahorrado hasta entonces se fue extinguiendo de manera proporcional a un desánimo vital cuyo máximo exponente se reflejaba en inacabables veladas nocturnas empapadas de whisky con fragancias de humo. No tardó en vender el Buick y los dos apartamentos que había adquirido en Manuel Becerra por mediación de su antiguo apoderado. La dueña de una pensión le exigió un mes por adelantado y en los mismos bares donde no mucho antes había sido el centro de atención se negaron a servirle si previamente no abonaba las consumiciones solicitadas.  — “Y los amigos… ¡Ay, los amigos! ¡Ni siquiera llegaron a invitarme a un triste café!”– Añade Pepe — “Muchos de los que antes me sobaban constantemente la espalda ahora ni se dignaban en saludarme. Siempre tuve la impresión de que mi decadencia personal era motivo de alegría para ellos”–   Pepe se encontró solo, arruinado, humillado por las penosas circunstancias de una vida que no suele conceder tregua alguna a los ídolos caídos. Aún así, tuvo la suerte de colocarse como mecánico en un taller de coches, cambiando el reluciente terno por un mono grasiento. Pero, sobre todo, contó con la caritativa ayuda de una hermana que no dudó en cederle una habitación donde poder dormir y asearse. Así, con lo poco que ganaba y alguna propinilla, tuvo margen suficiente para un paquete de Ducados y unos cuantos chatos de vino blanco al día. Asumió su destino con la misma dignidad que aún conservaba de su fugaz y triunfal pasado como matador de toros. Y nunca dejó de sentirse torero. Aún así, siempre tuvo que soportar con estoica gallardía los irreverentes comentarios de una clientela activamente ignorante, sobre todo cuando a través del viejo aparato de televisión del bar de mi padre se retransmitía alguna corrida de El Cordobés.  –“Nunca pude entender como aquella panda de catetos que se juntaba en el bar de tu padre se admirase de aquel toreacabras cuyo único mérito consistía en hacer el payaso en la mismísima Plaza de Toros de Madrid…”–  A punto estuvo de llegar la sangre al río en una de esas televisivas tardes de Feria de San Isidro. Un tal Patricio que se las daba de antiguo banderillero se empeñó en darle indicaciones desde el taburete del bar a Paco Camino, quién esa tormentosa tarde no andaba muy ducho con la cruceta.  –¡A dos dedos por detrás de la testuz! ¡Qué no te enteras, Paco Camino! — gritaba socarronamente Patricio con una croqueta en la mano a modo de estoque simulado.  –“Mírale…¡Otra vez! ¡Qué no te enteras, desgraciado! ¡A dos dedos!”–  Pepe ya no pudo contenerse más:  –“¿Te quieres callar ya de una puta vez, Patricio? ¿No sabrá Paco Camino mejor que tú lo que tiene que hacer?” —  A esta afrenta, el banderillero contestó:  –“¡Oye, tú… Que yo he descabellado a muchos toros, eh! ¡Y sé muy bien lo que digo!”–  Pero Pepe, con esa enigmática e irónica sonrisa que siempre le ha acompañado, le replicó:  –“¿Tú? ¡Vamos, anda! Si lo más cerca que has estado de un toro en tu puta vida ha sido desde una andanada de sol… ¿Torero tú? No me toques los cojones, Patricio, que yo sé de sobra que tu mayor mérito fue ejercer de sobresaliente en una novillada de tercera…”–  De no ser por la intervención de algunos clientes, entre ellos Paco el taxista, gran aficionado, de las veladas acusaciones se hubiese pasado a los violentos puñetazos.

  A Pepe parecía perseguirle un mal fario existencial y, en consecuencia, perdió su empleo en el taller de vehículos dos años antes de jubilarse como consecuencia de haber cambiado de dueño el local. Tuvo que ser nuevamente su hermana quién, con un gran esfuerzo, se encargara de darle todos los lunes un billete de 500 pesetas… Y así hasta la fecha, aunque ahora ya por fin cobra una modesta pensión de jubilado. Hace unos veinte años, mientras me estaba tomando una cerveza en el bar de Los Paletos, Pepe vino a mi encuentro. Tras solicitar un chato de vino blanco Pepe me habló de una manera que yo entendí como confidencial:  –“Esto… Leiter… Tengo que hablar contigo”–  Un tanto sorprendido respondí:  –“Usted me dirá, maestro”–  Casi al oído, Pepe comenzó con su particular confesión:  –“He visto que eres muy aficionado a la fotografía y que tienes un buen equipo. Esto que te voy a pedir te ruego que quede entre nosotros, Leiter. Verás, tengo un dinerillo ahorrado y no me quiero morir sin probarme de nuevo ante un toro. Bueno… Mejor un novillo. He hablado con unos conocidos que regentan una placita de tientas en un pueblo de la Sierra y el negocio es del todo factible. Yo sólo te pido que me grabes con una cámara de esas, de vídeo, y que me hagas un reportaje fotográfico. Eso sí, claro, yo corro con todos los gastos de carretes y revelado… Y de las pilas.”–  Me quedé con la boca abierta.  –“Maestro, no me lo tome usted a mal, pero…”–  Pepe me cortó la respuesta.  –“Sí, Leiter, sí; ya sé que estoy muy mayor para esta empresa que no es sino un capricho pero… No sé cómo explicártelo: Necesito ponerme delante de un toro. Quiero volver, aunque sólo sea una vez, a sentirme torero. Es la única ilusión que me queda ya en esta puta vida”–  Me llegaron a emocionar las sinceras palabras de Pepe, de tal forma que no tuve más remedio que contestar:  –“Maestro, sea como fuere, cuente usted conmigo para lo que quiera”– Pero nunca más Pepe me volvió a comentar esa peligrosa y arriesgada iniciativa. Tal vez, fue un arrebato melancólico; o quizás Pepe no se sintió con las facultades necesarias como para colocarse frente a un novillo y desistió de tal empeño. Pero lo cierto es que nunca me ha vuelto a comentar nada en estos veinte años. En la actualidad, apenas se ve ya a Pepe por el barrio. La edad y los achaques de salud le obligan a permanecer casi todos los días en el hogar, al cuidado de su fiel y enviudada hermana. Muchos vecinos, las pocas veces que se pueden ya cruzar con él, ignoran que esa persona de rígidos y serios ademanes fue un torero como la copa de un pino a quién, lamentablemente, le falló la suerte en un momento puntual de su vida. Hoy tan sólo quedan unos recuerdos en una serie de recortes de periódico que el maestro guarda como su mayor tesoro y una breve reseña, con foto incluida, en el tomo VI de El Cossío.