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* Óleo sobre lienzo
* 280 x 336 Cms
* Realizado en 1800
* Ubicado en el Museo del Prado

 A Goya le tocó vivir en un momento histórico decisivo en la historia de España, la Guerra de la Independencia, ante en la que en ninguna ocasión adoptó una postura de indiferencia; al contrario, muchos le tacharon de afrancesado ante una presunta inclinación por las ideas liberales y, sobre todo, por el descarnado naturalismo con el que retrató ocho años antes a la familia del soberano Carlos IV, uno de los retratos psicológicamente más veraces que jamás se hayan realizado de los miembros de una casa real y que desató no pocas suspicacias en los ambientes cortesanos. Sin embargo, Goya era un gran patriota, como así lo demuestran los dos cuadros dedicados a los sucesos de mayo de 1808, partidario de las ideas que tomarían cuerpo en la Constitución de Cádiz de 1812 opuestas al absolutismo del Antiguo Régimen. Tras el fracaso del levantamiento de Riego, en 1823, Goya decidió fijar voluntariamente su residencia en Burdeos, donde falleció.

 La subida al trono de Carlos IV marca el inicio del período profesionalmente más brillante del artista aragonés. Es significativo que al poco tiempo el rey le nombrase Pintor de Cámara, convirtiéndole en el creador de retratos oficiales de los monarcas y a pesar de que el artista no intentara favorecerlos con un aspecto físico que la naturaleza les había negado. Esta labor como retratista se completa con encargos particulares, dando lugar a un conjunto de pinturas pocas veces igualado en este género por su exquisita sensibilidad.

 El prestigio que supuso para Goya la posesión del título académico de San Fernando — merced a su Cristo Crucificado — contribuyó a que empezara a relacionarse con grandes personajes que se disputarán sus obras. Todos ansiaban posar para el famoso artista y llegó incluso a retratar al Conde de Floridablanca. Su nombramiento como Pintor Real en 1786 va a permitir que Goya se convierta en el pintor de moda de la alta sociedad madrileña. En los retratos realizados durante estos años se advierte una transformación gradual: Goya, liberándose de las normas al uso y mediante rasgos descriptivos, tratará de reflejar la humanidad de los personajes y esta característica se observará preferentemente en los retratos femeninos. Cuando por fin Carlos IV sube al trono en 1789, Goya recibe gozoso la noticia de su nombramiento también como Pintor de Cámara del nuevo rey, asignándosele con ello un sueldo de 50.000 reales. Tanto el rey como su esposa María Luisa posarán en varias ocasiones para el pintor, quién gozaba de mucha simpatía por parte de los soberanos.

 Fue en 1800 cuando el monarca Carlos IV le encarga un retrato de la familia real y para ello, durante el verano del mismo año, Goya prepara una serie de esbozos al óleo con los que distribuir formalmente a los distintos personajes. Con gran refinamiento de matices y modelado dentro de una total espontaneidad, el pincel del artista fue sugiriendo aquellos rasgos y efectos imprescindibles para que, al estimular la retina del espectador, recreasen la totalidad de la forma real, con sus diferentes calidades táctiles y dentro de su ambiente lumínico y atmosférico. Sólo de esta forma podría lograrse la sensación de verdad absoluta que emana de estas imágenes, inverosímilmente acentuadas en sus valores tanto anímicos como materiales. Asimismo, sorprende la naturalidad con que está tratado el espacio, la flexibilidad en la distribución de los personajes y las variaciones lumínicas, evitando cualquier monotonía en la composición.

 La Familia de Carlos IV es, sin duda, el retrato más conseguido de Goya. Los miembros de la familia real van ataviados con ropajes suntuosos; sin embargo, a pesar del boato, el estilo naturalista que imprime el artista logra captar la individualidad de los personajes para que cada uno de ellos tenga la suficiente fuerza como para romper en cualquier momento la unidad que se espera de un cuadro de grupo. La figura dominante es la de la Reina María Luisa, situada en el centro. Realmente era ella quien se ocupaba de los asuntos políticos y su relación ilícita con Godoy — favorito del rey y mecenas de Goya — era muy conocida y estaba maliciosamente en boca del pueblo. No obstante su rostro altivo y perspicaz, Goya ha apreciado también su lado más tierno en la manera de coger a sus hijos. La figura del rey, a pesar de encontrarse un poco más adelantada hacia el espectador que la de la reina, nos parece como la de alguien resignado y conocedor de sus circunstancias, característica que acentúa la mirada un tanto nebulosa del mismo. Por su parte, Goya rinde un sincero homenaje a su predecesor, Velázquez, insertando un autorretrato parecido al de Las Meninas; aunque la diferencia estriba en que Velázquez se pintó con la altivez merecida de un artista que disfrutaba de una posición dominante, mientras que Goya se muestra más conservador y recatado, emergiendo entre las sombras de dos telas situadas al fondo a la izquierda.

 A pesar de que algunos críticos han interpretado satíricamente el abierto naturalismo de Goya, es muy poco probable que el artista arriesgara su posición en la corte de ese modo. La familia real dio su aprobación al retrato al considerar que ejemplificaba la fuerza y cohesión de la monarquía en unos tiempos que se presumían tumultuosos.