Piero della Francesca flagelación

* Óleo y temple sobre tabla
* 59 x 82 Cms
* Realizado hacia 1455
* Ubicado en la Galería Nacional de las Marcas; Urbino

 A pesar de que en la pintura de Piero della Francesca aparece una inconfundible evocación de su tierra natal, no hay nada en él de provinciano o arcaico, no presenta ningún compromiso con el pasado; al contrario, Piero della Francesca se resuelve como un artista enteramente del Renacimiento, nutrido de la más alta filosofía y ciencia de la época. Aunque en su juventud se trasladó durante un breve espacio de tiempo a Florencia, descubriendo la arquitectura de Brunelleschi y Alberti y su correspondiente aplicación a la pintura por parte de Masaccio, por un lado, y las geometrías de Ucello o la luminosidad de Fra Angélico por otro, su primer maestro, Domenico Veneziano, no fue florentino sino portador de una mayor sensibilidad colorística como su origen patronímico sugiere. También Pietro estudiará la pintura flamenca durante una coronación por las cortes del centro y norte de Italia. Pero su estilo, lejos de ser inicialmente angustioso o fatigado por tales influencias, es absolutamente coherente y bajo la impronta de ideales formales que estudiará hasta el final con el máximo rigor.

 La principal diferencia entre el estilo de Piero y del resto de los maestros florentinos se articulaba sobre la intuición de que el espacio en el que se mueven las figuras no es sólo un fondo representado según las leyes de la perspectiva, sino que existe una íntima relación entre formas y espacio, una plena identificación entre humanidad y naturaleza. Sus composiciones están reguladas sobre la base de las leyes absolutas del número y de la “divina proporción” estructurada tanto en las relaciones geométricas como en las gradaciones tonales de luz y color. Una intensa luz va a iluminar de manera uniforme la representación, desde las figuras humanas hasta los elementos del paisaje, apareciendo ambos ante el espectador de una manera individualizada, armonizada, nítida y estática. El color se funde con los otros elementos de la pintura para lograr el sentido de la profundidad a través de los distintos planos desde el fondo hasta la superficie. Por otra parte, Piero va a simplificar al máximo sus figuras, inexpresivas, graves y majestuosas como estatuas, que de esta manera se van a insertar perfectamente en la construcción espacial. Su existencia está, por regla general, privada de afanes e incertidumbres, participando en episodios sagrados con impasividad, hieratismo y serena devoción. Aunque gran parte de la crítica quiso ver una especie de fría soberbia en esta aparente impasibilidad, es quizás su más típica virtud, propia de los escultores clásicos griegos que ni siquiera dejan caer una pequeña sombra de sentimiento. Y, sin embargo, es posible que no exista un tratamiento del tema de la Flagelación de Cristo más emocionante que el suyo.

 En 1451, Piero della Francesca se hizo cargo de la ornamentación del coro de la iglesia de San Francisco de Arezzo, sucediendo a Bicci di Lorenzo, fallecido repentinamente justo cuando acometía los trabajos. Parece ser que La Flagelación de Cristo, una obra de incierta datación, pertenece a este primer ciclo de Arezzo y se sitúa su elaboración en torno al año 1455. No menos controversia adquiere la interpretación de dicha pintura, en la que algunos especialistas sostienen que el joven rubio de la derecha representa a Oddoantonio, el hermanastro de Federico de Montefeltro, y los dos personajes de su lado a sus pésimos consejeros que le condujeron a la ruina. También se ha querido ver en el personaje de la barba que aparece en primer plano la figura de un turco, símbolo de un imperio que dos años antes había tomado Constantinopla y que amenazaba con conquistar toda Europa, con lo que el cuadro sería una alegoría de la iglesia amenazada. La obra fue ignorada en el momento de su creación — su existencia no fue documentada durante 300 años — y no fue hasta comienzos del siglo XX cuando se empezaron a apreciar sus cualidades. En la actualidad, La Flagelación está considerada como una de las pinturas más enigmáticas y formalmente sofisticadas de Piero della Francesca.

 La Flagelación de Cristo es una pequeña tabla dividida en dos zonas asimétricas aunque unidas por una relación armónica que los griegos llamaron “áurea”. El tratamiento que otorga Piero della Francesca a este tema es poco convencional, situando la violenta escena que define el cuadro en el fondo izquierdo, en una galería de baldosas y en donde se aprecia un extraordinario dominio de la perspectiva y el escorzo. La representación de la derecha se desarrolla al aire libre con la luz directa de un jardín soleado. Resulta admirable del todo la sutil y excelente luminosidad en el tratamiento de la cabeza de rubios cabellos del personaje central, contrastado genialmente con la maleza oscura del árbol del fondo. La propia escena de la flagelación aparece inmersa en una luz indirecta, proyectando reflejos azules sobre el pavimento enlosado y creando múltiples variaciones cromáticas en los casetones de madera del techo. El esquema geométrico y proporcional de la composición está realizado con sumo detalle y tanto el color como la luz lo transfigura, vivificándolo con sus infinitos reflejos. Por ello, estos brillos constituyen el único elemento vivo en una representación cuyos personajes aparecen con esa quietud e impasibilidad anteriormente referida, con una estatuaria frialdad, como si el drama ya se hubiera cumplido a la manera de un fatal destino. Es precisamente la luz la que, subrayando la dirección diagonal de la perspectiva, indica la alegórica unión entre los dos momentos de la escena. Y gracias al baño de luz en que se halla inmerso, el grupo del fondo asume un carácter de recuerdo en el alto silencio de la logia. En esta obra maestra de la pintura universal, ya no sólo apreciamos al Piero della Francesca pintor, sino también al matemático y geómetra.