Desde siempre el agua fue uno de los elementos al que el estado romano había prestado una mayor atención. Sólo hay que observar los monumentales acueductos del Acqua Claudia o Julia para comprobar dicha importancia. Pero fue la fuente barroca la que más contribuyó al embellecimiento de la ciudad romana. Los grandes escultores de la época rivalizaron entre sí para dejar patente su estilo y personalidad en unas obras de carácter funcional y práctico, pero también en unos ejes monumentales que marcaban los espacios surgidos al amparo de un nuevo concepto urbanístico. La escultura unida al agua formaba bellos juegos de perspectivas en los que la alegoría adquiría una significación especial, creando tipos en los que no sólo triunfa la escultura como el arte más adecuado, sino también la posibilidad de situarla en una especie de telón teatral. Bernini ya había marcado las pautas a seguir, pero en los siglos XVII y XVIII una serie de nuevos conceptos enriquecieron los prototipos que el gran arquitecto romano había establecido en el Tritón y en la Piazza Navona. La conocidísima Fontana di Trevi fue sin duda la creación que superó a todas las obras anteriores del género.

 Fue el papa Corsini quien inició un amplio programa que tenía por objetivo el de recuperar la vieja grandeza romana a través de la arquitectura y en 1732 se estableció un concurso para ejecutar la fachada principal de San Juan de Letrán y la Fontana de Trevi. Para esta última el artista elegido fue Alessandro Galilei, quien configuró la fuente como si fuera el exterior de un edificio palatino. La arquitectura va a tener una presencia en esta fuente como hasta entonces no la había tenido en ninguna otra. Galilei diseñó el nicho central como el eje en donde parte toda una concepción arquitectónica mediante la hornacina principal de un hipotético palacio de Neptuno que domina sobre todas las figuras. Más adelante, fue Nicola Salvi el encargado de añadir nuevos proyectos a la fuente siguiendo las nuevas orientaciones de la arquitectura. En el centro de la fachada que sirve de fondo a la fuente se dispuso de un gran arco del triunfo que sería el testimonio más patente de la recuperación de formas arquitectónicas del pasado. Las estatuas del ático fueron terminadas hacia 1735 y, una vez fallecido Salvi, fue Giovanni Pannini el encargado de completar la obra con la decoración de la parte baja entre 1759 y 1762. El resultado final es el de una obra en donde se consiguen los efectos escenográficos que hacen de Roma la ciudad barroca por excelencia.