la-gran-odalisca

* Óleo sobre lienzo
* 91 x 162 Cms
* Realizado en 1814
* Ubicado en el Museo del Louvre

 A pesar de que Ingres siempre ha sido considerado como una de las principales figuras del estilo pictórico neoclásico, esta concepción, tan simple como ligera, no refleja con rigor la trayectoria artística de un pintor que si bien se adhirió a la autoridad estética del gran David, obteniendo por ello el muy prestigioso Premio de Roma, pronto su pintura se aleja de los convencionalismos más ortodoxamente neoclásicos y pasa por un punto de inflexión que podríamos definir a la manera de una “transición suave” hacia el posterior romanticismo de Delacroix. Ingres, procedente del suroeste de Francia, representa una individualidad singular que le opone a su maestro David, muy comprometido con las convicciones jacobinas en un escenario que, como el de la Revolución Francesa, servirá y de qué manera para ejemplificar las escenas políticas y patrióticas dignas de la Antigüedad. Por el contrario, Ingres permanecerá más bien ajeno a estos acontecimientos históricos que ni le enriquecen ni le estimulan de forma alguna. De este modo, y fascinado por los frescos de Miguel Ángel y Rafael que estudia a su llegada a Italia, encontrará su propio terreno en lánguidas, ondulantes y dúctiles formas femeninas, cualidad por la que será calificado como “goticista y primitivo” por la crítica afín a David.

 Ingres, con todo, se equivoca en lo que es su verdadera vocación. Se obstina con ser un pintor de historia y por su desdén en los retratos de encargo, por considerar precisamente que se separaban de la historia. Aunque hoy en día, son muchos más apreciados esos retratos, testimonios de dones inseparables y de una personalidad infinitamente más compleja que la que afirmaban sus detractores. Pero quizás Ingres también se equivoca al intentar elaborar su propio clasicismo en la escuela de Rafael, pintor por el que profesaba tal devoción que finalmente acabó por inhibirle. Así, un cuadro como La Apoteosis de Homero cae inexorablemente en lo convencional y lo artificioso, con un pobre colorido y una no menor falta de contrastes. El rumbo correcto lo va a tomar el artista abandonando el modelo de perfección que pretendía ver en la Antigüedad clásica y animándose, por contra, a penetrar en el secreto de la belleza natural con el fin sólo de reinterpretarla mediante sus propios medios.

 El arte de Ingres nos propone una dialéctica ambigua, dramática y tensa, pero siempre rica y sutil en lo explícito y en lo implícito; en lo lícito y en lo proscrito; en la libertad revolucionaria y en su propia y automática represión. “Ingres dibujaba como Ingres y no como las cosas que él dibujaba” — Solía decir Picasso. No deja de ser sorprendente que los artistas más opuestos entre sí, desde los academicistas del siglo XIX hasta los más radicalmente revolucionarios, puedan valerse de los lienzos tan pulidos de Ingres. Sin embargo, ese eclecticismo dialéctico es el que confiere a su obra toda su fuerza sugestiva, haciéndola orgánicamente única y personal. Con gran dosis de humor, nos parece acertado el comentario de Teófilo Silvestre: –“Ingres no tiene nada en común con nosotros: Es un pintor chino perdido en pleno siglo XIX en las calles de Atenas”–

 La Gran Odalisca es quizás una de las últimas obras del autor previa a la caída del Imperio Napoleónico, acontecimiento que resultó aciago para el artista. Acostumbrado a una cierta estabilidad familiar de resultas con su matrimonio con Madeleine Chapelle y a una solvencia económica basada en una clientela fiel, la salida de Roma del funcionariado francés — esto es, de su clientela — contrariará profundamente al maestro, quien se verá obligado a acometer obras de contenido histórico, fundamentalmente de retratos. Como muchos de sus desnudos femeninos, La Gran Odalisca tiene una cualidad escultórica que da sensación de masa compacta, contorneada y uniforme en el color, aunque los críticos veían en ello un exceso de pesadez e inmovilismo. La figura de la Odalisca desconcertó a la crítica de la época por sus “tres vértebras de más”, por su palidez y por la inexpresividad de sus músculos, adoleciendo de una severa languidez que no era comprendida por muchos. El pintor describe una silueta reptante, en forma de S, prometedora y capciosa a la vez, que traiciona la propia aprensión que afecta a su deseo por el cuerpo femenino. Pero Ingres parece aquí recordarnos, mediante esta fría e incitante imagen, el símbolo de la serpiente prometedora del fruto prohibido. La ambigüedad de la mirada de la Odalisca, desafiante y desdeñosa a partes iguales, está dentro de esa misma línea simbólica. La frialdad de la factura se corresponde con un deseo manifiesto de alejar una imagen temida, inquietante y enigmática. Los oscuros tonos del cortinaje contrarrestan, en buena medida, el poderoso hilo comunicativo entre el rostro de la Odalisca y el espectador y evitan, además, que el cuadro se desplome hacia la izquierda.

 Las líneas de contorno están primorosamente resueltas y la masa compacta del cuerpo recostado no se recarga pese a la extensión del plano monocromático. Salvando la cortina, Ingres prescinde de cualquier detallismo en el fondo, aunque armoniza exquisitamente el vacío por medio del turbante de la muchacha y el cojín sobre el que apoya el codo izquierdo, complementándose a nivel cromático. El pintor soluciona eficazmente la base inferior del cuadro mediante arriesgadas combinaciones de tonos blancos, naranjas y amarillos, evitando la posible monotonía por medio del plumero que sostiene la retratada y por la eficaz colocación del broche de perlas.

 Ingres es un pintor que no deja indiferente a nadie: O se le ama o se le odia, así de simple. Pese a ciertos altibajos a lo largo de su trayectoria artística, a mí me parece un genio de la pintura, siendo La Gran Odalisca su trabajo más conseguido.