boticelli-primavera

* Temple sobre tabla
* 203 x 314 Cms
* Realizado hacia 1477-1478
* Ubicado en la Galería de los Uffizi; Florencia

 Dos fueron los maestros que con su impronta marcaron de un modo indeleble el arte de un joven Botticelli: De un lado, Filippo Lippi, quien supo instruir a su alumno en el arte de las transparencias de los velos, la languidez de los rostros y la exquisita pureza del dibujo. Del otro, Antonio Pollaiuollo, de quien Sandro aprendió la técnica del desnudo mediante incisivas líneas que resuelven la organización anatómica corporal. Pero Botticelli también tomó préstamos de otros pintores cuya influencia en la escuela florentina no era nada desdeñable. Así, de Verrochio adquiere la configuración del modelado y la concesión de un cierto aire misterioso en los rostros — conectando directamente con el gran Leonardo — y de Andrea del Castagno asimila la monumentalidad de las figuras. Todas estas características las sintetizó mediante un personalísimo estilo que logró eludir un más que presumible eclecticismo en base a la delicadeza, a la calma y a la cadencia. Pero además, Botticelli originó una verdadera revolución del desnudo con la que generaliza el culto a la naturaleza y a la belleza femenina.

 Técnicamente, Botticelli se mantuvo fiel a los procedimientos medievales que aprendió en los talleres florentinos. Solía utilizar el temple al huevo, logrando alcanzar un grado de suma perfección. Como soporte se sirvió principalmente de la tabla aunque, excepcionalmente y al final de su vida, experimentó con el lienzo. En sus obras de muro, la técnica empleada era la de “fresco en seco”, inmejorable para lograr efectos lumínicos y brillantes. En cuanto al color, se valía del uso de capas sucesivas y separadas, sirviéndose a su vez de un barniz especial para pergaminos con el objetivo de conseguir los efectos de veladuras.

 Botticelli, muy imbuido en la cultura florentina del momento, dominaba las leyes que regían la perspectiva divulgadas por Brunelleschi y las empleó en muchas de sus tablas, resolviendo las arquitecturas que solían enmarcar muchas de sus escenas. Sin embargo, paulatinamente fue apartándose de ese método de disposición visual para ir captando un sistema personal de expresión, de “representación mental”. Para ello, la auténtica supremacía del dibujo sobre cualquier otra consideración técnica de la obra era un aspecto clave del ideal clásico griego que tanto influyó en los artistas de su generación y cuyo desarrollo inspiró en sus principios nada menos que a una figura de la trascendencia de Miguel Ángel.

 Botticelli consideraba el mundo griego como un auténtico ideal ético y estético, y no tanto como una mera referencia de formas a imitar. Lo “bello” para Botticelli era simplemente “la idea”. Los conocimientos adquiridos por el artista florentino le sirvieron para llevar a cabo su sueño creativo, a diferencia de Leonardo o Rafael, que los utilizaron para adelantar un paso más en el desarrollo del Renacimiento. Y fue precisamente la crisis religiosa del Renacimiento la que provoca su alejamiento del desarrollo pictórico de la época. Aún así, su faceta de pintor religioso no eclipsará en ningún momento sus cuadros profanos, siendo estos sus obras más conocidas y famosas. Pero quizás este freno evolutivo fue lo que provocó su olvido, ya incluso en los últimos años de vida del artista, siendo rescatado — viviendo su particular renacimiento — por los prerrafaelitas ingleses de la segunda mitad del siglo XIX (Especialmente, Rosseti).

 La Primavera no deja de ser un cuadro que conmemora el Renacimiento florentino, un renacimiento cultural, político y económico de la república. El artista ya tenía un merecido nombre gracias a su obra La Alegoría de la Fortaleza, pintada siete años atrás y fue la familia Médicis quien ahora le encarga La Primavera y posteriormente El Nacimiento de Venus, pasando ambos a ser expuestos en la residencia veraniega de los Médicis. El cuadro es una delicada evocación del paisaje y un prodigio del trabajo figurativo en relación con la anatomía y las proporciones humanas. En la escena, primorosamente dibujada, sobresale la figura central de Venus como Humanitas, una clara alegoría a la “Reina” de los humanistas florentinos. Justo a su derecha, la ninfa Cloris y a su lado Flora, la diosa de la fecundidad, que recibe el hálito de Céfiro, el viento del Oeste, y se convierte en “la hora de la primavera”. A la izquierda, las Tres Gracias y Mercurio. Sobrevolando a todos, Cupido, el dios del amor erótico, apuntando su flecha sobre las Tres Gracias. Los frutos (Manzanas de oro) sitúan la escena en el jardín de las Hespérides. Es bien patente que la pintura ejemplifica el interés de Botticelli por el neoplatonismo — un intento de mezcla entre las identidades paganas y cristianas — aunque también es probable que el artista pintase esta escena mitológica ante el contrastado interés de los Médicis por la historia y el arte clásico. De cualquier manera, estamos ante una de las cumbres pictóricas de Botticelli y, por extensión, de todo el Renacimiento Italiano.