* Óleo sobre lienzo
* 82 x 73 Cms
* Realizado entre 1505 y 1510
* Ubicado en la Galería de la Academia, Venecia

 Giorgione no es tan sólo el iniciador de la pintura veneciana del Cinquecento, sino que además sienta las bases para el desarrollo del arte moderno desde el momento en que pinta paisajes con figuras en lugar de figuras con paisajes. Ello fue posible, en buena medida, merced al ambiente cultural que envolvía a Venecia durante la primera mitad del siglo XVI, caracterizado por una creciente inquietud intelectual que, entre otras derivaciones y con la oposición de la Iglesia, sostenía audaces teorías acerca de una nueva ciencia de la naturaleza. El interés por la filosofía de Averroes, por los estudios literarios y por la nueva expresión de la música sirvieron de nexo a toda una generación de humanistas entre los cuales se encontraban los amigos y clientes para los que Giorgione pintaba. Ya en sus primeras obras, Giorgione da muestras inequívocas de una libertad de ejecución y de una rica gama de efectos cromáticos que resultaba desconocida tanto para su maestro Bellini como para el resto de pintores del Quattrocento. Para Giorgione, la pintura debe subordinar todos sus elementos al color para ganar expresividad y esta premisa es la que se va a acabar imponiendo en todos los artistas de la escuela veneciana del siglo XVI.

 El interés por el color de Giorgione le lleva a pintar sobre un nuevo soporte, el lienzo, que ya por entonces se empezaba a utilizar con creciente asiduidad. La tela unía a su facilidad por el transporte y a un menor coste económico, una nueva textura en donde se podían obtener los efectos cromáticos característicos de su pintura. Además, Giorgione va sustituyendo paulatinamente el uso de la perspectiva lineal — la gran conquista del Quattrocento — por la perspectiva aérea, prescindiendo de elementos geométricos y apoyándose en los cambiantes efectos que producen los agentes atmosféricos y ambientales. Mediante una atenta observación de la naturaleza, Giorgione comprende que las formas netamente recortadas no se dan en ella. Como contraposición al estudio analítico de cada elemento aislado, el pintor veneciano adopta una visión más unitaria y profunda en donde las figuras humanas se sumergen en el ambiente y espacio en el que están situadas en lugar de disociarse, como así hacían los florentinos del Quattrocento. Los personajes van abandonando la realidad para irse convirtiendo en elementos poéticos de un mundo bañado en la ensoñación. De esta forma, será Giorgione quien eleve el paisaje a una verdadera categoría pictórica al conceder a la naturaleza un verdadero papel de protagonista.

 Sin embargo, la figura de Giorgione, un artista de efímera trayectoria, se vio pronto oscurecida por la poderosa y longeva personalidad de Tiziano hasta el punto de que a la muerte de aquel, a Tiziano se le encargó que concluyera muchas de sus obras, circunstancia que ha traído de cabeza a no pocos historiadores de arte a la hora de determinar dónde empieza exactamente la obra juvenil de Tiziano o hasta qué punto se prolonga la obra de Giorgione. Además, las escasez de noticias sobre su existencia y la total dispersión de sus obras provocaron, entre otros factores, la mistificación de su persona hasta extremos de hacer dudar de su existencia. Hoy se sabe que Giorgione no fue un mito y pese a que resulta harto difícil precisar la cronología de su obra, los estudios filológicos, científicos y críticos han hecho posible que muchas de las lagunas en torno al pintor hayan sido definitivamente resueltas.

 La tempestad se considera por unanimidad como autógrafa de Giorgione y la primera descripción que se conoce data de 1530 y afirma que dicho lienzo fue hecho por la mano de Giorgio Barbarelli da Castelfranco (El nombre completo de Giorgione). Sin embargo, su significado ha dado lugar a las más diversas opiniones, desde el tema de “Mercurio e Isis” hasta un “hallazgo de Moisés” pasando por “la infancia de Paris”. Según se desprende de un examen radiográfico, Giorgione cambió la idea — como le sucedió en otros cuadros — ya que pintó previamente otra figura femenina en el lugar que actualmente ocupa el soldado. La naturaleza aquí se convierte en la verdadera protagonista, a lo que todo lo demás se le subordina como simples elementos. Lo notable de esta pintura es que el paisaje, formado por la ciudad de la colina y el súbito relámpago del centro, es el verdadero elemento narrativo, casi por encima de las figuras del primer plano. Para muchos especialistas, esta peculiar obra es la semilla de la que nació la tradición de la pintura paisajística del siglo XVII. En la parte derecha de la imagen aparece la figura de una madre casi desnuda, envuelta en una manta de inocente blancura, y amamantando a su hijo. En el otro margen, un soldado observa la escena tranquilamente, sin ningún atisbo de emoción o de sorpresa. Precisamente es la instantánea captación del relámpago en medio de un cielo tormentoso lo que aporta tensión y dramatismo a la escena, mayormente si cabe por ejercer dicho rayo como eje vertical que sirve para subrayar la distancia entre los dos personajes. Giorgione no plasma un cielo negro del todo, sino que utiliza una arriesgadísima combinación de tonos verdes y azulados que respiran una incontestable belleza natural. Contra lo que ciertos críticos han afirmado a la hora de comentar este cuadro, el ambiente general del mismo no parece preludiar una escena de tintes dramáticos, sino que más bien el lienzo posee un aire de máxima expectación. Para involucrar de alguna manera al espectador en la escena, Giorgione se sirvió de la simetría y de la mirada fija de la mujer que parece querer transportarnos hacia el interior del cuadro. Los dos árboles pintados en cada margen del lienzo, especialmente el izquierdo, parecen recoger las corrientes de viento que suelen originarse en todo proceso tormentoso. Solamente en los pintores ingleses del siglo XIX volveremos a encontrar una mayor exaltación de los fenómenos atmosféricos.