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¿Quién me iba a decir, hace justo ahora un año, que acabaría por crear mi propio bar de copas virtual? Bastante tenía yo con escribir diariamente una reseña relacionada con la más viva actualidad internacional en la página de mi siempre recordado JGIbáñez y así, por estas mismas fechas del año pasado, hablábamos de las patéticas declaraciones de un general brasileño implicado en la Operación Cóndor… ¡Ahí es nada! Aún estábamos un tanto traumatizados por la inexplicable e inexplicada clausura de aquella improvisada tribuna de comentaristas anónimos en que se convirtió el mítico FORO DIGITAL de EL PAÍS. Observar como el nombre de un servidor aparecía con frecuencia publicado en la edición impresa de dicho diario suponía un inestimable orgullo personal, amén de un acicate para intentar superarse día a día en responder a la cuestión sometida a debate. Como anécdota, confesaré que el último día en que apareció publicado dicho foro en las páginas del diario EL PAÍS pusieron mi nombre a un comentario que no era mío sino de TALIA 666… En fin, allí fue precisamente donde contacté con JGIbáñez, quién amablemente y, ante el impacto que supuso el repentino cierre de dicho foro, me invitó a colaborar en EL COLOR DEL CRISTAL. Lamentablemente, esta bitácora también se clausuró en septiembre y hoy en día sólo mantengo contacto con uno de aquellos “foreros” del inolvidable FORO DIGITAL, el antaño ROMARIO, nick de mi querido y admirado Ángel Guirao, el creador y administrador de LA CARRETERA, un blog abierto a todo tipo de opiniones y en donde Ángel pone ese punto indispensable de equilibrio con una maestría de la que muy pocos periodistas profesionales — Y Ángel no lo es — pueden hoy en día presumir.

 Bueno, esta noche despedimos un viejo año y las perspectivas para el próximo, la verdad sea dicha, no son nada halagüeñas, con esta crisis económica en la que estamos inmersos y que tanto unos se empeñaron en negar como otros siguen empecinados en considerar como exclusivamente autóctona. Con estos mimbres parece muy difícil que se encuentren soluciones globales a la misma… Ante esta pesimista tesitura me parece que esta noche voy a tomar uvas negras, en vez de las tradicionales moscatel, por estimar que van más acorde con los oscuros presagios que nos amenazan. Aunque he de confesar que tengo un solícito problema con esto de las doce uvas de Nochevieja: Como nunca le he otorgado trascendencia a este festivalero acto desde que tengo uso de razón–  léase desde que cumplí los treinta años —  tampoco nunca recuerdo con exactitud si la noche en que he decidido tomarme las uvas ha significado posteriormente un buen año en líneas generales o no, con lo que quienes conviven conmigo se desesperan ante mis dudas de última hora relativas a la conveniencia o no de ingerir las dichosas uvas, con intercambio de frases del estilo: — “Bueno, Leiter, ¿Te pongo el plato de uvas o qué? Joder… ¡Que el reloj del DVD ya marca las 23.59! Todos los años igual, Dios mío, ¡Qué santa paciencia hay que tener contigo!”. Lo que sí recuerdo con grata simpatía son las competiciones que se organizaban en casa de mis padres, todo el mundo con la boca llena y con la cara forzada, adoptando expresiones más propias de un zoológico que de una reunión familiar. Ah, y las primeras felicitaciones, con el primer anuncio de TVE, todavía con el mosto en la garganta. “¡Feggguizz agggo, higgggo mío (ñam, ñam) unggg beshhhgo…!”. Mi padre siempre nos sacaba ventaja porque no hubo manera de explicarle, año tras año, que el primer sonido campanillero anunciaba los llamados “cuartos”. Con tanta destreza engullía las uvas que al cuarto o quinto campanazo de rigor ya nos estaba intentando felicitar el año nuevo.

 Yo no sé si será también debido a la crisis, pero este año vengo observando una menor profusión de motivos navideños en las fachadas de los balcones de este peculiar y madrileño barrio de Salamanca. Donde antaño se contemplaba un Papá Noel de trapo simulando trepar por la fachada de una finca representativa hacia el vano de un lujoso piso, ahora se puede leer un desangelado cartel con la leyenda: “SE VENDE. URGE. Tf…”. Recuerdo como también mi padre, hubiera crisis o no, siempre tiraba de los mismos espumillones y bolas navideñas que celosamente guardaba en una caja de cartón para decorar el bar año tras año. El problema radicaba en que en una de las referidas pelotillas venía reflejada la leyenda: Feliz año 1971. Cortesía de Anís Castellana, el anís de España. Mi padre se negaba en redondo (Nunca mejor dicho) a retirar de la circulación semejante y anacrónica bola que, por lo demás, siempre salió indemne de los eventuales accidentes que surgían al manipular a sus semejantes compañeras de adorno. Provocaba cierta hilaridad entre la clientela contemplar un reluciente “Feliz año 1971” en las navidades de los primeros años ochenta. Ante tal pitorreo y bochorno, por mi parte intentaba dar la vuelta a la fatídica bola, aunque lo único que conseguía con tal operación era que a continuación fuera factible leer: “Cortesía de Anís Castellana, al anís de España”. De todas maneras, lo más excéntrico en lo relativo a la decoración navideña del bar llegaba justamente a la hora de retirar dicha parafernalia, aproximadamente a mediados del mes de enero. Mi padre tenía por costumbre jugarse con los clientes del bar una consentida demora a la hora de devolver a su sitio los ya caducos adornos navideños. Ocurrió que un año la apuesta fue tan elevada que, ya en plena Semana Santa, a últimos de marzo, los clientes no habituales se quedaban desconcertados cuando, al entrar en el bar solicitando un café con una torrija, podían leer en una de las bolas que alegremente seguía allí colgando: Feliz año 1971. Cortesía de Anís Castellana, el anís de España.

 Celia y yo solíamos montar en el recibidor de nuestro domicilio un pequeño y entrañable Belén que ella se trajo consigo de Tánger y al que guardaba mucho cariño. Pero, en el transcurso de unas navidades, tuvimos a mal el subestimar los prejuicios integristas del mamarracho de mi gato Winston y una noche, de vuelta al hogar, descubrimos con horror como aquel portal de infantiles recuerdos para Celia había sido completamente arrasado por las zarpas y mandíbulas del felino, por mucho que aquel bicharraco jamás admitiera la autoría de semejante y blasfema tropelía. Ante mis requerimientos, el mamón del gato se hacía el lerdo y, tumbado sobre el respaldo del sofá y con la aristocrática pose de esconder su mano derecha arqueándola bajo la panza, dirigía su mirada hacia otro lado, al tiempo que bostezaba con evidentes muestras de perenne holgazanería. A los pocos días, Celia descubrió mientras fregaba la figura de un desamparado Niño Jesús bajo la cama. A mí me ocurrió lo mismo, aunque esta vez se trató de un camello, desgraciadamente sin montura, que encontré junto al radiador principal del salón. De esta manera logramos recomponer, a duras penas, el maltrecho Belén aunque los daños ocasionados en la cubierta del pesebre fueron irreparables por lo que no logró pasar con éxito la Inspección Técnica de Edificios a la que apresuradamente le hubimos de someter. Además, de un pastor nunca más se supo… Bueno, la verdad es que una tarde observé la curiosa forma que adoptaba una de las heces en el interior del cajetín de arena de que dispone el gato para albergar sus necesidades fisiológicas… Sinceramente, no me entraron ganas de confirmar mis más que fundadas sospechas.

 Queridos/as lectores/as de LEITER´S BLUES: Para el próximo Año Nuevo de 2009 os deseo precisamente todo aquello que vosotros/as deseáis en el interior de vuestros corazones… (Siempre que no sea, claro está, algo que me perjudique a mí). Mañana descansamos. El viernes intentaré ofreceros una pequeña reseña sobre el tradicional Concierto de Año Nuevo que en esta ocasión será dirigido por Daniel Barenboim. Salutem pluritam.