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…O un Feliz Solsticio de Invierno — Que cada cual haga suya la opción que más le satisfaga —  Bueno, pues ya estamos en Navidad. Otro año más y van… Recuerdo con nostalgia aquellas reuniones familiares en tiempos de mi infancia cuando mi padre nos advertía, a modo de negro y pesimista presagio, que posiblemente esa fuese la última Navidad que hubiere de celebrar con nosotros… Y así, con esa lacónica letanía, se tiró unas veinticinco Nochebuenas, demostrando que la predicción no era su fuerte (También le ocurría lo mismo todos los domingos con la quiniela). En fin, ¿Cómo olvidar aquellos aromas de ilusión infantil durante las navidades? ¿Cómo olvidar aquel besugo relleno de espinas como púas? ¿Cómo olvidar aquel cordero asado que resultaba tan duro al digerir y al que presumiblemente hubieron de sacrificar más por viejo y decrépito que por su condición lechal? ¿Cómo olvidar aquellos dulces y turrones que se adherían inmisericordemente al paladar y obligaban a una urgente visita al odontólogo durante la primera semana del mes de enero? ¡Benditas navidades aquellas!

 Reunidos en familia, solíamos esperar hasta bien entrada la noche la imprescindible presencia de mi padre, quién se las veía y se las deseaba para cerrar el bar esa tarde noche debido a los numerosos clientes que se empeñaban una y otra vez en tomarse la penúltima copa entes de recogerse en sus domicilios, bien con sus respectivas familias, bien con sus sempiternas soledades. Arriba, desde el piso, podían oírse las voces y cánticos procedentes del bar, las botellas de cava al descorcharse y los improvisados discursos de Quintín, Fustel, Paco el portero, Alejandro o Campos festejando la Navidad. También las sonoras y espirituosas carcajadas de Paco el taxista, Ramón el del garaje, o de don Fidel, quién esa noche, tras cerrar su tienda y haciendo una excepción, acudía al bar para felicitar las fiestas y de paso tomarse una copita de Calisay. No faltaban también los clientes solitarios, como Rafa Piedra o Don Luis; y, de igual manera, lo menos cuerdos, como Murillo ó Carlitos el bueno. Finalmente, ante la resignada cara de mi madre y los ya impacientes estómagos del resto de la familia, mi padre, tras no pocas intentonas, lograba de una vez por todas echar el cierre tirando del siempre efectivo recurso de cortar sin previo aviso la luz general.

 Ya en casa, el ambiente era de íntima y enternecedora velada familiar, a pesar de que mi padre tenía por cristiana costumbre la de invitar a Remigio, el camarero del bar de don César, ya que el desdichado dependiente no tenía a nadie de la familia en Madrid. También solía acudir esa celebrada noche a nuestro domicilio el tío Federico quién devoraba con ansia las patatas asadas que servían de guarnición tanto al besugo como al cordero. Una vez que Franco terminaba su discurso navideño en la televisión no tardaban en iniciarse apasionados debates políticos en los que uno de mis hermanos, Marinus el Ceremonioso, se mostraba muy crítico con el régimen frente a las soflamas en su favor que dictaba el tío Federico. –“¡Qué apertura ni qué ocho cuartos!” — Solía decir mi tío con evidentes muestras de contrariedad. Ya en los postres, con la confianza que suele otorgar la entrañable intimidad familiar y sobre un fondo de botellas semivacías de vino, de las tertulias políticas se pasaba a un tipo de conversación más ameno:  –“No, lo que pasa es que tu cuñado es un vago de mil demonios y… ” — Y, obviamente, las charlas subían un tanto de tono aunque no tardaba mi madre, doña Taratatiana Vicalvarensis, en aplacar las mismas con la manida frase de: –“Venga, venga, dejad ya ese tema, que estamos en Nochebuena” — Pero no sin dejar de añadir: –“Y para vago, tu hermano…”–  La polémica se zanjaba cuando mi padre me retaba a tocar el “Asturias, patria querida” en el piano, prometiéndome quinientas pesetas por tal requerimiento (Que, por otra parte, jamás me fueron posteriormente abonadas).

 A eso de la medianoche acudían al domicilio doña Lola, la portera, junto con su marido, su hija Mary y Antonio, el Chaparrito. Con su habitual gracejo y picardía murciana, doña Lola organizaba una improvisada fiesta a base de cánticos y villancicos que acompañaba con una estrepitosa zambomba. Luego llegaban los bailes y para ello nos servíamos de un viejo tocadiscos de maleta que era manipulado con destreza por mi otro hermano, Ludovico el Magnífico quién, por medio de unas complicadas conexiones a unos bafles por él mismo diseñados, lograba amplificar el sonido convirtiendo de esta manera el salón de la casa en una discoteque de esas que estaban ya de moda. Allí se pinchaba música de todo tipo: Karina, Machín, José Feliciano, Los Payos, Raphael, Los Tres Sudamericanos… Tampoco faltaban Los Pekenikes, Los Diablos y Fórmula V. Mientras, el tío Federico, ajeno al jolgorio allí montado, seguía dando cuenta de todas las patadas asadas que habían sobrado de la cena. Mi tercer hermano, Césare Hyppocraticus, el más reservado de todos, aprovechaba para sentarse a espaldas del tío e imitar burlonamente sus gestos, provocando mis estruendosas carcajadas (Esta cómica complicidad entre mi hermano Césare y yo ha perdurado hasta la actualidad). Aquella algarabía culminaba con un celebrado pasacalles, ya a altas horas de la madrugada, y que consistía en ir bajando todos en fila india las escaleras hasta el portal, tocando cualquier objeto que sirviese para hacer ruido — Cacerolas, tapaderas, matasuegras, botellas de anís rasgadas por tenedores… — y regresar de igual forma subiendo los cinco pisos. Era tal el escándalo que se organizaba que todos los años, sin excepción, salía al rellano y en camisón la señorita Trini y amenazaba con telefonear al 091, no sin antes llamarnos cafres, zulúes, bereberes y otras cosas por el estilo. Pero nos daba igual; era Nochebuena.

 ¡Ah, qué tiempos los de aquellas navidades! De veras que los recuerdo con melancólica añoranza… Ahora todo ha cambiado. Mi madre se niega a celebrar nada desde que murió mi padre y declina cualquier invitación de mis hermanos o mía para pasar la noche. Dice cenar bien pronto y tomarse, excepcionalmente, un vasito de vino para retirarse a la cama tras el discurso de S.M. el Rey. Por su parte, mis hermanos están desperdigados por distintos puntos de la geografía hispana y esa noche la celebra cada uno con sus respectivas familias. Y así, en el momento de redactar estas líneas, estamos solos Celia y yo; bueno, también está con nosotros Pepito, el perrito caniche, que está aguantando como un campeón, y Winston, nuestro enorme y holgazán gato que lleva ya once años con nosotros y que pasa de todo y de todos con tal de tener comida en su escudilla. Celia está un poco triste por no poder contar esta noche con su hija, obligada a asistir a otros compromisos familiares, y por recordar a su tangerina familia de Málaga. Luego les llamaremos. Ah, y mañana vienen la hija y el chico con quién convive a comer.

 Aún así, somos felices. No pensamos salir por la noche porque, sinceramente, no nos apetece. Yo intentaré leer algo de madrugada; me acabo de comprar un libro de exégesis bíblica que tiene muy, pero que muy buena pinta. ¡Mira que gustarme tanto esa materia siendo agnóstico como soy…! En fin, desde esta página os deseamos la misma felicidad a todos aquellos que pasáis por este bar de LEITER´S BLUES. ¡Feliz Navidad! ¡Feliz Solsticio de Invierno! Mañana toca descansar. Estaré con vosotros de nuevo el viernes. Pasadlo bien y disfrutad.