ManuelDeFalla

* Nacido el 23 de noviembre de 1876 en Cádiz
* Fallecido el 14 de noviembre de 1946 en Córdoba, Argentina

 Pese a presumir durante toda su vida de su condición andaluza y gaditana, Manuel María de los Dolores de Falla y Matheu procedía de una familia que no era andaluza: Su padre, un próspero hombre de negocios, tenía antepasados valencianos mientras que su madre era de origen catalán. Como correspondía a la elevada posición social de la familia, el pequeño Manuel recibió sus primeras lecciones de música de parte de los mejores profesores gaditanos y desde muy pequeño reveló unas aptitudes artísticas del todo encomiables. Durante su adolescencia, Falla dudó entre enfocar su futuro artístico bien hacia la literatura, bien hacia la música; pero el folklore andaluz, unido a unos conciertos a los que asistió en el Museo de Arte de Cádiz, decantaron definitivamente su inclinación hacia el mundo de la música. Unos problemas financieros del padre provocaron que la familia se trasladara a Madrid, ciudad en la que Falla tuvo como profesor a don José Tragó y en donde completó los siete cursos reglamentarios de piano del Conservatorio en tan sólo dos años, siendo puntuado con las máximas calificaciones. Pero Falla nunca olvidó Cádiz y en alguna ocasión regresó allí para visitar a sus amigos y ofrecer algunos conciertos.

 Los negocios de la familia fueron de mal en peor y el joven Falla tuvo que ganarse la vida. Con 18 años, España no le ofrecía nada en comparación con el resto de Europa aunque las enseñanzas que recibió en Madrid por parte de Felipe Pedrell fueron del todo decisivas. De esta manera, en 1904 Falla se presenta al concurso de ópera convocado por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid con su obra La vida breve, sobre texto de Fernández Shaw y, pese a terminar la obra instantes antes de cerrarse el plazo de presentación de originales, obtiene el primer premio que certifica al día siguiente al conseguir también el máximo galardón en la categoría de concurso de piano. En las bases del concurso se garantizaba una representación de la ópera ganadora en el Teatro Real de Madrid que finalmente y por oscuros motivos no se cumplió. En vista de ello — Falla contaba con los derechos de la obra para financiar su viaje a París — el músico se enroló como pianista en una compañía que iba a dar una gira por Bélgica, Suiza, Alemania y Francia. De esta manera, Falla llegó finalmente a París en 1907 y se alojó en el mismo hotel en el que se hospedaba Joaquín Turina. En la capital francesa, Falla entabló contactos con numerosos músicos, siendo Paul Dukas quien más le ayudó en un principio impresionado con la partitura de La vida breve. Por desgracia, Albéniz murió en 1907, con lo que su relación con Falla fue tan cordial como efímera. Por contra, surgió una mutua y duradera simpatía entre Falla y Ravel. Pero el músico español se las vio y se las deseó para poder sobrevivir en París, llevando una vida frugal a base de lecciones, acompañamientos, traducciones y continuos cambios a hoteles cada vez más baratos y lúgubres. En marzo de 1909, el pianista y compatriota Ricardo Viñes interpreta las Cuatro piezas españolas de Falla en la Societé Nationale de Paris, siendo muy bien acogidas por la crítica y, sobre todo, resultando publicadas por la casa Durand, circunstancia que otorgó un cierto alivio económico al compositor español. En 1909 compone las Trois mélodies para voz y piano, de neta influencia francesa, que siempre han estado un tanto postergadas. Aparte, Falla fue adquiriendo definitivamente la técnica orquestal y estudió a fondo las partituras contemporáneas, aspecto que será decisivo en su devenir artístico. Pero sin lugar a dudas, el gran acontecimiento de aquellos años en Francia fue el estreno en abril de 1913 de La vida breve en Niza, con enorme éxito. La presentación parisina no tardó en llegar y en enero de 1914 se ofrece la obra en la Opera Cómica de París con un triunfo arrollador. Como suele ocurrir en estos casos, las puertas que anteriormente le habían cerrado a Falla en Madrid se abrieron ahora de par en par y en noviembre de 1914, aprovechando el regreso del músico a España con motivo del estallido de la Primera Guerra Mundial, la obra se representó por fin en el Teatro de la Zarzuela de Madrid con un entusiasmo enorme. Los siete años en París, aun con sus penalidades, habían merecido la pena.

 Falla se trajo consigo de París las Siete canciones populares españolas que se interpretaron en Madrid en 1915. Tres meses después se representó El amor brujo en el Teatro Lara, con una versión “agitanada” en dos escenas para pequeño conjunto orquestal que interpretó Pastora Imperio y en la que su madre, Rosario la Mejorana, aportó canciones tradicionales. La obra no gustó en Madrid pero sí en Barcelona, ciudad en la que se instaló por un tiempo Falla. Sin embargo, en mayo de 1915 el maestro sufrió una crisis que le obligó a convalecer durante un tiempo en Córdoba. (Algunas voces sugirieron maliciosamente que Falla se había enamorado de Pastora Imperio, algo verdaderamente inconcebible en una persona tan escrupulosa como el compositor gaditano). De cualquier manera y, tras estrenar la versión revisada de El amor brujo, en abril de 1916 se presenta en Madrid Noches en los jardines de España, partitura cuyos borradores ya habían sido esbozados en París y que obtuvo un éxito del que no fue ajeno Serguei Diaghilev, el célebre director de los Ballets Rusos, quien propuso a Falla una adaptación de la obra como ballet. Falla contestó con una contraoferta llamada El sombrero de tres picos, obra de Pedro Antonio de Alarcón, pero no advirtió que su autor había prohibido en su testamento cualquier representación operística de dicha obra. Con cierta perspicacia, Falla preparó una obra titulada El corregidor y la molinera, pero Diaghilev sugirió numerosos cambios. El ruso propuso otra obra a Falla pero como éste estaba enfrascado en la composición de Fuego fatuo, el encargo de Pulcinella recayó sobre Stravinski. Tras múltiples peripecias, en Julio de 1919 Diaghilev ofrece en Londres la primera representación de El sombrero de tres picos — se esquivó el interdicto de Alarcón alegando el carácter de ballet y no operístico de la obra — con un éxito de los que hacen época. Sin embargo, Falla tuvo que regresar apresuradamente a Madrid debido al fallecimiento de su madre. (Su padre no esperó ni un año para hacerle compañía en la tumba). Con la muerte de sus progenitores, Falla se instaló en Granada con su hermana María del Carmen, quien acompañó al compositor durante el resto de su vida.

 En Granada, Falla entabló amistad con el poeta Federico García Lorca. Allí recibe dos importantes encargos: De parte del pianista Arthur Rubinstein, compuso la Fantasía bética; y de parte de la princesa de Polignac, El retablo de Maese Pedro. Pero en Granada, Falla dejó de escribir música con colorido andaluz aunque eso no significó, ni mucho menos, una disminución de su interés por lo popular (Seguía estando comprometido con la supervivencia del cante jondo) sino que supuso desprenderse de lenguajes más netamente convencionales. Con García Lorca colaboró tanto en la organización del Festival de Cante Jondo de 1922 como a la hora de preparar el acompañamiento musical que el poeta granadino proyectaba para un teatro de guiñoles. Muy importante fue la visita que recibió Falla por parte de la clavicembalista Wanda Landowska. Para ella escribió su magistral Concierto para clave. Pese a la tranquilidad que encontró Falla en Granada, el maestro viajó constantemente en busca de novedades musicales, amén de para ganar un buen dinerillo interpretando o dirigiendo su música. Fue en uno de estos viajes, realizado en 1926, cuando Falla concibió la idea de escribir su obra capital, La Atlántida, situación que le obsesionó del todo y que hizo que su producción menguase.

 Pero tanto la salud del compositor como la situación política de España se fueron deteriorando. El asesinato de García Lorca en agosto de 1936 representó un duro golpe para Falla. Mucho se ha escrito sobre el tema: Falla era ultraconservador y un ferviente católico, aunque no un católico “militante”. Tenía amigos en los dos bandos de la maldita guerra y ambos le cortejaron; la Falange Española le rogó que escribiera un himno marcial, cosa que hizo a medias, mientras que el gobierno republicano le invitó a ponerse al frente del Instituto de España, honor que Falla declinó. Lo cierto fue que Falla intentó interceder por García Lorca, un valeroso gesto, sin duda, que por desgracia llegó demasiado tarde. Recién terminada la Guerra Civil, Falla recibió la invitación del Instituto Cultural de Buenos Aires para dirigir allí un concierto. El compositor aceptó la propuesta y el 2 de octubre de 1939 partió junto a su hermana rumbo a Buenos Aires desde el puerto de Barcelona. En la maleta, Falla llevaba los bocetos de La Atlántida.

 Falla ofreció numerosos conciertos en Buenos Aires, debutando en el Teatro Colón el 11 de noviembre de 1939. Si bien cada concierto constituía un éxito, también resultaba enormemente fatigoso para un hombre cuya salud era ya más que precaria. Tras un período de intensa actividad en donde fue ayudado por el músico argentino Juan José Castro, Falla y su hermana se instalaron en Alta Gracia, provincia argentina de Córdoba, cuyo paisaje le recordaba a su añorada Andalucía. Allí pasaría el resto de sus días en una especie de exilio voluntario. Su vida transcurrió entre sus animadas tertulias (Falla se ponía a conversar y no paraba), entre sus manías hipocondríacas y entre su celo por guardar el horario español en lo referente a las comidas, coyuntura que resultaba del todo engorrosa para sus sirvientes. Los derechos de autor de Falla habían sido bloqueados durante la Guerra Civil y lo siguieron estando durante la Segunda Guerra Mundial. La Sociedad General de Autores de España le otorgó una pensión mensual en forma de crédito, algo que a Falla le sobró al recibir unos suculentos honorarios que una compañía cinematográfica le dispensó por filmar a Rubinstein tocando su Danza ritual del fuego. Falla propuso que aquella pensión recabase en los compositores españoles más necesitados. Pero su mayor quebradero de cabeza seguía siendo La Atlántida, obra en la que todavía trabajaba después de doce largos años de labor cuando su salud se lo permitía. Poco después de su setenta cumpleaños, el 14 de noviembre de 1946 Falla dejó de existir a consecuencia de un ataque cardíaco. Su cuerpo fue trasladado hasta Cádiz y en la actualidad reposa bajo la cripta de la catedral. La Atlántida quedó inconclusa y Ernesto Halffter, el discípulo a quien se había confiado la conclusión póstuma de la obra, dedicó aún más tiempo en esta tarea que el que el propio Falla había invertido durante la composición.

 El mayor mérito de Falla consiste en haber fusionado el agudo e intenso modernismo de Stravinski con las melodías gimientes y los vibrantes punteos de la guitarra andaluza, creando un estilo completamente personal y caracterizadamente español. Sus partituras transmiten sentimientos de melancolía, reserva y desdén aristocrático, a semejanza de otros artistas como Goya o Zurbarán. Tomó de los ballets impresionistas lo mejor de su sonido para crear una variedad muy española de neoclasicismo, sumándose a este factor su progresivo abandono de los pintorescos convencionalismos en favor de la música antigua española (Tomás Luis de Victoria). Su paleta sonora es, por lo general, de una belleza tímbrica tan asombrosa como solemne. Para algunos especialistas, Falla sigue siendo la gran figura española de la música culta.

OBRAS

– 3 Óperas, destacando La vida breve
– 2 Ballets, El amor brujo y El sombrero de tres picos
Noche en los jardines de España, para piano y orquesta
– 12 Obras para piano, destacando Cuatro piezas españolas y Fantasía bética
– 2 Series de canciones (Tres canciones y Siete canciones populares españolas)
Psyche, para voz y cinco instrumentos
Concierto para clavicémbalo
– Cantata La Atlántida (Inconclusa)
Otras obras vocales menores