vermmer-joven-turbante

* Óleo sobre lienzo
* 47 x 40 cm
* Realizado hacia 1660 ó 1665
* Ubicado en el Mauritshuis, La Haya

 Posiblemente sea Vermeer el pintor que mejor ha sabido plasmar en su obra el concepto y las formas de su tierra, los Países Bajos, nación que alcanzó la independencia en 1648 mediante la paz de Münster y con la que se pone punto y seguido a largos y violentos años de conflicto. El temperamento holandés tiene como base un alto espíritu de laboriosidad y sacrificio forjados, en buena medida, por una perenne lucha contra el entorno geográfico que supone la inundación de buena parte de sus tierras y su posterior proceso de reconquista. El auge comercial que experimentó Holanda en la segunda mitad del siglo XVII produjo un intenso bienestar social que favoreció incluso a las clases más humildes y ello conllevó a una exaltación de sus valores específicos, circunstancia que tiene su reflejo en las artes plásticas y más concretamente en la pintura. De esta manera, como ejemplo de lo dicho, Vermeer refleja en sus obras de interior tanto ambientes populares como burgueses en una exacta representación de la realidad que le rodeaba.

 Jan Vermeer fue hijo de un tejedor, con lo que probablemente heredó la minuciosidad y precisión de un oficio que supo trasladar a su arte, añadiéndole posteriormente su propio sentimiento poético. Fue un artista modesto que sobrevivía gracias a la compra-venta de pinturas de otros maestros y nunca fue apreciado como un genio hasta bien entrado el siglo XIX, cuando las escasas obras que se conservan con su firma son consideradas obras maestras y su categoría artística es elevada a los altares de los más grandes artistas de la historia de la pintura, provocando admiraciones que llegan a un verdadero paroxismo.

 Cualquier obra de Vermeer nos permite descubrir un largo proceso de observación que se traduce, casi siempre, en ambientes del mundo doméstico, en escenas de interior de hogares luminosos y limpios de la ciudad de Delft. El pintor refleja de manera poética la vida cotidiana de los momentos anecdóticos e intrascendentes protagonizados, generalmente, por mujeres que leen, escriben o conversan. Pero además, Vermeer trata a los objetos materiales que rodean a las personas con tal lirismo y delicadeza que pierden su calidad prosaica para entrar en una dimensión del todo trascendente. Y para ello es de suma importancia la luz que inunda sus composiciones y que suele entrar por una ventana situada a la izquierda de la composición. Dicha luz, a menudo filtrada por una serie de coloreados cristales en la ventana, parece como resbalar por los objetos, confiriéndoles un aspecto casi mágico. Con esta sutil atmósfera, Vermeer capta a sus personajes con actitudes calmadas y estáticas en un instante apacible de la vida cotidiana, lejos de amaneramientos sentimentales o sublimes. No menos importante es el empleo del color. De gran pureza y armonía cromática. Vermeer concede una especial importancia al amarillo limón, el azul pálido y el gris perla que, combinados con maestría, producen un efecto global de poética ensoñación aunque magistralmente contrastada con el incisivo detallismo de los elementos integrantes secundarios (Cestas, jarras, copas, etc…) a los que dota de vida propia. Dentro de este marco, sus personajes aparecen absortos y ajenos al mundo exterior, aislándose en la intimidad y sin ninguna vinculación con el espectador. Una excepción a ello es el cuadro que hoy nos ocupa, Muchacha con turbante, también conocido como La Muchacha de la Perla.

 La pintura de Vermeer se torna aún más depurada espiritualmente cuando la acción de la obra se centra en un único personaje, como lo es en este cuadro. El encanto de lo insignificante adquiere una calidad insuperable en una obra de pequeño tamaño pero de grandiosa fuerza interior. La Muchacha con Turbante, muchas veces llamada La Gioconda del Norte, es una de las obras más admiradas, conocidas y populares del autor. Poco sabemos acerca de las circunstancias en que fue realizado este supuesto retrato, en donde algunos autores han sugerido que se trata de la hija menor del artista, hipótesis que ha sido descartada por la mayoría de los especialistas. La joven recorta graciosamente su perfil, dentro de un oscuro fondo, para dirigir su intensa mirada hacia nosotros. Los colores antes aludidos, típicos de Vermeer, se concentran en el turbante azul y el paño amarillo, con un logrado contraste de gran belleza armónica. Dos puntos brillantes nos sirven de contraste lumínico: El labio inferior de la joven, exquisitamente lírico, y la perla que adorna su oreja izquierda, que sirve además de punto de fuga. El detalle de dejar entreabiertos los labios nos otorga una dimensión algo más dinámica del retrato en sí, y evoca cierta influencia de Tiziano y Rubens. Parece ser que Vermeer se sirvió para pintar este cuadro de una Cámara Oscura que se hizo construir en su propio estudio y que incluso en uno de sus cuadros (Lección al piano) se ve reflejada en un espejo. Sobre esta cuestión se han escrito infinidad de ensayos, algunos de ellos con cierta dosis de ocultismo. Pero lo cierto es que la contemplación del cuadro nos sugiere la utilización de algo parecido a un espejo que provoca la difuminación de puntos luminosos que dan la impresión de languidecer en minúsculas superficies. Se quiera ver o no, el carácter protofotográfico de la pintura de Vermeer es evidente, no existiendo ningún punto “perfectamente” enfocado sino, más bien, siguiendo una línea de enfoque selectivo.

 Sé de personas que se arrodillan en el Mauritshuis cuando contemplan por primera vez este impresionante y magnífico retrato. No me extraña en absoluto. Estamos ante una de las obras más sublimes de toda la historia, no ya de la pintura en sí, sino del conjunto del Arte. ¿Sabíais que esta joya de cuadro fue comprada en una subasta por poco más de dos florines en 1881?