Este ha sido mi despacho durante todo el mes de septiembre 

 El próximo domingo día 2 de octubre comenzaremos la quinta temporada de este bar de copas virtual con una entrada perteneciente a la categoría de GUIÑOS MUSICALES. Como ya os adelanté en la última entrada previa al cierre vacacional, esta nueva temporada estará centralizada casi en su totalidad por la sección de ESCUELA DE DIRECCIÓN ORQUESTAL con la aparición de nuevas entradas los lunes, miércoles y viernes. Los domingos añadiremos un GUIÑO MUSICAL para variar un tanto la rutina y de paso comentar también algunos aspectos de aquellos compositores que no resultan tan conocidos para el gran público. Nos queda un denso trabajo por delante pero estoy convencido de que va a merecer la pena.

 Durante todo este receso he tenido tiempo de sobra para leer y varios han sido los libros que han caído por mis manos, de las más diversas temáticas, y en algunos casos se ha tratado de relecturas (inolvidable ha sido para mí volver a las páginas del teólogo Hans Küng — denostado por la anquilosada Curia Romana, lo cual dice mucho de sí — y empaparme de nuevo de una de sus mejores obras, Ser cristiano, un denso libro que creo imprescindible para entender la figura, contexto histórico y doctrina de aquel maestro de Galilea conocido como Jesús el Cristo). Pero, ya en terreno estrictamente musical, retomé la lectura de un libro titulado Los grandes directores de orquesta escrito por Helena Matheopoulos y cuyo contenido trata de acercar al gran público los secretos, conceptos y técnicas, amén de otras consideraciones personales, de un heterodoxo grupo de directores (Bernstein, Abbado, Giulini, Böhm, Karajan, Muti, Levine, Mehta, Solti y Rattle. Al parecer, en la edición norteamericana, denominada Maestro, el número de directores se amplía considerablemente). Este libro lo compré ya hace mucho tiempo pero por diversos motivos sólo había leído el prólogo, decidiendo dejar el resto del contenido para este verano. Si bien la relectura del prólogo resulta del todo interesante y amena — la escritora griega, mediante una serie de entrevistas, nos explica su acercamiento a los distintos personajes — el contenido me resultó del todo decepcionante, e incluso indignante por momentos, por su escasa reflexión crítica. Conforme fui adentrándome en sus páginas, sentí la impresión de que la autora había diseñado los distintos capítulos en total sintonía con los entrevistados, esto es, acordando previamente el contenido de la entrevista y enviando la misma al director de turno para su definitiva aprobación.

 No resulta en absoluto fácil estructurar un libro de este estilo y en ese aspecto no tengo nada en contra de la autora. Pero considero que cualquier trabajo enfocado desde esta perspectiva debe contar con un cierto aspecto crítico que posibilite un debate sobre la figura y el estilo del director de turno, consideración que la propia autora pone de manifiesto en el prólogo. Sin embargo, Matheopoulos se olvida por completo de lo escrito en la introducción y nos sorprende con un texto de connotaciones prácticamente hagiográficas sobre la figura de cada entrevistado, resaltando a veces con edulcorada exageración los méritos artísticos e incluso personales de cada director y evitando con manifiesta torpeza (por no decir que de una manera por completo sesgada) incidir en los puntos oscuros de los protagonistas que, como todo hijo de cristiano, los tienen (y, a veces, más de lo que uno piensa o sabe). Es justo por este tema por lo que me sentí, digamos estafado, con la adquisición de este libro. Uno es muy libre de ensalzar la figura del personaje a tratar en un trabajo literario de semejantes características, faltaría más; pero lo que no me parece correcto es la contradicción existente entre las pretensiones de la autora y su consiguiente resumen en las tapas del libro (aspecto que resulta decisivo, al menos para mí, en ese trascendental momento de decidir la compra o no de un libro. Y mucho más si su precio, en este caso concreto 28 euros, me parece un tanto excesivo para un libro de semejante formato) y el contenido real del mismo. En la solapa de la derecha se afirma que esta es una obra completa que incluye comentarios de los intérpretes, solistas, cantantes y otros profesionales que trabajaron estrechamente con estos directores (…) una práctica y valiosa obra para todos los amantes de la música. Con todo, se elude afirmar que dichos comentarios (que los hay y en generosa abundancia) obedecen a un mismo patrón de apasionada loa sobre la figura de cada maestro en cuestión. En ningún momento se insertan otro tipo de comentarios más críticos (que también los hay aunque dicho libro los omita) que sirvan de contraste al lector para hacerse una idea más completa sobre la figura del director a tratar. O, al menos, con una variedad de pareceres que resulte decisiva a la hora de conformar una idea genérica que, en último caso, sólo nosotros seremos los encargados de juzgar acorde también con nuestras propias afinidades.

 De nada me sirve a mí leer lo guapo, simpático y buen chico que es Simon Rattle, por poner un ejemplo, subrayado con elogiosas opiniones escogidas ex profeso, si no dispongo de otras opiniones menos elogiosas que tal vez, aunque no necesariamente, me enciendan las luces a la hora de hacerme un juicio lo mínimamente ponderado sobre el director a tratar. Y eso es precisamente lo que yo trato de hacer en esa sección de ESCUELA DE DIRECCIÓN ORQUESTAL que adquirirá un renovado protagonismo a partir de esta temporada. Otra cosa es que lo consiga… ¡Yo también soy susceptible de críticas, por Dios!

 Durante algunos capítulos del libro, su autora hace gala de unas sentencias artísticas que pueden ser, y de hecho son, más que discutibles en el complicado y complejo mundo de la música. Afirmar que Bernstein es el mejor intérprete posible de Mahler y Shostakovich — lo será para ella, ya que en las más famosas compilaciones de crítica discográfica no se sigue unánimemente ese criterio –, que Rattle es el mejor músico de su generación o que a Mehta se le tacha de superficial porque debido a sus muchos viajes y compromisos no le queda tiempo para preparar las obras con profundidad, son del todo cuestionables. Peor aún es tratar de justificar la adscripción ideológica con el nazismo del doctor Böhm aludiendo a que Böhm era del ¿Partido de la Música? y mientras las autoridades le dejaran trabajar él estaba tan contento (y no digamos, añado yo, cuando en 1934 aceptó el cargo de director de la Ópera de Dresde tras la renuncia de Fritz Busch por razones políticas). En este mismo y espinoso asunto, Matheopoulos hace gala de un curioso sentido práctico para afirmar, con total naturalidad, que Karajan nunca se identificó con el nazismo y que la política nunca fue objeto de su interés (y, por eso mismo, vuelvo a añadir, se afilió por partida doble al NSDAP. La primera de ellas incluso cuando los nazis todavía no habían llegado al poder… ¡Paradojas de la vida misma!). Lo que no perdono a Matheopoulos es que afirme que Furtwängler se comportó durante sus últimos años de vida como un viejo ruin, mezquino y envidioso, especialmente en sus relaciones con un emergente Karajan tras la Segunda Guerra Mundial. Esta consideración me parece un completo despropósito y mucho más si está basada en simples anécdotas que a lo sumo revelan la admiración del viejo maestro por uno de los más grandes talentos que hayan surgido nunca en la dirección orquestal.

 Pero es precisamente en el capítulo dedicado a Karajan, el más extenso de todo el libro, donde la autora griega da rienda suelta a su amplio catálogo de parabienes para con el inolvidable maestro de Salzburgo. Para Matheopoulos, todo, absolutamente todo lo que hizo Karajan, ya fuese tanto en su ámbito artístico como en el estrictamente personal, estuvo plenamente justificado. O mejor dicho: Karajan hizo estas cosas tan bien porque era un genio absoluto. Yo nunca he ocultado mis simpatías por quien considero, aun sin la apasionada vehemencia de mi admirado amigo Iván Paixao (de largo, el mejor conocedor de la vida y obra de Karajan que he encontrado en toda la red), uno de los cinco mejores directores de orquesta de toda la historia. Sobre todo en su época dorada a nivel artístico, desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial hasta la década de los setenta. Por eso mismo, Karajan no necesita de gratuitos aduladores, como esta señora, que confunden un relato biográfico y musical con una desacerbada sumisión en la que no cabe crítica alguna por mucho que ésta sea, entiéndolo yo así, incluso necesaria a la hora de abordar una personalidad tan compleja como la de Karajan. Matheopoulos, y permítaseme la comparación, ejerce de revistera a semejanza de esos críticos taurinos que tratan de justificar hasta los más feos detalles estilísticos del torerillo de turno que intenta abrirse paso en el mundo de la Tauromaquia mediante zapatillazos, pasitos atrás, picos de muleta y demás catálogo de formas heterodoxas de tan dudoso gusto estético. Es más, creo que esta forma de tomar partido por la figura de Karajan lo único que consigue es desvirtuar su auténtica valía como artista único y, tal vez, inigualable en algunas facetas. Karajan no necesita de estos gratuitos pasteleos. Al final del capítulo, meloso como un postre árabe de miel, Matheopoulos se atreve a decir, más o menos, que estamos obligados a comprar todos los discos de Karajan so pena de no enterarnos de un fenómeno difícilmente explicable. En efecto, yo compré hace años un disco de Karajan dedicado a música barroca (Albinoni, Pachelbel, etc,) y, tras su audición, pensé lo mismo: Un fenómeno difícilmente explicable (aunque con otras connotaciones diametralmente opuestas a las aludidas por Matheopoulos). Y la guinda al pastel: Aparte de lo anteriormente mencionado sobre Furtwängler en este mismo capítulo, Matheopoulos no duda en definir a un tipo como Hans Knappertsbusch como un director wagneriano pasado de moda y totalmente superado. ¡Premio! Yo no voy a ser tan radical como Helena Matheopoulos y no voy a recomendar la no adquisición de su libro. Ahora bien, he de reconocer que mi ejemplar nunca va a ocupar un lugar destacado en mi modesta aunque extensa biblioteca musical por la inutilidad del mismo.

 Para finalizar esta entrada, he de deciros que mi mes de estancia en Benalmádena ha sido un verdadero bálsamo pero por desgracia he de retornar en breve a Madrid. Algún día, tal vez no muy lejano, decida no volver y quedarme aquí para los restos. Pero por ahora esta pretensión resulta del todo imposible. Por último, agradecer a Iván Paixao la supervisión de este bar de copas durante mi prolongada ausencia. Y un notición que ya mismo os adelanto: Iván ha abierto su propio bar de copas virtual: LA BATUTA DE VON PAIXAO. Imprescindible. Desde esta casa le deseamos de corazón una dichosa andadura. Poco más puedo añadir. Espero contar con todos/as vosotros/as a partir del próximo domingo. Como siempre, nos vemos en BLUES.