HOLANDA – ESPAÑA (0-1): Pues llegó el día más esperado por todos y el Soccer City de Johannesburgo se preparaba para coronar a un nuevo e inédito campeón del mundo. Tras una magistral ceremonia de despedida, ambas selecciones salieron al campo dispuestas a librar la batalla futbolística más importante y trascendente de los últimos cuatro años. Los saludos iniciales de ambos equipos parecían reflejar el velazqueño cuadro de La Rendición de Breda por la cortesía mostrada por los jugadores de los equipos en disputa. Ciertamente, aquello parecía un partido entre amiguetes que se conocían de toda la vida máxime por el hecho de que hasta seis jugadores holandeses habían pertenecido en tiempos a clubs españoles. Pero tras el silbido inicial del colegiado británico Webb, las viejas amistades se quedaron en el olvido y se desató una terrorífica batalla entre las fuerzas imperiales españolas comandadas por El hombre tranquilo, don Vicente del Bosque, y las del mariscal de campo holandés, Van Marwijk, un tipo a mitad de camino entre Rod Steward y el inolvidable guardameta hispano Cañizares. Los holandeses, conscientes de la superioridad táctica española, aplicaron la técnica conocida como repartir caña al mono hasta que cante y pinto, pinto, que yo no he sido. No habían pasado cinco minutos de partido cuando la línea centrocampista de las fuerzas imperiales españolas sufrió en sus propias carnes las distintas embestidas de los guerrilleros holandeses cuyo punto de mira eran más bien las piernas y tobillos contrarios que el travieso Jabulani. Aquella exhibición guerrillera de Holanda no impidió que España dominara el primer cuarto de hora y que por poco no se adelantase en el marcador merced a un misil aire-tierra dirigido por Ramos que Sketelenburg rechazó cuando toda España ya cantaba el gol. Pero Holanda supo desquitarse la presión mediante un incremento de la dosis de estopa en las piernas de los jugadores rivales que afectó seriamente a la línea de flotación de la Armada Invencible. Al árbitro Webb le debió gustar el espectáculo de pressing-catch practicado por Holanda y dejó hacer a los oranje todo tipo de acrobacias marrulleras, con la culminación de una patada de De Jong sobre el pecho de Xabi Alonso que fue sancionada con tarjeta amarilla cuando lo más propio hubiera sido que la policía hubiese arrestado de inmediato al jugador holandés bajo la acusación de agresión violenta con alevosía, premeditación y nocturnidad. No ocurrió así y Holanda comenzó a apoderarse del centro del campo ante la impotencia de una mermada infantería española. Van Bommel, ese jugador que nadie entiende como puede ser capaz de acabar los partidos sin ser expulsado, anuló con sus más que dudosas artes al dúo formado por Xavi Hernández — el Humphrey Bogart del fútbol — y Andrés Iniesta — el Dustin Hoffman, para no ser menos — y empezaron a llegar las ocasiones naranjas por medio del comandante Robben. Tras una media hora de dominio alterno, las huestes de ambos ejércitos decidieron darse un descanso en lo relativo al dominio del balón que no así en la cera aplicada por los holandeses en los tobillos españoles. La primera parte finalizó con la sensación de que aquella naranja era realmente dura de pelar. Tras la reanudación, más de lo mismo y España que apuesta por el fútbol mientras que Holanda por desquiciar a árbitro y contrarios por sus continuas y reiteradas protestas a todo lo susceptible de ser criticado. Lo consiguieron y durante el primer cuarto de hora lograron llegar con más claridad y peligro a la meta defendida por Casillas, el Robert de Niro del fútbol. Un silencio aterrador recorrió todos los hogares de la geografía española cuando la conexión Sneijder-Robben funcionó y este último se plantó solo ante un Casillas dispuesto a morir con dignidad. Ocurrió a cámara lenta y muchos nos tapamos los ojos para evitar ver la inevitable tragedia. Pero ahí estaba Casillas, quien se acordó en ese momento de Sara Carbonero, y desvió con las piernas un trabucazo que salió lamiendo el poste derecho. Fue una parada similar a la de un penalty por su peligrosidad y todos respiramos alborozados al escuchar el grito esperanzador de Carlos Martínez: –“¡Fueraaaaa!”–. Mientras algunos seguían rezando el Santo Rosario por la indudable intervención divina en aquella jugada — no sabemos aún si de Dios o de un divinizado Casillas — las tropas españolas se vieron refrescadas con la aparición de Jesús Navas — el Leonardo di Caprio del fútbol — y de Cesc Fábregas. Réplica española en forma de nuevo misil aire-aire que Tarzán Ramos calibró excesivamente alto y nueva emboscada del comandante Robben. En esta ocasión, se zafó de Tiburón Puyol por velocidad — el catalán no podía ya sino morderle para evitar la fuga del holandés — y Casillas que volvió a detener el Jabulani cuando Robben se prestaba a bailar sobre el mismo. Seamos sinceros. Aquella jugada debió ser castigada con la expulsión de Puyol y el árbitro, que no se enteraba de nada, no pitó ni la consiguiente falta ante las airadas protestas de Robben que a poco le da un infarto de tanta carrera. El partido agonizaba y Del Bosque que se la juega dando salida al Niño Torres, el Kirk Douglas del fútbol. Tiempo añadido y sensaciones más que pesimistas entre los aficionados patrios ante la poca efectividad de los tercios españoles. Sin embargo, España nunca renunció a su estilo de juego y siguió toque tras toque en busca del mágico cuchillo con el que pelar de una vez por todas la indestructible naranja holandesa. Cesc y Navas la tuvieron a punto de caramelo en la primera parte de la prórroga mientras que en la segunda las piernas de todos los jugadores ya empezaban a temblar de cansancio y miedo ante la posibilidad de los maléficos penalties. Holanda parecía querer llegar a los mismos y se defendía como gato panza arriba — y con uno menos tras la expulsión de Heitinga — ante las acometidas españolas. Y llegó el minuto 118 de la prórroga: Navas que se escurre por la banda perseguido por media Holanda y el balón que llega a un imperial Iniesta, comandante en jefe del partido, quien taconea para que Xavi se la pase a Cesc y éste a Torres. Era el toque, el eterno toque de la Selección Española. Torres levanta la vista y cuelga un balón con destino incierto que despeja a duras penas Van der Vaart (Uno que todavía sigue jugando en el Real Madrid y cuya mujer compite en belleza con Sara Carbonero). El balón dividido lo captura Cesc y lo cede a Iniesta, que estaba donde tenía que estar. España entera vuelve a contener la respiración. Andresito la deja botar y larga un proyectil que se introduce en el fondo de las redes holandesas. Sí, Sketelenburg llegó a rozar el Jabulani, pero aquel balón también llevaba la histórica fuerza aplicada por Zarra, por Di Stéfano, por Luis Suárez, por Gento, por Pirri, por Cardeñosa, por Julio Salinas, por Luis Enrique, por Raúl… Por toda una nación española orgullosa de su equipo, por todo un país hastiado de tantos complejos, por toda una población decidida a terminar con el maleficio deportivo de tantas décadas de disgustos futbolísticos, por una España consciente de vivir el mayor momento de su historia deportiva, por millones y millones de corazones hermanados con su selección, la de todos y cada uno de los españoles. Yo me levanté de la silla — a poco se me sale la bolsa de drenaje que llevaba puesta producto de una intervención quirúrgica efectuada un par de días antes — y sólo acerté a gritar: –“¡No me lo puedo creer! ¡No me lo puedo creer!”— Acto seguido miré a Celia — a quien el fútbol le importa más bien poco — y la observé dando saltos de alegría por todo el salón de casa ataviada con su bandera española como única prenda. Estaba más guapa que nunca y la besé también como nunca. No puedo reproducir aquí por su crudeza la retahíla de insultos en árabe, arameo y hebreo que Celia dedicó al árbitro para que pitase de una vez el final del partido. El trencilla esperó a que el balón lo sostuviera Casillas para finiquitar el mismo. Lo que más me gustó fue el inmediato abrazo entre Casillas y Puyol, entre los representantes de las dos mayores potencias futbolísticas de España y posiblemente del planeta. Real Madrid y Barcelona unidos por un mismo fin. Las dos Españas unidas por un mismo fin. Que aprendan de una vez nuestros políticos de estos chavales que han mantenido unida en la ilusión a toda España durante un mes. Yo miraba una y otra vez la bandera que envolvía el desnudo cuerpo de Celia, los colores rojo y amarillo, y me acordé de una frase que me dictaron los curas escolapios hace ya muchos, pero que muchos años: España; no existe oro para comprarla ni sangre para vencerla

 GRACIAS POR TODO, AMIGOS. SOMOS CAMPEONES Y YO YA ESTOY EN CASA. CELIA HABLÓ CON EL MÉDICO Y ME CONCEDIERON EL ALTA AL MEDIODÍA. ESTOY FELIZ Y CONTENTO COMO NO OS PODÉIS IMAGINAR. HASTA DENTRO DE UNOS DÍAS NO PODRÉ ESCRIBIR CON NORMALIDAD Y CONTESTAR VUESTROS COMENTARIOS. QUIERO DAROS LAS GRACIAS TODOS POR LOS MENSAJES RECIBIDOS Y MUY ESPECIALMENTE A LOS AMIGOS DE YONOSOYLUIS FIGO, QUIENES SE MOVILIZARON DE UNA MANERA QUE ME HIZO LLORAR CUANDO ABRÍ LOS CORREOS NADA MÁS LLEGAR A CASA. MIGUEL, TE LLAMÉ A ESO DEL MEDIODÍA DE AYER. ESA LLAMADA PERDIDA ES MÍA. A ÁNGEL LE DEJÉ UN MENSAJE EN SU TELÉFONO. GRACIAS POR TODO AMIGOS. ME CANSO Y NO PUEDO SEGUIR PERO EL BAR SIGUE CON EL PILOTO AUTOMÁTICO. UN ABRAZO A TODAS Y TODOS. ¡VIVA ESPAÑA!