Dante_Gabriel_Rossetti_-_Proserpina

* Óleo sobre lienzo
* 126 x 61 Cms
* Realizado en 1874
* Ubicado en la Tate Gallery; Londres

 

 Por paradójico que pueda resultar, el Pre-Rafaelismo es vulgarmente definido como un presunto escapismo de la vida hacia lo ideal cuando su más sincera intención y realización fue precisamente traer lo ideal hacia lo realista dentro de una escrupulosa objetividad estética. Como todos los grandes movimientos artísticos, el Pre-Rafaelismo nace como una reacción contra lo admitido, concretamente contra la pretendida simpleza de la pintura victoriana. En 1848, a un paso del Museo Británico, se reúnen tres jóvenes pintores de muy diversos temperamentos y clases sociales: John Everett Millais, hijo de una adinerada familia y propietario del local; William Hunt, un joven cuya familia puritana reniega del arte, y Dante Gabriel Rossetti, miembro de una familia italiana de emigrados políticos entusiasta del arte y la poesía. A tenor con el entusiasmo iconoclasta propio de la incipiente mocedad de todos ellos, reniegan del academicismo londinense – Reynolds — y estigmatizan la figura de Rafael Sanzio, “el gran corruptor de los pintores”. Paralelamente, muestran su admiración por los artistas góticos y del primer Renacimiento. Es entonces cuando adoptan el esquema de una confraternidad o cofradía de pintores medievales a la que definen como Pre-Raphaelite Brotherhood (Hermandad Pre-Rafaelita), en su intento de volver a la sinceridad religiosa de las fuentes medievales.

 El primer Pre-Rafaelismo pretendía dar al arte la sinceridad e ingenuidad de antaño con una temática, ya fuese antigua o moderna, real o poética, presentada con colores vivos y con un objetivismo extraordinario en la reproducción de hasta los más insignificantes accesorios. Cuadro de capital importancia por aquel entonces fue el famoso lienzo de John Everett Millais, La muerte de Ofelia, que se basó en el modelo de una dependienta, Elisabeth Siddal, que causó la admiración de los jóvenes artistas por su “gótica” belleza: Rostro alargado, frente despejada, barbilla saliente y cuadrada, ojos azules, cabellos rubios… Rossetti se enamoró tanto de ella que, luego de acapararla como modelo, se casó con la misma en 1860. Por desgracia, Elisabeth falleció dos años más tarde — sobredosis de somníferos — y Rossetti pintó la Beata Betrix en su homenaje, en el momento del tránsito hacia la eternidad. Fue en este preciso momento cuando la obra de Rossetti se volvió más evanescente, menos detallista y con mayores concesiones hacia lo simbólico y lo poético, cayendo incluso en lo “rafaelesco” en algunas ocasiones. En esta segunda época, Rossetti se resuelve como un simbolista de consistencia melancólica, fatal y trágica, muy alejado de las directrices que siguieron sus antiguos colegas de la Hermandad Pre-Rafaelita. (Hunt viajó hasta Palestina para pintar su Chivo expiatorio mientras que Millais regresó a la pintura tradicional y llegó a ingresar en la Royal Academy).

 Una vez disuelta y sin solución de continuidad la Hermandad en 1863, Rossetti siguió pintando y componiendo poemas. Su estilo se hace cada vez más ornamental y para ciertos especialistas supone un claro precedente del Art Nouveau (Modern Style). Es en 1874 cuando decide abordar el tema de Proserpina, para lo que se sirvió como modelo de Jane Burden, esposa de su amigo William Morris. Proserpina — la Perséfone de los griegos — era hija de Ceres, la diosa de las cosechas, y vivía en Sicilia. Allí fue a raptarla Plutón — hijo de Saturno — a quien había correspondido el reino del Infierno por ser el menor de los hermanos — Júpiter y Saturno — que ya habían elegido previamente los imperios del Cielo y el Mar. Plutón se hundió en la tierra con su presa y la hizo reina de las tinieblas de los misterios subterráneos. Con el nombre de Hecate, Proserpina presidía las ceremonias mágicas. En vista de ello, Ceres fue a quejarse a Júpiter, Rey de los Dioses, de la acción de su hermano Plutón. Consecuentemente, Júpiter dispuso que Proserpina volviera a la superficie de la tierra con la condición de que no hubiese comido ningún fruto del infierno. Desgraciadamente, ella ya se había comido unos granos de granada; sin embargo, tras las súplicas de su madre, Júpiter consintió en que repartiese su existencia inmortal entre infierno y tierra. En el lienzo vemos como Proserpina lleva en su mano la granada fatal; ante ella asciende el incienso, atributo de Dios. La hiedra, símbolo de la memoria, de la eterna amistad y también de la desolación, le sirve de ornamento.

 El cuadro de Rossetti — del que existen hasta ocho versiones, siendo ésta y otra del Museo de Birmingham las más famosas — muestra a Proserpina totalmente compungida por el hecho de que un rayo de luz penetra en el submundo a través de una grieta, recordándole su libertad perdida. La precisión en la pincelada de Rossetti resulta del todo admirable, contrastando los hermosos efectos de difuminado con la riqueza ornamental del conjunto. En pocos cuadros podemos apreciar la incontestable belleza de un rostro completamente idealizado y con una enorme carga simbólica. En efecto, el tema elegido por el autor presentaba no pocas connotaciones personales: Rossetti  estaba completamente enamorado de la modelo Jane Burden, indecisa a su vez entre su marido y el pintor. Rossetti decidió equiparar la situación a la del mito estableciendo un paralelismo entre los períodos de cautividad de Proserpina y el tiempo que Jane pasaba junto a su marido. El cuadro refleja incluso la indecisión de Jane: Con una mano, Proserpina se lleva la granada a la boca mientras con la otra intenta detenerse… El lienzo es de una melancolía desesperante, vaporosa y hasta obsesiva. A mi juicio, estamos ante la obra más conseguida de Rossetti. Sólo resta comentar que contemplando la lírica musicalidad en la expresión del mágico rostro de la retratada, no me extraña en absoluto que Rossetti acabara enamorado hasta la médula de ella. A mí me hubiera ocurrido lo mismo.