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* Nacido el 28 de mayo de 1813 en Leipzig
* Fallecido el 13 de febrero de 1883 en Venecia

 Hijo de un agente de policía, su padre Friedrich falleció cuando Wagner contaba con apenas un mes de vida. Su viuda, Johanna Rosine, consideró que lo mejor para sacar adelante a sus ochos hijos era volver a casarse y así lo hizo en agosto de 1814 con el pintor Ludwig Geyer, un íntimo amigo de la familia. (Algunas biografías apuntan a la posibilidad de que Geyer, de procedencia judía, fuese el auténtico padre de Wagner). El ambiente familiar era artístico y muy ligado al mundo del teatro, disciplina por la que se interesó mucho el joven Richard, lector compulsivo de Shakespeare desde la adolescencia. Por influencia de Carl Maria von Weber, gran amigo de a familia, Wagner empieza a conocer la obra de Beethoven y pronto surge en él la afición por el arte de combinar los sonidos. En 1829, con 16 años, escribe sus primeras composiciones, aunque con escaso rigor técnico. Dos años después, se apunta a las clases del Kantor de Santo Tomás, Theodor Weinlig, quien le enseña armonía y contrapunto, descubriendo además el talento innato del muchacho. Fruto de aquellas enseñanzas, Wagner escribe una sinfonía que se estrena en 1832 en Praga con cierto éxito. También compone algunos números de una ópera que pensaba titular Las bodas, proyecto que abandonó posteriormente. Más tarde, escribiría el texto de una nueva ópera, Las hadas, y con el mismo se largó hacia Wurzburg en enero de 1833, ciudad en la que le habían ofrecido la dirección coral de un pequeño teatro local.

 Tras algunas peripecias — vagabundeos y gamberradas incluidos — en Wurzburg, en 1834 Wagner acepta el puesto de director de orquesta del teatro de Magdeburgo en donde conoce a la bellísima Minna Planer, cantante y actriz de la que se enamora como un poseso. Allí pasó dos años con tanta actividad profesional como escasas ganancias económicas, llegando a escribir una ópera cómica, La prohibición del amor, estrenada con un memorable fracaso y en medio de una pelea entre los cantantes a causa de un lío de faldas. Fue entonces cuando a Minna le sale un trabajo en el teatro de Königsberg y Wagner no duda en irse con ella a Prusia. La pareja se acaba casando en noviembre de 1836 aunque la relación llegó a ser del todo tormentosa, ya que Wagner no tenía ni un céntimo ni tampoco perspectivas de empleo. Tan harta estaba Minna de esta situación que al año siguiente se largó a Dresde con un comerciante rico, dejando al pobre Wagner más solo que la una. Sin embargo, para que no todo fuesen disgustos, ve aceptada su solicitud como director de orquesta en el teatro de Riga. Ante el considerable éxito que Wagner llega a tener en este empeño, Minna se arrepiente de su filtreo y se reúne de nuevo con él en Riga. En 1830, Wagner comenzó a esbozar Rienzi, pero es en esa misma época cuando empiezan a presentarse acreedores procedentes de Magdeburgo, Königsberg e incluso de la propia Riga con multitud de facturas pendientes de cobro. Esta situación disgustó tanto al director de la compañía del teatro de Riga, un tal Hottei, que para acabar de enmendarlo decide despedir fulminantemente a Wagner. Por ello, en junio de 1839, Wagner y Minna (Y también el perro de ambos, Robber) abandonan sigilosamente Riga para eludir a los acreedores. Se embarcaron para ello en un mercante que hacía la ruta a Londres — el Tetis — y durante la travesía sufren una violenta tempestad por la que han de refugiarse durante unos días al abrigo de los fiordos noruegos. (Aquella aventura inspiró después a Wagner para su creación de El holandés errante). Tras una brevísima estancia en Londres, el 20 de agosto alcanzan la costa francesa en Boulogne-sur-Mer, con la sagrada promesa de Wagner de que, por nada del mundo, volvería a navegar.

 Wagner llegó a Francia con muchas ilusiones pero con escaso bagaje artístico. De Rienzi sólo tenía escrito el libreto y los dos primeros actos. Aún así, fue recibido en Boulogne por Meyerbeer, quien le habilitó algunas cartas de recomendación para la ópera parisina y el conservatorio, aunque no sirvieron de mucho. En París, Wagner hubo de aplicarse a todo tipo de tareas para subsistir. La pareja se vio obligada a empeñar los regalos de boda, las joyas y los trajes de teatro de ella, llegando incluso a pasar hambre física. Aunque no está confirmado del todo, parece que también llegó a ser encarcelado por deudas. (Tuvo que vender su esbozo de El holandés errante a la Grand´Opera por 500 francos, aunque en su versión francesa conocida como El buque fantasma). Pero en París también conoció a Berlioz y a Liszt, quienes le animaron a concluir Rienzi y la versión alemana íntegra de El holandés errante, asunto que logró en tan sólo dos meses. Tras ver frustradas sus tentativas de estrenar sus obras en París, en 1842 la pareja regresa a Dresde, ciudad donde obtiene el visto bueno para representar Rienzi. La función del estreno, la noche del 20 de octubre de 1842, significó un clamoroso éxito, con un público totalmente entregado durante las seis horas que duró la representación. Tanto hubo de subir la cotización de Wagner que el 2 de febrero de 1843 es nombrado Kapellmeister vitalicio en la corte de Sajonia, con un sueldo de 1.500 táleros anuales. Ese mismo año estrena El holandés errante y, dos más tarde, Tannhäuser, que si bien no tuvieron el éxito arrollador de Rienzi sirvieron para acrecentar la fama del compositor. Pero su labor no se ciñó exclusivamente a la composición, sino que también ofreció representaciones modélicas de los más grandes operistas alemanes e italianos. En 1846 se atreve incluso a dirigir la Novena de Beethoven, considerada hasta ese momento como un enigma indescifrable, en un acontecimiento que bien puede calificarse como de histórico. Su posición en Dresde llegó a ser muy sólida, aunque sus inquietudes culturales y musicales chocaban con las de su mujer, Minna, quien consideraba que Wagner debía escribir otro bombazo musical al estilo de Rienzi. En plena composición de Lohengrin, Wagner se sumerge en la lectura de la épica alemana, circunstancia que habrá de ser fundamental en el futuro no ya sólo de su personal devenir, sino también para la historia de la ópera y el drama musical. Escribe un ensayo llamado Los Wibelungos que servirá posteriormente de base para su célebre Tetralogía. Con todo, en 1849 Wagner propone a la corte reformas drásticas en la organización de la ópera, llegando a dirigir al pueblo una serie de proclamas de claro contenido republicano.

 Aquellos afanes revolucionarios de Wagner se debieron, entre otras cosas, a la llegada a Dresde en 1848 de un tal Bakunin, un ruso que tenía unas ideas tan rupturistas que pronto Wagner y el célebre anarquista se hicieron amigos inseparables. Como consecuencia, Wagner se implicó activamente en las revueltas que asolaron Dresde en 1849 con el resultado final de un abandono de su cargo vitalicio como Kapellmeister y su posterior exilio forzoso hacia tierras suizas, concretamente en Zurich. (El bando publicado en Dresde en mayo de 1849 no admite dudas: “Wagner tiene 37 o 38 años, lleva gafas, tiene el pelo castaño y es de estatura media. Se ordena a todos los destacamentos de policía su detención…”)

 Wagner llegó a Zurich el 31 de mayo de 1849, en el comienzo de un exilio que habría de durar once años. Allí fue excelentemente recibido por la sociedad republicana helvética y, tras un fugaz viaje a París, pronto regresa a Zurich dispuesto a echar allí raíces. No tardó Minna en reunirse con él en la ciudad cantonal pero los acontecimientos de Dresde habían dejado una profunda huella en la estabilidad del matrimonio. Además, mientras el compositor avanzaba hacia su madurez artística, la antigua actriz se iba volviendo cada día más celosa y agria de carácter. (Para no llevar la contraria a su mujer, Wagner mantuvo un breve filtreo en 1850 con la joven esposa de un rico comerciante de vinos de Burdeos…)

 El estreno en 1851 de Lohengrin en Weimar aumentó el protagonismo de Wagner en Zurich. Se propuso y consiguió el nombramiento de su joven discípulo Hans von Bülow como director de orquesta de la ópera, lo que da buena prueba de su influencia en los ambientes musicales. A finales de 1851 ocurre un hecho importante en la vida del compositor: Conoce a un rico comerciante de sedas llamado Otto Wesendonck cuya mujer, Mathilde, era tan sensible como bella. En ese clima de mutua admiración, Wagner desarrolló la importante tarea de formular su teoría estética y para ello completa su poema literario El anillo del nibelungo. El éxito parce sonreír al músico desde entonces. Sus óperas se representan en Alemania y Austria; su amistad con Liszt es cada día más cercana y sus viajes a Italia y Francia se producen con relativa frecuencia. En noviembre de 1853 inicia la composición de El oro del Rin, que completa en mayo de 1854, comenzando poco después La walkiria. Además, en ese tiempo, se convirtió en un lector empedernido de Schopenhauer, con cuya obra se identifico plenamente. Una consecuencia de estas lecturas fue el bosquejo inicial de Tristán e Isolda, para muchos, la mayor obra maestra de Wagner. La fama de Wagner va traspasando poco a poco las fronteras europeas: En 1855 parte para Londres, invitado por la Royal Philharmonic Society para dirigir su temporada de conciertos. De vuelta a Zurich, se centra en La walkiria, que logra concluir a principios de 1856. En octubre de ese mismo año recibe la visita de Liszt, músico con quien mantiene un importantísimo intercambio estético. En febrero de 1857 emprende la composición de Sigfrido (Tercera ópera del grupo de la Tetralogía)… Su relación con Minna parecía haberse estabilizado y nada parecía presagiar cambios próximos. Sin embargo, en abril de 1857, un acontecimiento en principio feliz significó el comienzo de la catástrofe matrimonial.

 Otto Wesendonck había alquilado a Wagner una casita llamada El Asilo. Allí, Wagner escribió el Poema de Tristán, cuya lectura del tercer acto conmovió profundamente a Mathilde von Wesendonck, asidua visitante de las veladas musicales de El Asilo. Poco a poco Wagner se fue sumiendo en el drama de su propio poema, algo muy parecido a lo que también le ocurrió a Mathilde, embriagada por la pasión que dicho poema desprendía. De esta forma, Wagner y Mathilde empezaron inconscientemente (Es un decir) a representar los respectivos papeles de Tristán e Isolda, con un constante intercambio de visitas, de lecturas en común y de cartas con mensaje, todo ello en la más velada intimidad, como así requería el guión del poemario. Lo malo fue que Minna interceptó una de esas ardientes misivas y a poco le tira de los pelos a Mathilde… Las consecuencias de aquello fueron penosas: Los Wesendonck partieron para Italia y Minna se largó a Brestenberg. Mientras, Wagner, que se había vuelto a quedar solo, aprovechó la circunstancia para poner música al Tristán sin que nadie le molestara. Pasado un tiempo, todos volvieron a El Asilo, pero la situación ya no parecía sostenerse como antaño. (Mathilde quería volver a dar otra función como Isolda). Wagner se vio obligado a abandonar El Asilo y se marchó a Dresde. Sin embargo, la amistad de Wagner con los Wesendonck no se rompería del todo y el compositor visitaría al matrimonio en Zurich en junio de 1859, para mayor alegría de Mathilde. Tristán fue concluido en Lucerna en agosto de ese año.

FIN DE LA PRIMERA PARTE