Fotografía realizada por Alberto Luccaroni

 Situada en la orilla derecha del río Tíber, al oeste del centro de Roma, la basílica de San Pedro es una iglesia enorme que se alza sobre una humilde tumba. San Pedro se encuentra en la Ciudad del Vaticano, un minúsculo estado independiente de Italia desde 1929 y a cuya cabeza se encuentra el papa de la Iglesia Católica. El estado acuña su propia moneda, tiene un periódico, una estación de ferrocarril y una representación diplomática en el extranjero. La Guardia Suiza es la policía estatal y el latín es el idioma oficial. No debe extrañarnos, entonces, que a la hora de retirar dinero de un cajero automático en el Vaticano nos aparezca el menú en latín de no haber seleccionado otro idioma. Es una llamativa fusión entre la tradición y las modernas tecnologías.

Fotografía realizada por Ricardo André Frantz

 La Iglesia de San Pedro ocupa un terreno de unos 22.500 metros cuadrados y hasta 1990, fecha en la que se construyó una réplica mayor en África, fue la iglesia cristiana más grande del mundo. Sus dimensiones son realmente espectaculares, aunque mucho más sorprendentes si tenemos en cuenta las innumerables dificultades con las que tuvieron que enfrentarse los arquitectos. El gigantesco templo que vemos hoy en día tiene su origen en la tumba del apóstol Pedro, presumiblemente crucificado en Roma en el año 64 de nuestra era por orden de Nerón, pese a que en la Biblia no se dice absolutamente nada de la presencia de Pedro en Roma. El caso es que la tumba se convirtió en lugar de peregrinaje y el emperador Constantino construyó a su alrededor una basílica que se mantuvo en pie durante mil años.

Fotografía realizada por G. Lanting

 Cuando aquella antigua basílica comenzó a desmoronarse, el papa Nicolás V ideó un sustituto grandioso aunque falleció poco antes de que dieran comienzo las obras en 1455. Durante los 150 años siguientes, la construcción del nuevo San Pedro quedaba interrumpida cada vez que un papa o un arquitecto sucedía a otro, y también cuando se cambiaban los planos. Bramante fue quien empezó a construir una iglesia con una gigantesca cúpula en 1506. A su muerte, en 1514, Rafael se hizo cargo del proyecto. Pero Rafael murió en 1520 y entonces se diseñaron nuevos planos. Se decidió abandonar la cúpula e introducir en su lugar diversos elementos góticos. Fue Miguel Ángel quien se hizo responsable del proyecto a los 71 años de edad aunque también murió antes de que la basílica fuese terminada. Los siguientes proyectos de la nave, la fachada y el pórtico resultaron desastrosos y estropearon la visión de la cúpula para quien se aproximaba a la iglesia.

Fotografía realizada por Ricardo André Frantz

Fotografía realizada por Berthold Werner

 El templo fue finalmente consagrado el 18 de noviembre de 1626 por el papa Urbano VIII y la plaza que se extiende alrededor del mismo fue construida entre 1656 y 1667 por Bernini. Ésta presenta 284 columnas toscanas alineadas de cuatro en fondo y coronadas por estatuas de santos. Dentro de la basílica, Bernini construyó también el polémico baldaquino de 29 metros de altura y que se encuentra apoyado mediante cuatro columnas salomónicas sobre el altar mayor. También en el interior de la basílica se halla la estatua de La Piedad de Miguel Ángel, una obra realizada en mármol sin vetas procedente de la Toscana y que para su traslado fue necesaria la construcción de una carretera. Esta obra sufrió grandes daños en 1972 aunque pudo ser felizmente restaurada.

Fotografía realizada por Jean-Christophe Benoist

Vaticano 10 Eugene Pivovarov

Fotografía realizada por Eugene Pivovarov

 Construida a escala gigantesca y con una profusa decoración en el interior, San Pedro del Vaticano les resulta a algunos visitantes excesivamente ornamentada e incluso opresiva. La primera impresión que a uno le produce al entrar al edificio, desde más de 200 metros de distancia, es una especie de perplejidad al observar tantas cosas que la vista es incapaz de abarcar. Con sus críticas y sus rechazos, San Pedro del Vaticano es una de esas maravillas que provoca justo el efecto que se persiguió al ser construida: Empequeñecer al hombre ante la grandeza del poder de Dios. O, más bien, del poder de los hombres que dicen representar a Dios.