Fotografía de MILOS RADEVIC

 Erguida a pocos metros de la orilla del Bósforo, Santa Sofía saluda al visitante incrédulo escoltada por cuatro minaretes musulmanes de posterior construcción y en decidida oposición a la otra gran mezquita hermana, la Gran Mezquita Azul. Ningún fiel musulmán, por lejana que sea su procedencia, puede eludir que Santa Sofía encierra un ancestral espíritu arquitectónico que dista mucho del resto de cientos de mezquitas que pueblan la inolvidable ciudad turca. Aparentemente severa desde el exterior, Santa Sofía es sólo una envoltura del espacio interior en el que una poderosa cúpula parece flotar sobre el halo de luz de las cuarenta ventanas de su base. Pocos monumentos arquitectónicos han provocado en quien esto escribe una alteración cardíaca como la que yo sufrí nada más acceder a su interior, admirado de una belleza superior a la que uno puede previamente imaginar.

Fotografía de POCO A POCO

 Santa Sofía es el prototipo de iglesia de planta central con cúpula que responde a las nuevas exigencias litúrgicas. Si bien la leyenda atribuye a que su inspiración era producto de un ángel que a diario conversaba con el emperador Justiniano, lo cierto es que el monarca bizantino se sirvió de sus dos mejores arquitectos, Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto. Construida con un gusto que no podemos sino calificar de exquisito, el emperador solicitó a todos los gobernadores de las provincias que le facilitaran los más preciosos mármoles y mosaicos que pudieran hallarse en toda la tierra. Comenzada en el año 532 y terminada cinco años después, Santa Sofía fue en su momento la mayor iglesia del orbe. Por desgracia, los primeros califas musulmanes sustituyeron por pinturas mediocres la mayor parte de sus mosaicos. Y no sólo eso; también un increíble baldaquino de oro, esmalte y pedrería que hacía juego con unos monumentales cortinajes de seda.

 Todos los elementos estructurales de Santa Sofía están dispuestos para contener la gran cúpula central, de 31 metros de diámetro, inscrita en un gran cuadrado y sostenida por cuatro pechinas en los ángulos sobre otros cuatro pilares. Esta peculiaridad constituyó la principal innovación de la arquitectura bizantina, ya que la enorme cúpula se apoya sobre cuatro puntos únicamente y no sobre una ancha pared circular. Toda la presión de la cúpula se mantiene además mediante la fuerza contraria que ejercen unas bóvedas adyacentes, en un ingenioso sistema de doble compresión. A fin de aligerar el peso de la cúpula, los arquitectos se sirvieron de un tipo de teja blanca y esponjosa fabricada en Rodas; dichas tejas eran tan ligeras que se necesitaban cinco de ellas para igualar el peso de una teja ordinaria.

Fotografía de JOJAN

Fotografía de BEATE PALAND

 Exteriormente, la gran cúpula central está disimulada hasta en una tercera parte de altura por un tambor cilíndrico sobre el que se abren una serie de ventanas que sirven para iluminar la iglesia. Sin embargo, ya en el interior del edificio, la apreciación de la cúpula supone que la vista se pierda en lo alto hundiéndose en una sensación de mágico equilibrio, como si la misma estuviese misteriosamente retenida desde el cielo. Los musulmanes, tras la toma de Constantinopla en 1453, destruyeron los mosaicos que sin duda hacían de aquel casquete esférico una orgía cromática. Por fortuna, toleraron las figuras de cuatro serafines en las cuatro bóvedas angulares de las pechinas. Santa Sofía está además enriquecida con dos pórticos, uno anterior que daba al patio cuadrado, y otro más ancho que se conserva casi intacto con sus bellísimas columnas y mosaicos, y que sirve de antesala al inmenso templo.

 Para el sometimiento del culto se destinó la renta de trescientas propiedades y fincas de los alrededores de Constantinopla, aunque los sucesores de Justiniano aumentaron estas considerables rentas con nuevos y sustanciosos donativos. La enorme velocidad de construcción de la iglesia en cinco años fue considerada como de milagrosa en su tiempo. Pese a ello se sucedieron los accidentes en los arcos que sostenían la gran cúpula debido a que el mortero no secaba con tiempo suficiente para aguantar la presión de las gigantescas bóvedas. De hecho, la cúpula se derrumbó pocos años después de ser consagrada la iglesia en el año 537 y tuvo que ser reedificada por un sobrino de Isidoro de Mileto. En 1935 Santa Sofía adquirió el status de museo y desde hace un par de décadas se estudia la idea de que el edificio retorne a su antigua función cristiana pese a las lógicas presiones en contra de las autoridades religiosas islámicas de la ciudad. Sea como fuere, Santa Sofía se alza majestuosa como Patrimonio de la Humanidad para admiración de todos los mortales con independencia de credos e ideas.