Fuente en las proximidades de Vicálvaro, barrio del este de Madrid, probablemente un sábado de julio de 2008. Siempre solíamos hacer una parada técnica allí para tomar respiro tras una ruta acumulada de unos 40 kilómetros. Nos quedaban todavía unos 15 kilómetros más para llegar a nuestro destino en la calle de Alcántara… Enfrente de esta fuente se encuentra la vieja emisora de radio de Vicálvaro y, justo allí, 60 años antes se criaron mi madre, mi abuela y mis tías en un ambiente de posguerra ciertamente desolador según sus propios testimonios. Hace un mes enterramos a una de mis tías, Pilar. Mi abuela Petra falleció hace unos 20 años y ya sólo quedan mi madre Taratatiana, María (inválida en silla de ruedas) y Luna (con quien mi madre no se habla hace muchísimos años. En el tanatorio se saludaron y punto). Mi madre y yo retomamos relaciones hace unos seis meses, tras anunciarle personalmente la gravedad de mi enfermedad y el súbito e inesperado empeoramiento de la misma. Ahora no se despega de mí y me acompaña a hospitales, médicos, etc… Está muy mayor, prácticamente sorda y con problemas puntuales de memoria y coordinación. Sólo puse una condición y la respetó. Incluso ahora dice que Celia le parece una chica estupenda y muy trabajadora… Celia perdona pero no olvida. A mí me da ya todo igual a estas alturas de la vida. Pero nunca voy a conceder segundas oportunidades: quien ofenda sin motivo a Celia o a los suyos nunca más serán dignos de mí. Mi madre parece por fin haberlo entendido. Y también alguno de mis hermanos.

Durante estos meses, desde aquel terrible día de diciembre en donde me confirmaron que tenía metástasis por todos los sitios imaginables, he recibido visitas y llamadas del todo inesperadas. Son los milagros de la red. Alguien se enteró de que yo no estaba bien y lo comentó en un foro de antiguos alumnos del colegio. Un domingo por la mañana vino a verme Antonio Molina con sus dos niños. Antonio dejó los estudios por voluntad propia, se metió en la construcción y ahora sobrevive como puede conduciendo enormes camiones articulados por todo el país. Hace unos 40 años, él y yo soñábamos con el fútbol y el Real Madrid. Ahora su hijo mayor, Antoñito, sueña con Cristiano Ronaldo. Su padre le reprende: –“¡Que no vale pa na, chaval! Si tu hubieras visto a Pirri, a Stielike, a Camacho… ¡Esos sí que tenían huevos! ¿A que sí Leiter?” — (Bueno, no me llama Leiter, sino CITY, que es como todo el mundo me conocía en el colegio). Antonio es un tío íntegro como pocos. Un filósofo de la vida. –“Tranquilo, City, que de ésta sales. Por mis cojones…”–

¿Os acordáis de mi sección de VIVENCIAS? Allí os relaté muchos episodios de mi vida en los que diversas mujeres, por regla general, ocuparon estadios colindantes entre la amistad y la pasión. Pues bien, casi todas ellas se han puesto en contacto telefónico conmigo después de décadas de absoluto silencio. Ha sido muy emocionante para mí saber que, afortunadamente, nunca se establecieron rencores entre nosotros. La vida es la vida y, en ocasiones, nuestros destinos se cruzan con suerte dispar. Y como no hay necesidad de buscar culpables, sino causas, pues no se establecen senderos abruptamente cortados por malos recuerdos u otras circunstancias. A una de ellas le indiqué que era protagonista especial de uno de mis relatos y le envié el enlace correspondiente. Sus sentimientos fueron encontrados al leerlo, según me confesó, pero ahora dice que es una fiel seguidora de BLUES. Al resto les he ocultado sus respectivos protagonismos en mi sección de VIVENCIAS. De momento, creo que es mejor así. Aunque creo que jamás se enfadarían al verse reflejadas en sus capítulos porque jamás hablé mal de ellas y siempre traté de encontrar respuestas que justificaran conductas. Paradójicamente, Isabel, la enfermera, una mujer que no protagonizó relato alguno pero que apareció colateralmente en muchos de ellos, viene a verme todas las semanas. Celia e Isabel se han hecho mucho más amigas de lo que ya eran y sus rostros reflejan mucha complicidad cuando las observo conversar. Isabel, ya jubilada, vive en las mismas circunstancias personales que la rodeaban cuando yo la conocí. –“Soy libre y siempre lo he sido. Hago lo que me sale del chocho y lo voy a seguir haciendo el tiempo que me quede de vida… Y tú tranquilo, joder, que bicho malo nunca muere. Ya te he repetido que mi hermano tuvo lo mismo que tú y ahí está, jodido, pero está…”– La miro con melancolía y lanzo el dardo, delante de Celia, no os vayáis a creer…–“Isabel, a pocas mujeres he querido yo tanto en mi puta vida como te llegué a querer a ti… Muchas veces se lo he comentado a Celia…”– Ambas sonríen: –” ¡Anda el capullín este por donde me sale ahora! Por eso me dejaste por la otra…”– La otra también me ha llamado en repetidas ocasiones e incluso ha venido a verme aun cuando entre Celia y ella no existe la menor inducción positiva. Más bien al contrario. Ella no sabe que es la protagonista del relato más conmovedor que haya yo escrito jamás en BLUES en la sección de VIVENCIAS, el titulado La esquina del adiós. Se muestra muy preocupada por mi situación e intuyo que quiere hablar de muchas cosas conmigo… Pero no se atreve. Da igual. A mí ya me ha demostrado su integridad como persona. Y sé que, si pasa algo muy feo, va a ser una de las que más va llorar. Lo sé perfectamente. Pensaréis que soy un ligón pero nada más lejos de la realidad. De lo que sí estoy orgulloso de mi mismo es de mantener aun contactos con estas personas cuando las rupturas sentimentales suelen generar barreras, por regla general, insalvables en casi todas las ocasiones. Cuando se produce una ruptura de este tipo, y puede que peque de una visión empíricamente generalista, una de las dos partes pierde algo, lo que sea, pero pierde. Pero, en ocasiones, son los dos protagonistas los que pierden. Ahí es más fácil una reconciliación aunque sea ya exclusivamente amistosa. Y creo, humildemente, que ese ha sido el leitmotiv de mis escasas pero intensas relaciones sentimentales.

Pero existen rupturas que son aún peores. La semana pasada, el doctor que sigue mi caso me advirtió que el tratamiento que estoy llevando sería de por vida… Mientras que no aparezca algo mejor o, en el peor de los casos, mientras que siga resultando efectivo. El ejemplo que me dio fue muy esclarecedor: –“Leiter, esto es muy parecido al tratamiento contra el SIDA. Antes la gente se moría del SIDA y ahora, con los adelantos farmacológicos, conseguimos que sobrevivan aun sin borrar el problema. Conseguimos que convivan con el mismo y que la invasión no vaya a más. Pero lo importante es que el paciente viva, por encima de todo. Pues lo tuyo es muy similar. No te garantizamos una curación porque se antoja del todo imposible (aunque ha habido casos, eso sí, excepcionales). Pero te mantenemos controlado. Y sabemos que tu calidad de vida nunca va a ser igual y que vas a arrastrar derivaciones más o menos molestas como consecuencia del tratamiento, ciertamente durísimo y al que no pocos se ven obligados a interrumpir. Ese no es tu caso, afortunadamente. Pero lo importante es que vivas todo lo que puedas. Ese es el último objetivo. Hace un año, un simple año, estarías del todo condenado. Afortunadamente, este tratamiento está dando resultados más que satisfactorios y es posible que en breve se comercialice en España. Desde que empezaste, hace unos cuatro meses, la positividad en EEUU se ha incrementado del 50 al 65%… ¡En sólo cuatro meses!  Ten esperanzas que aquí estamos nosotros y somos los primeros interesados en que salgas adelante, aun con secuelas que, seguramente con el tiempo, irán disminuyendo. Y, de momento, todo parece ir aceptablemente bien contigo según las pruebas y analíticas. Los próximos meses va a ser cruciales y podremos establecer, ya con pocas dudas, si tu evolución sigue un curso del todo positivo. Y te adelanto que nos están llegando noticias de un nuevo tratamiento combinado que parece tener una estadística de positividad aún más alta. Has tenido cierta suerte, Leiter, de que en este tema particular tuyo las investigaciones médicas van a velocidad de vértigo…”–

“De por vida…” — pienso. Regreso a mi domicilio con una extraña combinación de optimismo con melancolía, como una emulsión forzada de sentimientos encontrados. Y, de pronto, recuerdo algo. Recuerdo un objeto muy querido por mí y que me ha acompañado durante los últimos años por todas mis escapadas a través de los más variopintos suburbios de Madrid. La última vez que cabalgué a sus lomos fue el fin de semana posterior a mi regreso vacacional de Málaga. Simplemente fuimos a hacer kilómetros a El Retiro porque estaba en baja forma y creí conveniente hacer piernas. Cuando bajé de la bici y la dejé en el trastero, el cuenta-kilómetros general de la misma marcaba cerca de los 8.000 kilómetros (habría que añadir muchísimos más al momento anterior a su instalación). Y ahí se ha quedado. Bajé al trastero y me quedé mirando la bici durante varios minutos. Ahí estaba, sola, con los rigores del frío invernal y de alguna humedad imprevista. “De por vida…” — pienso. Soy consciente de que ya no voy a poder montar más en bici (debilidad general, riesgo de mareos puntuales y desequilibrios, posibilidad de repentinas pérdidas de memoria… En fin, muchos factores de riesgo al mismo tiempo). La doctora de Radioterapia me lo confirma: –” Olvídate de la bici para siempre. Lo importante es que, dentro de lo malo, tu calidad de vida sea lo mínimamente llevadera. Hay pacientes que acaban en una silla de ruedas, Leiter…”–

Miro la bici, que me da la rueda trasera a modo de enfadada y descortés pose de espalda, y juro escuchar por los cimientos del sótano: “Sin ti no soy nada”. Lo siento, mi querida bici, pero te juro que, dentro de mi particular catálogo de disgustos ocasionados por esta puta mierda de enfermedad, tú lideras la lista. No me hago a la idea de no volver madrugar una mañana de primavera y salir sobre tus lomos en busca de rumbos desconocidos o simplemente dirigidos por el azar. En la anterior fase de la enfermedad, cuando me inyecté el Interferón durante un año (que de poco sirvió, visto lo visto) y pude encontrarme un poco mejor, lo primero que hice fue salir contigo. Poco a poco, despacito, cada vez poniendo metas más largas… Y lo conseguimos. Yo incluso pensé en que estaba del todo curado ya. Soñaba con esa brisa mañanera de primavera, con esas calles de Madrid aún desiertas y con esa sensación de libertad con tan solo dirigir un manillar y pedalear. Ahora también sueño… Y es muy duro, muy duro. Tal vez sea tiempo de creer en milagros pero… Seamos realistas. Con que yo pueda seguir contando días basta y sobra. Ahí, en ese trastero, vas a permanecer. Nadie te cabalgará que no sea yo. Y sólo una persona sabe, sólo una, cual será posiblemente tu destino cuando el mío haya escrito su último renglón (y crucemos los dedos para que todavía queden muchas páginas en blanco y por escribir). Sé que muchos ecologistas se ofenderán pero… Tal vez las aguas de los mares de Andalucía nos escolten en aventuras del todo desconocidas dentro de una nueva y misteriosa dimensión. Tal vez.

Sin ti no soy nada… Es lo mismo que yo pienso ahora de ti, querida bicicleta. Y lo nuestro fue un amor quebrado por circunstancias en la que ambos hemos salido perdiendo. Pero nadie nos quitará los kilómetros que hemos recorrido juntos. Nada ni nadie.