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Dibujo que representa a un todavía niño Mozart al clave, junto con su padre al violín y su hermana cantando

* Compuesta a mediados de 1788 junto con las dos siguientes
* Estrenada en fecha incierta tras la muerte del compositor
* Algunos la consideran la Sinfonía Masónica de Mozart por excelencia
* EFECTIVOS ORQUESTALES: Una flauta, dos clarinetes, dos fagots, dos trompas, dos trompetas, timbales y reducida sección de cuerda.
* Duración aproximada de la ejecución: Alrededor de veintisiete minutos.
 

 Las tres últimas sinfonías de Mozart suponen la culminación del clasicismo formal vienés que Haydn había desarrollado con un monumental legado sinfónico (104 sinfonías) y dejan la vía abierta para el posterior romanticismo de los compositores centroeuropeos. Pese a lo mucho que se ha escrito al respecto, no existe un “sentimiento romántico” en las últimas sinfonías de Mozart sino más bien de un halo trágico, vehemente y jubiloso que se desprende de la propia belleza intrínseca de la composición musical. Para Mozart, la música era, ante todo, música, por encima de pasiones, desgracias o fortunas, aunque en determinadas ocasiones los aspectos más conocidos de la complicada situación personal del compositor en sus últimos años puedan dar pie a pensar en un acento expresivo que a menudo se confunde con los principios creativos del Romanticismo. Por el contrario, Mozart es un milagro de equilibrio y perfección que la crítica exegética no puede explicar y que hace que su música sea universal y sobreviva a cualquier movimiento creativo de posteriores épocas.

 Mozart consiguió superar los esquemas iniciales sinfónicos de los compositores de la escuela de Mannheim y se significó en obtener un equilibrio sonoro entre los volúmenes de los instrumentos de cuerda y viento y en una caracterización de las ideas temáticas asociadas a determinados timbres orquestales. Mozart no sólo valoraba las capacidades técnicas de un instrumento sino su individualización tímbrica y posibilidades combinatorias, ya en semejanza, ya en contraste. El protagonismo de los clarinetes en el trio del minuetto de la obra que hoy comentamos es una buena muestra de lo anteriormente dicho. Por otra parte, la abundancia de ideas temáticas en las composiciones sinfónicas de Mozart, con fraseos largos, elocuentes y expresivos, son una superación del estilo de Haydn, fundamentado en motivos cortos y muy caracterizados. Con ello, Mozart deja la puerta abierta a un inmenso campo de posibilidades en la sintaxis musical.

 Las tres últimas sinfonías de Mozart (Sinfonías 39, 40 y 41) fueron escritas en un tiempo record de seis semanas y jamás se ejecutaron en vida del autor. Son verdaderas obras maestras de una expresividad, dramatismo y densidad nunca alcanzados hasta entonces y suponen, como dijimos al principio, la más plena culminación de la sinfonía clásica y de la obra sinfónica del compositor. Fueron escritas estas piezas en uno de los períodos más oscuros de la vida del compositor: Su situación económica y personal era ya muy precaria; su Don Juan, si bien ha tenido un gran éxito en su estreno en Praga, no logra seducir a los vieneses; y, por si no fuera poco, su hija Teresa fallece tres días después de completar la sinfonía 39.

 Para seguir la obra, pongo los enlaces a un vídeo con una extraordinaria interpretación de Karl Böhm y la Filarmónica de Viena. Böhm fue un especialista de Mozart aunque muy irregular en su registro integral sinfónico de Mozart con la otra gran orquesta alemana, la Filarmónica de Berlín. Sin embargo, en este vídeo nos encontramos con el mejor Böhm, un hombre ya maduro que entiende a la perfección la música de Mozart y que, como puede apreciarse en el vídeo, prescinde de cualquier amago exhibicionista que reste atención al verdadero protagonista de la interpretación, el genio incomparable de Wolfgang Amadeus Mozart.

DESARROLLO DE LA OBRA

PRIMER MOVIMIENTO: Adagio-Allegro, en Mi bemol mayor y compás de 3/4: La sinfonía comienza con un adagio de imponente solemnidad acentuado por los ecos de trompetas y timbales. Hay un clarísimo recuerdo al Don Juan en esas escalas descendentes y ascendentes, en violines y posteriormente en la cuerda grave. Este mismo ritmo prosigue con insistencia hasta la entrada del Allegro, que viene precedido por una serie de compases de atrevidísima audacia armónica en las cuerdas (Algo verdaderamente prodigioso e inusual en la época) y de un instante de breve apaciguamiento. El Allegro (Este motivo del Allegro es, para mí, una de los diálogos más bellos de toda la historia de la música) brota con una delicadeza que contrasta con el ritornello que le sigue y cuyo vigor se acentúa con escalas de notable efecto dramático. El segundo tema, en si bemol, se lo reparten los violines y los instrumentos de viento y se sostiene, en su última parte, con los pizzicatti de los bajos. Esta primera sección concluye con la vuelta del ritornello y cuyo final va a servir de eje para el desarrollo de todo el movimiento. Se va modulando con maestría hasta la dominante de do menor que provoca que la atmósfera se vuelva más tempestuosa, antes de que vuelva la segunda parte del segundo tema, esta vez en la bemol. Tras una transición donde los instrumentos de viento adquieren un gran protagonismo, se llega a la recapitulación, sin grandes cambios, y encadenada a una coda repleta de resplandor.

SEGUNDO MOVIMIENTO: Andante con moto, en la bemol y compás de 2/4. Este movimiento no deja de ser una marcha con dos partes, una serena y otra más animada, aunque sin la energía asociada a este término de “marcha”. Los instrumentos de viento, al descubierto, nos conducen hacia el intermedio en fa menor, inesperadamente dramático y con ecos que imitan el tema inicial. Seguidamente, una bellísima y expresiva cuerda ornamenta el canto, expuesto por los mismos instrumentos de viento y un contracanto que resalta los matices. Una modulación a Si mayor anuncia la repetición el intermedio, mágicamente modulado a tono menor (Maestría incomparable de Mozart) en un efecto tenso que se apacigua en la vuelta al modo mayor, aunque con una concisión un tanto inquietante.

TERCER MOVIMIENTO: Minuetto allegretto, en 3/4. Este movimiento, por sí sólo, justifica la completa audición de toda la sinfonía. Es una de las páginas más bellamente elaboradas por Mozart y su brevedad (Apenas dos páginas en la partitura orquestal) está complementada por repeticiones que nos saben a gloria. Indudablemente, el movimiento es gracioso, pero con un sello de seguridad y tranquilidad verdaderamente irreprochable. El tema principal, sereno y marcial, exquisitamente elaborado por la cuerda, da paso a la joya de este tercer movimiento y de toda la sinfonía, el trio: Un precioso laendler engalanado, gracias al protagonismo de los clarinetes, de irresistible ternura. Es preciso señalar que este instrumento estaba en plena fase de desarrollo pero ello no fue motivo para que Mozart supiese extraer lo mejor de sus posibilidades tanto técnicas como expresivas. Dos de las últimas obras de Mozart, el Concierto para clarinete y el Quinteto con clarinete, están dedicadas a este simpático y original instrumento del que Mozart se enamoró y del que se dice que tiene connotaciones masónicas. En este trio, la atmósfera que crean los clarinetes, uno llevando la línea melódica y el otro la rítmica, es decididamente pre-romántica y nos da la impresión de que estamos escuchando al futuro Schubert… Pero maticemos, en conexión con lo afirmado en la introducción a esta sinfonía, que esta característica es puntual y no responde, ni mucho menos, al marcado acento romántico que muchos han querido ver en las últimas obras de Mozart. La contestación de las cuerdas al motivo de los clarinetes, con el subrayado final de las trompas, es una de las secuencias musicales más logradas del genio salzburgués. Cualquier director de orquesta, al enfrentarse a estos sublimes compases, olvida el difícil y complicado camino que ha supuesto dedicarse de lleno a la dirección en el mundo musical. Un prodigio (Otro más) de Mozart.

CUARTO MOVIMIENTO: Finale: Allegro, en 2/4. Sin apenas solución de continuidad, el tema principal es presentado en los primeros violines con una extraordinaria vivacidad e invade toda la orquesta hasta llegar a una cadencia plena de entusiasmo. El tema, no obstante, regresa modulando varias veces mientras es respondido irónicamente por los instrumentos de viento. También sirve para que dichos instrumentos se dediquen a realizar alegres y desenfadadas imitaciones, cuando el tema vuelve a reaparecer en do menor, después de la bemol, antes de que se llegue al desarrollo, todo un tratado en el arte de la modulación tonal, con idas y venidas, cada vez más audaces, que se deslizan de un instrumento a otro y que se recapitulan en una endiablada coda. Estamos ante la obra de un ser para quién la música ya no tenía ningún secreto. Y nos toca, entonces, hacer la tópica pregunta: ¿Qué hubiera ocurrido si Mozart hubiese podido vivir hasta una edad avanzada? Nadie lo sabe con certeza, obviamente, pero en esa hipotética ficción histórica tal vez Mozart hubiese acabado en el dodecafonismo, en el serialismo, o sabe Dios dónde… Estamos ante el MEJOR MÚSICO que haya existido jamás. Así de simple y así de claro.

 Para finalizar este breve análisis, digamos que el ideal pretendidamente masónico de Mozart sale de manera deslumbrante en esta obra, toda alegría, confianza y lucidez. Y además, no olvidemos el empleo de los clarinetes, instrumento masónico por excelencia. Una joya sinfónica que en nada tiene que envidiar a los dos colosos que la continúan (Sinfonías 40 y 41).

VERSIONES RECOMENDADAS

Sir Thomas Beecham con la Filarmónica de Londres. EMI References. (Sublime interpretación, de auténtica y obligada referencia)
Wilhelm Furtwängler con la Filarmónica de Berlín. DG Dokumente. (Quizás algo presuntuosa, pero de una construcción inigualable)
Bruno Walter con la Sinfónica de Columbia. SONY. (Asombrosamente fresca y luminosa)
Josep Krips con la Orquesta del Concertgebouw. PHILIPS. (Uno de los grandes especialistas de Mozart)
Herbert von Karajan con la Filarmónica de Berlín. DG. (Con los mismos defectos y virtudes que la de Furtwängler)
Karl Böhm con la Filarmónica de Berlín. DG. (Tal vez un tanto “lenta” según los criterios actuales, pero firme en su edificación. Buenísima lectura)
Rafael Kubelik con la Sinfónica de la Radiodifusión Bávara. SONY. (Limpia, precisa, amable, pulcra…)
Otto Klemperer con la Philharmonia. EMI. (Algo recargada y pesante, pero de irreprochable discurso)

Por contra, no me acaban de llenar las versiones de Neville Marriner y la Academy of St. Martin-In-the Fields. PHILIPS. (Buena toma sonora, pero… Algo sosa e irregular) y la de Christopher Hogwood con la Academia de Música Antigua. L´Oiseau Lyre. (Instrumentos originales, sí… ¿Pero dónde está Mozart?). De las versiones de Hans Graf con la Orquesta del Mozarteum (Capriccio) y James Levine con la Filarmónica de Viena (DG) mejor ni hablar… Obviamente, esto es una simple y particular apreciación en absoluto vinculante.