–”¡Ya me gustaría a mí que mi hijo estudiase para abogado! … Que es precisamente lo que tu padre quiere que estudies… ¿La música? Eso como afición, Leiter, como afición nada más. No compares a un vulgar músico, generalmente alguien que no tiene dónde caerse de muerto, con un prestigioso abogado. Hazme caso, Leiter; eso de la música no da para comer…”–  Así me habló aquella noche en el bar don Juan Antonio, un tipo cuya sinceridad estaba fuera de toda duda si atendemos al presumible carácter verídico de cualquier narración personal emitida bajo los efectos del alcohol. Y don Juan Antonio, a su solidaria manera, estaba todo el santo día borracho. Ciertamente, la música no parecía ser la llave que abriese las fortunas basadas en el monetario materialismo toda vez que, en mi entorno personal y familiar, la condición de prestigio social iba indefectiblemente unida a la capacidad económica. Mi padre solía comentar las bodas de sus sobrinos, y consiguientemente de mis primos mayores, añadiendo un explicativo ripio: –“Leiter, tu primo Fulanito se ha casado con una chica muy guapa que además es de muy buena familia…”– Esto es, mi padre quería resaltar que la condición de buena o mala familia venía determinada por la solvencia económica de la misma. Para nada importaban otros aspectos como la moral o la cualidad intelectual. Una buena familia era la que disponía de dinero y punto (y menos mal que la condición femenina, salvo poéticas excepciones, no abundaba mucho en mi familia. Hubiera resultado delicioso escuchar a mi padre decir: –“Leiter, la fulana de tu prima se ha casado…”– Ya se sabe que el idioma castellano presenta giros de dudoso sexismo en muchas de sus expresiones cotidianas: No es lo mismo un hombre público que una mujer pública… Por mencionar tan sólo un ejemplo). Volviendo al caso, ya desde niño fui aleccionado para establecer una indisoluble asociación entre el concepto de bueno con el de disponer de dinero. Y la música, a no ser que llegaras a ser un genio cantando coplas o un intérprete de lacrimógenas baladas amorosas (para lo cual se requería  disponer además de un indudable atractivo físico), no era el camino más adecuado para conseguir el ansiado prestigio social. Y yo era tan feo como mal músico. Difícil lo tenía. Con la música nunca iba a llegar a ser millonario, tal vez en ilusiones, pero no en billetes del Banco de España precisamente.

 Todo empezó una mañana de primavera cuando yo no había cumplido aún los seis años. Con esa curiosidad propia de las inocentes mentes infantiles, abrí el cajón de uno de los armarios que había en el dormitorio de mis padres en busca de algún tesoro oculto que colmase mis ilusiones de niño. Sabía que en ese armario se guardaban los discos usados, y a menudo rayados, que mi padre retiraba de la vieja máquina jukebox del bar con una frecuencia tan dilatada que de por sí los discos se convertían en verdaderos clásicos. Renovar el catálogo de aquellos singles costaba un dinero y mi padre sólo accedía a esta operación cuando las protestas de los clientes se transformaban de la inicial indignación a la generalizada rechifla (mi padre colocó a mediados de los años sesenta el disco del Soy minero de Antonio Molina en la jukebox y no lo retiró hasta bien entrada la década de los ochenta). De esta manera, no puede negarse que el fondo musical de aquella vieja máquina de discos, a duro las dos canciones, fuera tan variado como ecléctico. Así, no resultaba extraño que la sintonía sonora que envolvía la vaporosa atmósfera del bar de mi padre pasara, según las circunstancias, del innovador estilo de los Jackson Five al más tradicional de don Antonio Molina. Mi padre solo consintió retirar el disco del Soy minero cuando la frase que da origen al título del mismo llegó a ser eternamente repetida como consecuencia del deterioro del soporte sonoro. Los discos se rayaban con gran facilidad debido a su frecuente uso y no hubo día a lo largo de casi dos décadas en el que el Soy minero no fuera escuchado en el bar. Una vez retirados, los discos de aquella añorada máquina se guardaban en el cajón del dormitorio de mis padres con destino incierto. Muchos de ellos pasaban a formar parte del rústico archivo sonoro que doña Lola, la portera, iba paulatinamente creando en su chiscón. Otros, con menor fortuna, aguardaban el terrible instante en que mi madre se decidía a hacer limpieza general y terminaban en la bolsa de la basura (por cierto, ese fue el destino del disco de un jovencísimo Michael Jackson. A doña Lola no parecía convencerle mucho el sonido Motown y, por consiguiente, nunca reclamó ese disco para su colección).

 Yo no recuerdo si en aquel momento de mi animosa búsqueda tenía intenciones de encontrar el susodicho disco de Michael Jackson. Pero, de pronto, algo llamó mi infantil atención: Entre todos aquellos viejos discos sobresalía uno por su mayor tamaño. Como yo aún no sabía leer, agarré el mamotreto aquel y me fui al auxilio materno en reclamo de una explicación. Mi madre me contó que aquel disco de 33 r.p.m. se lo había dejado olvidado un cliente en el bar del que nunca más se supo. Tras superar una inicial reticencia, convencí a mi madre para que me dejara manipular el tocadiscos familiar, un viejo maletín desmontable de ocres tonalidades cromáticas, y agarré el disco aquel. Luego de solventar determinados problemas técnicos (hubo que prescindir del molde adaptador para singles y seleccionar la velocidad requerida de reproducción), una música del todo desconocida para mí hasta entonces cautivó mi menuda personalidad. Mi madre, excusándose en una presumible carencia de sus capacidades visuales, comenzó a recitar el título de la llamativa carátula:–“Juise… Jiusepe Verdí… Abert… Oberturas… ¡Vaya rollo!”– Sin embargo, durante el resto de la jornada matinal, no hice otra cosa que escuchar una y otra vez las intrigantes melodías que brotaban de aquel LP. Estaba buscando un tesoro y, sin duda, lo encontré. Aquella música era completamente distinta a todo lo que yo había conocido hasta entonces — Antonio Molina incluido — y consiguió centrar mi inquieta e inestable atención de niño. Comencé a marcar los compases de forma rudimentaria y autodidacta con mi mano derecha, agarrando un lapicero color azul a modo de improvisada batuta tal y como había visto en una ocasión por la televisión a un señor vestido de riguroso negro. Desde aquel mágico momento soñé en convertirme en director de orquesta aunque no sabía muy bien qué significaba toda esa parafernalia de batutas y trajes de chaqué. Mi lápiz era como una varita mágica que, al agitarse, hacía posible una nueva e inédita música que provocó en mi alma idénticas sensaciones a las que años después, y contraviniendo la prohibición de los curas escolapios, volví a experimentar cuando una noche me desabroché la bragueta y empecé a manipular un telescópico apéndice que sobresalía de mi cuerpo con creciente fruición… La música que contenía aquel disco desató un millón de ilusiones que empezaron a revolotear por mi ensoñadora mente (aunque no tan ardientes como las provocadas por mis iniciales escarceos en los barrios bajos de mi entrepierna).

 No fueron en absoluto fáciles mis comienzos musicales pese a que desde bien niño mostraba mis habilidades como precoz director de orquesta en ciernes cuando, en aquella vieja jukebox del bar, sonaba alguna naftalínica versión de Mantovani o Ray Coniff. Mis estrafalarias dotes mímicas en el bar no hubieron de pasar desapercibidas para don Germán, un antiguo profesor de clarinete de la Orquesta Arbós que se pavoneaba de haber conocido al mismísimo Mahler en persona, y que, bajo la dubitativa mirada de mi padre, una tarde me regaló un libro de teoría musical que dado su vetusto aspecto bien podía haber servido de manual de aprendizaje del propio Mahler, de Beethoven, de Mozart, de Bach o incluso de Palestrina. Sin embargo, existía un pequeño inconveniente: El mencionado libro estaba redactado en alemán y yo apenas estaba aprendiendo a leer en castellano. Aquel manual acabó en manos de mi tío Federico, otro curioso personaje que también se enorgullecía de haber conocido en París a Pierre Monteux cuando aún no se había estrenado La Consagración de Stravinski. Mi tío no tenía formación musical aunque sí un asombroso parecido físico con Karl Böhm (de hecho, recuerdo que en una ocasión estaban pasando un vídeo del doctor Böhm por la televisión del bar cuando mi padre, visiblemente emocionado, exclamó: –“¡Pero, coño, si ese es Federico en persona! ¿Es que se ha metido ahora a director de orquesta?”–). Estos eran los únicos mimbres musicales con los que yo contaba cuando, con siete años de edad, accedí a las clases musicales que el hermano Luis impartía en el colegio de curas escolapios donde, dos años atrás, había iniciado mi formación integral y humanística.

 Resultó verdaderamente milagroso que, merced a los rimbombantes usos pedagógicos del hermano Luis, no acabara por odiar sin retorno la música. Aquel tipo, de aspecto bidimensional por la extremada delgadez de su figura y ataviado con un sempiterno y remendado traje oscuro de listas blancas, daba la impresión de ser un verdadero perturbado mental. Caminaba pausado por los corredores del colegio con la cabeza extrañamente inclinada hacia la derecha, canturreando para sus adentros y componiendo una enigmática sonrisa de connotaciones tan siniestras como paranoicas. Además, el hermano Luis no tenía reparo alguno en expulsar sobre rostro ajeno el humo pulmonarmente destilado de su cigarrillo marca Kent. No sólo no aprendí nada de solfeo durante un período de tiempo cercano a los dos años, sino que en más de una ocasión sufrí la confiscación del bocadillo de salchichón que con tanto esmero había preparado mi madre momentos antes de partir hacia el colegio. Ese era el castigo que nos imponía el hermano Luis cuando confundíamos un La bemol con un Si natural. Y, además, con dosis de manifiesta crueldad al hacer uso gastronómico del mismo delante de nuestras propias narices en las horas en las que nuestros infantiles estómagos se sumaban al improvisado festival melódico. Pero lo peor sobrevino tras aquellos dos años de carencias tanto musicales como alimenticias. El hermano Luis pasó de ser un profesor privado a convertirse en el maestro oficial de la novedosa asignatura de comprensión musical que desde ese mismo año entraba en los planes de estudio del colegio. Si el hermano Luis había resultado nefasto como profesor de solfeo, no le fue a la zaga como docente de teoría musical y flauta dulce, el instrumento de obligado estudio durante aquellos años. Sus explicativas clases de teoría de la música se resumían en una irreverente entonación de la canción que debíamos aprender cada semana para ser ejecutada los viernes ante las asustadas miradas de todo el alumnado. Yo traté de aprenderme los ejercicios en casa mediante un curioso sistema de notación en el que sustituía el incomprensible papel pautado por la relación escrita de las notas a ejecutar. Pero me aterraba tocar en público y así, una mañana en la que por eliminación sabía que el hermano Luis me iba a ordenar salir al encerado para ofrecer la flautera versión de Ya se van los pastores a la Extremadura, fingí haberme dejado olvidado el instrumento en casa (la flauta, me refiero). El bofetón que recibí por parte del hermano Luis en toda la cara resultó tremendo, como un seco golpe de platillos cuya dimensión sonora se amortigua manteniendo paralela la posición de címbalos, y acompañado de una no menos fatal sentencia: –“¡Niño, hoy castigado sin recreo! A esa hora te presentarás en el cuarto del piano…”–  Fue allí donde conocí a Alfonso, un compañero que con el tiempo se convirtió en mi mejor amigo.

 Esa mañana trajo consigo la oportunidad de poder escuchar por primera vez en mi vida un piano en vivo. Aquella situación no me supuso un castigo, tal y como pretendía el hermano Luis, sino todo un conmovedor descubrimiento pese a que el referido maestro no destacaba por ser precisamente un Arthur Schnabel del teclado. Al poco de estar allí me moría de ganas por poner mis manos sobre aquel teclado que emitía notas cada vez más agudas conforme se iban desplazando los dedos hacia la derecha. Y ocurrió el milagro. El hermano Luis se ausentó un momento para dar cuenta del expropiado bocadillo de un infeliz y Alfonso, observando mi cara de admiración por el instrumento, aprovechó la circunstancia para invitarme a sentarme junto a él frente al teclado. Alfonso era uno de los enchufados del hermano Luis, ya que continuaba asistiendo a sus clases particulares, y su edad atesoraba ya notables conocimientos de música. Alfonso me tomó la mano y trató de que mis dedos abarcaran una octava que sin embargo se quedó en una interrogante séptima mayor al no dar aquéllos más de sí. Ese fue el primer acorde que ejecuté en un piano. Meses después de aquel trascendental acontecimiento, el hermano Luis, Alfonso y un servidor formábamos un amistoso trío (musical) a base de sacrificar nuestra diaria media hora de recreo. Poco a poco fui aprendiendo los rudimentos de la más sencilla técnica pianística y al año siguiente el hermano Luis, quien ya no me parecía en absoluto aquel ogro de antaño sino más bien un personaje del todo entrañable, nos brindó su desinteresada ayuda para presentarnos por libre a los exámenes de primero de piano del Conservatorio. A no mucho tardar, mi padre decidió obsequiarme con un piano de pared que fue instalado en mi cuarto como recompensa por haber finalizado con éxito mis obligaciones escolares de aquel año. Desde entonces todo resultó más fácil y un nuevo millón de ilusiones tomó cuerpo en mi espíritu de adolescente.

 Conforme fue avanzando el tiempo, y ya de una manera más oficial, fui consciente de que no tenía ningún futuro como pianista debido a la innata torpeza de la que siempre he adolecido para cualquier cometido manual… (Bueno, con algunas pecaminosas excepciones). Alfonso y yo pasamos de ser simples amigos a convertirnos en inseparables el uno del otro. Si él no estaba en mi casa significaba que estaba yo en la suya. Con el paso de los años compartimos nuestro primeros discos (mi primera adquisición fue una Séptima de Beethoven dirigida nada menos que por Pau Casals), nuestras primeras partituras e incluso nuestras primeras novias. Y también nuestras primeras asistencias a los conciertos, allá por finales de los años setenta, en el Teatro Real. Alfonso, cuyo increíble talento musical había terminado por conquistar la confianza de uno de los principales gerentes de aquel centro, obtuvo como recompensa un par de credenciales que nos posibilitaban el libre acceso al recinto en todas las funciones allí celebradas con excepción de solistas y orquestas extranjeras, circunstancia en la que nos tocaba chupar cola frente a las taquillas como todo hijo de vecino. Durante cerca de veinte años, Alfonso y un servidor asistimos a la práctica totalidad de conciertos de abono de la Orquesta de RTVE y de la Nacional, conformando un grupo al que paulatinamente se fueron sumando nuevos compañeros, como Pedro y Juan Miguel, entre otros. Aún recuerdo como Alfonso dejaba alucinados a los viajeros en el Metro de Madrid cuando, a la vuelta de los conciertos, extraía una partitura de su cartera y se prestaba a declamar la misma a todo pulmón en el interior del vagón… Sí, la música centralizaba nuestras vidas; pero el futuro no parecía ofrecernos unas expectativas del todo optimistas en materia musical. Yo seguía con mi idea de convertirme en director de orquesta pese a que dicha pretensión no fue comprendida, ni mucho menos compartida, en mi entorno familiar. En vista de evitar problemas y conflictos familiares, tomé una de las más erróneas decisiones de toda mi vida. Decidí asegurar mi futuro, por si acaso, matriculándome en Ciencias Económicas y Derecho al mismo tiempo en la Universidad Complutense. Obviamente, duré lo mismo que un caramelo a la puerta de un colegio para mayor disgusto de mi padre. Fue entonces cuando, para compensar un tanto la delicada situación, decidí simultanear mi formación musical con un trabajo a sueldo fijo en el bar de mi padre. Aquella experiencia me sirvió, mayormente, para conformar los numerosos relatos que en otras páginas de este bar virtual de copas os he ofrecido tiempo atrás. (Años más tarde, decidí proseguir con otros estudios universitarios mucho más consecuentes con mis auténticas inquietudes intelectuales y no para demostrar nada a nadie sino a mí mismo). Por su parte, Alfonso decidió completar su formación humanística estudiando Filología Alemana. Con el tiempo nuestros destinos se fueron separando de una forma ya del todo inevitable. Hoy en día, Alfonso ejerce como director de un prestigioso centro musical ubicado en Andalucía. Y yo…

  Aquella fría sobremesa me encontraba paseando por las calles de Viena abrigado con mi inseparable gabardina de tonos verdosos. Esa misma mañana había recibido una pésima noticia y, en vista de ello, decidí poner punto y final a mis aspiraciones musicales luego de auto homenajearme con una desconsolada comida a solas en uno de los mejores restaurantes de la capital austríaca. Tras el ágape, bien regado con vino húngaro y con una no menos generosa copa de aguardiente, me puse a caminar sin rumbo fijo por la Ringstrasse, sólo en compañía de mi más eterna y leal compañera, la soledad. A la altura del Kunsthistorisches, me senté en un gélido banco de piedra con la intención de fumarme un purito y aliviar un tanto el brumoso frío que asolaba la antaño capital imperial. El cielo estaba encapotado y amenazaba lluvia, algo muy similar a lo que sentían mis nublados ojos. A pocos metros de mí se escuchaban las desafinadas notas de un violinista ambulante que componía una romántica y enternecedora estampa junto a su perrillo faldero. Enseguida reconocí que aquella penetrante y repetitiva melodía no era otra que la romanza del Concierto nº20 para piano de Mozart. Allí terminaron mis sueños de convertirme en director de orquesta, un millón de sueños, un millón de ilusiones que se esparcieron para siempre en aquella plazoleta que servía de pórtico a la pinacoteca vienesa.

 Hoy, a las 05.00 horas, se produjo la visita un millón a este bar virtual de copas. Por lo menos, sé que algo he conseguido… Aunque sólo sea eso. Tal vez mi padre, desde alguna remota galaxia del universo, pueda por fin sentirse orgulloso de mi dudosa condición de millonario. Tal vez… ¿Quién sabe?

Gracias por todo, amigas y amigos. Un millón de gracias. Este bar virtual de copas musicales os pertenece.

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