Tras las anteriores ediciones en donde brilló la maestría de un veterano como Georges Prêtre, intercaladas por el buen hacer de un siempre solvente Daniel Barenboim, este año le ha llegado el turno al joven maestro austríaco Franz Welser-Möst. Nacido en Linz el 16 de agosto de 1960, Welser-Möst inició sus estudios musicales de violín hasta que un grave accidente automovilístico le hizo decantarse por la dirección orquestal. En 1985 debutó como director al frente de la Orquesta Sinfónica de Norrköping y ese mismo año actuó por primera vez en los Festivales de Salzburgo. Tras dirigir en calidad de invitado a las principales orquestas de EEUU, Welser-Möst se hizo cargo de la titularidad de la Orquesta Filarmónica de Londres en 1990 durante seis años, cargo en el que fue duramente criticado por ciertos sectores de la prensa londinense (se le llegó a apodar con el triste calificativo de Frankly Worse than Most…). Sea como fuere, aquella controvertida experiencia londinense finalizó en 1996 y acto seguido Welser-Möst fue nombrado director de la Ópera de Zurich, institución en donde permaneció hasta 2008. Sin embargo, la gran oportunidad le llegó en 2002 al ser propuesto como director titular de la Orquesta de Cleveland, cargo en el que aún se mantiene y del que ha renovado su contrato hasta 2018. Desde septiembre de 2010 Welser-Möst alterna dicha función con la dirección musical de la Ópera de Viena.

 Welser-Möst es un joven director comprometido por la claridad, la delicadeza y el tacto interpretativo, con un estilo de dirección amplio y elegante cuya batida resulta especialmente poderosa. Su gesto es en ocasiones frío y penetrante, escrutando las distintas secciones orquestales con una mirada felina atenta a resolver cualquier leve incidencia y arqueando a menudo el cuerpo para señalar entradas o matizar dinámicas. Su repercusión mediática, aún ejerciendo como director titular en Cleveland, le faltaba tal vez ese punto necesario que sin duda alguna este concierto se ha encargado de fortalecer acorde con la enorme difusión internacional del mismo.

 Ataviado con un traje acorde con la tradición vienesa y portando esas lentes que le otorgan un inconfundible aire intelectual, Welser-Möst se sirvió de la partitura durante todo el concierto que se abrió con una aceptable y desenfadada Marcha de los jinetes, dirigida con agradecida soltura y bajando los brazos constantemente. Con todo, apreciamos un cierto hermetismo interpretativo de Welser-Möst en los primeros valses, La muchachita del Danubio y Los de Schönbrunn de Lanner, ejecutados con bellos y elegantes rubatos aunque con una evidente falta de espontaneidad en sus líneas generales. Esta misma circunstancia también pudo ser apreciada en la Polka de las amazonas, brillantemente interpretada sobre todo en su sección de maderas, pero carente de gracia. La orquesta pareció contagiarse un tanto de los aburridos modos de Welser-Möst y sólo pareció del todo engrasada en el Debut Quadrille y especialmente en la polka ¡Hacia adelante!, con elevadas intervenciones solistas, pieza que puso fin a una anodina primera parte del concierto, tanto por el programa elegido como por una ejecución exenta de la necesaria chispa que requieren estas obras.

 La segunda parte del concierto se abrió con una animada versión de las Ritter Pasman Czardas que dejaron al descubierto lo mejor y lo peor de la orquesta en el día de hoy: Una cuerda extrañamente chillona por momentos y un despliegue virtuosístico de primera altura en las secciones más ligeras. Le siguió una versión bastante insulsa del vals Llantos de despedida, ejecutada con elegante corrección pero sin naturalidad, especialmente en las transiciones intertemáticas. El agarrotamiento general de Welser-Möst pareció desaparecer un tanto en las dos siguientes piezas, más propias del normal repertorio sinfónico y en donde el director se sintió mucho más a gusto, como el Furioso-Galopp, admirablemente ejecutado por la orquesta y muy ovacionado, y el célebre Vals de Mephisto de Liszt, posiblemente el punto más alto del concierto. Gran virtuosismo orquestal con una dirección mucho más comprometida. Le siguieron la Aus der Ferne Polka, de Josef Strauss, y la Marcha española, ejecutadas en el mismo tono general comedido de todo el concierto. La Danza gitana de Hellmesberger, obra inédita en esos conciertos, resultó tan espectacular como atractiva durante unos episodios musicales que colorearon por momentos de españolidad, un tanto exótica, la elegante sala de la Musikverein, aspecto al que también contribuyó el Cachucha Galopp, de Johann Strauss padre, nueva demostración de virtuosismo orquestal. El vals Amor y gozo, de Josef Strauss, ejecutado con muy buen gusto aunque con unas dinámicas sonoras algo atropelladas, puso fin al programa oficial del concierto. La primera propina consistió en la polka Sin demora, de Eduard Strauss, humorísticamente dirigida con un extraño artilugio ferroviario (Welser-Möst parece un tipo demasiado serio como para este tipo de bromas, más propias de Boskovsky o de Maazel). Y llegó el esperado momento de El Danubio azul, interpretado con una parsimonia e indolencia que se nos antojó del todo inapropiada y en exceso discursiva (a todos se nos vino a la memoria la maestría de Prêtre con esta obra en la anterior edición). La obligada Marcha Radetzky cerró un concierto que, en líneas generales, estuvo muy por debajo de ediciones anteriores. Nada más terminar el mismo, la página oficial de la Wiener Philharmoniker anunció a Mariss Jansons como director de la próxima cita de 2012. Una estupenda reseña de este concierto, del todo coincidente con la nuestra, podéis también leerla en el blog de nuestro compañero Fernando López Vargas.