guitarra

 Para este domingo tenía pensado ofreceros otra composición extraordinaria de un músico romántico pero en el mismo instante que escribo esta entrada, hace tan sólo unas horas, mi querido perro Pepito ha dejado de existir. Como sabéis, tengo almacenadas muchas entradas en este bar virtual de copas y ello me permite improvisar de vez en cuando. Cuando leáis este comentario, hará ya más de una semana que Pepito nos abandonó y quizás ya me encuentre más animado ante una muerte que, de cualquier manera, fue tan previsible como irremediable dada la edad del animal. Pero ahora, en este momento un tanto complicado para mí, sólo se me ha ocurrido ofreceros este bellísimo fragmento de Vivaldi como guiño musical de esta semana. Se trata de una obra no muy conocida,  el segundo movimiento del Concierto para guitarra en Re mayor — originalmente escrito para laúd — de Antonio Vivaldi. La versión del vídeo del enlace corresponde a la interpretación del guitarrista sueco Björn Bagger acompañado por la Orquesta Sinfónica del Estado de Estonia dirigida por Leslie Dunner. No voy a entrar en materia técnica hoy — ni me apetece lo más mínimo — pero, como músico, os puedo asegurar que este fragmento, de una simpleza compositiva rayana en lo meramente superficial, es una de las mayores joyas de Vivaldi y, por extensión, de toda la música del período barroco. El aire de tremenda nostalgia y melancolía que se desprende de esta composición es difícilmente comparable a cualquier otra partitura de la época. No hemos llegado aún al Romanticismo, claro está, pero esta música bien que transmite una sensación espiritual del compositor que preludia, posiblemente, el desarrollo posterior que hará de la música un vehículo imprescindible para retratar en lo posible, el pathos humano.

 ¿Por qué he elegido esta música para ilustrar el guiño musical de hoy? Desde hace ya muchos años esta música forma parte de mis más pueriles recuerdos al ser estudiada e interpretada por mi hermano Ludovico el Magnífico en las estancias de la por entonces casa paterna en la que todos los hermanos vivíamos. Otro de mis hermanos, Marinus el Ceremonioso, la persona que más sabe de música clásica en este mundo, adquirió una mañana una grabación de esta partitura en forma de un estrafalario L.P. comprado en la antaño mítica tienda madrileña de música, DISCOPLAY. Marinus y yo coincidimos en la espantosa versión que de esta partitura nos ofrecía un intérprete japonés cuyo nombre no puedo ni tampoco quiero recordar. En este mismo fragmento, muy fácil de interpretar e incluso apto para un profano de la guitarra como yo, se le deslizaba la mano al atacar una nota, algo realmente intolerable para un artista que decide grabar un disco. Aquel disco se perdió en la noche de los tiempos con la posterior e inevitable reconversión de toda nuestra familiar flota discográfica al formato CD. Por más que he buscado y rebuscado entre mi particular colección de más de 5.000 CD´s de música clásica, no he podido dar con la ya relatada e infumable versión japonesa. Mejor.

La última instantánea de Pepito tomada por medio de la cámara de mi teléfono móvil en el vestíbulo del portal donde se encuentra mi actual vivienda en Madrid. Pese a los rigores del verano, Pepito debía llevar sobre sus lomos un peto azul que le protegía de las erosiones causadas en su piel por los numerosos pinchazos y parches a los que fue sometido en un desesperado intento de prolongar su vida. Ya no veía ni oía. Nunca se quejó por el peto. Nunca se quejó por nada… Intuía que yo estaba ahí y quiso acercarse para jugar, como siempre.

 Espero que os guste este fragmento musical que hoy os dejo en esta sección. Particularmente, es la música que más me hace recordar al que fue uno de mis mejores y más entrañables amigos de siempre, Pepito.