Pese a haber cursado en un momento de mi vida estudios de economía no soy, en absoluto, un especialista en esta materia, discurriendo mis inquietudes intelectuales y académicas por otros derroteros mucho más humanísticos. Pero ello no es óbice para que, habiendo soportado durante mi escapada de este mundo en septiembre todo un aluvión de opiniones y sesudos análisis sobre la catarsis financiera que afecta al mundo libre, me vea obligado a aportar mi humilde punto de vista sobre esta hecatombe que amenaza con convertir a los ricos en menos ricos y a los pobres en mucho más pobres ( Y aún más dependientes de esos ricos venidos un tanto a menos).

 No sé con certeza si lograré explicarme bien: Resulta que unas entidades financieras norteamericanas se dedicaron durante años — Y pese a las advertencias de muchos analistas — a conceder hipotecas de altísimo riesgo, sabedores a priori, de la remota posibilidad de ser finiquitadas por unos incautos ciudadanos que haciendo bueno el dicho del “American dream”, soñaban con lujosas propiedades de medio millón de dólares o más, cómodamente pagadas por el continuo esfuerzo de la dura tarea cotidiana. Pero los sueños, sueños son, precisamente, y pasados unos años los bancos, ante la imposibilidad de unos clientes incapaces de hacer frente al pago, embargaban la propiedad y la revendían en el mercado por un precio superior. Todo un negocio redondo mientras que la manida “Burbuja inmobiliaria” siguiese hinchándose. Pero, miren por donde, la burbuja se empezó a deshinchar y aquellas infladas propiedades — ley del mercado — fueron bajando estrepitosamente de precio al saturarse dicho mercado de las mismas. Los bancos empezaron a carecer de liquidez monetaria y en su caída arrastraron a otras entidades aseguradoras (¡Menudo contrasentido!) que habían coparticipado de los riesgos de unas operaciones que tarde o temprano acabarían por explotar. La consecuencia la conocemos todos: Crisis financiera global, amenaza de quiebra del sistema financiero capitalista y necesidad de intervención estatal por parte de las autoridades norteamericanas, en un desesperado intento de inyectar miles de millones de dólares para “salvar el sistema”. Esa idea no casa muy bien con lo que yo tengo entendido del concepto de “libre mercado” y mucho menos en la nación que más se sustenta bajo esos axiomas del ultraliberalismo económico. En resumidas cuentas, que cuando el negocio va bien los beneficios se privatizan y cuando vienen nubarrones las pérdidas se socializan. (Esta es posiblemente la frase más repetida en las innumerables tribunas de opinión que he podido leer y escuchar durante estos días). Estupendo, el contribuyente de a pie se ve así preso de unas corporaciones empresariales que chantajean globalmente a una sociedad pretendidamente libre y democrática: “Si gano, tó pa mí. Y si pierdo, vosotros pagáis… Porque si no, ya sabéis. Cierre de empresas y gente pa la puta calle. Y paro, paro, mucho paro…” . Esta elocuencia retórica es calcada a la que utilizan los caciques en cualquier parte del mundo. En esto consiste el “libre” mercado llevado hasta sus últimas consecuencias. Quizá sea también esa la “libertad” que pretenden exportar a las naciones oprimidas por el yugo, quién sabe si integrista, comunista o simplemente socialdemócrata. “Este país, o es libre o le obligaremos a ser libre”. Algunos/as en mi país ya pretenden privatizar hasta el agua que bebemos… “Por una iniciativa privada y moderna, por el bien común..” — Eso dicen y se quedan tan anchos/as. Ya se sabe que a las cosas hay que llamarlas por su nombre: “¡Se acabaron los tiempos de la TIRANÍA RELATIVISTA!”. Y se siguen quedando tan anchos/as y con una sonrisa embadurnada de cinismo con reducción de balsámica hipocresía.

Yo, con los años, me he vuelto un poco “hijoputa”, expresión que, visto lo declarado por ciertos políticos levantinos, es de lo más habitual en las tierras de nuestra querida España. Por eso propongo que los EEUU de América, cuna de las esencias libremercantilistas, pase a llamarse, en caso de la inyección monetaria de 700.000.000.000 dólares procedentes del honrado pago de los contribuyentes — inocentes y ajenos en todo a este desdén de enfermizas mentes vorágines –, Estados Socialistas Unidos de América y que a partir de ahora, en las camisetas de los insignes deportistas que tengan a bien representar a su país en las más prestigiosas competiciones internacionales, se luzca un escueto SUSA, sigla formada por los grafemas de SOCIALIST UNITED STATES of AMERICA.

 Por cierto, yo “heredé” un negocio de hostelería en la madrileña calle de Alcántara. Traté de innovar, de arriesgar, de realizar una estudiada “función empresarial”. Mis clientes no lo entendieron y tuve que acabar cerrando. (Espero que el nuevo bar, LEITER´S BLUES tenga más fortuna… Fortuna digital, claro). Pagué hasta el último céntimo a los empleados que estaban bajo mi tutela tal y como venía reflejado en los convenios colectivos al uso. Todos fueron al paro. Quizá con una inyección de 5.000.000 de pesetas de aquellos tiempos se hubiera podido mantener el negocio… Pero nada, a mí nadie me “inyectó” esa cantidad. A mí nadie me “socializó” las pérdidas por el simple motivo de que mi negocio tenía pocos empleados. Ahora bien, si yo en vez de llamarme Leiter me hubiese llamado Lehmann y hubiese tenido un par de hermanos… Y muchos más empleados, claro… Menos mal que no fue esa la coyuntura y desde entonces puedo dedicarme en exclusiva a lo que realmente me gusta. ¡Viva el libre mercado!