Decíamos ayer que don Fidel representaba el modelo ideal de comerciante hecho a si mismo, portador de unas capacidades persuasivas en el arte de la venta dignas del mejor de los antaño fenicios mercaderes, cuando, de sopetón y sin previo aviso, me vi privado de los necesarios suministros digitales indispensables para el correcto y buen funcionamiento de este bar de copas virtual, LEITER´S BLUES, que han precipitado el cierre temporal del local para perjuicio de los aproximadamente ciento cincuenta clientes que a diario lo visitan y para el mío propio, sin duda, el más triste y desconsolado. Ante todo, quisiera pediros disculpas por esta obligada clausura temporal de diez hábiles días por causas de las que soy completamente ajeno. Y, como las desgracias nunca vienen solas, tampoco me ha sido permitido el acceso a otros locales muy queridos por mí y de donde siempre acabo aprendiendo algo, como lo son ese Topós Noetós llamado EL OLIVO de mi admirada AMALIA y esa especie de Liceo peripatético que supone LA CARRETERA de mi maestro ÁNGEL GUIRAO. Hoy mismo pasaré a tomar unas cervezas con vosotros, queridos amigos; no sabéis cuánto os he echado de menos… (Otra acepción más para tu entrada con ese nombre, Amalia)

 Resulta que, como consecuencia de la tan cacareada crisis económica que parece afectarnos a todos, en mayor o menor medida (Excepción hecha de los bancos españoles que orgullosamente exhiben sus beneficios), una persona cercana a mi más íntimo y particular entorno me sugirió la posibilidad de reducir costes de explotación en base a cambiar mi habitual proveedor de servicios telecomunicativos por otro de nuevo cuño que se caracteriza por colorear de naranja las ingenuas ilusiones de sus presumibles contratantes. Tras unas iniciales y lógicas reticencias, fundamentadas mayoritariamente en la inexistencia de conflictos relevantes con mi operador habitual y en la incapacidad personal que de siempre he adolecido para asumir un cambio de status cuando su rendimiento es contrastadamente satisfactorio, fui presionado de tal manera por unos y otros que acabé cediendo a sus reiteradas e insistentes pretensiones (Asunto que no acabo del todo por entender, ya que un servidor es quién exclusivamente se encarga de pagar religiosamente todas sus facturas) y solicité la migración desde un proveedor, al parecer excesivamente caro y acaparador de mercado, hacia otro cuyas bondades no aparentaban tener límites. Pero, como me temía, (Uno ya va peinando canas), las iniciales facilidades se convirtieron en inesperados e irresolubles problemas; los pasados cánticos de sirena en groseras contestaciones telefónicas a mis sencillos y obligados requerimientos. En definitiva, semejantes y desconocidas (Que no inesperadas) particularidades me hicieron desistir de continuar colaborando con el nuevo operador de ribetes anaranjados y, amparándome en los plazos legales preestablecidos, solicité el correspondiente cese de servicios y la vuelta a mi proveedor de siempre, a la manera de arrepentido hijo pródigo. Obviamente, aquellas personas de mi círculo más íntimo que no habían cesado en proclamar a los cuatro vientos las presumibles bonanzas del cambio de proveedor adoptaron un silencio más que sospechoso ante mis más que continuas peticiones de pertinente explicación. Hube de maldecirles en silencio… (A alguna de ellas, incluso en hebreo… Y ya no digo más…)

 Mi operador de toda la vida, tras imponerme duras sanciones económicas por mi inexplicable infidelidad (El pretendido ahorro se transformó de súbito en una sangría monetaria) alega que no puede acogerme de nuevo en su seno hasta no recibir la renuntia fidei de la herética secta anaranjada, coyuntura que se demora hasta el último día de plazo exigible y que supone un brillante ejercicio de lo que llamamos libre comercio. De esta forma, durante unos días, interminables para mí, ni yo percibo servicio alguno, ni ninguna de las empresas operadoras obtienen estipendio económico, aun cuando existe una manifiesta voluntad de desarrollar una anhelada relación comercial por mi parte (Luego, nos quejamos de la crisis…). Durante estas jornadas de penitencia y dura travesía por el desierto, incapaz de plasmar en una cuartilla las ideas que aún tengo en mente para compartir con todos vosotros, me he dedicado a filtrear con el único gran amor que he tenido desde que, cuando yo apenas contaba con tres años de edad, mi padre me pinchase en una gramola un disco que se trajo consigo del bar, producto de un desconocido y descuidado cliente, y que contenía unas oberturas de un compositor llamado Verdi. Así, he aprovechado estos días de carencia digital para profundizar en los conocimientos de la llamada Ars Nova y la posterior música renacentista, materias sobre las que reconozco haber tenido un lamentable e injustificado abandono de años. Espero poder contaros algo de lo que he vuelto a aprender sobre este fascinante período de la historia de la música.

 Decíamos ayer que don Fidel era un magnífico comerciante. El siempre alabó las excelencias de su género, de incontestable calidad, pese a que alguna berenjena presentase de vez en cuando un inoportuno ojo de gallo. Pero de lo que no cabe duda alguna es que don Fidel nunca engañó a sus clientes; les mareaba con su incontenible verborrea y sus caricaturescos ademanes, pero nunca jamás les dio gato por liebre. Que tomen buena nota los ejecutivos comerciales de ciertas empresas cuya única experiencia de venta directa ha sido la de poner en almoneda su propia desvergüenza. Así me ha ocurrido y así lo cuento.