Últimas fotos tomadas de Winston durante estas Navidades

 Ocurrió a mediados de 1998: El Real Madrid por fin conseguía su anhelada séptima Copa de Europa merced a aquel inolvidable gol de Mijatovic y mi gatita Rebeca, de apenas un par de años, contraía una mortal leucemia al día siguiente. Estando cabizbajo en la sala de esperas de la clínica veterinaria, de pronto me sorprendió ver como una enorme pantera negra abría una puerta y se acomodaba entre mis piernas con intenciones del todo juguetonas. Don Fernando, el veterinario, me sacó de dudas: –“Es un gato procedente de EEUU. Vino un tipo muy raro — y un poco borracho — a traérmelo para que le pusiera una vacuna… Y el gato ya lleva aquí un par de meses esperando a que alguien venga a recogerle”–  De vuelta a mi domicilio pensé que no sería una mala idea adoptar a aquel bicharraco de pelo zaíno y brillante pese a la inicial negativa de Celia, mujer con la que desde un año antes compartía mi vida. La mañana del sábado siguiente me acerqué hasta la clínica y decidí quedarme con la fiera dada su llamativa belleza y sus simpáticas pretensiones. Por el camino de vuelta hasta mi antaño apartamento de la calle Francisco Silvela comprobé como aquella bestia pesaba más de siete kilos y medio, debiendo realizar alguna parada para aliviar la carga del incómodo trasportín. Celia puso mala cara al verlo, pero por la noche ya se había encariñado de él.  –“¿Y cómo lo vamos a llamar?”— Me acordé de aquel defensa de raza negra que por entonces jugaba en el F.C. Barcelona y que era un verdadero desastre como futbolista, Winston Bogarde.  –“Winston, le vamos a llamar Winston; es tan negro como el tipo ese…”– 

 El gato, zalamero como muy pocos, demostró sus verdaderas intenciones a lo largo de las semanas siguientes. Era tontorrón como él solo y nos ignoraba por completo. Se pasaba el día dormitando en la terraza y pidiendo — exigiendo — comida con esos dos puñales blancos que le salían de la mandíbula superior y que asustaban a todas nuestras visitas por su fiero aspecto. Una tarde confirmé que el gato era idiota perdido: Estaba jugando conmigo y se pegó un porrazo tremendo al ser incapaz de esquivar una puerta dada su enorme envergadura. Todo lo que tenía de imponente aspecto se traducía más bien en un animal torpe, tontón, vago y desesperadamente lento de movimientos. Las moscas se reían de él en su cara cuando, en un ademán de cazarlas, se tiraba más de media hora esperando a dar un salto que lo único que producía era quedarse patéticamente enganchado como un pelele a las cortinas del salón principal. Con todo, era cariñoso sólo cuando él quería y demostraba unos extraños gustos musicales: Mozart le alteraba hasta el nerviosismo que mientras que Deep Purple le relajaba hasta el sueño… En una ocasión se nos escapó inadvertidamente y se puso a corretear por los pasillos del rellano. Dio la circunstancia de que por allí tenía don Segismundo la costumbre de pasear a su perrita los días de lluvia… La escena resultó del todo cómica: El gato se puso a perseguir a una aterrorizada perrita hasta el punto que provocó los gritos de auxilio de don Segismundo, circunstancia que terminó por alertarnos y poner fin a tan llamativa persecución. En otra ocasión, una nocturna alarma de incendio provocó que todos los vecinos tuviéramos que salir pitando del edificio. Yo llevaba al gato entre los brazos y otro vecino, de nacionalidad mexicana, a su pequeña hija: –“¿Pero eso qué es, amigo Leiter?” ¡Esa bestia negra es más grande que mi hija! ¿De dónde ha sacado a esa pantera?”–

 Siempre he comentado que aquellos años de 1998 y 1999 fueron los mejores de mi vida. Celia, Winston y yo vivíamos en nuestro añorado apartamento de la calle Francisco Silvela y formábamos una familia del todo unida. Fueron aquellos años en los que yo me sentía un tipo útil de cara a la sociedad pese a mis frustraciones profesionales y por ende musicales. Me divertía en mi oficio de formador ante grupos del todo heterodoxos aunque siempre me quedó la espina de que, de ahí, no iba a pasar. La batuta quedaba ya muy lejos de mis iniciales pretensiones y poco a poco iba aceptando lo que el destino me tenía reservado acorde con mis capacidades intelectuales. Fueron aquellos años en donde, tras regresar del trabajo y darme una vuelta por el bar de mi padre, me acercaba a recoger a Celia bien al antiguo Continente de Alcobendas, bien al Alcampo de Moratalaz. También a La Vaguada, centro comercial donde comíamos todos los días en el mismo restaurante alemán pese a que nos juramentábamos los dos de que esa vez sería la última. Fueron aquellos años en donde acudíamos los sábados a comer al restaurante de nuestro amigo Antonio, El Rescoldo, algunas veces con Ángela, y en donde nos daban las siete y las ocho de la tarde enfrascados en tertulias a puerta cerrada, humo de tabaco negro y exceso de pacharán — sobre todo en lo que a mí respecta — en el cuerpo. Luego aprovechaba para quedarme a ver el partido de fútbol — ya reabierto El Rescoldo de cara al público — que ofrecía Telemadrid los sábados por la noche acompañado del que fue mi mejor amigo, Joaquín, mientras que Celia y Ángela decían irse de escaparates aunque tenían una cara de Bingo que no podían con ella. Fueron aquellos años en los que, finalizado el referido partido de fútbol, Celia y yo decidíamos culminar la noche del sábado acudiendo a bailar sevillanas hasta altas horas de la madrugada en aquella sala rociera que se encontraba justo debajo de la Torre de Valencia. Una de esas noches, al regresar, el taxi que nos traía de vuelta se estampó con otro coche a la altura de la calle Príncipe de Vergara. Nos llevamos un buen susto aunque no nos pasó nada… Salvo que yo aterricé en el asiento delantero. Éramos más jóvenes y podíamos con todo. Esas locas noches, al volver a casa, Winston siempre nos estaba esperando en la puerta con claras intenciones de escaparse a sus correrías aprovechando la apertura de la puerta y mi estado un tanto ebrio (Celia siempre ha sido abstemia). Luego se subía a nuestra cama, ya a oscuras, y se ponía a dormir estirado siempre al lado de Celia. No sé si sería producto de mi circunstancial abuso alcohólico del momento pero, cuando de madrugada me levantaba obligadamente para eliminar toxinas en forma de micción, me daba la sensación de que Winston ocupaba más sitio que Celia en la cama… Aquel bicho era realmente grande.

 Fueron también aquellos años en los que, de manera tan piadosa como sorprendente, yo acudía todos los domingos a misa de once en la capilla del que fue mi escolapio colegio. Un antiguo compañero se había ordenado sacerdote y sé que le hacía ilusión ver a un rojo y ateo como yo asistiendo a la misa. Finalizada la misma, nos apretábamos el cura y yo un par de vermuts de grifo en El Tulipán, la taberna que se encontraba enfrente de la iglesia, recordando nuestros años de infancia y mocedad en el colegio. Luego venía Celia a recogerme y solíamos ir a comer una fritura de pescado a la Taberna Andaluza del final de la calle Alcántara. Antes de volver a casa, yo me acercaba de nuevo al bar de mi difunto padre para comprobar cómo el encargado de regir sus destinos estaba del todo borracho… Aunque, por lo menos, la clientela no parecía tomarlo muy en cuenta. Uno de esos domingos por la tarde decidí que no merecía la pena seguir con el bar y mucho menos si no me ocupaba del mismo (yo ya sólo iba a recaudar el dinero de la caja…). Una víspera de Reyes puse fin a más de cincuenta años de historia de aquel bar. Perdía a nivel económico una notable fuente de ingresos pero ganaba en calidad de vida. Aquella madrugada regresé a mi domicilio a las siete de la mañana tras colocar el cártel de CERRADO POR CESE DE NEGOCIO en el local. Una fina lluvia me sorprendió camino de vuelta a mi casa y llegué empapado, con lo que tuve que volver a cambiarme de ropa para poder acudir a mi trabajo en la Academia. Al abrir la puerta estaba Winston esperándome. Esa madrugada no hizo por escaparse al entrar y pareció comprender el objeto de mi circunstancial preocupación. Al salir de la ducha, Winston se puso a ronronear a mi lado y apenas pude colocarme el traje. Me dio la sensación de que el gato se felicitaba por haber mandado a la mierda el puto bar de los cojones que tanto hubo de darme y tanto hubo de quitarme… Aprovechando el buen tiempo de primavera, algunos fines de semana Celia y yo nos escapábamos el viernes por la noche hasta Guadarrama, en la Sierra de Madrid, para regresar el domingo en la sobremesa. Aquel momentáneo cambio de aires nos venía muy bien a los dos, pese a que Winston nos echaba una tremenda bronca en forma de protestantes maullidos cuando regresábamos al apartamento (y eso que le dejábamos comida y agua en abundancia).

 A principios de 2004, Celia y yo tomamos una decisión con la que nunca estuve conforme pese a las ventajas que conllevaba la misma: Abandonamos nuestro coqueto apartamento de la calle Francisco Silvela para trasladarnos a nuestra actual vivienda en la calle Alcántara, a escasos metros de donde se encontraba el bar de mi padre (paradojas de la vida). No me gustó en absoluto volver a un entorno en donde yo aún era recordado por ser el hijo de don Caesar y en donde la población vecinal superaba la media de los ochenta años de edad. A Winston tampoco pareció gustarle mucho el cambio de domicilio, máxime cuando nos dio por adoptar a Pepito, aquel caniche con serios problemas de salud que, contra todo pronóstico, aguantó más años que lo que apuntaban las expectativas. Pepito trató de ganarse la confianza de Winston hasta que un día el gato le enseñó los colmillos de forma más que amenazadora. Al pobre Pepito le duró el tembleque toda la tarde y se escondía tras de mí cuando veía merodear al gato por sus inmediaciones. No es que Winston se llevara mal con Pepito, ni mucho menos, simplemente le ignoraba. Eso sí, aquella tarde en la que Pepito salió de casa para no regresar más, Winston comenzó a maullar como nunca lo había hecho antes, de una forma sobrecogedora y terriblemente lastimera.

 Han pasado los años y todos hemos ido envejeciendo, incluida Celia, aunque su caso es como el de los buenos caldos: Ganan empaque y cuerpo con la edad… Yo, por mi parte, sigo con mi compulsa melancolía existencial — algo tendrá que ver el hecho de que pertenezca al signo astrológico de Cáncer — y sigo echando mucho de menos aquellas vivencias de nuestro antiguo y cercano barrio de la calle Francisco Silvela. Sé que, en el fondo, lo que realmente añoro es aquella época en donde tenía trece años menos y me encontraba en la flor de la vida. De un tiempo a esta parte, ya casi no vamos a El Rescoldo, ni a la Taberna Andaluza, ni a la sala rociera; ni tampoco voy a buscar a Celia al Continente, al Alcampo o a La Vaguada… Ahora vivo socialmente aislado — por voluntad propia — y apenas salgo a la calle si no es para pasear a bordo de mi bicicleta. Me aburre la calle Alcántara y no encuentro motivación alguna para entablar relaciones con unos caducos vecinos que sólo saben hablar de lo malo que es Zapatero y de lo bien que se vivía con Franco. De siempre me han resultado insoportables los oradores de taberna, tal vez porque nací y me crié en una taberna. Todo esto no es sino una justificación que trata de eludir mi fatiga física debido a los serios problemas de salud con los que he tenido que enfrentarme últimamente. He visto la muerte muy de cerca y, si algo he aprendido de esa coyuntura, es a saber discernir qué es lo que me apetece y qué es lo que no. Celia dice que me encuentra mucho más espiritual, mucho más maduro como persona y mucho más cariñoso. Y, la verdad, lo que diga o piense Celia es lo único que me importa ya de este mundo. Durante muchos años, ya fuese en el bar o en mi trabajo docente, dependía mucho de las opiniones ajenas. Ahora tengo la suerte de poder prescindir de las mismas.

 El pasado fin de semana Celia me alertó de la poca comida, en forma de cereales, que le quedaba a Winston en casa. Yo venía observando que el animal vomitaba con mayor frecuencia de lo que era habitual y en principio no le di mayor importancia (habida cuenta de que Winston era capaz de zamparse una bolsa de kilo y medio de cereales en una semana, el muy bestia). El martes, de madrugada, escuché unos maullidos muy lastimeros del animal. Me sorprendí y al ir a observar el motivo de los mismos, Winston cesó de maullar, se tumbó panza arriba y trató de jugar conmigo a su diversión favorita (morder y arañar). El miércoles caí en la cuenta de que Winston hacía días que no dejaba restos de sus caquitas en el recipiente arenoso dispuesto para tan escatológico fin. Por contra, los restos de sus vomitonas aparecían dispersos por todo el alrededor. Le retiré la comida — se enfadó y se puso como lo que era, una fiera — y traté de realizar un seguimiento del animal en ayunas. El jueves descubrí con desolación que Winston, pese a que no se quejaba, tenía un grave problema. A las vomitonas habituales — y en ayunas — se habían sumado ahora unas incontinencias de color sospechosamente verdoso. Esa misma mañana le llevé al veterinario (en trece años nunca tuve que llevarle por enfermedad, sólo para recibir sus obligadas vacunas) y el pronóstico fue desolador: Un quiste en el páncreas prácticamente incurable debido a la avanzada edad del animal.  –“No merece la pena, Leiter”– me dijo don Fernando, el veterinario. Ayer viernes, a las 19.01 horas, Winston dejó de existir. Con su pérdida, siento que una página de mi vida también se ha cerrado definitivamente.